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Libros de adriana torres arreguín

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adriana torres arreguín

flashback

NICOLETTE
Traté de negarme al ruido del despertador que sonaba marcando las 6:15 de la mañana. Afuera el clima era oscuro y nublado, había llovido toda la noche, una de esas tormentas interminables, que parecen indicar el fin del mundo. Me dolía la cabeza y no tenía ganas de ir a trabajar, estaba cansada de ser una asistente, una simple ayudante de fotógrafo. Me molestaba saber que al final del día, mi capítulo más interesante sería ayudar a una quinceañera a arreglarse algunos mechones del cabello que debido a la mala calidad del peinado, se le desvanecía. Algunos salvan vidas, otros apagan incendios. Yo tomo los datos de los invitados a fiestas para luego entregarles sus fotos.
Mi entrada al trabajo era a las ocho de la mañana, sin embargo, sabía que me tomaría por lo menos otra media hora salir de la cama y otra media hora bañarme, más la media hora de trayecto en autobús, tendría el tiempo justo para llegar.
A veces había pensado en desistir, me fastidiaba la rutina, tan común, mi desayuno con plátanos y subir al mismo camión ruta veinte todos los días, igual y hasta el chofer ya me conocía luego de verme diario durante los cuatro años que llevaba trabajando para Giancarlo Zenatti Pérez, el fotógrafo.
Mi nombre es Nicolette Vera, tengo treinta y cinco años y a pesar de que había pensado en abandonar muchas veces, aún me quedaban demasiados años para permitirme morir de hambre, eran tiempos duros en la ciudad, el índice de desempleo era alarmante, y aquel trabajo era el resultado del poco interés en estudiar que había tenido hace tiempo, abandonando la universidad en el tercer año.
Llegué al local en el centro de la ciudad, con el cabello mojado sobre los hombros, empapándome el suéter. Entré encendiendo las luces y me di cuenta de que Giancarlo no llegaba todavía. Dejé mi bolso en una silla y me dispuse a abrir las puertas, mientras afuera, algunos taxis pasaban frente a la avenida, y los vendedores de periódico voceaban las noticias.
JAVIER
- ¡Pues te dije que las necesitaba güey! ¡La universidad no me dará más días para entregarlas! - Javier se paseaba por la sala de la casa, sin saber qué hacer, mirando ferozmente a su hermano mayor.
- ¿Cuál es el pinche problema, Javier? ve por ellas ahorita, las entregas a las diez en punto-le contestó Nacho, tomando las llaves del coche y disponiéndose a salir.
-El problema es que no abren hoy, voy a tener que buscar otro lugar y tomarlas de nuevo, ese es el problema, pendejo- Javier se puso una sudadera negra de cuello alto y un gorro del mismo color- al menos dame un ride, ¿no? - dijo, y tras una mirada de ojos miel, casi ofendida; a Nacho no le quedó más remedio que aceptar. Era difícil decirle que no a su hermano, tenía dieciocho años y estaba a punto de entrar a la Universidad, por lo cual, en las últimas semanas, había estado muy nervioso. Nacho llevaba ya cuatro años estudiando Diseño Gráfico y estaba por salir.
- ¿Sabes de algún lugar donde pueda tomarme las fotos? - preguntó Javier, mirando hacia afuera, hacía frío, la tormenta de la noche anterior había prolongado su insomnio.
-Pues hay un lugar en el centro, pero no sé en cuánto tiempo te las entreguen, ¿Quiénes ir a ver? - preguntó. Javier comenzó a morderse las uñas y suspiró.
-Pues ya qué- dijo, mientras Nacho pisaba el acelerador.
Llegaron al lugar sin decir palabra alguna, Javier seguía nervioso, trataba de recordar cuáles documentos tenía que entregar aquella mañana a la facultad de Ingeniería.
-Aquí es- dijo Nacho, estacionándose. Javier miró hacia el local e hizo un gesto de disgusto.
