País Relato - Autores

alan dean foster

por qué johnny no puede acelerar

ESTIMADOS SEÑOR Y SEÑORA MERWIN:
ES MI PENOSO DEBER COMUNICARLES QUE SU HIJO, ROBERT L. MERWIN, MURIÓ EN UNA ACCIÓN DE CONMUTADORA EN LA RUTA DE SAN DIEGO HACIA EL SUR, CERCA DEL SEGUNDO DESVÍO DE IRVINE RANCH, ORANGE COUNTY.
POR LO QUE HAN PODIDO RECONSTRUIR NUESTROS INVESTIGADORES, APARENTEMENTE EL JOVEN ROBERT TRATÓ DE PASAR A UN GM CADDY MARAUDER NEGRO. NO ME HAN LLEGADO NOTICIAS DE NINGUNA VIOLACIÓN AL CÓDIGO NORTEAMERICANO DE TRÁNSITO, PERO LOS MANTENDRÉ INFORMADOS SI SURGIERA ALGO EN ESE SENTIDO. CONTINÚAN LAS INVESTIGACIONES HABITUALES. EL OTRO VEHÍCULO IMPLICADO ES CONOCIDO POR LA POLICÍA DE ORANGE COUNTY. SU DUEÑO FUE INTERROGADO PERO NO DETENIDO. INCLUIMOS MÁS DATOS Y DETALLES. SIN MÁS, LES TRASMITO MI MUY SENTIDO PÉSAME.
SALUDA A USTEDES ATENTAMENTE,
GEORGE WILSON ANGEL
JEFE DE LA DIVISIÓN CALIFORNIA
PATRULLA DE LA RUTA DEL DISTRITO DE CALIFORNIA
ADJ.: 1 CONSTANCIA DE ACCIDENTE
1 CONSTANCIA DEL MÉDICO FORENSE
Frank Merwin volvió a doblar la carta, la colocó nuevamente en el sobre, y la dejó sobre la mesita de la lámpara, cerca de la radio. Abrazó un poco más estrechamente a su esposa. El llanto de ella ya no era histérico, porque se había atenuado un poco la terrible conmoción inicial. Él lograba controlar bastante bien sus emociones, pero como había manejado durante unos veinte años en la zona de Los Angeles estaba consecuentemente endurecido. Cuando volvió a hablar en su voz había tanta amargura como pena.
—Bueno, bueno, Myrt…
La ayudó a sentarse en el gran diván blanco, caminó hasta el centro de la habitación y allí se detuvo, cruzando y descruzando las manos en la espalda. Los dibujos de la alfombra atraían su atención.
—Carajo, Myrtle, se lo dije, ¡se lo dije! «Mira, hijo, si insistes en manejar todo el trayecto hasta Las Vegas, ¡al menos llévate el Pontiac! Ten un poco de sensatez», ¡se lo dije! No sé qué les pasa a los chicos en esta época, querida. Uno creería que esta vez me iba a escuchar, ¿no? Yo, que una vez hice todo el camino desde Indianápolis hasta Los Ángeles y sólo me desafiaron dos veces… ¡sólo dos; Myrt! Pero él no… él tenía que alardear… «Mira, papá, esto es algo que tengo que resolver solo. En mi propio auto», me contestó. Yo sabía que tenia problemas con ese VW. Y se lo decía a menudo, también. Pero, no, lo único que se le ocurría decir era: «Papá, lo peor que puede pasar es que tenga que maniobrar con algún otro, ¿verdad? Y si me meto en dificultades, cualquier otro VW de la ruta me ayudará, a eso estamos comprometidos… en la mayoría de las acciones». ¿Qué le dices a un chico así, Myrt? ¿Cómo llegas a él? —Su rostro expresaba un desconcierto total. El llanto de su esposa se había convertido en un suave sollozo. Se estaba secando los ojos con uno de sus viejos pañuelos.
—Yo tampoco lo sé, querido. No sé por qué tenía que ir hasta allá. ¿Por qué no podía haber tomado el Trans, Frank? ¿Por qué?
