UNO
Tres años más tarde, cuando empezaron a aparecer historias sobre la guerra espacial, los escritores lo calificaron como un encuentro de gran importancia. En su tiempo no pareció tener significado. Empezó cuando Slesdyke se detuvo en el corredor principal, al otro lado de un arco bajo tallado en la roca natural de la Luna y cubierto por una cortina de plástico. Alguien, que se había dado cuenta de que las cortinas carecen de uno de los útiles atributos de la madera, había clavado un pedazo de metal en la pared rocosa y había escrito en él la palabra «Llamar».
Slesdyke llamó.
—Entre —dijo una voz.
Apartó la cortina a un lado, evitando quedar envuelto en sus pliegues, y entró en la habitación.
El hombre sentado tras la mesa era un tipo pequeño de fox-terrier con cabellos color zanahoria, vestido solamente con una camisa y pantalones, estos últimos sujetos por unos viejos tirantes de piel negra. Slesdyke, inmóvil en lo que esperaba fuera la posición correcta de atención, era un impresionante y hermoso joven (sus enemigos, de los cuales había bastantes, lo llamaban bello), con un rostro de piel suave y pulida, pelo negro ondulado y penetrantes ojos azules.
Ambos se examinaron atentamente.
La antipatía fue mutua al instante.
—¿Bien? —preguntó el hombre pequeño.
—Slesdyke —explicó el otro—. He recibido órdenes de presentarme al general Turnock, Comandante de las Fuerzas Militares Británicas en la Luna.
—Yo soy el general Turnock —anunció el hombre pequeño—. A juzgar por las insignias en sus hombros, su grado es el de capitán, ¿no es así?
—Sí, general.
—Entonces en el futuro preséntese usted por su grado. ¿Cuánto tiempo ha servido usted en las Fuerzas Armadas británicas, capitán?
—Trece días, señor —dijo Slesdyke.
—¿Trece días? —murmuró el otro—. Eso lo hace a usted probablemente campeón mundial de velocidad en promoción. Yo necesité cinco años para llegar a capitán. ¿Por qué fue enviado aquí?
—Me dijeron que usted necesitaba un Ayudante de Campo, señor.
—¿Quién se lo dijo?
—El Primer Ministro.
—Diablos, lo hizo. ¿Es amigo de usted?
—Sí, señor —el hermoso rostro de Slesdyke tenía una expresión de tranquila calma al afirmarlo.
—¿Alguna calificación para este trabajo?
—Usted pidió un hombre con conocimientos de idiomas. También quería tacto y discreción. Yo fui calificado útil para cubrir este puesto.
—Pero, aparentemente, su experiencia militar es nula.
—He aprendido tanto como era posible en trece días, señor.
El general Turnock escrutó atentamente el rostro del otro hombre, sospechando insolencia. No había ningún signo de ella.
—Bien —concedió—, hay maneras de aprovechar su carencia de conocimientos militares. ¿Qué experiencia posee en el arte de ser discreto?
—Seis años en el Servicio Diplomático: Estambul, España, Alemania.
—Realmente, una buena experiencia —admitió el general—. ¿Qué idiomas habla?
—Alemán, español, ruso y francés.
—Un muchacho con talento. Hay algo extraño en un inglés que sepa bien otros idiomas. ¿Cuán bueno es su ruso?
—Puedo contar chistes obscenos —ofreció Slesdyke.
—Puedo muy bien creerlo —admitió Turnock con disgusto—. De acuerdo. Por ahora es usted mi Ayudante de Campo, y aquí están mis primeras instrucciones. Primera: preséntese al oficial de guardia de la tropa en tierra y dígale que le debe enseñar a saludar, permanecer en atención y observar las formas correctamente militares de dirigirse a sus superiores. Segunda: en todo momento llevará el uniforme correcto de la Armada Británica: no quiero volverlo a ver otra vez en traje de faena. Tercera: procederá a corregir su falta de conocimientos militares leyendo a los clásicos —agitó una mano hacia una estantería con libros—: Clauswitz: el arte de la Guerra; Las campañas de Aníbal por Liddell Hart; Cromwell por Buchan; Las campañas de Wellington, Napoleón, Nelson, Montgomery, Eisenhower; La Guerra Civil americana. Léalas todas. Cuarta: hará una lista y archivará toda la información disponible sobre cada oficial americano, ruso, francés, español, chino y escandinavo aquí en la Luna: su edad, experiencia, estudios, historia militar, amantes, vicios y virtudes. Quinta: consiga el número, tamaño, capacidad y tripulación de cada nave espacial que posea cada nación y sus características de velocidad y alcance. Sexta: queda promovido al grado de Mayor. Esto es para darle el prestigio suficiente como para trabajar con eficiencia como mi A. de C. Estará en la D. R. O. en seis horas. Póngase las insignias de su grado inmediatamente después. Séptima y última: si envía algún informe privado a sus amigos políticos en Londres, lo sabré y le conseguiré una sentencia de diez años a cumplir aquí en la Luna. Bien, mayor Slesdyke: ¿alguna pregunta?
—Sí, señor —respondió Slesdyke—. ¿Por qué piensa que enviaré informes privados a Londres?
—¿Pensar? —resopló Turnock—. Sé muy bien que ha sido enviado aquí por los políticos para tener un ojo sobre el viejo caballo de guerra. Y lo que es más, sé por qué aceptó el trabajo. Ha venido para conseguir el hechizo de una experiencia espacial que quede muy bien su hoja de servicios. Incluso, tal vez, una medalla de campaña. Entonces volverá a Whitehall para erigirse como el hombre que ha estado realmente «allá afuera». Lo veo como un oportunista en su carrera. Intenta ser Primer Ministro algún día, ¿no es verdad, Slesdyke?
—¿No cree usted que ha sido un juicio rápido, señor? —preguntó Slesdyke despectivamente.
Johnny Soplete Hewson tocó con el codo a su vecino, un hombre de piel oscura llamado Blues Stamford.
—¿Has visto lo que ha entrado arrastrándose? —susurró—. Uno de esos monstruos de la Luna sobre los que hemos leído algo.
El monstruo era en realidad el mayor Slesdyke, en el correcto y completo uniforme de oficial del regimiento de Infantería Británica, un atuendo tan poco usual que incluso hubiera atraído miradas en Londres, y que allí en la Luna hacía que la gente se preguntara si estaba sufriendo alucinaciones.
Slesdyke tomó una bandeja del estante, se sirvió algunos platos y avanzó hacia el comedor. Débiles silbidos procedentes de un grupo de muchachas saludaron su paso. Se sentó cerca de Soplete.
—¡Hey! —dijo Soplete.
Slesdyke lo miró.
—¿Sí? —preguntó.
—¿Por qué ese bello vestido, Clarence?
Slesdyke lo examinó por un momento. Luego se acercó, deslizando su bandeja sobre la mesa.
—Mi nombre es Slesdyke —dijo amigablemente—. Mayor Slesdyke, A. de C. del general Turnock. Éste es un uniforme de la Armada Británica, y lo llevo porque es una orden.
—Es bonito, Clarence —comentó Soplete.
—Esa insignia que lleva indica que pertenece usted al Servicio Militar Espacial Británico —arguyó Slesdyke—. ¿Teniente, creo?
—Cierto —convino Soplete—. Por oficio soy chófer de la lata espacial del Grupo Sur del Desarrollo Marciano, pero he firmado por la duración de emergencia.
—Ya veo —concedió Slesdyke—. En este caso se está dirigiendo usted hacia un considerable problema si vuelve a llamarme Clarence, o me trata una vez más con desvergüenza de adolescente.
Blues Stamford había estado observando cuidadosamente a Slesdyke. Parecía calmado, pero en su hermoso rostro había una especie de quietud, una quietud peligrosa. Soplete era menos sensitivo al peligro.
—¿Eres piloto? —preguntó Soplete.
—No —replicó Slesdyke.
—¿Navegante?
—No.
—¿Ingeniero?
—No.
—Ese asunto de ser el A. de C. del general —preguntó Soplete—, ¿qué significa?
—En realidad, secretario jefe —explicó Slesdyke.
Blues se interpuso. Tenía la poderosa impresión de que su amigo se estaba enredando en un gran problema.
—Déjalo, Soplete —aconsejó—. Tiene que haber gente de todas clases, además de malos pilotos del espacio como tú, para hacer la guerra.
Soplete no le prestó atención.
—Secretario —exclamó—. Así que eres una muchacha después de todo. Viendo esa bonita cara y esos bonitos vestidos no me sorprende…
Lo sorprendente, lo ominoso, fue que Slesdyke continuó con su tranquila calma.
—Cuidado, Soplete —avisó Blues.
El aviso llegó demasiado tarde. Un movimiento del brazo de Slesdyke envió su plato de sopa humeante al regazo de Soplete.
—Lo siento —sonrió Slesdyke.
—Te machacaré la cara por esto —dijo convulsivamente Soplete, dejando escapar una sarta de maldiciones.
—No eres bastante hombre —le dijo Slesdyke.
—¡Por amor de Dios, Soplete! —rogó Blues—. Este individuo es la clase de bastardo que nunca empieza algo si no lo puede acabar. Le estás dando la oportunidad que desea para dejarte tullido el resto de tu vida.
Pero Soplete estaba más allá de toda prudencia. Intentó agarrar a Slesdyke desde el otro lado de la mesa.
—Si nos vamos a poner ásperos, que sea en privado —propuso Slesdyke—. Hay un gimnasio por aquí.
Fueron al gimnasio. Un grupo de cerca de veinte hombres, casi todos ellos pertenecientes a las tripulaciones espaciales, ex-civiles recientemente enrolados en la Fuerza Espacial, los siguió.
Pronto se vio que Slesdyke era un experto en judo. Tardó unos cinco minutos en ajustarse a las condiciones de gravedad de la Luna, y después se dedicó a tirar a Soplete de un lado para otro experta y científicamente, teniendo cuidado de no romperle ningún hueso.
Si Slesdyke hubiera sido cualquier otro, hubiera recibido una gran ovación de los espectadores, pues a fin de cuentas había sido provocado a aquella lucha. Pero no hubo ninguna muestra de aprobación. Slesdyke poseía todos los dones, buena apariencia, agudo ingenio, inteligencia, excepto uno: el don de ser aceptado y agradar a sus compañeros.
—Bastardo —dijo una voz en sus oídos, cuando se marchaba.
—Un incidente desagradable, Slesdyke —dijo el general Turnock—. Estoy disgustado con usted.