-Es un estudio Nacho, no creo que me las puedan tener rápido- bajaron del coche y entraron al lugar, adentro no hacía frío, incluso lucia cálido, las paredes de madera daban una sensación de comodidad y Javier deseó no tener que ir a la Universidad a entregar papeles en aquella burocracia menor. Un sonido del típico sensor de movimiento se escuchó cuando los hermanos entraron.
- ¿No hay nadie?- susurró Nacho, Javier hizo amague de mirar hacia más adentro y se encontró cara a cara con una mujer de cabello castaño oscuro y ondulado, que a primera instancia lo impresionó, tenía los ojos grandes, del mismo color que el pelo, llevaba una falda azul y un suéter gris que se le pegaba al cuerpo, Javier vio de reojo como Nacho le miraba las piernas.
-Hola- dijo ella, ofreciendo su mano a Javier, quien sonriendo le respondió y se la estrechó.
-Hola.
- ¿En qué puedo ayudarlos? - dijo ella con una sonrisa. Javier comenzó a tartamudear.
-Bueno, es que… necesitaba, quería ver si se podía- rio recuperando confianza- necesito sacarme unas fotografías tamaño infantil.
-Oh- respondió ella- pues, Giancarlo no está, pero si sólo son fotografías infantiles, yo te las puedo tomar, acompáñame- la mujer se dirigió al espacio en la parte de atrás del local y un sinnúmero de pensamientos asaltaron la mente de Javier.
De pie, frente a un muro blanco, Javier se quitó el gorro y miró hacia la cámara, haciendo un esfuerzo para no reír.
- ¡Qué serio!- le dijo ella. Javier rio.
-Es que son para la escuela, no puedo salir riéndome ... - Javier se quedó a la mitad del enunciado.
-Nicolette, me llamo Nicolette- Javier creyó ver que le temblaban las manos mientras manejaba la cámara.
-Mucho gusto- dijo él, y realmente lo consideraba un gusto, echó un rápido vistazo al suéter ceñido de la chica.
-Ok, mira hacia acá, así está bien…una...listo- Nicolette miró la cámara- va una más, cerraste los ojos- rio, Javier pensó que debía verse como un tonto con los ojos cerrados en la foto- va de nuevo, procura mantener la vista fija en este punto…bien, ya está.
- ¿Cuándo puedo recogerlas? - preguntó, poniéndose el gorro nuevamente.
-En una media hora más o menos- Nicolette buscaba un block de notas en el cajón del escritorio, una vez que regresaron al recibidor, donde estaba Nacho- ¿Cuál es tu nombre? - preguntó, anotando algo.
-Javier Miranda- sonrió, satisfecho de haber podido dominar su nerviosismo.
-Y yo soy Nacho, por si quieres saber- Javier miró a su hermano con hastío, ella rió por compromiso y a Javier le alegró el gesto obvio de educación- Te espero afuera- resolvió Nacho, sintiéndose fuera de lugar.
-Tu hermano es chistoso- dijo Nicolette una vez que Nacho hubiera salido, Javier rio.
-Es un idiota- un pequeño silencio que no pareció incomodo se extendió por la sala, era la clase de silencio e intimidad que lleva años conseguir.
- ¿Y vas a entrar a la Universidad? - preguntó ella, queriendo lucir distraída
-Sí, este año.
- ¿Cuántos años tienes? - la mano de Nicolette seguía temblando.
-Dieciocho- respondió. Un movimiento involuntario de su mano golpeó la taza de café, derramando el líquido sobre la mesa.
NICOLETTE
Justo en el momento en que el café se derramó, el claxon del coche del hermano de Javier comenzó a sonar estrepitosamente y mis nervios fueron en aumento. Siempre había sido insegura, pero cometer torpezas aumentaba mi poca capacidad de control, incluso a mis treinta y tantos. Javier se acercó a ayudarme, recogiendo la taza ya rota.
-Perdón, es que el frío me entume las manos- el frío me entume las manos, debo sonar como imbécil, me dije, presa de aquella inseguridad que me seguía desde hacía años. Javier sonrió.
