EL PRESIDENTE Humberto Manresa, hombre justo y honrado, querido por todos sus conciudadanos, había muerto asesinado mientras dormía. La noticia del crimen se extendió como el fuego y todo el país se sumió en el dolor. Después del gran funeral, en el que los dignatarios de todo el mundo dedicaron un tributo a Manresa, los ciudadanos de su país se mostraron furiosos, y fue ofrecida una recompensa de un millón de pesos por la captura del asesino.
Pero el asesino de Manresa, que había sido bien pagado por sus esfuerzos, parecía poco preocupado por los peligros que le acechaban en todas partes.
—¡Debes huir del país inmediatamente! —le dijo su hermano, su único amigo y el único hombre en quien podía confiar.
—¿Y pasarme el resto de mi vida escondido en los rincones obscuros como un gringo cobarde? Jamás. Además, tengo un plan.
El asesino sacó de su bolsillo la fotografía de un hombre bien parecido, varios años más joven que él. Su plan consistía en secuestrar a un especialista famoso de cirugía plástica y, bajo amenaza de muerte, obligarlo a cambiar sus rasgos, para parecerse al hombre anónimo de la fotografía.
El desventurado doctor, un anciano, cuya habilidad lo colocaba entre los mejores cirujanos plásticos del mundo, fue subsiguientemente secuestrado y, utilizando la fotografía como guía, modificó los rasgos faciales del asesino.
—No se quite las vendas por lo menos en cuatro semanas —advirtió el doctor cuando terminó su trabajo.
—Gracias, señor cirujano —replicó el asesino, sacando su pistola. Disparó a quemarropa y el doctor murió instantáneamente—. No debe quedar ni una sola persona para testimoniar de lo de esta noche —dijo con voz tranquila—, ni siquiera tú, hermano.
Volvió a disparar y, con una expresión de asombro e incredulidad en los ojos, su hermano cayó muerto a sus pies.
Durante catorce largos y aburridos días, el asesino esperó y, finalmente, al despertar una mañana, devorado por una curiosidad invencible, se sentó ante el espejo. El saber que pronto podría caminar por las calles sin temor, con una identidad absolutamente nueva, no hizo sino aumentar su impaciencia. Colocando la fotografía de su anónimo bienhechor en un lugar en que pudiera verla, comenzó apresuradamente a quitarse los vendajes, con dedos temblorosos por la impaciencia. El dolor fue atroz, pero pronto logró retirar la gasa protectora. Arrojó ésta al suelo, se contempló en el espejo y bramó como un animal…
Ante él, reflejados en el espejo, estaban los rasgos inconfundibles del… presidente…