—Fui provocado —protestó Slesdyke.
—Tonterías —farfulló el hombre pequeño—. Con sus seis años de experiencia en el Servicio Diplomático y su ingenio hubiera podido evitarlo.
—¿Tiene usted alguna orden, señor? —preguntó fríamente Slesdyke.
—La tengo. Quiero que venga conmigo a la conferencia militar de la semana próxima. Antes de que vayamos haga una lista de los oficiales que asistirán, con una observación sobre su experiencia y carácter.
—Sí, señor.
—Y aquí viene lo importante. Durante la conferencia quiero que haga correr la voz de que soy el tipo del buen caballo viejo de guerra, educado en la Armada, absorbiendo sus reglamentos junto con la leche de mi madre, y propenso a morir de convulsiones antes que aprobar una maniobra heterodoxa.
La cara de Slesdyke expresó duda.
—No estoy seguro de entenderlo, señor —protestó.
—Entonces se lo explicaré. Durante la conferencia cada oficial de cada nación estará tratando de evaluar a los otros. Éste es el propósito real del ejercicio. Comprenderá que hemos de solucionar el problema de cómo rusos, chinos y americanos pueden trabajar juntos antes de prepararnos para luchar contra los extraterrestres. De modo que, como le digo, cualquiera que sea la razón oficial para esta conferencia, su propósito real es el de darnos una oportunidad de examinarnos. ¿Comprende?
—Sí, desde luego. ¿Pero por qué…?
—¿Por qué anunciarme como un viejo caballo de guerra? Bien, ¿por qué no? Ésto es lo que usted piensa de mí, ¿no es verdad? ¿Es o no es así?
—Yo… —Slesdyke mantuvo con dificultad su compostura habitual—. Esto es lo que pensaba hasta hace cinco minutos, señor. Pero ningún caballo de guerra se llamaría a sí mismo tal cosa.
—¿Y por qué no? Estoy bastante orgulloso de ser un caballo de guerra. No hay nada malo en ser un caballo de guerra.
—No entiendo su propósito, señor —persistió Slesdyke.
—Ni necesita entenderlo —le dijo Turnock—. Haga lo que le digo, simplemente.
Hicieron el viaje en coche-lunar, un largo y extremadamente incómodo viaje de casi setecientos kilómetros, complicado por el hecho de cruzar dos cordilleras de montañas.
Divisaron por primera vez el Fuerte Eisenhower al mirar desde lo alto de un paso montañoso. El fuerte y sus instalaciones militares se extendían sobre varios kilómetros de la llanura, allá abajo. El lugar bullía activamente. En la distancia, un gran transporte Tierra-Luna estaba siendo puesto a punto para despegar. Otro parecía haber alunizado recientemente. Cerca de la ladera situada en la parte más lejana de la llanura se hallaba la mayor colección de naves que nunca hubiera visto Slesdyke, formando un abigarrado conjunto. A juzgar por el diseño, algunas tenían casi un centenar de años. Las había altas, bajas, chatas…
—Los americanos están actuando como anfitriones geniales y generosos para una mezcla de españoles, brasileños y argentinos —explicó Slesdyke—. Esa cosa anciana de la derecha es un carguero que Bolivia compró a Francia hará unos cincuenta años.
—Ha tenido usted algunas horas de estudio, ¿eh, Slesdyke?
—Sí, señor. ¿Ve todos estos bichos moviéndose de aquí para allá entre las naves y la sombra de los peñascos? Dicen que los americanos han instalado una batería completa de nuevos hangares y talleres de reparación allí, en forma de túneles.
—¿Y esa nave que hay ahí en la llanura?
—Rusa —dijo Slesdyke—. La más nueva. Su nombre es Agonek: La Centella.
—Ah, sí. Nosotros, los británicos, debemos viajar penosamente en coche-lunar, pero los rusos llegan en un cohete. Bastante oneroso para ellos. ¿Qué significado tienen esas CCCP en los flancos?
—Son las siglas rusas equivalentes a nuestras URSS, señor.
—¡No me diga! —exclamó el general Turnock.
—¿No sabía eso, señor? —dijo Slesdyke, mirándolo.
—Su trabajo es contestar preguntas, no hacerlas —dijo Turnock abruptamente.
DOS
Fueron recibidos, en el interior de la compuerta principal del Fuerte Eisenhower, con gran ceremonia. La guardia presentó armas. Un oficial les dio la bienvenida. Fueron transportados rápidamente en un automóvil eléctrico hacia las profundidades de la superficie lunar, e introducidos eventualmente en una antesala confortablemente amueblada.
La habitación estaba llena de uniformes rusos, americanos, franceses, españoles, escandinavos, chinos. Cada grupo nacional era atendido por un oficial americano, inmaculadamente vestido, que distribuía bebidas y hacía amigable la conversación.
—Buenos días, mayor —una voz surgida directamente de lo más profundo del sur de los Estados Unidos habló en la oreja de Slesdyke—. Es agradable tenerlo por aquí. ¿Whisky?
—Me alegro de estar aquí —respondió Slesdyke—. ¿Dijo whisky?
—Whisky fue lo que dije —admitió el americano—. No se crea que lo bebemos cada día. Esta conferencia es una ocasión muy especial.
Slesdyke miró hacia los treinta centímetros cúbicos de líquido que había en su vaso. Su coste de transporte hasta la Luna debía haber sido de diez libras. Los sorbió reverentemente.
—Supongo que es usted el ayudante del general Turnock, ¿no es así, mayor?
—Lo soy —admitió Slesdyke.
—Me da la impresión de que el general es un luchador de primera clase. Le agradecería mucho si pudiera darme un rápido bosquejo de su carrera oficial, de modo que mi general sepa el calibre del hombre.
—Con mucho gusto —convino Slesdyke—. Procede de una vieja familia militar inglesa. Creo que alguno de sus antepasados luchó en Waterloo. Es de la Academia Sandhurst. Ganó la Cruz Militar en aquel incidente en Birmania, hace unos 25 años. Es un especialista en tanques.
—¿Ha tenido experiencia en naves? —la voz que hizo esta pregunta era dura y tenía un fuerte acento extranjero. Slesdyke se volvió para encontrarse con un rechoncho ruso enfundado en un uniforme negro.
—¿Naves? —preguntó, dudando.
—Creo que el mayor no ha entendido el significado de la pregunta —explicó el complaciente americano—. No tenemos suficiente agua aquí en la Luna para que puedan usarse esa clase de naves. El mayor quiere decir espacionaves.
—Bien —dijo Slesdyke, vacilante—. No creo que tenga ninguna experiencia espacial. Pero, después de todo, ninguno de nosotros tiene conocimiento de guerra espacial tampoco, ¿no es verdad?
—¿Cuáles cree que son las cualidades que hicieron que el Gobierno Británico lo destinara aquí? —el americano era aún cortés, aunque débilmente persistente.
Hasta hacía poco tiempo Slesdyke se había movido en los círculos diplomáticos interiores en Londres. Sabía la respuesta a esta pregunta. El Estado Mayor se dio cuenta de que la primera fase de una guerra espacial sería siempre un proceso de aprender por experiencia. Alguien tenía que cometer los primeros errores, y cada general elegible (excepto aparentemente Turnock) estaba sumamente ansioso de que fueran cometidos por algún otro.
—No siendo un estratega militar —sonrió Slesdyke—, esa pregunta queda fuera de mi terreno. Pero el general Turnock es un gran hombre, honesto, leal, trabajador y desinteresado. Además, creo que tiene un talento bastante especial para lograr un buen entendimiento con otros oficiales de mayor experiencia. —Y mientras lo decía, Slesdyke se preguntó si ello podía ser posible.
El ruso recibió esta declaración con un fuerte resoplido.
—¡Heey! —dijo el americano—. Su general parece ser un hombre notable.
Slesdyke pensó que era más fácil soportar el resoplido del ruso que el falso entusiasmo del americano.
Después de perder el tiempo durante un rato en estas maniobras de introducción inicial, el Comandante General americano Masterman requirió a sus huéspedes en el salón de conferencias.
Slesdyke contó unos cuarenta oficiales: ocho americanos, diez rusos, dos chinos, tres indios, dos británicos, tres franceses, un noruego que representaba al grupo escandinavo, un australiano, dos canadienses, un oficial representando a las repúblicas Sudamericanas, dos a la Federación Central Africana, dos de apariencia oriental que llevaban uniformes de color pardo y cuya nacionalidad no tuvo tiempo de identificar.
Se sentó al lado del general Turnock. En el lado opuesto había un oficial francés, de aspecto serio y cabello gris. Slesdyke lo saludó con su excelente francés. El hombre le devolvió el saludo en forma reservada.
El Comandante General americano se levantó en la cabecera de la mesa.
—Caballeros —comenzó—, permítanme empezar haciéndoles extensiva a ustedes la bienvenida del Fuerte Eisenhower. Como anfitrión, me permito sugerir que nuestro primer asunto debería ser la elección de un presidente para la reunión.
Hubo una inmediata babel de sonidos, mientras cada A. de C. traducía aquello a una multitud de idiomas. El ruido aún no había cesado cuando estaba ya de pie un oficial ruso. Emitió un chorro de palabras rusas.
Slesdyke se inclinó hacia el general Turnock, pero antes de que pudiera empezar a hablar éste le puso una mano sobre su brazo.
—Vamos a economizar el uso de nuestros talentos, muchacho —dijo—. Ya sé las dotes que posee, pero guardemos por ahora nuestro conocimiento del ruso para nosotros mismos. En su lugar escuche todo lo que se dice, y trate de recoger cualquiera de los refinados puntos que los intérpretes puedan pasar por alto.
Las observaciones rusas fueron interpretadas. Nadie se sorprendió de saber que, debido a que el esfuerzo ruso para la guerra era el más grande, se proponía que el presidente fuera un ruso.
Los chinos estuvieron de acuerdo. Un sudamericano discrepó. Un oficial americano se lanzó a describir la cantidad de dinero y material con que su país contribuía.
—Escaramuzas preliminares —murmuró el general Turnock.
Se necesitó media hora para elegir un presidente. El oficial escogido fue el español, un hombre alto y dignificado, de cabellos grises, muy respetado y admirado. Diez años antes había capitaneado una nave exploradora a Júpiter, hazaña que le había valido una reputación mundial.
Se trasladó a la cabecera de la larga mesa y se sentó con dignidad, entre considerables aplausos.