-Bueno, entonces regresaré en un rato por mis fotos- se dirigió a la entrada.
-Muy bien- traté de sonreír con resultados desastrosos.
Una vez que Javier se fue, hundí la cabeza en el escritorio. ¿Qué demonios había sido aquello?, era ridículo. Cerré la puerta con llave y me dirigí al cuarto oscuro para revelar las fotos recién tomadas. Entré al pequeño cubículo, cuyas rendijas de luz estaban cubiertas en su totalidad. Giancarlo era un loco, se empeñaba en no usar tecnología, y todas las fotografías se revelaban en aquella habitación. Mientras la imagen del rostro de Javier se fue formando, lo miré detenidamente, tenía el cabello de un castaño muy claro, los ojos miel y grandes, la nariz recta y los labios delgados. A mis treinta y mil años, nunca había conocido a nadie tan bien parecido, con un rostro tan bien hecho.
-No seas ridícula Nicolette, el niño tiene dieciocho años- murmuré saliendo del cuarto, con las fotos listas. Golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos y fui a abrir, encontrando tras ella a la que se decía era mi mejor amiga: Lizeth, a quien conocía desde la preparatoria. Cuando abrí, entró apurada, tratando de guarecerse del frío.
-No puede ser, está terrible el clima- dijo frotándose las manos para calentarlas.
-Ya- fue lo único que pude responder, a la vez que depositaba las fotos de Javier en un pequeño sobre amarillo y les grapaba la nota de remisión encima.
- ¿Qué pasa?, ¿tienes mucho trabajo?
-No, lo que pasa es que- la miré, Lizeth era muy santurrona como para escuchar algo como aquello- nada, no es nada, no dormí bien, ya sabes, la tormenta y eso.
-¡Ni que lo digas! – Lizeth se recostó en el escritorio; la examiné, ella no era tan bonita, tenía el pelo chino y la cara redonda, era en extremo delgada y tenía las manos huesudas. Desde que la recordaba había sido así, delgada, nerviosa, demasiado blanca y tímida. En la preparatoria, ambas éramos de perfil bajo, cuando salimos, fuimos las dos únicas que no asistieron a la fiesta de graduación, y ninguna de las dos tuvo novio, siempre estuve viviendo en la sombra, y eso me dolía. Ahora, muchos años más tarde, mi aspecto finalmente había mejorado, desde que entré a la Universidad, me dediqué a correr un maldito kilómetro por día y gracias a ello, mi cuerpo había adquirido una forma bastante agradable, además, Giancarlo siempre me ha presionado para verme bien, eran un estudio fotográfico, no podíamos darnos el lujo de lucir mal y espantar a la clientela. Con Lizeth no pasó lo mismo, y en ocasiones, sentía que me miraba con cierto recelo, pero nunca se lo dije, era una de esas amistades tan largas, que hubiera sido una pena tirarla a la basura.
El timbre de la puerta al abrirse y nos hizo voltear, sentí que la boca se me secaba y que mi piel se volvía fea y sin gracia; Javier entró , ¡qué rápido se pasó el tiempo!, esta vez llegó solo, vestía un pantalón de mezclilla y una camisa blanca, con un suéter negro que acentuaba su pelo castaño.
-Hola- dijo él.
-Hola- le sonreí.
Javier miró a Lizeth y sonrió educadamente
-Buenos días- dijo.
-Buen día- respondió Lizeth sin dejar de hojear la revista que estaba leyendo.
- ¿Y están listas las fotos? - preguntó él.
-Sí, ya están, aquí las tienes y viene la nota adjunta, te resta por liquidar la mitad del costo- mi voz se percibía distinta, tanto así que Lizeth volteó a verme con ojos interrogantes, sin recibir respuesta.
-Muchas gracias, Nicolette- Javier sonrió inocentemente, e hizo que me sintiera desarmada.
-A ti- respondí con un hilo de voz.
