País Relato - Autores

aileen diolch

en áfrica

Estaba en África.
Rodeada de elefantes, de jirafas, de leones y de un sinfín de animales que solo había visto en los documentales del National Geographic ―cuando no dormía la siesta―. Estaba de vacaciones y aunque estaba sola en mitad de la nada ―bueno… sola, sola…, no estaba del todo ya que formaba parte de un grupo muy variopinto de turistas que habíamos decidido que diciembre era un buen mes para cogernos unos días de descanso y que el mejor lugar para alejarse del frío invernal de España era la estepa africana―, me lo estaba pasando bien.
Estaba en África y todavía había momentos en que no me lo creía.
En un arranque de rabia, tras la última llamada de socorro de mi hermana, quien decidió que necesitaba que fuera a consolarla a pesar de la lluvia, a pesar de la hora ―las tres de la mañana―, a pesar de que vivíamos muy lejos la una de la otra, a pesar de que… No, no es que fuera una mala hermana y no quisiera ayudarla, sino que el problema estribaba en que cuando por fin conseguí un taxi ―el coche se encontraba en el taller, su segundo hogar― y llamé a la puerta de Eva, ya no me necesitaba. Mi hermanita querida tenía compañía masculina. No era su novio, ese que le había hecho tanto daño, sino otro chico… Uno de esos que conformaban la larga lista de candidatos que deseaban estar con ella. Y no me había llamado. Con cara de boba, asentí cuando me dijo que no se había acordado de mí, y me marché sin mediar palabra, a la caza y captura de un nuevo taxi.
Es por eso que había decidido que ya era hora de que pensara en mí. Siempre preocupándome por los demás sin poder hacer mi santa voluntad: que si mis padres necesitaban que les acercara a algún sitio, que si mi hermana requería de un hombro donde llorar por la última desilusión de su novio de turno, que si en el trabajo…
¡¡Basta!! Ya era hora de pensar en mí, de pensar en Danielle.
Y eso había hecho. Bajé a la agencia de viajes del barrio y compré un billete para ir de vacaciones: un safari por África.
Ni siquiera había imaginado en ir a ese continente, y menos estar rodeada de animales ―no era muy amiga de los seres de cuatro patas― pero fue el primer viaje disponible tanto para mi bolsillo como en partir, ya que el grupo que había formado la agencia salía al día siguiente y había hueco para una persona más.
Un viaje preparado, de esos packs que te llevan de la mano de un lugar a otro y no te dejan tiempo ni para mear, pero era mi oportunidad. Si tardaba un poco más, seguro que al final me arrepentiría. Por lo que preparé la maleta en un santiamén, dejé a Misi, mi gata, con la vecina y puse el despertador tres horas antes de la cita acordada con el guía.
En realidad, no sabía cuánta ilusión me hacía estar entre animales salvajes hasta que estuve enfrente de un elefante con sus orejas enormes, como las de Dumbo, y la trompa que emitía un sonido que podía despertar a medio Madrid en una mañana de domingo.
Había congeniado de maravilla con el resto de los integrantes del grupo de turistas. A pesar de las diferencias sociales, palpables en las vestimentas o en el lenguaje, y de la edad, nos llevábamos más o menos bien, intentando disfrutar de esas vacaciones que tanto necesitábamos.
Pero no todo era de color de rosa. Nuestro guía había sido como una piedra en el zapato durante los dos días que llevaba en aquel entorno paradisíaco. En un primer momento me había parecido atractivo ―muy atractivo―: con su cabello castaño, un poco ondulado, que enmarcaba un rostro bello pero al mismo tiempo rudo; con una barba incipiente sobre una piel morena, su boca, su nariz aguileña, algo torcida, y sus azules ojos formaban parte de un cuadro que podía hacer atraer miles de miradas femeninas y masculinas, pero su educación brillaba por su ausencia.
Cuando llegué al aeropuerto, ahí estaba él. Me había dirigido una sonrisa que podría haber paralizado todos los aviones que volaban sobre nuestras cabezas en ese momento, pero cuando me aproximé a él y me presenté, su semblante cambió y la mano con la que estrechaba la mía desapareció con demasiada brusquedad.
Desde ese día, mi querido Peter había sido un desconocido. No me miraba, no me prestaba atención y no me dirigía la palabra a no ser que fuera para darme alguna orden.
«Señorita Danielle, no saque la mano… Señorita Danielle, no dé de comer a los animales… Señorita Danielle, no vaya sola al baño.»
Ya estaba harta. Mis vacaciones de ensueño se estaban convirtiendo en una pesadilla.
La gota que colmó el vaso fue cuando me encontraba charlando con uno de los compañeros de viaje, después de un día de calor sofocante. Fran no sé qué. Tenía un apellido alemán que me había repetido muchas veces, pero los idiomas y yo nunca habíamos sido muy amigos. Un chico muy atractivo; rubio, alto y con una sonrisa simpática que intentaba llamar mi atención sin mucho éxito ya que en mi cabeza solo estaba presente el rostro del exasperante Peter.