Era necesario ahora un acuerdo concerniente a lo que se llamaba el «lenguaje oficial de guerra».
Los rusos propusieron inmediatamente su propio idioma, basándose en el hecho de que eran ellos quienes estaban contribuyendo con más hombres y material. El presidente español demostró ser adecuado para su puesto: señaló que el criterio debía ser el que mejor conviniera a un mayor número de participantes.
El ruso replicó que, caso de escoger el inglés, por ejemplo, esto pondría a los rusos en desventaja táctica.
—General, debe usted tratar de asimilar la difícil idea de que los británicos y los americanos no son sus enemigos en esta ocasión —señaló suavemente el presidente.
El ruso declaró haber sido insultado.
—Deben dejar testimonio en el registro de que han efectuado el número requerido de protestas —explicó el general Turnock.
El debate continuó.
Un oficial francés propuso su propio idioma, el idioma que en el pasado había sido el de la diplomacia y la cultura. Habló de su lucidez, de su lógica inevitable y de su claridad.
Nadie le prestó mucha atención.
Al final fue aceptado el inglés, con traducciones al ruso.
El resto de la conferencia estuvo destinado a la discusión del nombramiento de un Comandante Supremo. La idea era que las recomendaciones que se hicieran en esta conferencia serían consideradas por las potencias contribuyentes, es decir, por los gobiernos nacionales que estaban contribuyendo a la campaña con hombres y material.
Los rusos expusieron sus derechos de proveer el Comandante Supremo debido a que ellos eran quienes estaban realizando la mayor contribución. Los americanos objetaron contra esta pretensión, y enmarañaron la conferencia en una especie de ciénaga en la que rublos, dólares, poder bélico y tablas de sueldos fueron mezclados conjuntamente, todo lo cual duró casi una hora. El oficial francés más antiguo propuso a uno de sus colegas (no presente en la Luna), sobre la base de que era el soldado más hábil y distinguido en esos momentos.
—Probablemente sea cierto —observó el general Turnock en voz baja.
Nadie más estuvo de acuerdo.
No se llegó a ninguna solución. Cada Comandante General propuso informar privadamente a su Gobierno. Después de algunas confusas discusiones le llegó el turno de hablar al general Turnock. Al contrario de los otros, se puso en pie e hizo un discurso formal. Fue un excelente discurso, mirado desde ciertos puntos de vista. Hablando en tonos firmes, claros y enérgicos, golpeándose ocasionalmente con el puño la palma de la otra mano, dijo que todos los presentes se encontraban allí para un solo propósito: derrotar al enemigo. Slesdyke reflexionó en el hecho de que había un número bastante elevado de propósitos motivadores: ambición personal, por ejemplo, así como también la grandeza nacional y la esperanza de hacerse con alguna clase de ganancia, tal vez en forma de nuevas técnicas, como resultado del contacto con el enemigo. Se apostó a sí mismo que Turnock usaría la expresión «estar unidos». Ganó la apuesta. Un poco más tarde ganó otra vez con «trabajar juntos», y más tarde con —ésta fue un poco aventurada— «olvidar diferencias del pasado». Hacia el final del discurso estaba apostando por «mantener nuestra pólvora seca», pero perdió en ella, escuchando a cambio, con un poco de sorpresa, un «nosotros, los humanos, nunca seremos esclavos».
Turnock se sentó. No hubo ningún aplauso; hubo, en cambio, un curioso período de completo silencio.
La reunión se interrumpió. Slesdyke bebió cocktails, y observó a su general hablando ardiente y enérgicamente a cada uno de los oficiales más antiguos por turno.
Slesdyke giró en órbita como un planeta por los alrededores de estas conversaciones. Escuchó a Turnock usar otra vez expresiones como «estar unidos» y «trabajar juntos», «dar una buena bofetada al enemigo»… Vio a los americanos demostrar un acuerdo tolerante y divertido; sospecha —aunque parecía estar disminuyendo rápidamente— por parte de los rusos; franco desprecio del oficial francés. Un oficial paquistaní, de piel oscura, joven y bien parecido, aplaudía entusiásticamente cada perogrullada.
Durante las tres semanas siguientes a aquella reunión no pareció ocurrir casi nada. Los líderes militares de cada nación representada en la Luna habían informado a sus Gobiernos, debatido en conferencias y discutido.
Entonces, un día, se anunció que las Naciones Unidas habían nombrado un Comandante Supremo para las Fuerzas Espaciales Unidas. Su nombre, decía el anuncio, era el de un británico; el general George Fortescue Turnock, Cruz Militar, Orden del Imperio Británico.
Gritos de indignación y desesperación se alzaron en varios idiomas desde varios lugares del mundo, aunque no, naturalmente, de la Gran Bretaña.
—¿Está sorprendido, Slesdyke? —preguntó el general Turnock.
—No del todo, señor —confesó.
—Entonces dígame, ¿por qué cree que conseguí el puesto?
—Porque ninguna parte lo cree a usted peligroso.
—¿Qué quiere decir con «peligroso», Slesdyke? —preguntó Turnock.
—No creen que sea lo suficientemente listo y deshonesto como para jugar a su favor y perder en cada lado.
—Muy bien, muchacho. ¿Alguna otra razón?
—Sí. Puesto que no sabemos nada sobre el enemigo, nuestros primeros encuentros serán sin duda desastrosos. Ha sido usted elegido como chivo expiatorio. Después de algunos fallos iniciales, durante los cuales adquiriremos desde luego mucha información sobre el enemigo, usted caerá en desgracia. Otro general, ya sea ruso o americano, guiará nuestras fuerzas a la victoria, y será aclamado como el salvador de la humanidad.
—Tan joven y tan cínico —suspiró Turnock, sacudiendo la cabeza—. Dígame entonces, para satisfacer mi curiosidad: ¿por qué continúa conmigo?
—No le entiendo, señor.
—Vamos, vamos. Usted es un diplomático de carrera joven, brillante y no muy escrupuloso. Usted pretende ser Primer Ministro algún día, ¿no es verdad?
—Cada cual tiene sus sueños, señor —admitió Slesdyke.
—Una respuesta muy elegante, muchacho —las palabras fueron dichas con ironía—. Ahora que ha descubierto que está sirviendo bajo las órdenes de un hombre destinado al fracaso y a la desgracia, ¿por qué no me deja? Estoy seguro de que puede pedir al amigo que lo envió aquí que susurre otra vez en la oreja del Primer Ministro para que sea devuelto.
Slesdyke se sintió incitado a herir al hombre.
—Su fracaso no necesita ser el mío —señaló—. Además, ese discurso que hizo.
—No cree que sea tan tonto como eso, ¿eh? Pero si no, ¿cuáles pueden ser mis motivos?
—Ser condecorado tal vez —especuló Slesdyke—. Acaso un puesto de Gobernador.
—No para alguien caído en desgracia. Su lógica le está fallando, muchacho. Los caídos en desgracia no suelen ser condecorados.
—Señor —exclamó Slesdyke—. ¿Haría el favor de no llamarme «muchacho»?
—¡Ja! —Turnock emitió una risa que era como un seco ladrido—. De modo que estoy llegando bajo esa suave piel de lirio blanco, ¿eh? Ahora vuelva a su perrera y empiece a organizar una conferencia de Comandante Generales, a tener lugar dentro de tres días. En cualquier sitio. Fuerte Eisenhower, Fuerte Lunigrad, aquí si lo desean. No ponga dificultades…
—¿Propósito, señor? —preguntó Slesdyke.
—Discutir la estrategia general.
TRES
—Bienvenidos al Fuerte Elizabeth, caballeros —dijo el general Turnock a los oficiales reunidos alrededor de la mesa de conferencias.
No todos los oficiales que había visto en Fuerte Eisenhower estaban presentes hoy allí. Los chinos, por ejemplo, habían enviado una breve excusa. El general ruso estaba representado por su segundo.
—Creo que sería prudente empezar con una discusión general sobre el plan de acción de la guerra —continuó Turnock—. ¿Le importaría a alguien comenzar?
Después de una pausa, el americano carraspeó.
—No me parece que sea preciso discutir eso, señor Presidente —dijo—. Las directrices de las Naciones Unidas son las de defender nuestro planeta contra los extraterrestres, así como proteger el tráfico de nuestras naves espaciales entre los planetas.
—Esto es, desde luego, una instrucción extremadamente general —replicó Turnock—. ¿Tienen ustedes algunas órdenes más precisas de sus Gobiernos?
—Mi Presidente ha usado la expresión «una robusta defensa luchadora» —continuó el americano—. Eso quiere decir que cualquier nave extraterrestre que trate de penetrar hacia la Tierra debe ser interceptada y obligada a retirarse.
—¿Les abrirán fuego si es necesario? —preguntó el oficial francés.
El oficial ruso habló:
—Mi Gobierno cree que, cuando los extraterrestres descubran que el grupo más avanzado de nuestro planeta ha alcanzado un nivel tan alto de civilización como el representado por la democracia soviética entonces, aunque otros grupos puedan estar aún en condiciones de esclavos de los estados capitalistas, se abstendrán de efectuar ninguna agresión contra nosotros.
—¿Y cómo se propone usted conseguir que adquieran este conocimiento de la civilización soviética? —preguntó Turnock.
—Debemos destruir cada una de sus naves que se acerque a un determinado límite —explicó el ruso vigorosamente.
—De hecho —comentó retorcidamente Turnock—, americanos y rusos están de acuerdo en este punto. Realmente, también lo está mi propio Gobierno. Por lo tanto, a menos que nadie desee interceder por un plan de acción completamente diferente, adoptaremos el mencionado, y formularemos planes detallados de acuerdo con él. Una defensa luchadora, como nuestro amigo americano ha sabido decir tan bien.
El oficial francés tosió. Turnock lo miró severamente, pero no dijo nada.
A continuación hubo una discusión de detalles extremadamente aburrida.
La verdad es que no existía ninguna armada espacial en ningún sentido real. Solamente había una heterogénea colección de naves, algunas dotadas con armas de una clase muy experimental, otras desarmadas. No había orden o uniformidad en el equipo, mando, comunicación o técnica de maniobras.
Turnock propuso una organización de la flota basada en unidades formadas por escuadrones de cinco naves. En general, la dotación de cada nave sería de la misma nacionalidad, aunque los escuadrones estarían necesariamente mezclados. El total de naves disponibles era de unas doscientas, con las que se podían formar cuarenta escuadrones. Se convino que los escuadrones debían dividirse en ligeros —naves pequeñas y maniobrables— y pesados. Cada grupo de cuatro escuadrones se llamaría «Harca». (El nombre «Ala» había sido propuesto por los británicos y «Grupo» por los americanos. «Harca» era una palabra rusa).
