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La gente se arremolinaba para abandonar el Teatro Cruz Alta, eran ya las doce de la noche y el concierto había terminado. Los murmullos crecían en el lobby, emocionados describiendo aquella noche desde diversos ángulos.
Afuera, filas de taxis se estacionaban frente al teatro, esperando pasaje. Las voces expresaban una misma opinión, aunque de diferentes maneras:
-¡Estuvo padrísimo! ¡Canta hermoso!, cómprame un disco, amor.
-Tss, ese guey toca la guitarra chido, la neta aunque estuvo bien caro el boleto, valió la pena.
-Pues qué lástima , la gente que no vino se lo perdió.
-Me gustan más sus canciones de hace unos dos años, era más sencillo, pero igual estuvo bien.
Sentada en primera fila, se encontraba Minerva, sola, con los folletos en la mano, donde se leían fechas de las próximas presentaciones de Gerardo. Miró hacia el ya vació escenario, se podía sentir esa emoción en el ambiente, bajando de niveles. El concierto había sido un éxito, el teatro lleno a reventar y Gerardo salió contento del escenario. Minerva sacó un espejito de su bolso. El pelo de un castaño clarísimo, ondulado enmarcando su rostro, se veía despeinada y no deseaba que Gerardo la viera así.
Era la única que quedaba en el teatro, su hermano Leandro, representante de Gerardo, se había metido al camerino a felicitarlo, pero a ella no le gustaba, se sentía incómoda , como si fuera una molestia, por eso prefería esperar ahí afuera, seguramente Gerardo y su hermano no tardarían mucho.
Miró al escenario, algunos pétalos inmóviles reposaban ahí, revivió en su mente el concierto, revivió la cara de Gerardo, su boca cantando perfectamente, sus manos moviéndose a través de la guitarra, enamorado de las cuerdas y de las notas que salían.
En cada una de las canciones, Minerva lo miraba embelesada, miraba su cabello negro, sus ojos pequeños, su camisa gris, su pantalón de mezclilla, pero especialmente sentía su voz.
El ruido de la puerta lateral la sacó de sus pensamientos, Gerardo y Leandro salían inmersos en una conversación, ella se levantó y se acercó.
-¡Felicidades!- lo abrazó, temblando.
-¡Gracias!, ¿Te gustó?- preguntó él.
-Estuvo increíble.
-Me puse un poco nervioso- dijo riéndose, a ella le pareció adorable.
-Estás loco, lo haces perfecto.
-Pues vámonos , afuera el frío debe estar horrible- se sumó Leandro a la conversación.
-¿A dónde vamos?- Preguntó Gerardo- ¿Quieren ir a cenar o algo?, ¿un vinito?- De ordinario, Minerva se emocionaba, a pesar de que ya hubieran sido varias ocasiones en las cuales le tocaba comer o cenar con él, pero aquella vez tuvo miedo. Sus sentimientos por Gerardo iban en aumento día con día, estaba enamorada de él, pero no de la manera en que el mundo ama; Minerva soñaba con su voz, así como lo soñaba en el escenario, también soñaba que dormía a su lado. Era un amor completo del cual Gerardo no tenía idea, y ahora, camino al estacionamiento, él cargaba su guitarra con toda naturalidad, la miraba de vez en vez y sonreía. Los hoyuelos en sus mejillas eran pronunciados y lo juvenil de su rostro también.
Desde que Minerva se dio cuenta de que estaba enamorada de Gerardo, se volvió tímida, creía que cada sonrisa, que cada mirada, que cada palabra amable o no amable podría delatarla. Por otra parte tampoco podía pasar al otro extremo, sería descortés y su sentir probablemente lo haría más obvio o correría el riesgo de mutilar su relación con Gerardo.
La realidad era que, al principio, Gerardo no tenía ni idea, eran tantas las muestras de cariño que continuamente recibía, que una más o una menos no hacía diferencia.
Leandro tenía seis meses de ser su representante y durante todo ese tiempo, la presencia de Minerva en su vida era constante; a él no le molestaba, pero tampoco lo contrario.
Gerardo era delgado, no muy alto, de cabello oscuro y piel trigueña, tenía ojos bondadosos, y aun a sus veintisiete años, a veces parecía un adolescente, tanto por su físico, como por su cara.
