UN DESCONOCIDO llegó al taller de lapidario de John Foster y después de echar una hojeada alrededor, escogió una pequeña lápida.
—¿Qué nombre quiere usted que le grabe? —preguntó Foster.
—John Foster.
El tallista palideció y luego sonrió.
—¡Pero ese es mi nombre! —dijo.
—Ya lo sé —repuso el desconocido—. Es simplemente una coincidencia. Bien, como fecha de nacimiento…, ponga el treinta de abril de mil ochocientos noventa y uno.
Foster lo miró, desconcertado.
—¡Ese es el día de mi nacimiento!
—¡Es asombroso! ¡Qué coincidencia!
Las sospechas de Foster se hicieron todavía mayores, cuando preguntó por la fecha de la muerte y el otro le contestó que sería la del día siguiente, el día quince.
—Volveré por la lápida pasado mañana —dijo el desconocido, y se fue, dejando al tallista temblando de miedo.
Durante toda la noche permaneció sentado, con una pistola en la mano, esperando, seguro de que se trataba de un atentado contra su vida. Pero cuando amaneció, su ansiedad comenzó a disminuir. Sin embargo, estaba demasiado nervioso y cansado para hacer ningún trabajo y permaneció todo el día sentado en su casa, con la pistola al alcance de la mano, hasta que el reloj del pueblo señaló la medianoche. En ese momento, una sensación de alivio se apoderó de él.
Cumpliendo con su palabra, el desconocido volvió temprano a la mañana siguiente.
Foster, preocupado con sus temores del día anterior, había olvidado grabar sobre la lápida la fecha de la muerte.
—No importa —le dijo el desconocido—, grabe usted, entonces, la fecha de hoy, el dieciséis.
—Pero ¡usted dijo que era la de ayer, el día quince! —gritó Foster.
—Y ahora digo el dieciséis —dijo el desconocido con suavidad—. Eso es. Aquí tiene el precio que acordamos. Apresúrese, por favor.
Con dedos temblorosos, Foster cinceló la fecha de la muerte, mientras el desconocido permanecía a su lado, esperando pacientemente. Luego, después de meter en su automóvil la lápida, se alejó carretera abajo. Foster lo siguió de lejos, observando cómo el desconocido entraba en el cementerio del pueblo, colocaba la lápida en una tumba fresca y se iba. Foster corrió a su casa, cogió una azada y, volviendo al cementerio, comenzó a cavar como un loco. Finalmente, desenterró una caja de pino liso. El corazón le latía con fuerza y el sudor le corría por la frente cuando se inclinó, agarró la tapa del ataúd y comenzó a levantarla lentamente.
Un grito se escapó de su garganta. Allí reposaba un hombre exactamente igual a él, con los ojos sellados por la muerte. Foster dejó caer la tapa, giró sobre sus talones y huyó del cementerio, gritando con toda la fuerza de sus pulmones. En la puerta se encontraba un grupo de hombres y mujeres que él conocía bien, y que se dirigían al cementerio. Los llamó histéricamente, pero ninguno de ellos le prestó la menor atención. Para su asombro, pasaron a su lado como si ni siquiera lo hubieran visto… Como si él no estuviera… siquiera… allí…