ginebra
Aquella mañana Estella despertó sintiendo el vértigo de abrir los ojos reflejado en el estómago, las sienes le apretaban la cabeza como tenacillas de cangrejo recién nacido.
Le habían avisado que esos serían los efectos de las pastillas, y más le valdría estar conforme, pues sabía que el tratamiento podría haberla hecho despertar con el vómito sobre las sábanas.
Entre otras recomendaciones médicas de menor importancia, estaba advertida de que aquel sería uno de los peores días de su vida. Pero tenía que aceptarlo o dejar que su existencia entera se convirtiera en un sufrimiento constante.
Se levantó y la luz del sol a través de los vidrios casi invisibles le caló en la boca seca, lastimando sus ojos enrojecidos por el sueño y el dolor.
En la mesita de noche había un paquete de pastillas que advertía por varias razones, no recetarse a mujeres embarazadas; un papel color rosa descansaba a un lado de las pastillas.
Esa era la receta, las indicaciones cronológicamente anotadas. Estella tomó el papel, aquel era el día.
El dolor que sufría era rígido y vívido. Zara la había mandado a la clínica un par de días antes, cuando la había encontrado en el parque, caminando sola; parecía que no se había bañado en una semana, tenía el cabello grasoso y cualquiera habría pensado que le habían espolvoreado talco en la frente.
La vio caminar distraída, con las manos en las bolsas del suéter, por un sendero donde los niños paseaban a sus perros. A pesar de estar sucia y con aires de locura, Estella parecía triste, así que nadie se atrevería a meterse en su tristeza. Y aunque lo hubiesen hecho, lo más probable era que ella no lo notara.
Zara se le acercó, murmurando su nombre y Estella le otorgó la peor sonrisa en la historia de las sonrisas. Momentos después, se echó a llorar y Zara no tuvo más remedio que abrazarla y sonreír a manera de disculpa a los extraños que les dirigían miradas curiosas.
Aquella clínica, según Zara le había dicho, le ayudaría a olvidar que estaba metida en un remolino de emociones, en un acantilado obstinado en decidir.
Estella no quería saber, ella sólo buscaba que alguien más le marcara el camino a olvidar. De aquella forma, olvidaría que le dolía cada vez que él se marchaba, cada vez que uno de sus ojos la miraba con indiferencia y el otro con rencor. En aquella sencilla rutina le ayudarían a olvidar los pasos que junto a él había caminado por mucho tiempo, a dejar atrás las veces en que ella le pedía que le tomara de la mano y que él no lo hiciera.
Fue a la clínica unos días después y temblando entró a un consultorio donde una doctora la recibió con un abrazo, un vaso de agua y una sonrisa compasiva, Estella provocaba pura compasión.
-Es un procedimiento independiente- le había dicho Zara - todo lo debes hacer tú misma, pero debes estar convencida. Repetir el procedimiento es dañino. Una no puede estar vomitando tantas veces.
Y finalmente, después de encerrarse en su mundo por unos días, ahora Estella se encontraba en la orilla de su cama, contemplando la receta con los ojos inundados de temor, hasta que la tomó y comenzó a leerla.
"Lávese la cara con agua caliente, hasta que los poros empiecen a exhalar las lágrimas matutinas."
Se levantó y se dirigió al baño. Se miró en el espejo, sin sorprenderse de la cara ojerosa, el cabello enmarañado que la contemplaba en la imagen; abrió el grifo del agua y segundos después hundió la cara en el chorro de líquido que caía sobre la porcelana. Se frotó las mejillas haciéndose un par de rasguños con sus remedos de uñas, los ojos sentían la temperatura del agua y sin darse cuenta, Estella empezó a llorar, por los ojos, por los labios partidos y por la frente. Sus sollozos se perdían en el ruido del agua, en una patética parodia de ahogamiento.
Estuvo media hora con la cabeza en el agua, el cabello se le había mojado y las manos estaban un poco arrugadas por el largo contacto con el líquido. Se quedó un rato viéndose, hundida en el espejo y en el patetismo. Una lágrima solitaria comenzó a correr por su mejilla y Estella siguió su trayectoria en el reflejo, hasta que la lágrima, tímida, se apresuró a bajar rápido por la boca, lanzándose así al vacío del lavabo.
Eran las nueve de la mañana y el sol era una bola solitaria y naranja en el cielo raso de la mañana veraniega. Estella regresó al cuarto, buscó ropa y se vistió con lentitud. Miraba la receta, un inofensivo papel en su mesa de noche, garabateado de ayuda. Se acercó, lo tomó con manos temblorosas.