—Ah, ya sabes por qué. ¿Qué hubieran dicho sus amigos? «Miren a Bobby Merwin, tiene miedo de manejar su propio pito», y groserías por el estilo. —Su sarcasmo se hacía más incisivo—. ¡Todavía sentía que tenía que probarse como hombre, el muy idiota! Ya había andado sólo por las rutas. ¿Qué necesidad tenía de atravesar el país? Pero, carajo, si tenía que demostrar agallas, ¿por qué no hacerlo con el auto grande? Ni un VW preparado para profesional puede dar tanto. Y, por encima de todo esto, ¿quién iba a pensar que cometería la insensatez de entrar en ese tipo de discusión? ¡Hizo el Curso de Automovilista! A quién se le ocurre que un VW puede discutir posiciones con un Cadillac… ¡un Marauder, nada menos! ¿Dónde estaban sus «amigos», eh? Le advertí sobre los tramos ligeros desde aquí a San Diego, donde el flujo es ligero, no hay ayuda muy cerca y algún loco puede sorprender a uno de atrás.
Se detuvo para recuperar el aliento, volvió junto a la lámpara de pie y tomó la carta. Ya conocía el contenido: esa vez solo le echó una mirada. Se la ofreció a su esposa, pero ella la rechazó, de manera que volvió a ponerla sobre la mesita.
—Supongo que sabes lo que tengo que hacer ahora.
Ella asintió, sollozando.
—Bob llevaba ese regalo a un amigo en San Diego. Me ocuparé de que llegue.
Ella lo miró sin muchas esperanzas. Conocía a Frank.
—No creo…
Él hizo un gesto negativo. Su expresión era bondadosa, pero firme.
—No, querida. Lo llevaré yo mismo. Me niego a enviarlo por correo y por cierto no iré en el Trans. Después de tantos años… No, iré por el mismo camino que fue Bob, por la misma ruta. Primero haré poner a punto el J. J.
Ella miró alrededor con indiferencia, mientras tironeaba de la delicada tela del diván.
—Supongo que al menos se lo llevarás a…
—¿Héctor? Por supuesto. Cobra mucho pero vale la pena. Es el mejor mecánico de la zona. Me gusta tratar con él. Al menos sé que pago por algo que vale. En estos momentos no podría ir a otra parte, ¿verdad? No querría que pensara que tenemos prejuicios, o algo así. Hace… hace cinco años que acudo a él. Casi he olvidado lo que es…
—¿Irá hasta San Diego, verdad, señor Merwin? —preguntó el fornido chicano. Estaba tratando de limpiarse la grasa de las manos. Parecía imposible que el trapo roñoso que tenía en las manos pudiera absorber más grasa negra.
—Sí, Héctor, así que entenderá por qué le digo que el J. J. tiene que estar perfectamente a punto…
—¡Ciertamente!
Frank asintió y fue hasta el J. J., que estaba junto a la gran persiana levantada del amplio garaje. Se deslizó en el mullido asiento del conductor, puso las tres llaves en encendido, y luego accionó el botón para levantar el capó. En cuanto éste empezó a levantarse bajó del auto, dejando las llaves en encendido. Héctor ya estaba inclinado sobre la planta de energía del auto, observando atentamente el funcionamiento.
—Bien, señor Merwin, por lo que veo su automóvil está en excelentes condiciones… ¡sí, excelentes! ¿Le lleno el tanque?
Frank asintió sin decir palabra. La rapidez de la inspección del mecánico no le sorprendía en absoluto. Al fin y al cabo, el J. J. siempre había recibido el mejor cuidado profesional y los beneficios de su propio trabajo desde que lo compró. Héctor no levantó la mirada mientras soltaba los respectivos paneles sobre el calibre .70 del lado derecho.
—¿Puedo preguntarle cómo piensa ir?
Frank había sacado la Meerschaun grande y la estaba cargando de tabaco.
—Bien… Iré por Burbank hasta la autopista de San Diego y seguiré por allí. Sería un poco más rápido ir por Ventura, pero en un viaje como éste el tiempo ahorrado no tendría importancia, y no le veo sentido a luchar por el intercambio.
Héctor hizo un gesto de aprobación.
—Muy razonable. Usted sabe que tiene dos tramos bastante malos en este trayecto, señor Merwin. Muy problemáticos. Supe lo de su hijo. Lo siento. A todos nos llega alguna vez la jornada de la muerte.
Por un momento, Frank dejó de llenar su pipa.