Cuando Gerardo cantaba, ya fuera en el escenario o en alguna reunión en su casa, Minerva pensaba mucho, sobre todo en su manera de interpretar, él veía la guitarra, acomodaba el capotrasto, volteaba y de repente se encontraba con sus ojos, Minerva le sonreía y en una mínima voz, repetía junto a él la letra de la canción.
Gerardo era amigo personal de Alejandro Filio, Fernando Delgadillo y Gonzalo Ceja, entre otros del gremio, era por ello que las reuniones en su casa eran muy recurrentes. A todas era invitada Minerva , que saludaba tímidamente a la mujer de Alejandro y a la novia de Fernando, pero nunca se interesó demasiado en su amistad. Siempre procuraba sentarse cerca de Gerardo, para poder cantar con él.
A Gerardo le caía bien Minerva, parecía sentir la música de una manera más intensa que su hermano, por eso a Gerardo no le importaba que ella siempre estuviera ahí.
Todo el mundo coreaba sus canciones en teatros llenos y compraba sus discos, pero lo encontraba más sincero cuando ella cantaba al lado suyo, bebiendo a sorbos vino tinto de una copa cristalina, con las comisuras de su boca manchadas de morado.
Gerardo normalmente era persona educada y cortés, pero había una anécdota que se cernía como un fantasma sobre su aparente tranquila personalidad.
Cuando recién iniciaba su carrera, ofreció una conferencia de prensa tras un concierto, con el fin de anunciar su disco; estaba muy nervioso, casi pálido antes de salir, parecía que la sangre había desaparecido de sus venas.
Una vez afuera, sentado delante de un cartel que mostraba su disco en 2 x 2 mts., la presencia de los reporteros lo ponía más incómodo e inseguro. Uno de los periodistas, chaparrito y gordo, quiso hacerse el simpático a expensas del joven trovador:
-¿Gerardo?- levantó la mano- Servando Suárez, del periódico El Emisor- se presentó- habemos más de diez medios de comunicación en tu primera conferencia de prensa, siendo tú un novato, ¿te halaga o te pesa esta situación?- un silencio reinó, Gerardo sintió que la sangre le volvía al cuerpo, ¿Qué había querido decir aquel hombre?, lo miró, camisa a cuadros color naranja, pantalón negro, sucio y arrugado, calvo, manos regordetas, sosteniendo una grabadora de voz, de sonrisa deforme, mostrando unos dientes chuecos.
Gerardo sonrió, “Este jodido tiene mucha necesidad de hacerse el gracioso”, pensó.
-Pues mira, la verdad es que me encontraba un poco nervioso antes de salir, temí no saber cómo o qué responderles, pero veo y espero que el resto de las preguntas no sean igual de tontas, pues de ser así la conferencia no resultara tan buena como yo pensaba- contestó, algunos reporteros rieron ante la cara estupefacta de Servando Suárez, quien en silencio reprimió toda expresión.
Una vez que la rueda de prensa finalizó, Gerardo se puso de pie, agradeciendo antes de salir. El ofendido reportero se le acercó, la suave mirada de Gerardo se endureció.
-¿Sí?
-Oye Gerardo, nada más que yo te quiero aclarar que yo nunca te he dicho tonto y menos frente a la gente- él cantautor lo miró, sin inmutarse se puso su sacó y sardónicamente respondió:
-Ah. Bien, pues gracias- ocultando una sonrisa, dejó al periodista parado en el centro de aquella sala.
Minerva había escuchado esa anécdota varias veces, y aun le divertía, era un buen pretexto para ver la sonrisa picaresca y espontánea de Gerardo, le gustaba cómo le temblaba la voz cuando hablaba, y como se miraba las manos; era tímido, y el contraste que representaba esa timidez volviéndose música en el escenario resultaba muy atractiva, era lo que la tenía completamente prendada de él.
Aquella noche, mientras los tres se dirigían a un elegante restaurante en el centro de la ciudad, Leandro hablaba discretamente por celular y Gerardo caminaba al lado de Minerva, ambos en un cómodo silencio, mirando las paredes de los edificios color cantera mojada. La poca gente que transitaba a esas horas de la noche no parecían reparar en la cara de él, sí era un cantautor popular, pero al dejar la guitarra y bajar de la escena, era visto como uno más, no era alto ni despampanante y aun con su elegante manera de llevar la ropa, de vestir jeans perfectamente limpios y una bufanda negra alrededor del cuello, sobre su saco color canela, no sobresalía más que sus acompañantes.