"Vomita. Olvídate del dolor físico que esto produce. Solo vomita. Quítate todo lo que te haya dejado."
Estella se horrorizó, dejando caer la receta al piso frío; vomitar era uno de sus temores más graves. Levantó el papel para cerciorarse de ello y suspiró resignada cuando volvió a leerlo, sin embargo, esta vez descubrió una pequeña nota bajo la indicación.
"Ponga música."
Estella sonrió con amargura y caminó hacia el radio, lo encendió y una voz dulce, de mujer salió de las bocinas, mientras Estella caminaba hacia el baño nuevamente. Se inclinó encarando el excusado, miró su mano y cerró los ojos. Su deseo de dejar atrás era más fuerte y con una temblorosa voluntad, se metió el dedo índice en la boca, mientras la mujer de la canción continuaba. Estella comenzó a vomitar y a llorar al mismo tiempo, su otra mano apretaba el puño del suéter con desesperación. Entre sollozos, espasmos y música del radio, Estella sacrificaba su miedo y un poco de su esófago con la simple misión de olvidar. Todo lo que de ella venía estaba impregnado de dolor. Por una parte, vomitaba bilis, por otra, lágrimas igual de transparentes.
Minutos más tarde, Estella terminó sentada en el piso del baño, con los brazos cruzados, la cara desencajada, mirando hacia el piso, la boca seca y residuos de llanto tratando de hidratarla.
“Hunde la cara en la almohada, dejando el espacio suficiente para respirar. Ahoga los gritos en la tela y de una vez, trata de olvidarte de todo.”
Se acercó a su cama destendida, los pies desnudos que resentían el frío del suelo se apresuraron. Estella y sus labios casi muertos se dejaron caer sobre la cama, sobre la almohada, y como en la parte éxtasis de una canción, empezó a gritar, deseando que el tratamiento terminara pronto. Entre el tejido de la almohada, el rostro que adoraba la perseguía, le murmuraba que se arrepintiera, que no lo olvidara. Estella gritó con todo su sistema nervioso y se preguntó porque no le había tocado ser una caricatura japonesa, de las que jamás sufren en realidad.
Si hace años se hubiera inventado el recurso de olvidar el amor por medio de un itinerario como aquel, la psicología sería una burla. Ahora la burla era Estella, tratando sumarse al ejército de mujeres que olvidan. Un ejército de sólo diez miembros perdidos y arrojados por el mundo.
Estella levantó la cara de repente y miró su reloj en el tocador; marcaba las seis de la tarde. No sabía cuánto tiempo había estado hundida en la cama, ni cuántos gritos del tipo doloroso había sembrado aquellas horas. Estaba segura de que no había dormido, pues recordaba con claridad qué rasgos de él, le habían pasado por los ojos, hincándose, deteniéndose para ser examinados.
“No invente ninguna excusa y sírvase un vaso de ginebra sin hielo”
Estella suspiró y al ponerse de pie se dio cuenta que sentía las piernas ligeras y que un cosquilleo le recorría el estómago. Estaba empezando a olvidar, pero tenía que terminar el tratamiento.
La botella cuadrada de ginebra la esperaba sobre la mesa, seguramente aquella también quería olvidar. Estella la abrió con cuidado, y el olor medicinal le impactó en la nariz.
“Beba del vaso lentamente. Piense en él. Ésta será la última vez que lo haga.”
Un terremoto imaginario sacudió los pies de Estella. Cuando se trataba de él, era imposible pensar en una Última Vez. Lo protegía la nostalgia y los besos que aunque pudieran ser mensuales, eran suyos. Lo protegía la perfección y suéteres de color invierno.
Vertió la bebida con lentitud, queriendo retrasar el proceso, pero el vaso se llenó antes de lo esperado. Lo miró con aprehensión, las manos le temblaban. Era la décima vez en aquel día que sentía las manos agitarse y enfriarse de aquella manera.
Se sentó en el sillón, encogiendo las piernas y en un arranque de valentía, dio el primer trago. Nada pasó. El techo aún era blanco, la foto de sus abuelos era la misma y el corazón seguía doliendo con la misma intensidad. La luz de la calle le brillaba en los ojos. No sabía si tenía permitido llorar, pero el silencio era tan intenso, que ella debía ofrecer un poco de sonoridad, y nada mejor para eso, que el llanto mismo. Bebió por segunda vez, sintiendo que el vidrio del vaso le lastimaba la lengua.
El teléfono sonó y Estella supo que era él. También entendió que jamás llegaría a leer la última instrucción de la receta, la definitiva.
“Use siempre gafas oscuras, para esconder sus rencores y que los niños no se asusten”