-Bueno…- Javier se quedó mirándome por un segundo y se fue alejando hacia la puerta- hasta luego.
-Suerte con tus fotos- me tocó aceptar que Javier Miranda, como había dicho llamarse, no volvería. Además, qué tonta, suerte con tus fotos, ¿quién dice eso?
-Sí, gracias por tenerlas de esta manera urgente, de verdad me salvaste- dijo desde la entrada, diciendo adiós con la mano, sin dejarme tiempo para responder. Tras el sonido del timbre sensor de la puerta, busqué inmediatamente algo que hacer con las manos, prendí la computadora, me serví más café, pretendí marcar un número de teléfono, hasta que la voz de Lizeth me detuvo.
-Guapo el chamaco, ¿no? - seguía hojeando la Tv notas.
- ¿Perdón? - traté de disimular, pero ella me conocía demasiado bien.
-Digo, no le presté mucha atención bien, pero me pareció que está bastante galancito el chavo que acaba de venir.
-Ah, eso- le di la espalda, sirviendo más café- pues sí, está simpático, pero es joven- sentencié, pretendiendo una indiferencia que nadie me podía creer.
- ¿Cuántos años tiene? Y más importante aún, ¿Cómo sabes cuántos años tiene?
-Tiene dieciocho y me lo dijo casualmente esta mañana cuando vino a tomarse las fotografías.
- ¿dieciocho?, no, pues sí esta pollito- Lizeth pareció perder interés en la plática y volvió a la revista. Yo, absorta en el azúcar disolviéndose en la taza de café, trataba de recordar cuándo había sido la última vez que me sentí así.
JAVIER
La temperatura estaba mucho más fría cuando Javier llegó a su casa alrededor de las ocho de la noche, había ido a dejar las fotos y los papeles a la Universidad, para más tarde comer con sus amigos e ir al cine. Sentía un tremendo alivio de haber entregado todo, sin duda, aquella noche dormiría tranquilo, sin presiones ni preocupación alguna. Pasó por el estudio y vio a su hermano sentado frente a la computadora.
-Qué onda güey- dijo sin ganas, con intención de dirigirse a la escalera.
- ¿Dónde andabas? - preguntó Nacho como por no dejar.
-Con el Javier y el Pablo- Javier restaba importancia a la conversación, tenía sueño y estaba cansado.
-Ah- Nacho lo miró- te llamó una vieja- dijo distraído, Javier se detuvo en seco y por alguna razón la imagen de la mujer de las fotografías le vino a la mente, sintió una oleada de cosquillas por el cuello.
- ¿Quién?- preguntó.
-No sé güey, una tal Jasmine, no sé, le dije que te llamara al celular.
-Ah, ok, gracias- Sin preguntar más y sin interés alguno en devolver aquella llamada, Javier subió lentamente las escaleras hasta su cuarto. ¿Cómo se llamaba?, Nicolette, un nombre muy raro, pensó. Como por impulso, entró a su habitación sin prender la luz y se fue despojando de la ropa. Cuando quedó entre las cobijas, aún sin encender la lámpara, se encontró repasando momento a momento lo que había pasado aquella mañana.
-La neta estaba buenísima- murmuró, sin poder resistirse a decir esas palabras en voz alta, sintiendo que, al decirlas, ella le pertenecía en cierta forma y la idea le emocionó. Giró en su cama, recordando las piernas y los gestos de Nicolette. El cansancio y el sueño parecían haberse esfumado. ¿Y si la tuviera ahí a su lado?
-No, pero seguro tiene esposo o novio- la idea de la edad que Nicolette pudiera tener pasaba por la mente de Javier y eso lo excitaba más- pero igual y no- en su imaginación pensó cómo sería besarla y tocarla, olvidando también la baja temperatura de la noche. Ninguno de sus amigos jamás podría ni soñar en estar con una mujer así, él podría ser el primero y si lo rechazaba o algo similar, nadie tendría que enterarse, bastaría con no volver jamás a ese estudio. Quería seguir pensando en ella y tratar de recordar cómo se veía, tratando de adivinar cómo luciría con otra ropa o sin ella, que le gustaría hacer, cómo besaría, a qué le sabrían los labios, cómo se le vería el cabello sobre su almohada. Javier no pudo con el montón de pensamientos intensos, pero tomó una decisión justo cuando su hermano entró sin tocar y con la cara somnolienta le dijo:
-Javier, te llama otra vez esa chica Jasmine.