Llegaron al lugar, el cabello rubio de Leandro brilló a la luz de las lámparas de la entrada de aquel hermoso sitio; adentro se escuchaba música de piano, varios comensales se veían a través de los cristales de la puerta principal. Luego de que Gerardo dio su nombre y entraron sin necesidad de reservaciones, fueron ubicados en una mesa cercana a la fuente que brillaba a la luz de la noche.
Fue esa la primera vez que Gerardo aceptó que tarde o temprano, tenía que hacer algo; cuando Minerva cantaba junto a él, sentía su voz flotando mezclándose con la suya propia, la de él la arropaba, era como si su voz le diera la mano a la de ella, como si la cuidara.
***
Cuando Gerardo sacó su tercer disco, lo presentó en un concierto al aire libre, en un parque, a las 7 de la noche, cuando da esa luz que empieza a permitir los faros de los coches brillar un poco más, aquel día hacía viento, era febrero. Luego de tocar la mayoría de las canciones, apareció en el escenario Mario Rivero, amigo de Gerardo, trovador quizá de menor experiencia, de solo un disco, pero de talento similar. El público aplaudió cuando Gerardo dijo al micrófono que cantaría algunas canciones con Mario, tal vez la emoción del respetable no fue debido a él, sino por causa de la química que se percibía entre los dos cantautores.
Mario tenía el cabello ondulado y castaño, lucía muy suave al tacto, la cara ovalada, los ojos grandes y la boca delgada, un tipo muy distinto al de Gerardo. El contraste que producían era agradable a la vista, y también al oído. Gerardo tenía una voz dulce y profunda, mientras que Mario tenía el timbre un poco más agudo y menos entonado, pero la gracia de sus letras y su manera de dirigirse al público eran adorables. Su amistad estaba muy basada en su profesión, pero conforme el tiempo iba corriendo, se conocían más a fondo, tocaban juntos más veces, pero nunca trataron de componer juntos, quizá no todos lo hacían, pero a veces parecía que Gerardo y Mario se sentían tan a gusto el uno con el otro, que nadie dudaba de que un par de ocasiones hubiesen escrito juntos alguna canción, o que alguna vez Gerardo pusiera la voz, Mario la letra y ambos la música. No, eso nunca había pasado. De haber sido así, se hubiesen dado cuenta a tiempo de la dirección de sus composiciones.
***
El cumpleaños de Gerardo era en tres días. Para celebrar habría una reunión en su casa, con amigos íntimos como invitados. Marcela Gómez, Rodrigo Conde, Rebeca Mejia, Juan Pablo Zavala, Guillermo Manuel, Mario, Minerva, y Leandro.
Con esos tres días de anticipación, Gerardo comenzó a convencerse.
Faltando un día para que cumpliera los veintisiete años, se levantó a las siete de la mañana, no había podido dormir bien, una melodía le daba vueltas en la cabeza, lo tuvo volteando la almohada una y otra vez, apagando y prendiendo la luz, mirando su celular, releyendo mensajes de texto que no tenían ninguna importancia. Cuando decidió dejar la cama, no hizo escala alguna, fue directamente al rincón y tomó su guitarra, regresó a sentarse, haciendo las cobijas a un lado, en el buró había un lápiz de ojos, que su antigua exnovia había dejado olvidado, sobre la factura de la gasolina, empezó a garabatea
***
Ese mismo día Mario durmió hasta las once de la mañana. Estaba aburrido, no sentía ganas de levantarse, ni encontraba razón suficientemente fuerte para ello. Sin mover la cara miraba la lámpara de piso, apagada, inmóvil, cruel, en la noche prendida, en el día no, Mario tenía miedo de acabar como esa lámpara. La tela de la sabana le ponía electricidad en el cabello, pero Mario no lo notaba, el temor seguía invadiendo, pavor de seguir viendo correr los días, sin obtener una gota del sentimiento que desde hacía algún tiempo estaba negando sin razón. Leandro se había ofrecido a representarlo parcialmente hacía unos meses, le organizaba conciertos y presentaciones, por eso la mayoría de ellas eran con Gerardo.
