AUNQUE las mortales arenas movedizas habían engullido el cuerpo de Carnahan hasta su boca, sus fosas nasales estaban todavía descubiertas, y podía respirar. Su corazón latía con fuerza en su interior al considerar el pequeño margen por el que había escapado de la muerte, aunque verdaderamente, no había logrado hacerlo enteramente todavía, pues existía siempre la posibilidad de que recomenzara la poderosa succión de las arenas movedizas y lo absorbieran unos centímetros más, los pocos centímetros que lo separaban de la muerte.
Pero Carnahan era optimista, tenía que serlo, porque la última eventualidad parecía improbable, ya que no había descendido nada en la última media hora; empero, su situación era desesperada. Gracias al Señor por haber puesto allí a Harvey. Éste no podía sacarlo de allí, pero si lograba salir con vida él, Carnahan, tendría que estarle agradecido a Harvey por ello. Venían ya a socorrerlo, eso era lo más importante de todo. Cuándo llegarían, era ya otra cuestión. No obstante, Carnahan podía sobrevivir durante varias horas…, incluso días, sin agua ni alimentos, aunque cuanto más lo pensaba, tanto más convencido estaba de que sería rescatado antes de la caída de la noche.
Le debía la vida a Harvey. Se había visto en un aprieto infernal, y cuando saliera de él tendría que agradecérselo sólo a su buen amigo Harvey. No había hombre alguno en el mundo que compartiera con otro una amistad tan profunda como él con Harvey.
Harvey le había salvado ya la vida con anterioridad, en la selva peruana, cuando le atacara un jaguar, y Harvey había disparado, quitándole la fiera literalmente de la garganta.
Comenzó a llover. Grandes gotas de agua caían pesadamente alrededor de sus ojos, produciendo pequeños cráteres en la superficie de las arenas movedizas. Instantáneamente, una cosa se le ocurrió a Carnahan, que la arena absorbería el agua como una esponja y que si llovía con la fuerza suficiente y durante bastante tiempo, la superficie, con toda seguridad, subiría los pocos centímetros que faltaban, la distancia aproximada al grueso de su pulgar, que era lo que le separaba de morir asfixiado sin remedio.
Sin embargo, la lluvia amainó y cesó completamente, y Carnahan oyó un ruido indicador de movimiento no lejos de allí, el sonido producido por hombres que cortaban ramas con sus machetes para abrirse paso. El luido se hizo cada vez mayor conforme pasaban los minutos y Carnahan suspiró con alivio.
Quince minutos más tarde, estaba en terreno sólido con todo su cuerpo y la mitad de su rostro cubiertos de lodo color café obscuro.
—¿Dónde está Harvey? —le preguntó uno de sus salvadores.
Carnahan sacudió la cabeza. Harvey se había hundido en las arenas. En realidad, Carnahan sólo había conseguido salvarse permaneciendo sobre los hombros de su amigo; pero, por supuesto, no podía decírselo £ los otros, porque no podrían comprenderlo. No aceptarían el hecho de que un hombre que caía en medio de las arenas movedizas empleara cualquier medio para salvarse.