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alan riefe

andrea

POCO DESPUÉS de su divorcio, el tercero en otros tantos años, Andrea Colé ingresó en un pequeño hospital privado, como un refugio providencial, según sus propias palabras, para escapar de todos sus fastidiosos amigos y familiares que la aburrían, la molestaban y la abrumaban con sus continuas atenciones.
Por consejo de su médico, el doctor Hale, dormía Andrea tanto como le era posible. Sin embargo, durante sus horas de vigilia y puesto que no necesitaba ningún tratamiento, con excepción de unos simples calmantes, se pasaba horas y más horas acicalándose ante su espejo.
Los ojos de Andrea eran como dos exquisitos zafiros y su nariz y boca adorables eran modelos de perfección absoluta. Sus encantadoras facciones realzaban su piel de textura incomparable, tan suave y tersa como la de un niño. Muy orgullosa de su belleza, Andrea se sintió halagada cuando, más de una vez, sorprendió al doctor Hale (bien parecido, feliz en su matrimonio y, según decíase, enamoradísimo de su esposa) admirándola como un colegial, hipnotizado por su hermosura.
El doctor la visitaba dos veces al día y a petición de Andrea, era él quien la atendía. Tuvo dificultades con todas las enfermeras designadas para cuidarle; decía que eran demasiado lentas, demasiado torpes o demasiado estúpidas.
Una tarde, al finalizar su tercera semana de estancia, el doctor Hale fue a verla como de costumbre; pero, para disgusto de Andrea, permaneció solamente unos instantes. Parecía estar preocupado y afligido, y Andrea supo más tarde que su esposa había sufrido aquel día un accidente casi fatal.
Con el fin de atraerse otra vez la atención del doctor Hale, comenzó Andrea a quejarse de dolencias que no existían en las semanas anteriores, lo que obligó al doctor a recetarle nuevos medicamentos.
Un atardecer, poco después de la cena, habiendo ingerido un momento antes una pequeña píldora verde, sintió un agudo dolor en un costado. Se avisó al doctor Hale, y un examen cuidadoso demostró que aquello era una apendicitis.
Temprano, a la mañana siguiente, Andrea fue conducida a la sala de operaciones, por el largo corredor vacío, bajo las pálidas luces que brillaban en el techo. Al llegar al final del pasillo, se abrieron unas puertas y dejaron ver el interior de una sala de operaciones. Hasta sus fosas nasales llegó el olor inconfundible del alcohol y en ese momento, el doctor Hale, con el rostro cubierto por su máscara de cirujano, se inclinó sobre ella. A la cabecera de la mesa, preparando la anestesia, se encontraba una enfermera, y otra en el extremo opuesto.
—¿Quién es esa mujer? —preguntó Andrea, señalándola.
—¡Ah! Es cierto —dijo Hale—. Usted no conoce a mi esposa. Acaba de reponerse de su accidente. Querida, ésta es la señorita Andrea Colé.
En ese momento, la esposa del doctor Hale se quitó la máscara, descubriendo el rostro más horrible que Andrea hubiese visto nunca. La carne, desde los ojos hasta la punta del mentón, estaba horrendamente mutilada y deformada y le faltaban la nariz y los labios.
—¡Hágala salir de aquí…! ¡Es repulsiva! —gritó Andrea.
—Es el resultado del accidente; pero su aspecto es solamente temporal —dijo el doctor, sosteniendo un escalpelo que brillaba bajo las luces—. En realidad, no la hice venir a usted aquí para extirparle el apéndice. Lo que queremos quitarle es su hermoso rostro.
Antes de que el grito de Andrea pudiera escaparse, la mascarilla del anestesista se apoyó sobre su adorable boca.