Después de mucho discutir, Turnock persuadió a sus aliados de convenir que las dotaciones operacionales —que estarían compuestas por casi un millar de oficiales y un número aún no estimado de hombres— deberían ser acomodadas juntas, cualquiera que fuese su nacionalidad, «para obtener una comprensión de las cualidades de los otros», explicó Turnock. Los rusos se opusieron furiosamente a esto, hasta que Turnock insinuó que la residencia de los oficiales de las tripulaciones podía establecerse en Lunigrad. Después de esta alusión, los americanos se opusieron a este proyecto con la misma ferocidad. La proposición se sometió a votación. Rusos y británicos votaron juntos, así como uno o dos de otras nacionalidades. Los americanos fueron derrotados. Un oficial americano señaló la derrota describiendo a los británicos como unos bastardos traidores.
—Gracias, caballeros —dijo Turnock—. Creo que hemos hecho algunos satisfactorios progresos esta tarde. Para evitar cualquier malentendido, les ruego que tomen nota de que, a pesar de que esta tarde hemos llegado a nuestras decisiones por votación, como Comandante Supremo seré yo personalmente quien tome las decisiones de estrategia… aunque desde luego siempre me complacerá tener su opinión y su consejo. Recibirán mis órdenes a su debido tiempo a través de mi A. de C. aquí presente, el mayor Slesdyke.
Se levantó, y salió caminando vigorosamente.
—¿Bien, Slesdyke? —preguntó Turnock más tarde.
Slesdyke había estado bebiendo con otros oficiales desde que la conferencia concluyó. Podía absorber enormes cantidades de licor sin sentirse muy afectado, pero se veía pálido y su conversación era un tanto confusa.
—Los americanos están diciendo ahora que tal vez esté usted OK. en logística. Quieren decir en administración.
—¿Qué habían dicho antes de hoy?
—Que había sido usted un gran oficial combatiente.
Slesdyke, como todos los buenos lingüistas, tenía oído para las entonaciones, e imitaba a la perfección el acento americano.
—¿Alguna idea de lo que significan exactamente estas frases?
—Decir que es usted un oficial combatiente significa que no tiene cerebro para la estrategia; decir que es usted capaz en logística significa que no es usted lo bastante valiente como para ser un oficial combatiente.
—Gracias por esas opiniones tan francas, Slesdyke. Deme algunas más. Dígame, ¿qué es lo que cree que nos hace falta para continuar esta guerra?
—Información —dijo Slesdyke rápidamente—. Véase «Las campañas de Marlborough»: su éxito se basó en un excelente servicio de inteligencia. Tómese la rebelión escocesa jacobita de 1745: los escoceses no tenían ningún servicio de inteligencia; pasaron a diez millas de una concentración de sus oponentes; los podían haber derrotado; podían haber ganado suficiente ímpetu como para dirigirse al sur hacia Londres. Necesitamos más información.
—Veo que ha estado haciendo sus deberes —aprobó Turnock—. Dígame ahora qué es lo que sabemos acerca de los extraterrestres.
—Un momento, señor. —Slesdyke salió de la habitación y volvió con un par de carpetas—. Primera aparición de los extraterrestres: una extraña nave se colocó al lado de un carguero Tierra-Marte hace tres años. Se fue sin hacer ningún daño. Seis meses más tarde otro carguero marciano fue encontrado flotando en el espacio, no muy lejos de su ruta. Los tubos de impulsión habían sido destruidos por una explosión, la tripulación muerta. La nave había sido saqueada de carga y equipo. Tercer caso: una nave aterrizó en las afueras de Krushevgorod, en Siberia. Extraterrestres parecidos al hombre atravesaron la ciudad en pequeños vehículos, incendiaron, saquearon, y mataron a varios de sus habitantes. Se han registrado un gran número de casos similares, señor. Hace dieciocho meses se descubrió que naves extraterrestres aterrizaban y despegaban en Calisto. Una inspección mostró una ciudad-cúpula en construcción. Hace un año, la nave Buena Esperanza, al mando del capitán Sir Wilfrid Scheelle, con órdenes de las Naciones Unidas, trató de establecer contacto pacífico con los extraterrestres en Calisto. Se le permitió aterrizar allí, le dispararon inmediatamente, y se supone que fue destruido. ¿Debo continuar, señor?
—No —dijo Turnock—. Este material no tiene valor militar. ¿Posee algún dato sobre sus armas?
—Un informe indica que una nave extraterrestre arrojó contra una de las nuestras una esfera de llama blanca incandescente. Una declaración sobre uno de los más recientes ataques en Marte indica que atravesaron la ciudad en botes de reluciente metal que flotaban sobre el suelo, y que sus armas lanzaban estrepitosos chorros de rayos.
—Los asirios vinieron como un lobo en el redil; su cohorte era reluciente de púrpura y oro… —citó Turnock—. Sin ninguna duda existe un núcleo de verdad en estas historias; después de todo, nosotros tenemos armas que hacen estrépito y vehículos que flotan sobre el suelo, aunque ninguno de este material es lo suficientemente exacto como para ser útil. Tenga presente, Slesdyke, que estamos en la vida real, no en novelas de muchachos. Los extraterrestres deben vivir y actuar dentro de los términos de sus limitaciones físicas.
—No le entiendo, señor.
—Quiero decir esto: necesitan alimentos, oxígeno y agua, o algunas alternativas similares. Sus armas deben tener límites de alcance, un tamaño y un peso definido. Estas armas deben ser transportadas a través del espacio, de modo que su cantidad es limitada. Ocasionalmente se estropearán. El fuego ofensivo es básicamente manipulación de energía, y los acumuladores de esta energía, sean explosivos químicos u otras fuentes como dinamos, tienen peso y tamaño, y su número debe ser limitado también.
—Entendido —afirmó Slesdyke. Por primera vez se sintió impresionado por la cualidad de los conocimientos de Turnock.
—Éstas son cosas que debemos averiguar. Después de que los escuadrones hayan sido formados y hayan practicado maniobras, los enviaremos afuera, en patrullas de combate. Usted destacará que lo que queremos es información. Clases de armas, radio de alcance, capacidad de fuego, límite de poder, es decir, después de cuántos disparos deben retirarse para reabastecerse de munición o recargar sus baterías. Sólo hay un medio de conseguir esta información: enviando afuera patrullas de combate.
Los escuadrones estaban formados: rusos, americanos, británicos, franceses, escandinavos, chinos, argentinos, escoceses, paquistaníes, irlandeses, canadienses y australianos.
En el espacio, las tripulaciones de las naves practicaban sus maniobras. En el espacio no hay ni norte ni sur ni este ni oeste, ni una dimensión extra para moverse, de manera que surgieron nuevos conceptos de órdenes, de los cuales nunca habían oído hablar los marinos de otros tiempos: «cambiar dirección, línea de popa, Aldebarán; dirección Vega, línea de frente, aceleración punto cinco por tres segundos, los lados en formación de batalla».
Hubo colisiones. Algunos hombres murieron. Hubo Tribunales de Investigación, discusiones furiosas, recriminaciones. Hubo malentendidos, entorpecimientos y confusiones. Hubo controversias, calumnias, difamaciones, blasfemias e injurias imposibles de imprimir gritadas por la radio en una docena de idiomas.
Pero aprendieron a manejar sus naves. Crearon un idioma espacial a través del cual las órdenes se podían dar y entender. Olvidaron, durante este tiempo, que eran rusos, escoceses, chinos, africanos o americanos.
Cuando no estaban en el espacio, las tripulaciones se relajaban.
En todos los tiempos y en cada nación, los militares han sido propensos a tener pocas inhibiciones en sus modos de relajarse después de cumplir un deber preciso y peligroso. En Lunigrad, la residencia de los oficiales era bastante excepcional a este respecto. Además de ello la baja gravedad hacía posible un número de ingeniosos proyectos que difícilmente podían haber sido soñados por sus bisabuelos de la Segunda Guerra Mundial.
La intención del general Turnock era que las tripulaciones de cada nacionalidad pudieran conocerse y entenderse las unas a las otras. A juzgar por la cantidad de sangre derramada, narices rotas, muebles destrozados, platos arrojados, incluso una o dos piernas rotas y un caso de concusión, no parecía posible que esto pudiera llegar a realizarse. Hubo una ocasión en que los oficiales franceses se vieron obligados a circular por los corredores y comedores en grupos de tres a fin de protegerse, y en otra diez oficiales americanos fueron sitiados en sus habitaciones durante cuatro días por un grupo internacional que comprendía a suecos, holandeses, irlandeses y canadienses.
Una lucha particularmente enconada ocurrió cuando los oficiales escoceses decidieron celebrar el Día de la Independencia (Escocia se había liberado de Inglaterra hacía unos veinte años). Mientras miembros de otras nacionalidades los contemplaban asombrados, los escoceses lanzaron un ataque no provocado contra los ingleses. Había cuatro escoceses y, esto debe ser consignado, algunas grabaciones de música de gaitas, contra veinte ingleses. Los irlandeses se unieron a los escoceses por simpatía, y también los franceses, en consideración a la Vieja Alianza. Los paquistaníes también son, desde luego, una raza guerrera, y es peculiar a este respecto señalar que les encanta la música de gaita. También se unieron a los escoceses.
Fue una ocasión notable. Los escoceses pretendieron que las perturbaciones ocasionadas por esta batalla habían cambiado la órbita de la Luna casi cuatro kilómetros en relación a la original. Un número de viejas derrotas, Flodden, Killiecrankie, Culloden, fueron vengadas.
Antes de que los desacuerdos entre las distintas nacionalidades hubieran ido tan lejos como para destrozar la base Lunigrad, el general Turnock dio la orden de que debían empezar a efectuarse ataques de ensayo hacia las bases extraterrestres en las lunas de Júpiter.
Esta orden tuvo un efecto depresivo en la alta moral de los oficiales de las tripulaciones espaciales. También produjo rápidas y vigorosas protestas por parte de los Comandantes Generales de ciertas fuerzas nacionales en la Luna.