Cuando Mario conoció a Minerva, hacía frío, ella llevaba un gorro azul y una bufanda enorme, gris, era menuda y la imagen le provocó a Mario cierta ternura que con el tiempo fue creciendo.
La primera vez que estuvo solo con ella, fue en una junta en la que Gerardo y Leandro firmaban un contrato para dar un concierto en Guanajuato.
-Vamos a fuera, ¿no?- dijo Mario, en voz baja, acercándose a Minerva, ella lo miró.
-Estamos esperando a Lea y a Gerardo- rió- hay que esperarlos.
-No, vámonos ya- Mario se levantó y la jaló del brazo.
-Se van a enojar si nos vamos- los miró, la verdad era que ni uno ni otro parecían darse cuenta.
-Vamos por un café aquí al Sanborns de enfrente y regresamos- Mario sonrió y dándole la mano, la hizo levantarse, Minerva rió, negando con la cabeza lo siguió.
Acostado en su cama, entre sábanas color crema, Mario seguía pensando, sin expresión en su rostro. Miró su celular, era cumpleaños de Gerardo, más tarde habría una fiesta, sería una buena ocasión. Bajó por su guitarra, que descansaba en la cajuela de su coche.
…Que estoy dejando de callar que te amo, que me detienes la respiración, que atrae mi vida tus puertos tiranos, a donde siempre apuntó mi amante embarcación…
***
Con un nudo en la garganta, Gerardo pagó el último de los vinos tintos que había comprado para esa noche, Merlot, Cabernet Sauvignon.
Entre escoger los vinos y ver los años, Gerardo solo pensaba en cómo y en qué momento podría hablar con Minerva, tenía que ser aquella noche, sin duda. Su cumpleaños le daba valentía. La canción que había escrito aquella mañana no era precisamente idónea para el momento, no era amor novedoso, ni de enamoramiento, sino más bien tenía chispas de nostalgia, no quedaba, pero era lo que había salido.
…durmió la tarde y entre su sueño dio contigo, cuando llegaste, la luna tuvo algún sentido, no soy de nadie, dijiste para estar conmigo, si es por amarte, todo lo olvido, todo lo olvido…
En la madrugada , Gerardo se sentía cómodo en su sala, todos sus amigos estaban ahí, riendo y bebiendo, Mario en particular, jugueteaba con la guitarra, parecía nervioso. Leandro hablaba con Maricela, explicándole los beneficios de tener un representante. Minerva regresaba de la cocina con una copa delgada y limpia, Mario se movió un poco para cederle parte de su lugar, Gerardo supo que aquel era el momento.
-Ahora que todos están, y que no están haciendo nada importante…- empezó.
-¡¿Cómo?!- se quejó Leandro, riéndose- ¡Yo le estoy explicando a Marcela!- rió, un poco achispado por el vino.
-En fin- continuó Gerardo- en vista de que ahora sí todos me escuchan- se levantó y tomó la guitarra de manos de Mario- Quiero ver qué les parece esta canción, es nueva- se sentó, la vista clavada en Minerva- es para ti.
Cuando Gerardo terminó de cantar, miró a Minerva, sonriendo, no sabía qué decir, siempre lo miraban muchos pares de ojos, pero los hubiera cambiado todos por no sentir nervios en aquel momento. Volvió a pasarle la guitarra a Mario, y sin más ni más, se levantó y puso una mano en la mejilla de Minerva, la besó, entre un bullicio que se extendió por toda la sala.
El muro más alto cayo sobre Mario, nunca entendió como pudo resistir aquella escena, se sintió solo, hubiera preferido intercambiar lugares con la lámpara de su cuarto, se sintió tonto, había tardado mucho y aquel era el castigo, se sintió como se sentía cada vez que los presentaban cuando llegaban a cantar juntos:
“Gerardo y Mario”,
“Gerardo, acompañado de Mario”,
“Él es Gerardo…ah si, y Mario”,
Se sintió como las miles de veces que veía a Gerardo brillar mientras él muy apenas chispeaba. Media hora más tarde, decidió salir de ahí, no ganaba nada con salpicar la herida, se iba a su casa, a dormir, con su lámpara.