—No pudo evitarse —dijo con tono tenso—. Bob no se dio cuenta… no vio en qué se metía, eso es todo. Yo me siento culpable también, pero ¿qué podía hacer? Tenía dieciocho años y la ley me impedía hacer nada para retenerlo. Simplemente asumió más de lo que podía.
Uno de los ayudantes de Héctor había acercado un cargador grande. El mecánico le indicó con un gesto que se retirara y siguió cargando él mismo. Frank le agradeció el gesto.
—Era un Cadillac, ¿no?
—Sí. —Se inclinaba sobre el hombro del mecánico para seguir el proceso de la carga. Uno nunca sabía lo que podría llegar a tener que hacer sólo en la ruta.
—¿Qué le está poniendo? ¿Explosivo o perforador de armaduras?
—Mezcla. —Héctor dejó caer de golpe el pesado capó. Se cerró con un clic y quedó trabado—. Las dos, secuencia alternada. Es más caro, sí, pero al fin y al cabo al auto de su hijo lo destrozó un Marauder. ¿Negro?
—Sí —respondió Frank, levemente sorprendido—. ¿Cómo lo supo?
—Ah, entre la gente que anda en esto corren los rumores. Creo que conozco a ese vehículo en particular. El dueño le hace la mayor parte del trabajo, según creo. Es difícil meterse con eso, señor Merwin. ¿Está pensando en…?
Frank se encogió de hombros y desvió la mirada.
—En esta época uno nunca sabe con quién se topará en la ruta, Héctor. Yo nunca he huido de las peleas.
—No quise decir eso. Todos conocemos su récord de combate como conductor, señor Merwin. No hay tantos ases que vivan en el Valle.
Hizo un ademán significativo señalando el costado del auto. Había once figuras impresas allí. Cuatro medianos, cuatro compactos… gente local. Audaz, pero loca. Dos coches sport —chicos— un Jag y un Vet, según recordaba. Sonrió, evocando. La velocidad no era todo. Y un gran sello de oro. Acarició cariñosamente las impresiones. La dorada grande la había obtenido en ese viaje legandario desde Indianápolis, en el ochenta y tres… no, en el ochenta y dos. El Imperial fue arduo, y debía admitir que había tenido mucha suerte, que era muy joven como para saber lo que tenía que hacer. Los tiros que rebotaban no se podían prever, pero, carajo, ¡cualquiera podía tirar a las gomas! Así pensaba él veinte años antes. En ese momento había aprendido algo, ¿verdad?
Se preguntó si Bob habría intentado algo igualmente insano.
—Sí, bueno, tenga cuidado, señor Merwin. Un Marauder es peligroso desde la fábrica. Bien preparado, podría llegar a resistir un choque con un Greyhound.
—No se preocupe por mí, Héctor. Sé cuidarme solo. —Estaba observando el revestimiento de nylon de las gomas traseras—. Además, ¡el J. J. da algunas sorpresas propias!
Afuera ya hacía calor, a pesar de que eran las cinco de la mañana. El boletín meteorológico anunciaba una máxima de más de cuarenta grados para el centro de Los Ángeles. Prácticamente no lo sentiría, pero aun con control del aire y climatización se podía sufrir calor. Puso el aire acondicionado mientras retrocedía con el sedán azul para salir del garaje.
Todavía faltaba bastante para la verdadera hora pico y Frank tenía poca compañía en la ruta lateral al pasar por Van Nuys Boulevard hacia la subida de Sepulveda. Un Rambler en el semáforo tardó en salir al cambiar la señal. Tocó la bocina una vez y el asustado conductor del vehículo claramente clasificado como neutral se apresuró a dejarle paso. Teóricamente todos los autos de las calles planas eran iguales. Pero algunos eran más eficaces que otros.
La subida de Sepulveda era excelente para entrar en el sistema y no sólo porque era una forma más fácil de pasar por el intercambio Ventura. En lugar de ascender por una pendiente, como en casi todas las subidas, el conductor debía descender de una alta colina. Eso permitía a los autos más viejos ganar una valiosa aceleración fácilmente y también proporcionaba al conductor una vista aérea del esquema de tránsito allá abajo.
