CON UNA habilidad y un esmero admirables, Reutter y van Horn habían tenido éxito en la vigilancia del asteroide; pero, aunque pareciera extraño, a pesar de que habían descubierto numerosas plantas venenosas, mortales y tomando innumerables muestras de elementos valiosos, no habían encontrado vida animal. Sin embargo, van Horn, más viejo y con más experiencia que el otro, era de la opinión de que alguna criatura podría habitar muy bien las vastas cavernas subterráneas que hacían que el asteroide pareciera un panal.
Habían amontonado su equipo y sus instrumentos a la entrada de una pequeña cueva, y van Horn, picado por la curiosidad, se había aventurado a penetrar un poco en su interior, descubriendo allí varias marcas extrañísimas sobre las paredes. Las estaba examinando cuando un alarido espantoso se oyó, brotando de la obscuridad, y una criatura fantástica, semejante a un murciélago gigantesco, hizo su aparición, y se lanzó sobre ellos, batiendo las alas con frenética agitación y moviendo la cabeza, parecida a las de las aves, como un hombre que esgrime la espada en un duelo.
—¡Las armas! ¡Las armas! —gritó van Horn.
Pero Reutter estaba paralizado por el terror y no era capaz de hacer otra cosa que mirar fascinado a la horrible criatura. Desesperadamente, van Horn se deslizó bajo una de las alas membranosas, agarró una piedra y la lanzó con todas sus fuerzas. Ésta golpeó a la bestia en la parte posterior de la cabeza, aturdiéndola, y, un instante después, sus alas cedieron, y el monstruo se desplomó sobre un costado.
Entrando en acción, Reutter cogió lo primero que encontró: una azada, y, blandiéndola como si fuera un hacha, consiguió separar la cabeza de la criatura de su cuerpo, haciendo brotar de la herida una fuente de sangre.
La bestia medía seis metros de largo y su cabeza decapitada debía de pesar por lo menos noventa kilogramos. Utilizando una lámpara portátil, van Horn se aseguró de que ningún otro animal ocupaba la cueva, que terminaba menos de treinta metros más allá. En realidad, lo único que descubrió fueron varias piedras de curiosa apariencia, de superficie lisa en ambos lados y ligeramente curvadas, la mayor parte de ellas de dos metros a dos metros y medio de largo.
—Son de mármol —observó Reutter.
—No. Son demasiado frágiles —replicó el otro, y repentinamente comprendió que los objetos en cuestión no eran piedras, sino fragmentos de cáscara de huevo. En ese momento, se oyó un sonido atronador, que se acercaba a la entrada de la cueva, un pavoroso ruido como de palmadas, semejante al batir de unas alas gigantescas…