***
La siguiente semana fue para Mario la peor. El lunes fue gris, se levantó a las nueve y frente a la televisión, desayunó cereal, más tarde no comió, no tenía hambre.
A las seis de la tarde, seguía recostado en el sillón, las luces apagadas y la TV prendida, se obligó a ver una novela de unas adolescentes que jugaban fútbol y enfrentaban los problemas de la vida, después le siguió una de tres hermanas mellizas que tenían el mismo prefijo en el nombre, más tarde un programa musical de comedia y luego el noticiero.
Mario fue arrullado hasta quedar dormido. A la una de la madrugada lo despertó el himno nacional saliendo de la pantalla que proyectaba imágenes al azar de campesinos mexicanos.
El martes no desayunó, le dolía el estómago y no fue sino hasta las cuatro que se compró una sopa instantánea y se la comió en silencio, sentado en su cocina, como todo un perdedor.
A las 9 tomó su guitarra, pero una inmensa tristeza lo agobió, haciéndolo dejarla en el sillón y subir a encerrarse en el cuarto, tirarse en la cama y no poder pegar el ojo hasta las dos.
El miércoles fue similar, con la excepción de sí desayunó y comió. Por la tarde recibió una llamada, el teléfono de su casa timbró hasta que la máquina respondió:
“Es Mario, seguramente estoy sentado escuchando tu llamada y no quiero contestar...ja!, deja mensaje”.
-¿Qué onda Mariano?, ¿Dónde andas?, no sé nada de ti desde mi fiesta, márcame güey, te invito a cenar y platicamos, ¿va?, cuídate, bye-
-Chinga tu madre- dijo Mario cuando la voz de Gerardo desapareció, se arrepintió al instante, no tenía porqué enojarse con él, era su amigo y siendo honestos, no tenía ni idea de lo que Mario sentía. No le quedaba más que lamerse las heridas y aceptar que así eran las cosas. Ni hablar, había llegado tarde, o lo que era peor, ni siquiera había alcanzado a llegar, era el pasajero que perdía un vuelo por minutos de retraso.
Esa noche llamó a Gerardo y fue a cenar con él, se tomaron un whiskey y escuchó cada palabra sobre lo linda que era Minerva, escuchó en boca de Gerardo, vio en sus ojos pequeños todo lo que él ya sentía. Tomó un trago profundo antes de decirle:
-Está chido, ojalá les vaya bien.
***
A Minerva siempre le salía todo mal antes de salirle bien. Siempre que trataba de hacer un favor, algo se le complicaba. Si le pedían que les pasara algún documento en una memoria USB, su computadora obligaba a formatear la memoria y era un lío. Regularmente olvidaba hacer llamadas que eran importantes, su correo no adjuntaba los documentos o derramaba mucha cantidad cuando se servía agua de frutas. Era un poco torpe y en las fotos, siempre le salía un ojo más pequeño que el otro. Pero amaba mucho, cuando se enamoraba, amaba hasta la parte más fina y a veces se olvidaba de lo mucho que esa parte fina significa y puede afectar al resto de los mortales. La parte fina la hizo dejar a su mejor amiga llorando toda la noche, triste por una crisis, la parte fina y última le hizo gritarle a su hermano por usar el teléfono cuando ella esperaba una llamada. Era esa última parte la que no controlaba, la que terminaba por arruinarlo todo, la que no podía contener.
Tres meses después, Mario ya casi no sufría, solo lo normal, y nada más en la soledad de su casa. Tampoco salía mucho con ellos, prefería hacerse a un lado, pues de repente sin quererlo, se quedaba viéndola tiempo demás, o hacía alguna broma de mal gusto a Gerardo, siempre de manera involuntaria. Tocaba mucho la guitarra por aquellos días, componía para sacar las sensaciones envueltas en nada.
Fue precisamente el siete de noviembre, cumpleaños de Minerva, cuando Gerardo empezaba un rol de conciertos por varios lugares de la república mexicana, sólo en uno lo acompañaría Mario, en el del siete.