—Mi Comandante General desearía que usted asegurara al general que cumplirá esta orden lealmente —aseguraba el Ayudante americano a Slesdyke—, pero le gustaría que el general supiese, no oficialmente, que es posible que el Gobierno de los Estados Unidos piense que esto va más allá de las instrucciones de las Naciones Unidas, las cuales eran, si usted recuerda, el establecer una lucha defensiva en torno a nuestro planeta.
—Se lo diré al general —prometió Slesdyke.
Así lo hizo. También le transmitió otros comentarios similares, no oficiales, de los Comandantes Generales ruso, chino e indio.
—¿Qué es lo que piensa usted que estén haciendo a mis espaldas, Slesdyke? —preguntó Turnock.
—Desde luego enviarán informes a sus Gobiernos, aunque sus Gobiernos no le irán a graznar a las Naciones Unidas, aún no. Ésta es tan sólo su primera orden de operaciones. Le dejarán hacer un número de errores más antes de apretarle los tornillos.
—Es usted un gran consuelo para mí, muchacho —comentó Turnock—. Supongo que usted cree que esta orden que he dado es un disparate.
—Así le parece a bastante gente —replicó Slesdyke—. Considere lo que ocurrirá: los escuadrones van a Júpiter, y son apaleados. Enviamos más, y son apaleados. ¿Qué conseguiremos? ¿Por qué no dejar a los escuadrones patrullando a más o menos la distancia de la Luna a la Tierra y apalear nosotros a cualquier merodeador que llegue hasta aquí?
—Ya le he dicho la razón —dijo Turnock—. Efectuando los ataques que he ordenado conseguiremos información sobre las tácticas del enemigo, armas y poder ofensivo, al tiempo que descubriremos la efectividad de nuestras propias maniobras y armas. Dígales esto a los muchachos, en el rancho. Y dígales esto también: una pantalla defensiva en el radio de la Luna significa una pantalla sobre una esfera de veinte veces diez a la décima potencia en millas cuadradas de área superficial. Con solamente doscientas naves esto equivale a una nave por cada diez mil millones de millas cuadradas. Una pantalla con grandes agujeros, ¿no? Y esto tampoco protege nuestras colonias en Marte.
—Pero con una detección por radar… —objetó Slesdyke.
—Para ser un hombre inteligente piensa usted a veces como un estúpido —dijo Turnock severamente—. ¿De qué nos sirve saber dónde están si no podemos llegar hasta ellos?
—El argumento no tiene escape —admitió Slesdyke—. Pero solamente sirve para hacer que nuestra situación parezca completamente desesperada.
—¿Qué situación?
—Nuestra propia situación militar.
—¿Por qué?
—Nuestro trabajo es demostrar a los extraterrestres que es demasiado peligroso acercarse hasta nuestros planetas. Esperamos que, después de que hayan aprendido nuestra fuerza, nos dejarán solos o negociarán. Pero usted me ha dado pruebas de que no podemos hacerlo, de que con diez veces las naves que tenemos no podríamos tampoco derrotarlos o hacerles retirarse.
—¿De modo que piensa que estamos derrotados antes de empezar?
—Así parece.
—Entonces, ¿por qué no se va a casa? Obtenga que lo trasladen a Londres. Mézclese en política, de modo que eventualmente se halle en posición de regir la delegación que saldrá de la Tierra para negociar las condiciones de rendición con los extraterrestres. Tal vez incluso consiga un puesto con los extraterrestres, una especie de Gobernador Quisling.
Slesdyke, cuyo rostro era usualmente pálido, se volvió más pálido aún. Turnock lo observó por debajo de sus pobladas cejas.
—Me odia, ¿no es verdad? —preguntó.
—Sí, señor —replicó instantáneamente Slesdyke.
—Entonces, ¿por qué no se va?
Slesdyke hizo un esfuerzo y recobró su compostura.
—No lo sé, señor. Generalmente comprendo muy bien mis propias motivaciones, pero esta vez no. En algunas ocasiones he ido tan lejos como para escribir una carta a un amigo pidiendo ser trasladado, pero siempre la he roto.
—Un problema psicológico interesante —comentó Turnock—. Tal vez quiera quedarse por aquí hasta que yo sea relevado del mando y enviado a casa en desgracia. Disfrutará de ese momento, ¿verdad?
—Sí, señor —dijo Slesdyke.
—Bien. En espera de mi relevo, puede continuar con el trabajo de organizar esas patrullas.
CUATRO
Las patrullas salieron y se dirigieron a Júpiter. Las naves eran impulsadas por motores que les permitían alcanzar la mitad de la velocidad de la luz, y que les llevaron a destino en cuatro o cinco días. Iban armadas con artillería sin retroceso y torpedos buscadores. Un pequeño porcentaje de los torpedos llevaban cabezas atómicas, pero la mayoría eran solamente de explosivos químicos, debido a que el material atómico era caro de producir, y aún más caro de transportarlo hasta la Luna. Después de un tiempo no se suplieron más cabezas atómicas.
Cuando las patrullas alcanzaron Júpiter y empezaron a igualar su velocidad con una u otra de sus lunas, las naves enemigas salieron a su encuentro.
Los torpedos buscadores fueron destruidos a varias millas de su blanco por fuego anticohete, y las mismas naves rara vez pudieron llegar al alcance de batalla de sus cañones sin retroceso. Los torpedos buscadores no hicieron dudar a los extraterrestres. Mientras los destruían, casi con la facilidad de quien espanta moscas, con el centelleo de los cohetes explotando inofensivamente en el cielo oscuro, los extraterrestres aceleraban confiadamente hacia las naves humanas.
En casi cada patrulla, algunas de las naves fueron destruidas. Las demás, invariablemente, daban media vuelta y escapaban. Los humanos excedían a los extraterrestres solamente en escaparse. El sistema «mitad rápido que la luz» parecía más fácil de manejar que cualquier principio que usaran los extraterrestres. Las naves que escaparon regresaron a la Luna y se posaron otra vez en sus bases. Y las tripulaciones, exhaustas y desalentadas, fueron transportadas a su debido tiempo a los cuarteles en Lunigrad.
Slesdyke empleaba ahora gran parte de su tiempo en Lunigrad. Tenía una enorme capacidad de trabajo. Podía discutir, explicar y preguntar en cualquier y cada idioma durante horas, sin parar. Hizo milagros con informes que podían interpretarse de tres maneras distintas, pasando del melifluo español al gutural alemán, saltando al ruso y volviendo al inglés. Para lubricar esas conversaciones tenía como recurso un extenso repertorio de corteses chistes obscenos capaces de poner los pelos de punta. Los contó en inglés logrando un impacto paralizante, pero, a juzgar por las profundas risotadas y gritos de aprobación eslávicos, era de sospechar que los había contado aún con más énfasis en ruso. Tal vez el ruso sea un mejor medio para este arte particular.
A pesar de que rieron sus chistes y tomaron sus bebidas cuando tenían la ocasión, no gustaba a nadie. Llamaban al general Turnock el León y a Slesdyke el Unicornio. Era fácil ver a Turnock como el león británico, pero a algunos era necesario explicarles que el unicornio era una maravillosa y fabulosa bestia, demasiado prodigiosa para ser verdad, capaz de ser domada por una virtuosa doncella. Slesdyke, a pesar de su apariencia, tenía poco éxito con las mujeres.
—No parece que logre usted hacerse agradable —le dijo Turnock.
—No, señor —admitió—. No estoy acostumbrado a ser aceptado.
—¿Le importa?
—No lo creo. Si vivo lo suficiente seré respetado, lo cual me parece preferible a ser solamente popular.
—Estoy de acuerdo con usted —dijo el general Turnock inesperadamente—. ¿Para qué me quería ver?
—Me preguntaba si había leído usted los informes de las patrullas.
—Desde luego. ¿Qué es lo que supone que hago con mi tiempo?
—¿Pero se ha dado cuenta de lo que ocurre, o mejor dicho, de lo que no está ocurriendo? Tomemos el caso del escuadrón ruso-británico: tres veces de cada cuatro una de las naves rusas sufre un defecto mecánico de importancia casi en el momento de despegar, y la patrulla sale con una nave menos. En otras ocasiones una nave rusa vuelve atrás debido a fallos en el compartimento de máquinas. Cuando llegan al área de operaciones frecuentemente se salen de la formación. Dificultades en la comunicación es la excusa habitual.
—¿Qué ocurre con los americanos?
—Están haciendo el mismo juego.
—Hay algunos escuadrones ruso-americanos. ¿Qué ocurre con ellos?
—Salen. Vuelven. Envían informes. ¿Cómo se puede saber realmente lo que ocurre? Raramente tienen algún defecto en el compartimento de máquinas o fallos en las comunicaciones. Lo significativo es, sin embargo, el alto porcentaje de informes que envían indicando «no hubo contacto con el enemigo».
—¿Quién más toma parte en este curioso juego?
—Los sudamericanos y los chinos. No los franceses, ni los españoles, ni los escandinavos. El escuadrón más aguerrido es el decimotercero. Está constituido por una vieja bañera americana tripulada por ghurkas, dos naves escocesas, una noruega y una paquistaní. Este grupo lucharía contra cualquier cosa. Creo que lucharían incluso contra los americanos y los rusos si usted se lo pidiera.
—¿Por qué cree que los rusos y los americanos se retienen? ¿No cree que tengan el mismo valor que los demás?
—Son órdenes superiores. Ni los Estados Unidos ni Rusia quieren gastarse contra los extraterrestres.
—Creo que tiene razón. Pero hay factores en la situación que puede que los políticos allá en la Tierra no hayan tenido en cuenta. Los muchachos rusos y americanos están viviendo, comiendo, durmiendo y jugando junto con los británicos y escandinavos. Haga circular la voz entre los comandantes británicos: dígales que no debe haber enojos, ni reproches, ni recriminaciones. Al contrario, dejemos a nuestros hombres ser terriblemente decentes sobre ello. Deje esta idea bien expuesta, y los muchachos tendrán bastante distracción siendo decentes. En un par de semanas algo ocurrirá.
Turnock comprendía la naturaleza humana. Las tripulaciones espaciales británicas encontraron que el ser decente podía convertirse en un juego satisfactorio y gratificante. Cuando una nave americana era declarada «no apta para patrullar», mostraban elaboradamente su compasión y su comprensión, y una nave británica o escandinava tomaba voluntariamente su lugar. Si una nave rusa o americana sufría dificultades mecánicas en patrulla, los capitanes británicos eran solícitos. Desde luego, alguna vez se hacían comentarios desafortunados, aunque involuntariamente. Un capitán paquistaní dejó su radio de comunicación inter-naves funcionando, completamente por error, desde luego, y se le oyó decir que, como el escuadrón se estaba acercando al límite de detección del enemigo, podía esperarse que la nave rusa tuviera muy pronto dificultades.