Pasó por el estacionamiento conmutador de la estación Kester Trans. Ya comenzaba a llenarse con los conmutadores más pasivos que estacionaban sus vehículos a favor del Trans público. Sintió una oleada de desprecio, la reacción habitual del automovilista independiente a los conductores blandos que abandonaban gustosos su libertad vehicular por el amontonamiento de los sistemas de tránsito de masas. ¿Qué clase de persona había que ser, se preguntó por enésima vez, para cambiar su derecho natural por una seguridad de lata de sardinas? Decididamente el país estaba perdiendo su columna vertebral. Sacudió la cabeza, acongojado, mientras su ojo práctico estudiaba el cuadro que se movía allá abajo.
Mass Trans había requerido, y seguía requiriendo mucho dinero. Una forma en que los gobiernos implicados (es decir los de la mayoría de las naciones industriales desarrolladas) lograban obtener las cantidades era reducir las costosas fuerzas motorizadas necesarias para regular los extendidos sistemas de las autopistas. A medida que aumentaban las reducciones las patrullas sobrecargadas de trabajo tomaron la costumbre de dejar que los conductores resolvieran sus propias disputas. Esa costumbre se terminó con la decisión de la Suprema Corte tras el famoso juicio Briver vs. Matthews y el estado de Texas en el setenta y nueve, donde se determinó que todos los intentos de regular los sistemas de autopista interestatal sin detenciones eran una violación directa a la Primera Enmienda.
Cualquier automovilista que no quisiera tener discusiones podía usar un medio de transporte alternativo, seguro y tranquilo en los nuevos sistemas Mass Trans, la mayoría de los cuales iba por el centro y los costados de las autopistas conocidas, mucho más arriba que el tránsito enloquecido. Los beneficios eran inmediatos. Menos polución incluso de los buenos motores a turbina-vapor-electricidad de los automóviles privados, el fin de muchos problemas de estacionamiento en las grandes ciudades… y mucho más. Por primera vez desde su creación las autopistas, incluso en las horas pico, se hicieron accesibles a velocidades cercanas a las que pensaron sus constructores. Y los psiquiatras comenzaron a aconsejar la conducción de autos como excelente terapia para personas con instintos violentos e incluso homicidas.
Sin duda había algunos imbéciles mariquitas antinorteamericanos que ponían el grito en el cielo por la proliferación de recursos «argumentativos» entre los autos de alta potencia. Algunos ridículos llegaban a hablar de una «carrera armamentista» entre los fabricantes de autos. Los autos alemanes hacían sus mayores incursiones en décadas en los mercados extranjeros. Carrocería blindada, vidrios a prueba de balas, algunas armas… ¿de qué otro modo esperaban esos chiflados que un hombre decente pudiera Conducir con Tranquilidad?
Con el motor rugiendo, el sedán ascendió por la subida, con creciente ostentación innecesaria. A Frank siempre le había gustado hacer una entrada impresionante. Que todos se enteren enseguida de quién es uno, o le pasarán por encima. En ese caso no hacía falta esa táctica… sólo había otros dos autos en el esquema de su entrada, los dos en los carriles más alejados.
Se corrió lentamente hasta quedar detrás de ellos, mirando cuidadosamente en el espejo lateral y en el retrovisor si había otros que se acercaran a gran velocidad. Los carriles a sus espaldas estaban vacíos y no tuvo problema en llegar al cuarto carril de los cinco que eran. Allí estaba más seguro. Había mucho lugar para que pasaran los desaforados y él podía mantener una velocidad decente sin competir con los lerdos. Llevó el J. J. a una cómoda velocidad de cien kilómetros por hora, y se arrellanó en el asiento para el largo trayecto.
Sólo vio dos desastres mientras avanzaba cómodamente por el Paso Sepulveda… la normal a esa temprana hora. Probablemente los hombres de la heligrúa estaban cambiando de turno, de manera que los autos destrozados quedarían allí un poco más que a otras horas del día con más tránsito.
Su primera sensación de acción la tuvo al aproximarse a la Wilshire por los accesos. Dos compactos se apartaron torpemente. El carril lento estaba ocupado por un Toyota de cuatro puertas. Una cupé Honda, resoplando fuertemente para llegar a la velocidad tope, salió del acceso en mala posición. Era necesario que uno u otro desaceleraran para entrar bien y el sedán, que estaba en una posición superior, naturalmente se negó a ser el que lo hiciera. En lugar de tomar el carril lento, el Honda mantuvo su velocidad de aproximación original y disparó sin previo aviso desde su pequeño revólver de calibre .25 (juzgó Frank) montado en la ventanilla y alcanzó al sedán en un costado. El sedán se desvió locamente unos momentos mientras el conductor, sobresaltado, perdía el control durante unos segundos. Luego retomó su dirección y su actitud anterior. Frank y los autos que le seguían desaceleraron para dar bastante lugar para operar a los combatientes.