Minerva llegó tarde aquel día, pero se las arregló para sentarse en la primera fila. Cuando puso sus ojos en el escenario, estos no se clavaron en Gerardo, no repararon en su cara intranquila ni en su manera de tomar la guitarra, obviaron su sonrisa espontánea. Ni ella misma entendió ese vacío, lo amaba, estaba segura. ¿Por qué entonces no se sentía?, ¿Y la intensidad? , ¿Y los nervios? Gerardo terminó la canción y la saludó con la mirada, reprochando un poco el haber llegado tarde, se había perdido su primera canción, la que era para ella, debido a su cumpleaños. Sin embargo, había centenares de personas que no podían tragarse un berrinche romántico y Gerardo lo sabía, sonrió hacia el público y comenzó otra canción.
Minerva lo miraba y se angustiaba cada vez más, no había previsto nada de aquello, movió sus ojos por el escenario y tras bambalinas pudo ver la figura de Mario. Gerardo se concentraba en su guitarra y no la veía, Minerva pasó entre un par de guardias de seguridad y llegó hasta donde estaba Mario. Él la recibió con una sonrisa y la abrazó, dejando su guitarra a un lado, mientras en el escenario, Gerardo continuaba cantando.
-Feliz cumpleaños, Mine- murmuró Mario contra su pelo, ella no se movió. Por algunos segundos más, se quedaron ahí, abrazados, escuchando la guitarra de Gerardo.
Cuando la sensación de culpabilidad nace, lo hace repentinamente, no te da tiempo de pensar, simplemente te golpea, te hace responsable, te juzga sin preguntarte qué sientes ahora, y cuando dejaste de sentir lo que sentías. Además te engaña, te hace creer que todo está perdido, que tienes que acostumbrarte, no te da oportunidad de pensar ni de arrepentirte, por irónico que parezca.
Mario cerró los ojos, sin dejar de abrazarla, no quería que terminara nunca aquel concierto, deseaba que Gerardo se quedara para siempre en el escenario, que no saliera, que la dejara ahí, sola, sin él. Mientras tanto, Minerva estaba muy asustada por la mezcla, por el licuado de sensaciones que en menos de un momento le estaban cambiando sus perspectivas, no se entendía a sí misma, ni tampoco explicaba que haría cuando aquel concierto terminara; había sentido la tristeza en la cara de Gerardo desde algunos días antes, y ahora, al llegar tarde, al haberse perdido su felicitación, sabía que aquello no quedaría ahí, sino que tendría consecuencias. Agradeció que Gerardo no pudiera verla en aquel momento, aferrándose a los hombros de Mario, escuchando su respiración confundirse con los aplausos que afuera, alababan el talento de su novio.
Todo ocurrió en un momento. La canción terminó y Gerardo anunció que Mario cantaría una canción con él, el público gritó emocionado, y él giró la cabeza para encontrar tras bambalinas, la visión que le indicaría que aquella sería la última vez que cantaran juntos.
***
Gerardo salió solo por la puerta lateral del teatro, caminó por el centro, adentrándose en las plazas, observando a la gente guarecerse del frío, un par de niños con suéteres se agarraban de las manos de sus madres; el cielo estaba de un gris oscuro que helaba los huesos. Una leve llovizna comenzaba a arreciar en el centro de la ciudad, las palomas seguían volando, el mundo no se detenía, las ancianas seguían ingresando a la iglesia, cubiertas con rebozos. Gerardo caminaba sin inmutarse, sin sonreír, su rostro serio, las manos en los bolsillos y la guitarra colgando de su espalda. Dentro, una marea de tristeza le endurecía las entrañas, la lluvia seguía cayendo lentamente, el adoquín se humedecía y el olor a tierra mojada, tan amado por todos, le hacía llorar. Bajó la escalinata del teatro a paso rápido, pero conforme fue avanzando, su caminar se volvió lento, le dolía en el alma, no encontraba explicación, no la había, no sabía a quien maldecir, en su mente sabía que no la odiaba, pero quería alejarse de ahí.
Siguió caminando, pasó por otra plaza más, sus jeans también estaban húmedos y seguramente su guitarra estaría arruinada, pero no le importaba, sólo quería caminar, olvidarse de que Mario se la había arrebatado sutilmente y con clase. Miró hacia arriba, el viento movía levemente unas antenas, el cielo seguía gris y se abría, mientras unas gotas de lluvia le acariciaban la cara, le recorrían los labios, las paredes eran las mismas y el color se borraba de la ciudad.