País Relato - Autores

alan riefe

cada uno según su gusto

LA SEÑORITA Pringle no podía evitar el sentir una gran atracción hacia Kinsolving. Era alto, ancho de espaldas y extraordinariamente bien parecido; daba la impresión de poseer una inmensa fuerza física, de ser capaz de hacer con sus manos desnudas las cosas que otros hombres, para hacerlas, necesitaban herramientas. Además, tenía los modales más encantadores que la señorita Pringle hubiera visto en varón alguno.
Por su parte, Kinsolving se sentía igualmente atraído por la señorita Pringle. Era inteligente y atractiva, sin ser bella, pero su principal atributo era una personalidad deliciosa; además, era, por mucho, la más popular de todo el equipo de secretarias.
Una noche, Kinsolving invitó a la señorita Pringle a salir a cenar con él, y después del café y el cúmel, se quedaron bailando hasta muy tarde. En efecto, fueron la última pareja que abandonó la pista. Él era un bailarín magnífico, con una gran ligereza en los pies, pensó la señorita Pringle, sintiendo que podía bailar con él toda la noche. Repentinamente, comprendió que se había enamorado de Kinsolving y él de ella; y supo que sólo sería una cuestión de tiempo que él le propusiera matrimonio.
Un poco después, estaba sentada junto a él, en su brillante automóvil deportivo nuevo. Kinsolving condujo durante unos cuantos kilómetros y luego abandonó la carretera y detuvo el vehículo. Sobre ellos, una luna llena de agosto, difundía desde el cielo su luz cálida y el canto melodioso de las aves alrededor de un pantano distante, junto con el suave murmullo de la brisa, completaban el cuadro. Kinsolving bajó el volumen del aparato de radio hasta hacerlo casi inaudible y, pasando su brazo sobre los hombros de la señorita Pringle, la atrajo hacia sí.
—¿No es delicioso este lugar? —dijo con calma—. Tan pacífico…
—Tan pacífico, que casi no se desea que la noche termine —dijo la señorita Pringle.
Sí; quiero casarme contigo, añadió la voz tranquila y tímida de su imaginación. ¡Pídemelo…! ¡Pídemelo!
Él la besó tiernamente, con calor, y su corazón latió con más fuerza cuando ella le respondió. Luego, tomando su rostro entre sus dos manos, la miró profundamente a los ojos. Era tan guapo, pensó ella, deseando aferrarse a él y besarlo una y otra vez.
Gradualmente, sin embargo, mientras lo contemplaba, arrobada, la sonrisa franca y cariñosa de Kinsolving se hizo fatua y afectada, sus ojos profundos comenzaron a brillar misteriosamente y las pestañas se separaron, dejando ver las pupilas inyectadas en sangre. Su respiración produjo un sonido duro y sibilante. Desnudó los dientes como un perro enfurecido e inclinó su rostro para apoyar su boca sobre la garganta desnuda de la señorita Pringle. Rápidamente, ella se echó hacia atrás, se quitó uno de los zapatos, golpeó fuertemente a Kinsolving con la punta del tacón en la sien, y éste se desplomó, inconsciente, sobre el volante.
—¡Un vampiro! ¡Qué cosa más repugnante!
La señorita Pringle se estremeció, luego buscó en su bolso y sacó una aguja de acero larga y delgada, a la que estaban sujetas una pequeña manguera y una pera de jeringa de goma. Introdujo hábilmente la aguja en el centro de la espina dorsal de Kinsolving y comenzó a extraer cuidadosamente el líquido ligero y acuoso, murmurando todavía para sí, disgustada:
“¡Qué falta de gusto tienen algunas personas!”, y volvió a rebuscar en su saco, hasta sacar esta vez un vasito de papel.