El vidrio blindado recibía el ataque y el sedán comenzó a devolver los disparos… Frank pensó que debían de tener equipo estándar, de fábrica, aproximadamente igual. Ya estaban llegando al final del acceso. Desesperadamente, negándose a darse por vencido, el de la cupé cerró bruscamente a la trompa del sedán. El dueño del sedán se desvió fácilmente al segundo carril y luego cerró él. En ese ángulo su pistola de estribor apuntó directamente a la cupé. Un fuerte estampido anunció una cubierta reventada. Con un golpe breve, casi de cámara lenta, la cupé chocó contra la defensa y saltó, desapareciendo de la vista. Por el espejo retrovisor Frank sólo alcanzó a ver el humo que comenzaba a elevarse al pasar como una bala por el lugar.
Ahora que la pelea había terminado, Frank apretó a fondo el acelerador otra vez, haciendo un rápido saludo al vencedor, quien se lo devolvió con elegancia. Considerando sus limitados recursos, el hombre se había portado bien. Había manejado bien a una figura C, pero la maniobra no le habría servido de nada con un automóvil más grande. Con el de Frank, por ejemplo. Pero los conductores de compactos eran una raza especial y a menudo compensaban su falta de potencia, de motor y de ataque con la simple bravura. Frank todavía miraba Don Railman y su Supersub religiosamente por televisión los domingos aunque los ratings habían bajado muchísimo desde la última temporada. Tampoco olvidaría nunca la ocasión en que el Weekly Caripper’s Telemanual con el viejo Ev Kelly hizo un special sobre un Might Mite preparado a mano, con la pistola antitanque Webcor inteligentemente disimulada en el baúl delantero. No, era mejor no tomar a la ligera a los compactos, ni siquiera a los «sub».
Pasó por el intercambio de Santa Mónica sin problemas. En realidad, lo único parecido a un enfrentamiento que tuvo en toda la porción de Los Ángeles del viaje ocurrió minutos más tarde cuando pasó a toda velocidad por los accesos del Aeropuerto Subinternacional de Los Ángeles.
Un Vet nuevo, todo brillo y dorado, atronaba detrás de él. Allí seguía, cerrándolo por atrás. Eso sólo era una provocación al combate. Veía claramente a la conductora, una muchacha joven, tal vez una adolescente. Más o menos de la edad de Bob, pensó con furia. Sin duda que su papito le habría comprado la bomba. La muchacha tocó la bocina con fuerza e insistencia. La ignoró. Podía pasarlo por cualquiera de los dos carriles con toda facilidad. Pero le disparó una andanada de balas a la parte trasera. Como él, resueltamente, siguió ignorándola, hizo un mohín, y luego se puso a un costado suyo. Riéndose, le hizo un gesto obsceno que identificó con su mente no tan arcaica. Él movió bruscamente la dirección, y luego en dirección contraria. La expresión altanera de la muchacha fue reemplazada por una de miedo. Cuando vio que él sólo trataba de asustarla volvió a sonreír, aunque con mucha menos arrogancia, y siguió adelante a no menos de ciento treinta por hora.
«Será mejor que esa chiquilina estúpida cuide sus modales, o no llegará a hacer treinta mil kilómetros. Tal vez debería haberle dado una lección, reventándole una goma, quizá». Bien, Bien. Todavía quedaba mucho camino por andar. Que le enseñara algún otro.