Nos encontrábamos en el bar del hotel, descansando de la última excursión que habíamos realizado, charlando sobre lo bonito y espectacular que había sido ver a todos esos cocodrilos en su hábitat natural, cuando nuestro guía apareció.
Yo estaba de espaldas a la entrada, pero en cuanto ese hombre insoportable se introdujo en mi órbita personal, le sentí. Mi piel se erizó y el corazón me empezó a latir a mil por hora.
Fran me contaba un chiste que no tenía mucha gracia, pero entre su acento y los gestos que hacía para que pudiera entenderle, no pude evitar que una carcajada saliera de mi interior.
―¿Se divierte, señorita? ―Era él. Esa voz profunda no podía pertenecer a nadie más.
―Hasta ahora, sí ―espeté sin molestarme en mirarle.
Por lo general, no era borde con nadie, todo lo contrario, era Miss Simpatías. Pero Peter lograba sacar mi peor carácter.
―Le egstaba contando a Danielle un chigste de mi tierra ―dijo Fran sin notar la animadversión que nos profesábamos Peter y yo―. ¿Quierre que se lo cuente, Míster Peter?
Nuestro guía buscó mi mirada. Elevó una de sus cejas y mostró una sonrisa prepotente. Un gesto con el que me retó. Quería comprobar cuánto aguantaría a su lado, si podría estar junto a él, en la misma habitación, sin huir. Él lo sabía, ambos lo sabíamos: en cuanto estábamos cerca demasiado tiempo, yo salía corriendo.
―Sí, por qué no. ―Se acomodó en un taburete próximo a nosotros y prestó toda su atención al alemán.
Fran volvió a contar ese chiste tan malo y, aunque intenté prestarle atención, no pude. Los nervios me atenazaron.
―Si me disculpan, creo que estoy más cansada de lo que pensaba ―anuncié mientras me levantaba de mi asiento.
―Cansada o… ¿bebida? ―preguntó Peter mirándome.
Mis pies se detuvieron. Puede que no le hubiera escuchado bien.
―Perdón… creo que no le he entendido ―señalé.
Peter dejó que sus ojos vagaran a lo largo de mi cuerpo para enfrentar mi mirada.
―Que quizás lo que le sucede es que ha ingerido más alcohol del que puede tolerar ―recalcó a medio tono―. Me pareció apreciar que se divertía demasiado cuando llegué.
Le miré con cara de pocos amigos, intentando transmitirle todo el odio que podía sentir hacia él.
―Estoy cansada ―espeté―. Señores… ―me despedí al mismo tiempo que me dirigía hacia mi habitación sin esperar ninguna contestación por parte de los dos hombres.
Subí las escaleras que llevaban hasta la planta en la que me hospedaba mientras recordaba cada uno de los calificativos que había asignado al guía y que mostraban la persona tan vil con la que me había topado. Y, ahora, tenía que añadir a mi lista lo que habíamos protagonizado. No podía dar crédito a lo que ese cretino había sugerido.
Me encontraba enfrente de mi puerta, rumiando, sin darme cuenta, en voz alta.
―La próxima vez… La próxima vez sabrá quién soy.
―¿Y quién eres tú? ―me sobresaltó.
No podía creer lo que mis ojos me mostraban. Peter estaba a mi lado, mirándome y, por si fuera poco, me había escuchado.
Estábamos los dos solos, en penumbras, en mitad del pasillo. La tensión se palpaba en el ambiente.
―¿Ahora se dedica también a espiarme? ―le increpé―. ¿No tiene otra cosa mejor que hacer que molestarme?
―No ―anunció.
El silencio nos rodeó. Ninguno sabíamos qué decir.
―Danielle… yo… ―titubeó―. Quiero disculparme por lo de antes.
Le miré anonadada. Peter se estaba disculpando, y yo solo podía pensar en lo mono que era.
―No te preocupes. Ya estoy acostumbrada ―indiqué al mismo tiempo que abría la habitación para alejarme de él, pero impidió que lo hiciera. Adelantó su pie hasta topar con la puerta y obstaculizó mi objetivo: cerrarla.
―Es por eso por lo que te pido disculpas. ―Su mano revolvió su cabello mientras expulsaba el aire que retenía―. No sé qué me ha pasado. Normalmente no me comporto así con nadie, pero desde que te vi…
El silencio volvió a asentarse entre nosotros. Nuestras miradas se enlazaron.
―Solo pienso en besarte, y la única forma que veo para no hacerlo es comportarme como un burro ―confesó.
¿Había oído bien? Peter quería besarme. ¡A mí!
Sus verdes ojos estaban fijos en los míos, lo que me permitió observar cómo una multitud de sentimientos se arremolinaban en ellos mientras esperaban una respuesta a sus palabras.
Instintivamente, di un paso hacia él. Peter me miró asombrado. Creo que esperaba que le insultara y le cerrara la puerta en las narices, pero ya estaba cansada de intentar odiarle, ahora solo quería que me besara.
Enfrenté su mirada. Mi mano se posó sobre la hebilla de su cinturón y tiró de él hacia dentro de la habitación.
―Peter, yo también quiero que me beses ―sentencié mientras los dos nos introducíamos en mi cuarto buscando una bienvenida y una reconciliación desconocida hasta ese momento.