Una vez, hacía cien años, un francés había declarado que los británicos estaban dispuestos a defender Inglaterra hasta el último francés. Ahora los franceses cambiaron este insulto diciendo públicamente que los rusos y los americanos parecían dispuestos a defender su planeta hasta el último británico.
La tensión creció en los cuarteles de las tripulaciones espaciales hasta tal magnitud que era inevitable una especie de crisis. Nadie sin embargo, excepto posiblemente el general Turnock, que guardaba para sí mismo sus pensamientos, podía adivinar qué forma tomaría esta crisis.
Slesdyke tenía una oficina en Lunigrad, con un pequeño grupo de secretarias, oficinistas y archivadores. La crisis empezó con la visita que le hizo un joven oficial americano, piloto de una nave.
El joven saludó.
—¿Bien, teniente? —preguntó Slesdyke.
—Deseo solicitar un favor personal, mayor —dijo el joven compañero—. Le agradeceré que me ayude a conseguir la ciudadanía británica, y que sea luego aceptado para el servicio en las Fuerzas Británicas Espaciales. Tengo mi historial y mi experiencia personal escritas aquí. —Puso una hoja de papel doblado en la mesa de Slesdyke, y se quedó en posición de descanso, con la cara inexpresiva.
Slesdyke tomó la hoja de papel y la miró abstraídamente. De todas las cosas que podían haber ocurrido, esto era algo que no había pensado. Se preguntó si Turnock era lo suficientemente astuto como para haber previsto algo semejante. Se dijo que tal vez sí.
—¿Se da cuenta de que esto puede acarrear un poco de publicidad, teniente?
—Un poco de publicidad es precisamente lo que me gustaría conseguir —contestó el americano.
—¿Alguno de sus amigos se siente como usted?
—No he dicho nada sobre mis sentimientos, mayor —fue la respuesta.
—Me equivoqué —confesó Slesdyke—. ¿Le importaría decirme por qué desea la nacionalidad británica? Alguien querrá saberlo.
—Digamos que no me importa ver a los Estados Unidos permaneciendo neutrales en esta guerra.
Saludó y se fue.
Ese día, Slesdyke recibió tres peticiones idénticas de otros tres oficiales americanos. Envió las cuatro a Turnock. Turnock las leyó, se rió para sí mismo y luego envió copias al Comandante General americano, «para comentario».
El Comandante General americano no hizo ningún comentario. De hecho, lo ocurrido no fue discutido nunca. Sin embargo, subsiguientes informes de las patrullas indicaron que las naves americanas no estaban sufriendo casi ninguna dificultad mecánica. El número de contactos con el enemigo aumentó. También aumentaron las bajas. Una patrulla formada por tres naves americanas y dos brasileñas sostuvo una lucha particularmente salvaje con una extraterrestre, perdiendo dos naves, pero dañando seriamente al enemigo.
—Bien —dijo el oficial rubio con acento de Cambridge—, en Bretaña somos una democracia, desde luego…
—Perdón —interrumpió el interlocutor ruso. Tenía los ojos de tipo oblicuo característicos de la Mongolia Exterior—. Nosotros, en Rusia, tenemos una democracia. El vuestro es un sistema capitalista.
El colega de Cambridge murmuró «bah-baah», y dijo como solamente un hombre de Cambridge lo diría:
—Bien, digamos que lo vuestro es una democracia de tipo ruso y lo nuestro una democracia de tipo británico. ¿Puedo continuar?
—Muy bien —convino el ruso, cautelosamente.
—Mi tesis es que, en una democracia, la ley está hecha para servir al hombre.
—Las leyes están hechas para el bien del Estado —objetó el ruso.
—¿Qué es el Estado? Solamente una bestia fabulosa. Tal como lo veo, las leyes están hechas para el bien tuyo y el mío y el de nuestros compañeros. Lo que es más, están hechas por tipos blandos con pantalones rayados allá abajo en la Tierra, tipos que no saben cómo son las cosas aquí arriba.
—¿Y…? —preguntó el ruso. Se había vuelto pálido, como si hubiera estado escuchando un recital de blasfemias.
—Algunas de esas gentes —dijo el graduado de Cambridge, con un movimiento de cabeza que significaba que «esas gentes» no eran de Cambridge— creen simplemente que los rusos son unos cobardes. No es esa mi forma de verlo. Lo que pasa es que no adoptáis la actitud correcta ante las órdenes oficiales.
—¿Qué me aconsejas? —preguntó el interlocutor roncamente.
—Mi querido amigo, no quisiera presumir de aconsejarte. Solamente te digo lo que yo haría si estuviera en tu puesto. Por ejemplo, cuando recibes una orden diciendo que debes quedarte atrás y dejar luchar a los británicos, debes saludar, golpear con los tacones (supongo que los rusos golpeáis con los tacones) y decir: «Jawohl, mein Colonel», o lo que digáis en ruso, y luego olvidarte de ello. Sacártelo completamente de la cabeza.
—Pero luego… ¿y las explicaciones?
—Perfectamente sencillas… Dices que trataste de quedarte atrás como te ordenaron, pero debido a la superioridad de las naves soviéticas te encontraste en cabeza, atacando a las naves extraterrestres. Alternativamente, puedes decir también que las naves británicas, mandadas por tipos cobardes de esclavos capitalistas, dieron media vuelta y os dejaron…
—¿No os importaría eso?
—Mi querido amigo —aseguró el graduado de Cambridge—, si lucháis delante de nosotros, podéis decir lo que os dé la gana sobre nuestros traseros.
—Sí —convino el ruso rápidamente—, debo pensar en esto. —Había un brillo en sus ojos: estaba siendo el recipiente de una idea demasiado grande y brillante para quedársela para sí mismo. Miró a su alrededor, buscando a un compatriota con quien compartirla.
—Perdón —rogó, poniéndose en pie.
—Cómo no —convino el hombre de Cambridge—. Si alguna vez volvemos a la Tierra otra vez, ven a pasar el fin de semana en la residencia de mi padre, amigo.
Poco después se notó un cambio en los informes de los escuadrones rusos. Slesdyke comunicó este cambio a Turnock, que no pareció sorprenderse.
—Si se ponen juntos al azar unos cuantos hombres jóvenes, formando un grupo cerrado, y se les da un trabajo bastante especial y peligroso que hacer, inevitablemente se convierten en camaradas de armas, compitiendo unos con otros, ayudándose unos a otros, luchando por los otros y arriesgando su vida por otros. Las órdenes superiores no pueden evitar esto.
Turnock estaba sentado a la cabecera de una larga mesa, inclinado hacia adelante, el rostro ceñudo. Su gesto iba dirigido a los oficiales agrupados a su alrededor. Eran los oficiales de armamentos y artillería de mayor graduación de cada unidad nacional.
—Quiero sus opiniones personales. No sus puntos de vista oficiales, palabrería o declaraciones de propaganda: solamente la verdad. Nada quedará registrado, pueden hablar libremente. ¿Bien?
Nadie habló. Se miraron los unos a los otros como muchachos de escuela.
—¿Bien? —ladró Turnock—. Seguramente deben tener opiniones. Vamos, usted, hable.
—Muy bien, general —era un oficial americano—. Ninguna de nuestras armas es suficientemente destructiva —dijo—. Los torpedos buscadores solamente causan daños superficiales cuando dan en el blanco. Además, el enemigo tiene un torpedo anti-torpedo muy efectivo, de gran velocidad y maniobrabilidad, de manera que solamente un pequeño porcentaje de los nuestros llegan a su objetivo, y cuando lo hacen, como digo, los daños son en general tan sólo superficiales.
—¿Alguien más opina lo mismo? —preguntó Turnock.
Varios afirmaron con la cabeza.
—Necesitamos algo con mucha mayor velocidad y una ojiva blindada capaz de perforar la coraza. Una detonación en alto vacío contra una coraza de nave solamente hace apartar a la maldita cosa un poco fuera de su curso.
—¿Qué hay de los cañones sin retroceso? —preguntó Turnock.
—Inútiles —dijo alguien.
—Tan inútiles como una cerbatana.
—¿Por qué? —pidió Turnock.
—Bien, señor —dijo un oficial ruso, titubeando—. En el entrenamiento de artillería se nos dice que en el espacio el proyectil de un cañón sin retroceso alcanzará cualquier distancia y hará blanco, mientras el objetivo esté quieto o siga un curso regular. En realidad, las probabilidades de acertar al enemigo son nulas a una distancia de más de cinco millas.
—Exactamente. Debemos acercarnos al enemigo lo suficiente para que nuestro fuego sea efectivo. Durante este tiempo el enemigo nos lanza sus torpedos. De esta manera hemos perdido ya varias naves.
El general Turnock miró sus notas y dijo:
—De acuerdo con los registros, casi todo el daño que hemos infligido ha sido hecho con estos cañones sin retroceso.
—Lo que significa que hemos sido afortunados en una o dos ocasiones, general —protestó el oficial americano—. Si por casualidad tres o tal vez cuatro naves logran acercarse, pueden disparar una buena granizada contra el enemigo. Los proyectiles de calibre 75 atraviesan sus corazas. Una vez en el interior son desviados por maquinaria, barras y vigas. Puede imaginar qué clase de picadillo ocurre en el interior. Pero para hacer esto necesitamos tener suerte.
—Pero siempre que podamos acercar lo suficiente nuestras naves podremos hacerlos pedazos, ¿no? —insistió Turnock.
—Yo no lo diría en forma tan optimista, general —objetó el oficial de armamentos—. Yo diría más bien que si tres o cuatro de nuestras naves pueden acercarse a una extraterrestre en condiciones de disparar, lo que ocurre raramente, hay un 50 por ciento de probabilidades de que la dañen seriamente, y una probabilidad bastante menor de que dos de cada tres naves puedan regresar a la base para contar lo ocurrido. Esto es todo.
—Muy bien —concedió el general Turnock—, ya comprendo. Para resumir: los torpedos buscadores en los que pusimos nuestras esperanzas son hechos pedazos mientras se acercan al objetivo, son virtualmente inútiles. Nuestro único medio de derrotar al enemigo es pues el de acercársele y aguijonearlo hasta la muerte. ¿Qué es lo que sugieren para mejorar esta situación, caballeros?