Se calmó y prestó atención al salir de Santa Ana y entrar en el área de Irvine. Allí había poco tránsito de conmutación y sólo algunos playeros inofensivos a esa hora del día. Vio un solo auto del tipo del Cadillac, un viejo Thunderwood amarillo. No estaba seguro de si debía sentirse desilusionado o aliviado mientras entraba en la parada de San Clemente para tomar el desayuno. Podía haberlo tomado en su casa, pero había preferido salir sin hacer ruido para no despertar a Myrtle. Pediría huevos, tostadas y mermelada, y disfrutaría de una vista del Pacífico junto con el café, a pesar de las nubes bajas que se acumulaban desde hacía veinte minutos. Esperaba que no lloviera, aunque con la lluvia disminuiría el calor. El tiempo era una de las razones por las que siempre evitaba los caminos más desiertos, largos pero más seguros. Pronosticaban tormentas eléctricas, y hasta el mejor conductor táctico podía perder posiciones en medio de una lluvia intensa. Prefería una situación en que su habilidad operara sin complicaciones provenientes de la naturaleza.
Unas gotas tibias, grandes y pesadas, cayeron sobre él al salir del restaurante. Estaba mucho más oscuro y la humedad era terrible. Pero había dejado atrás Irvine. Lo mejor sería ir rápido a San Diego y estar de vuelta en casa antes del anochecer.
Sólo le esperaban los vigilados carriles de Camp Pendleton y luego el casi desierto Oceanside hasta La Jolla antes de entrar otra vez en tránsito pesado. Contrariamente a las predicciones de la primera época, la población de California se había extendido hacia adentro, y no a lo largo de la costa, que en su mayor parte era propiedad del Estado. Si hubiera tenido la sensatez de comprar cincuenta hectáreas cerca de Mojave antes de que construyeran allí el aeropuerto…
A la izquierda veía el viejo Palacio Presidencial brillando en su colina solitaria. Le hizo un saludo nostálgico, luego aceleró ligeramente al acercarse al atajo de Pendleton.
La llovizna siguió tan tenue que no se molestó en poner el limpiaparabrisas. Pendleton pasó rápido y no tuvo motivos para detenerse en Oceanside. Pronto se encontró cruzando las suaves colinas, bañadas por la luz difusa del sol. Algunos animales eran los únicos seres vivos a la vista, junto con unos cuervos grandes que volaban perezosamente en círculos en el aire húmedo. Un grupo de motociclistas pasó ruidosamente a su lado. Dos triciclos avanzaban, uno a la delantera y el otro a la cola del grupo, pero los feos caños de sus rifles estaban cubiertos previendo un posible chaparrón. No le prestaron atención y pasaron a alrededor de ciento cincuenta kilómetros por hora. No deseaba mezclarse con una patota, en especial en ese territorio vacío. Un buen conductor podía poner fuera de combate a tres o cuatro Harley-Davidsons y Yamahas con bastante facilidad, pero las motocicletas, muy fáciles de maniobrar, podían arremolinarse contra cualquier cosa que fuese más pequeña que un ómnibus o un tráiler, magnificando el efecto de sus armas livianas.
Tal vez podría comprar tierras allí. Contempló con aire ausente las colinas verdes y doradas, sin barrios de viviendas ni supermercados. Tal vez no era otro Mojave, pero sin embargo…
Un fuerte bocinazo atrajo su atención a los espejos. Reconoció la patente de una cupé negra, grande, y casi instantáneamente identificó la marca y el modelo. No estás bien ubicado, muchacho, pensó con acritud.
Sus manos apretaron con fuerza el volante mientras pasaba al carril siguiente.
El Cadillac se colocó junto a él, preparándose para pasarlo. Frank eligió el momento con precisión, luego movió una llave en la consola del centro. El lanzallamas de babor erupcionó en un chorro de llama anaranjada. El Cadillac se estremeció como un gato herido. Inmediatamente Frank pasó al carril más alejado, poniendo la mayor distancia posible entre su coche y el auto grande, permaneciendo ligeramente más adelante.
En el frente de la cupé se veía una larga estría oscura, un tajo profundo en el material de la cubierta. El Cadillac tendría problemas si intentaba cualquier movimiento brusco en su dirección, y Frank no veía problemas en mantener su posición. En ese momento podía lanzarse a la primera bajada si era necesario. Activó el dispositivo del techo, una opción costosa pero que ya había demostrado varias veces su valor. Myrtle había elegido el gran lanzagranadas, pero Frank y el vendedor de la GM la habían convencido de que las cosas vistosas impresionaban a los vecinos, pero en la ruta lo que importaba era la eficacia. Los cincuenta gemelos de la torre comenzaron a disparar contra el Cadillac, haciéndole saltar grandes astillas de vidrio blindado y revestimiento del frente.
