HABÍA GRAN necesidad de enfermeras en el hospital cuando Miriam Crofts entró a formar parte del personal. Miriam era muy joven y bonita, con cabello rojo y ojos como esmeraldas marinas. Fue en la Sección 7 donde encontró al doctor Williams por primera vez. Las oportunidades de tener relaciones sociales se le habían presentado a él con poca frecuencia en los últimos años y, además, disponía de poco tiempo. Como todos los internos, estaba siempre desprovisto de dinero, pero echó una ojeada rápida a Miriam Crofts y el programa rígido y exigente de los últimos años fue colocado entre las cosas de poco grata memoria. Ya era hora de que rompiera su caparazón, se dijo a sí mismo.
Un reglamento del hospital prohibía a los médicos salir con las enfermeras. Sin embargo, cuanto más admiraba a Miriam, tanto más determinado se sentía a no permitir que los formalismos frustraran aquello. Le preguntó tímidamente si quería salir con él, y oyó, con regocijo y sorpresa, que ella aceptaba.
En su primera cita disfrutaron de un tiempo maravilloso, bailando hasta las dos de la mañana. Continuaron saliendo juntos constantemente después de ello y, en un tiempo verdaderamente corto, el joven doctor William comprendió que estaba profundamente enamorado de su Miriam, aun a pesar de que no conocía prácticamente nada sobre sus antecedentes. Se volvía extrañamente reticente siempre que la conversación giraba demasiado de cerca sobre cuestiones de naturaleza personal. Efectivamente, evitaba meticulosamente cualquier oportunidad de hablar de su pasado y William se preguntaba si quizá habría estado casada con anterioridad. Pero, puesto que ello no podría significar para él la más mínima diferencia, resistió el impulso de preguntárselo francamente.
Una noche, la condujo a su casa, estacionó el auto-móvil y la iba acompañando hasta la puerta, cuando repentinamente, le asaltó el deseo de pedirle que se casara con él. La tomó en sus brazos y comenzó:
—Miriam, querida.
—¿Sí, cariño? —su boca pareció más tentadora aún y el corazón de William comenzó a latir apresuradamente. En ese preciso instante, le abandonó el valor.
—Yo…, no…, nada.
—¿Pasa algo malo? —preguntó ella, cogiendo la mano de él y llevándola a su mejilla.
—No; nada…, querida. Te veré mañana. Buenas noches.
La besó, luego subió a su coche y se alejó, reprochándose durante todo el camino hacia su casa el haber fracasado en “plantear la cuestión”. Tan pronto como estacionó su vehículo, se dirigió a la luna llena y, en voz alta, le anunció su intención de pedirle a Miriam que se casara con él en la primera ocasión en que la viera, sin importar el lugar, la hora, ni las circunstancias.
Entró temprano a servicio, la tarde siguiente, y subió por las escaleras que lo condujeron a la Sección 7. Allí le informaron que Miriam había sido destinada al ala este, para cuidar de los pacientes aislados. En el pasillo del ala este, la enfermera encargada del registro le informó que Miriam se encontraba en la habitación 31.
—Querida, ¿quieres casarte conmigo? —susurró William una y otra vez, hasta que las palabras casi le abrasaron los labios. Recorrió el corredor y abrió la puerta. Allí estaba Miriam, inclinada sobre el paciente dormido, manteniendo en la mano una botella de transfusión vacía. Al verlo, hizo una mueca horrible y siseó agudamente, apresurándose a cubrirse los labios con la otra mano.
Pero no antes de que William viera los dos regueros de sangre, uno a cada lado de su adorable boca, corriendo hacia abajo, hasta el mentón.