—Pongamos cabezas atómicas en los torpedos —propuso alguien—. Así cada blanco representará la destrucción de una nave extraterrestre.
—Es una forma fantásticamente difícil, costosa y compleja de hacer la guerra —objetó otro hombre—. ¿Puede alguien decir cuánto costaría hacer una cabeza de guerra nuclear, transportarla a la Luna, cargarla en una nave y dispararla contra el enemigo? Piensen en todos los problemas de aislar la radiación. Y cuando fuera disparada, sus probabilidades de acertar serían tan sólo de una sobre cincuenta o algo así.
—Queremos algo nuevo —dijo un oficial francés—. En efecto, estamos usando armas que nunca fueron destinadas a la guerra espacial. Necesitamos instrumentos nuevos, potentes y de gran alcance.
—Por el momento —advirtió Turnock—, mientras alguien diseña esas nuevas armas, el enemigo está acumulando sus fuerzas, ganando confianza, reuniendo información sobre nuestros planetas. Si el enemigo decidiera invadir la Tierra mañana, ¿creen ustedes que podríamos detenerlo y prevenir el que consolidase su posición? Yo no lo creo así.
Se miraron dubitativamente los unos a los otros.
—General Turnock —preguntó un hombre inesperadamente—, ¿cuáles cree que son las intenciones de los extraterrestre?
—Son vikingos del espacio —dijo el general.
Se miraron sorprendidos, al oírle usar esa pintoresca frase.
—En algún lugar, a pocos años luz, hay una activa y vigorosa raza joven. Imagino que está en nuestro mismo peldaño de evolución; tal vez con unos pocos cientos de años de adelanto tecnológico. Deduzco que un gran número de problemas técnicos, incluida la navegación interestelar, los ha solucionado recientemente, y esto la llena de confianza en sí misma, de orgullo y bravura, avance y conquista. Está saliendo hacia el espacio, fuera de su propio sistema solar. Estos bribones con los que estamos luchando no son más que aventureros. Fuera de la ley. Exploradores. Descubridores. Los Drake, Raleigh y Frobisher de su parte de la galaxia. Están buscando botín, pillaje, tierras que ocupar, indefensos y débiles nativos a quienes explotar. Para ellos nosotros somos lo que los inocentes y desnudos caribes eran para los españoles.
—No nos da usted muchas esperanzas, general —protestó el oficial americano.
—Écheme una buena mirada —replicó Turnock—. ¿Me parezco en algo a un inocente y desnudo caribe?
—Nunca lo hemos visto desnudo, general —dijo el americano—; pero creo que usted no parecería inocente ni aún llevando su traje de nacimiento.
CINCO
—Slesdyke —dijo Turnock—. Una vez o dos me dijo que estaba destinado a ser el chivo expiatorio cuando las naciones se inquietaran sobre nuestros errores iniciales, fallos y derrotas. ¿Cuánto tiempo estima que tengo aún?
—Casi un mes —le dijo Slesdyke—. Tal vez seis semanas. El representante del gobierno de los Estados Unidos en las Naciones Unidas está diciendo ya que sus ataques de ensayo cuestan hombres y naves. Dicen que no ha tratado usted de establecer la pantalla defensiva. Desde que usted tomó el mando se han registrado cinco ataques a la Tierra y dos en Marte, y usted no tenía ninguna nave en una distancia de un millón de millas. Además, el general ruso cree que ha aprendido algo sobre las armas y tácticas de los extraterrestres, y sus genios allá en Rusia casi han terminado un torpedo buscador de gran velocidad que sigue una ruta variable hacia su blanco. Así, el general ruso piensa que está listo para encargarse él de la guerra a partir de ahora.
—¿Seis semanas? —preguntó Turnock—. Muy bien, veamos. —Abrió un cajón y sacó varias hojas de papel, que entregó a Slesdyke—. Quiero que estudie este material y lo traduzca al ruso, al francés y al español. Éste es el texto de un discurso que voy a hacer dentro de tres días, y quiero que lo traduzca mientras yo continúo mi trabajo.
Slesdyke empezó a leer las notas. Después de mirar la primera página acercó una silla y se sentó, sin prestar atención a Turnock. Continuó leyendo, completamente absorto.
Cuando terminó dejó los papeles sobre la mesa.
—Desde el momento en que me convertí en su ayudante, general, he tenido la creciente convicción de que estaba usted trabajando constantemente hacia un cierto objetivo. Ahora —señaló hacia los papeles— estoy convencido de ello.
—De modo que ahora sabe ya cuál es mi objetivo —dijo con ironía el general.
—Desde luego que no. Esto solamente son notas sobre capacidad de fuego, círculos de viraje, cocientes de aceleración, combustibles y características de carga. A pesar de ello, este discurso que usted dará es para preparar a las tripulaciones para su plan maestro. Me gustaría que me dijera cuál es.
—Le gustaría, maldito sea —gruñó Turnock—. ¿Por qué demonios debería hacerlo?
—Ciertamente —replicó Slesdyke con calma—. Ésta es la crisis y el clímax hacia el cual ha estado usted trabajando. Estoy convencido de ello. Pero si está usted planeando el arriesgar nuestras fuerzas espaciales en alguna loca aventura militar, solamente para su propia diversión, o porque espera lograr fama militar con ella, tengo la intención de detenerlo. Oh —levantó una mano en señal de protesta—, no pierda el tiempo tratando de asustarme. Poniéndome bajo arresto no se deshará de mí. En el momento en que esté fuera de circulación, cierta gente empezará a hacer preguntas. Por otra parte, señor, debo admitir que habiendo trabajado con usted todo este tiempo encuentro cada día más difícil el creer que usted se haya entregado a una aventura irresponsable.
—Éste —exclamó el general Turnock— es el momento en que debería gritar: «¡Usted, insolente cachorro, debería ser azotado!», o ponerlo bajo arresto, o decirle: «Señor, es usted un soldado; su deber es obedecer a su superior». Pero no lo haré…
—Porque nada de eso sería eficaz —interrumpió Slesdyke.
—No creo que ningún general haya sido tratado así antes —gruñó Turnock—. Muy bien, se lo diré… Nunca he creído en este proyecto defensivo. Esto ya lo sabía usted. Es… oh, es una especie de plan senil de los políticos. Si uno es obligado a recurrir a la guerra, debe hacerlo con todo su poder. Además, nunca me han asustado tanto esos monstruos del espacio como los políticos parecen dar a entender. Siempre he creído que tienen que ser seres finitos y falibles con faltas, fallos y limitaciones, últimamente, la evidencia me ha llevado a la convicción de que son un simple grupo de bandidos errantes, la escoria de una civilización extraterrestre. ¿Por qué debería someterse a ellos un planeta entero? Ahora me dice usted que seré reemplazado dentro de poco. Si es cierto lo seré por algún cauteloso ruso de mentalidad defensiva y no-agresiva, de modo que debo actuar pronto. Este plan, por lo tanto —señaló con una mano hacia los papeles— es un plan para provocar una batalla en gran escala con los extraterrestres. Vamos a tentarles a que salgan afuera en el espacio y destruirlos. No quiero decir algunos de ellos, sino a todos, a cada uno. Y su base también. Usted ha estado presente en la conferencia de armamentos, de modo que debe saber que si podemos acercarnos lo suficiente para que sea eficaz el fuego de artillería podremos hacerlos pedazos. Pues bien, lo haremos. Vamos a necesitar nuestra flota completa. Nos acercaremos, los atacaremos y los arrasaremos. Estos papeles —tiró otro manojo de papeles hacia Slesdyke— exponen detalladamente mis planes de batalla.
Slesdyke cogió los papeles y empezó a leer. A medida que leía se fue volviendo pálido. Pero era la palidez de la emoción. Slesdyke era un tipo sensitivo, intuitivo y emocional. Podía reconocer un gran momento histórico en el instante en que se estaba forjando.
—Me alegra de que me haya enseñado esto, señor —dijo.
—Entonces, ¿está conmigo?
—En un cien por ciento.
—¿Se da cuenta de que, si perdemos, su carrera…?
—Nadie ha hecho una carrera jugando continuamente sobre seguro —protestó Slesdyke—. Además, no perderemos. No podemos. Sin embargo, déjeme reformar este discurso. Digámoslo simplemente, directo al corazón. Digamos que vamos a Júpiter a destruir al enemigo. Digamos que los británicos irán de cualquier modo, y que nos complacerá si algún amigo quiere acompañarnos. Esto es algo que debe decirse sin ademanes, en forma militar y sencilla. ¿Me dejará hacerlo? —suplicó.
—Claro que sí —sonrió Turnock—. Con usted a mi lado, ¿cómo es posible que pierda?
Los oficiales de mayor graduación, Comandantes de Ala y Escuadrón, Capitanes de Navío y Especialistas Artilleros, se reunieron en la caverna central de Fuerte Eisenhower, el único salón lo suficientemente grande como para acomodarlos a todos.
—Caballeros —empezó Turnock abruptamente—, puesto que les he llamado a todos a la vez debe ser evidente que tengo algo importante que decirles. En esta ocasión vamos a invertir el orden normal de procedimiento, por lo que mi A. de C. hablará en mi nombre, primero en ruso, luego en inglés.
Se habían puesto de acuerdo sobre este ardid, al objeto de que los rusos recibieran el impacto completo de la elocuencia de Slesdyke en vez de oír una traducción sin espíritu.
Slesdyke se adelantó. Slesdyke era un actor natural: poseía un sentido del drama y una percepción especial de los ritmos del habla. Empezó a hablar suavemente, en tonos normales. Después de un momento, la parte rusa de su audiencia se agitó. Hubo un zumbido, un murmullo de sonido entre ellos. Viendo que había logrado atraer su atención, su voz se alzó. Resonó como una clara trompeta en la caverna. A pesar de que el auditorio de otras nacionalidades no podía entenderle, la creciente emoción se comunicó a todos. Slesdyke terminó con una sentencia corta, dicha quedamente. Hubo un prolongado aplauso, vítores, pataleos. Slesdyke habló otra vez, ahora en inglés. Habló con palabras tan efectivas como ningún discurso de batalla de Shakespeare. En francés, fue casi como si estuviera cantando una nueva versión de la Marseillaise, y su español sonó como un poema de guerra.
Solamente unos pocos que habían estado escuchando atentamente y que también eran buenos lingüistas se dieron cuenta de que no había dicho precisamente las mismas cosas idénticas en todos esos idiomas.