Frank se sentía confiado hasta que una gran explosión lo sacudió peligrosamente y lo obligó a usar energía de emergencia en el volante. Asustado, miró sobre el hombro. ¡Gracias a Dios tenía rociadores automáticos! La parte trasera de su coche sobre la rueda izquierda había desaparecido totalmente, lo mismo que la tapa del baúl. El metal y la aislación ennegrecidos y retorcidos echaban humo y gemían. Una mirada al Cadillac confirmó sus peores temores y sintió correr la transpiración hasta escurrirse por el cuello de la camisa, ¡con razón ese Marauder había logrado semejante reputación! ¡En lugar de las pesadas ametralladoras estándar de los Cadillac, se veía surgir un lanzacohetes Mark IV del baúl trasero! Afortunadamente el disparo no había dado en buen ángulo, porque de lo contrario en ese momento le faltaría una rueda y su capacidad de maniobra habría quedado drástica, tal vez fatalmente reducida. Hizo una S justo a tiempo. Otro cohete pasó chirriando junto al paragolpes.
Los cincuenta disparadores de la torre cumplían su misión, pero eran lentos, ¡demasiado lentos! Un cohete más que diera en el blanco acabaría con él. En ese momento el Cadillac disparaba también con sus armas grandes. Deseó ardientemente estar en la cabina de un gran tractor-trailer United Truckers, muy por encima del hormigón, con otro conductor y un hombre que disparara los gemelos. Apareció una grieta en el vidrio de atrás mientras las armas del Cadillac concentraban el fuego. Giró y se torció, aceleró y desaceleró, sin atreverse a dar a su contrincante otra oportunidad de dar en el blanco con esos Mark IV.
«Un momento azaroso, querido Frank. ¡Recuerda Salt Lake City!».
Viró bruscamente a la izquierda. El Cadillac viró detrás de él. En el momento adecuado (¡sí, sí!) movió una llave de emergencia.
Las luces traseras bajas cayeron del J. J. Al mismo tiempo un violento estruendo lo arrojó con tal fuerza hacia adelante que sintió el cinturón de seguridad mordiéndole el pecho. Luchando desesperadamente por conservar el control y maldiciendo todo el tiempo, saltó sobre la división protuberante del centro con una sacudida que le hizo rechinar los dientes, dos ruedas quedaron girando locamente en el aire, luego volvió a cruzar los cinco carriles. Luchando todo el tiempo con algo que había reventado, logró por fin detener el deteriorado sedán en la banquina de grava.
Jadeando intensamente desabrochó el cinturón de seguridad, salió tambaleando del auto, sosteniéndose contra los costados de metal. Detrás de él, a menos de medio kilómetro en la ruta vacía, se elevaba una gruesa columna de humo de una pila de metal, plástico y cerámica retorcidos, todos enlazados por brillantes llamas anaranjadas. El gran Cadillac negro estaba acabado, dio un paso hacia él, luego se detuvo, mareado por el esfuerzo. Ningún conductor podía sobrevivir a ese infierno. En su ansiedad por colocarse detrás del sedán, el conductor del Cadillac había disparado por lo menos sobre una, tal vez sobre ambas minas de proximidad que Frank había soltado del lugar donde estaban las luces traseras bajas. Tal vez la venganza era un bien pasado de moda en esa época, pero de todos modos se sentía eufórico. Y tal vez Myrtle protestaría al principio, pero él sabía muy bien que interiormente se sentiría contenta.
Percibió algo húmedo que le chorreaba por la mejilla, más de lo que podía venir de una lluvia esporádica. Su mano le dijo que le faltaba una parte de la oreja izquierda. La sangre manchaba su camisa de conductor. Con aire ausente se colocó un pañuelo en la herida. El vidrio de atrás debía de haber saltado en el último minuto. Una mirada lo confirmó mostrándole dos prolijos orificios y un tercero cuestionable en la ventanilla posterior. Al menos habría una chapa de patente sobre la tumba de Bob.
Suspiró. Sería mejor parar en Carlsbad y que le sacaran la oreja. Carajo, si ese chico hubiese prestado un poco de atención en el Curso de Conductores. Dieciocho años y no había aprendido lo que su viejo sabía desde hacía años.
Ante todo la seguridad. Conducir Ofensivamente.