País Relato - Autores

alan riefe

billy

CUANDO NACIÓ Billy Mercer, sus padres, como era natural, sintieron una gran alegría. Billy era un hermoso niño, de cabello rojo y ojos verdes. Era un niño cariñoso, y todos lo adoraban, pero a los cuatro años de edad, aparecieron en él ciertas características extrañas en su comportamiento. Entre otras rarezas, se negaba a jugar con otros niños, e incluso a mezclarse con ellos. Tampoco le atraían los juguetes ni los juegos. En lugar de ello, prefería sentarse solo, horas y horas, estudiando el firmamento o una piedra, o la palma de su mano. Era inteligente, de buenos modales, bien educado y gozaba de una envidiable salud, pero a pesar de todo esto, teniendo en cuenta su comportamiento, tanto su padre como su madre estaban preocupados por él, sobre todo porque se preguntaban cómo le iría en la escuela. Desgraciadamente, ni siquiera el médico de la familia pudo ofrecer una explicación, pero aconsejó una actitud de espera y observación.
—Puede que tenga mis ojos verdes, pero no es como nosotros…, como ninguno de nosotros —le dijo Ellen a su esposo una tarde, después de otra larga discusión.
—Quizá nos trajimos a casa del hospital un niño que no era el nuestro —dijo, riendo, el padre de Billy.
—Cosas más raras han sucedido —replicó Ellen.
Una mañana, un mes antes de que Billy comenzara a ir a la escuela, Ellen lo dejó con la vecina de la casa contigua y se fue al centro de la ciudad. Había hecho ya la mitad de sus compras, cuando, sorprendida, vio a Billy corriendo por la acera. Ellen lo persiguió, pero el niño se le escapó, y cuando regresó a casa y habló de aquello a su vecina, ésta negó con firmeza que Billy hubiera estado fuera de su casa.
Después de ello, vio Ellen a Billy fuera en otras dos ocasiones, cuando se suponía que debería estar acostado y al cuidado de su padre.
Una tarde, estaba sola en casa durmiendo la siesta, cuando fue despertada por un ruido de voces en alguna parte de la casa; eran voces de niños. Descubrió que procedían del sótano y al pie de las escaleras, accionó el interruptor de la luz, pero la bombilla estaba fundida.
—Billy —llamó—, ¿estás ahí abajo?
—Sí, mamá —respondió Billy.
—¿Hay alguien contigo? —esta vez no obtuvo respuesta, y Ellen comenzó a descender impacientemente las escaleras—, Billy, ¿dónde estás? No puedo verte.
—Estoy aquí, mamá.
A tientas, los dedos de Ellen asieron la cuerda de la luz y tiraron de ella. Asombrada, vio un centenar o más de niños, todos idénticos a Billy. La rodearon.
—Billy…
—Sí, mamá —le respondieron en coro, y después avanzaron, con sus preciosos ojos verdes resplandecientes de un odio indescriptible y con las manos extendidas…