Cuando terminó, pálido y un tanto sudoroso, los vítores, los pataleos y los gritos de su audiencia duraron casi diez minutos.
—Ésta fue una representación magnífica, muchacho —aprobó Turnock—. ¿Se da cuenta de que la posterioridad me atribuirá a mí esas palabras y frases doradas?
Entonces Turnock se puso en pie y anunció lacónicamente:
—Los Comandantes de Ala y los Comandantes de Escuadrón se reunirán conmigo dentro de diez minutos para detallar el planeamiento de la operación.
—¿Qué es lo que cree que está haciendo, Slesdyke? —preguntó Turnock.
—¿Haciendo qué? —preguntó Slesdyke.
—Haciendo con este paquete de equipo espacial, muchacho.
—Estoy participando en la próxima reunión como segundo oficial de reserva de comunicaciones y preparador de té en la Luciérnaga, señor.
—No va a hacer nada de eso, muchacho —replicó Turnock—. Es usted un valioso elemento que no podemos perder; su puesto está aquí, en la base, con las secretarias y otras muchachas, de modo que devuelva este paquete donde lo consiguió y arrástrese de nuevo a su perrera.
—Señor —Slesdyke replicó con un poco más de cortesía de la en él acostumbrada— puede irse usted al infierno. —Saludó esmeradamente y se fue.
Poco más tarde volvía.
Observó que el general estaba sacando un traje espacial de un armario.
—¿Ha venido a pedir perdón, muchacho? —preguntó Turnock.
—No en mil años —replicó—. He vuelto para añadir unos pocos detalles a mi reciente sugestión, pero viendo lo que tiene entre sus manos he decidido omitirlo.
—No confunda mi intención con la bravura —explicó Turnock—. Si la batalla se vuelve contra nosotros, será mucho más conveniente para mí el estar muerto.
Había casi doscientas naves. En los primeros momentos, cuando se elevaron de la superficie de la Luna, iban agrupadas en el espacio como un enjambre de abejas. Luego el escuadrón guía cerró la formación y se destacó hacia afuera. Después de un intervalo el segundo escuadrón lo siguió, luego el tercero. Finalmente los escuadrones se situaron en línea, uno tras otro, a intervalos de cien millas. La larga línea de escuadrones giró y puso rumbo a Júpiter. Se dirigieron hacia allí en una curva de intercepción de cinco días. Las doscientas naves contenían a cinco mil hombres. De sus millones de vidas, esto era todo lo que la Tierra había podido poner con enorme gasto en el espacio para defenderse.
Había muy poco trabajo para ocupar a los hombres durante el viaje: no había cuerdas para halar, ni velas que orientar, ni tormentas que capear. Incluso los motores estuvieron inactivos gran parte del tiempo. Los radiocomunicadores estaban funcionando, y había bastante conversación entre las naves. Los Comandantes no vieron ninguna razón para prohibir esto. Un día se oyó la voz de un hombre que cantaba, y los operadores de radio de varias naves lo recibieron y lo conectaron con su sistema de comunicaciones. El hombre era un ruso, y tenía una magnífica voz de bajo. Cuando finalizó fue aplaudido en varios idiomas por parte de las tripulaciones.
—Esto es una balada —explicó el cantante—. Una balada para aquellos que murieron en el campo de Mowhatch, en una batalla que ocurrió hace mucho tiempo.
—Hay también una canción de este tipo en mi país —contestó una voz.
—Y en el nuestro…
—¿Habrá alguna balada escrita para nosotros? —preguntó alguien.
—Si vivo para ver esto terminado, yo la haré —prometió una nueva voz—. Escribiré algo mejor que todas las baladas que nunca se hayan escrito por todas las batallas de la humanidad. Después de todo, ésta es una batalla mejor: por primera vez no vamos a luchar los unos contra los otros. Haré una canción sobre nosotros que nos hará inmortales. De modo que estad alegres, amigos.
Mientras Júpiter y sus numerosas lunas parecían acercarse, el grueso de la flota puso en marcha sus retrocohetes y estableció su proximidad en unos tres millones de millas.
Cuatro escuadrones se separaron de la flota y se adelantaron.
—¿Quiénes son? —preguntó Turnock, observando los puntos en la pantalla.
—Un escuadrón ruso, un británico y uno de los Estados Unidos —se le dijo—. Todos quisieron ser voluntarios: franceses, sudamericanos, chinos y paquistaníes. Pero después de tomar en consideración la capacidad de fuego y la maniobrabilidad de todas las naves se seleccionaron estos tres escuadrones.
—Pero hay un cuarto —señaló Turnock.
—Ése es un escuadrón mixto de escoceses y ghurkas. Sus naves no son extraordinariamente buenas pero es el grupo más aguerrido, y de todas maneras pidieron ser la nave guía y dieron a entender que abrirían fuego contra cualquiera que tratase de tomar esa posición.
Se había observado que los extraterrestres siempre salían al ataque. Siempre lo hacían, en cualquier circunstancia, y esto era parte del plan. Por ello, cuando el primer escuadrón humano llegó dentro del límite de sus aparatos detectores, dos de las grandes naves extraterrestres se elevaron para interceptarlo. A los extraterrestres no les pareció que hubiera nada de extraordinario: simplemente, una de las muchas patrullas humanas que podía ser batida en la forma acostumbrada.
Antes de que el primer escuadrón pudiera ser combatido, el segundo fue observado por los detectores de los extraterrestres viniendo desde otra dirección. Tres naves más se elevaron contra el mismo.
El tercer y el cuarto escuadrón humano tentaron a otros navíos extraterrestres a salir también al espacio.
En la radio de Turnock, una tranquila voz escocesa dijo:
—El escuadrón de guía atacará. No disparen contra los cohetes buscadores enemigos hasta que lleguemos a la distancia señalada de sus naves. El oficial de control artillero de esta nave señalará los objetivos.
Cinco minutos más tarde el escuadrón número dos daba una orden similar.
—¿Habrá descubierto ya el enemigo el grueso de la flota? —preguntó Turnock.
—Sí, seguramente. Pero como estamos moviéndonos directamente hacia él en línea de popa no tendrá idea de nuestro número.
Cada uno de los cuatro escuadrones guía estaba atrayendo a un número de naves enemigas. Los extraterrestres se adelantaron en forma individual, sin ninguna formación regular. Los escuadrones guía avanzaron hacia ellos.
—Muy bien ahora. —Turnock dio la orden después de inspeccionar la línea de pantallas—: Que empiece a moverse la flota. Hagamos un despliegue… —Indicó cómo debían acudir en ayuda de los escuadrones uno, dos, tres y cuatro, por ese orden.
La flota avanzó.
El escuadrón número uno estaba dentro del límite de los cohetes enemigos. Una de sus cinco naves fue alcanzada y volada en pedazos antes de que pudiera llegar al límite de la artillería. Una segunda fue alcanzada en los tubos propulsores, y se alejó con rumbo incierto. Las tres restantes llegaron al límite de los cañones y empezaron a disparar con proyectiles perforadores de coraza y de alto explosivo. Una tercera nave estalló, alcanzada por un torpedo. Quedaban dos en aquel escuadrón.
—No nos importaría un poco de ayuda por aquí —dijo la tranquila voz escocesa, como si conversara.
Un momento después el orador vio la flota entera dentro de su alcance visual. Pasaron a gran velocidad en una línea de tres naves a popa; cada hilera de naves estaba constituida por tres de ellas en formación triangular, y había sesenta triángulos uno detrás de otro. Cayeron en medio del enemigo, que parecía no haberlas visto. Cada nave abrió fuego tan pronto llegó dentro del límite de una de las extraterrestres, y continuó lanzando proyectiles hasta haberla rebasado; así, cada nave enemiga recibió por turno el fuego concentrado de ciento ochenta naves. Todas ellas fueron reducidas a pedazos.
La flota giró en el curso de su curva hacia el grupo enemigo contra el que luchaba el escuadrón número dos. Solamente dos naves de ese escuadrón estaban aún disparando.
En cinco minutos este grupo enemigo fue también destruido.
De los grupos restantes, contenidos respectivamente por los escuadrones número cuatro y tres, solamente dos consiguieron aumentar su velocidad lo suficiente como para escaparse.
—Ahora —ordenó el general Turnock— iremos a por sus bases. Estrechen la formación y establezcan una curva que nos lleve en tangente a la superficie de la luna más cercana.
La flota viró en el espacio. Se fue tan lejos que con toda probabilidad fue perdida por los aparatos detectores del enemigo. Giró en una curva gigantesca, y se dirigió otra vez hacia las bases enemigas.
—Nuestra velocidad relativa no debe ser muy grande —advirtió Turnock—, a fin de poder bombardear con acierto.
—Comprendo, señor —dijo su Comandante General. Los oficiales, a su alrededor, ocupados con los computadores, lo miraron y asintieron.
La flota regresó hacia la tercera luna de Júpiter, siguiendo la curva de su superficie.
El enemigo aún no había sido aplastado. Un chorro de cohetes se elevó, deslizándose a su encuentro. La velocidad de aquellos proyectiles parecía ser lenta al principio pero repentinamente, espantosamente, parecieron saltar hacia adelante mientras se elevaban. Una nave estalló en pedazos, otra cayó y se estrelló al pasar sobre la base enemiga.
Pero la flota cruzó sobre el enemigo arrojando fuego sobre las naves en el suelo, las cúpulas de las instalaciones, los radares y los pertrechos.
—Ya está hecho el trabajo —dijo finalmente Turnock con un suspiro—. Vamos a dar una última pasada. Si no hay oposición, pongan cinco escuadrones en órbita sobre la base, y miren de encontrar supervivientes. Pongan otro par de escuadrones en el espacio por si hubiera nuevas llegadas.
La flota pasó otra vez sobre las posiciones enemigas, buscando alguna oposición. E irónicamente, el último acto de desafío, el último disparo de la guerra, fue un torpedo que alcanzó a la nave almirante de Turnock y estalló en la torre de control, matando a todos los que se hallaban en su interior. Sus nombres, incluyendo el de Slesdyke (que nunca tuvo intención de convertirse en héroe en primer lugar) fueron puestos en la lista de honor, ensalzando la mayor epopeya del Hombre, y pasaron el reino de la historia.
Y sin embargo, de Turnock, los historiadores escribirían finalmente que su conducta militar de la guerra había sido dilatoria, incluso tímida, en decidirse a efectuar un ataque contra el enemigo. A la larga, las predicciones de Slesdyke se cumplieron…