Enojado por haber sido interrumpido en aquella fantasía, Javier respondió:
-Dile que estoy dormido- y con ello, se dio la vuelta en la cama y comenzó a ensayar las palabras que diría al día siguiente.
NICOLETTE
Cuando el despertador de mi celular sonó por cuarta vez, abrí los ojos con el peor humor posible, se me había hecho tarde, no pude dormir bien la noche anterior, esta vez no hubo tormenta. De las doce de la noche a las tres de la mañana, tuve un sueño con el muchacho de las fotografías, me levanté sudando y odiando a la deidad encargada de administrar sueños. Me fastidiaba un poco tener que lidiar con ello, quería volver a dormir y no podía, el calor externo e interno me lo impedían, hacía mucho que no sentía el nacimiento de una obsesión y ésta era una de esas ocasiones.
JAVIER
Javier deseó que el frío del día anterior llegara de nuevo, pues ahora el calor y los nervios que sentía eran una mezcla nada favorable. El sol le brillaba sobre el pelo color paja cuando entró al estudio.
Esta vez no era Nicolette quien estaba sentada en el escritorio, sino un hombre de unos cuarenta años, que vestía un pantalón negro y una camisa rosa, lo miró a través de unos lentes con armazón de carey. Pensó fugazmente si aquel no sería el novio de Nicolette.
-Buenos días- dijo- ¿te puedo ayudar? - Javier notó un acento entre francés y amanerado en él, con lo cual descartó que el tipo fuera novio o esposo de Nicolette. Sin embargo, la treta que Javier tenía para hablar con ella se había ido completita a la basura pues tenía pensado decirle que había extraviado las fotografías y que necesitaba otras, pero aquella despampanante mujer no estaba.
-Yo sólo quería ver si me pueden tomar unas fotografías tamaño infantil, a color- musitó Javier, sintiendo la decepción en el estómago l, pues además tendría que pagar por algo que ya no necesitaba.
-Lo siento, no puedo ayudarte, aquí únicamente se toman otro tipo de imágenes, eventos, bodas, etc- él que lo atendía señaló un muro donde colgaban varias fotos enmarcadas.
-Oh- estuvo a punto de sentir indignación ante la negativa, pero su mente unió los hilos rápido y lo golpeó en la cara el hecho de que aunque no lo hacían, Nicolette sí lo había hecho por él. Sintió que el rostro se le iluminaba.
-¡Gracias!- dijo, dando la vuelta, su sonriente semblante se encontró con Nicolette que entraba, mientras escuchaba el timbre sensor de la puerta.
NICOLETTE
Lo pude ver desde afuera, a través del cristal, era muy reconocible. Entré apresurada y casi le estampé la puerta contra la nariz, pero Javier alcanzó a esquivar.
-Hola, perdón, ¿Estás bien? - Murmuré tratando de parecer casual, pero con la voz atropellada.
-Sí, no te preocupes.
-¿Y qué haces aquí?- Me arrepentí al instante creyendo que la pregunta sería agresiva.
-¡Ah!- sonrió- soy un imbécil, perdí las fotografías.
-¿Las perdiste?- la obviedad de aquella mentira era tan grande, que no pude evitar sentir un júbilo dentro de mi.
-Mjm- desvió la mirada hacia Giancarlo- pero ya me informaron que aquí no se toman fotografías infantiles.
Maldita sea, me había atrapado, ahora regresaba para burlarse, qué suerte la mía.
-Giancarlo es muy especial- dije, tratando de excusar mi amabilidad del día anterior, hablando en voz muy baja, esperando que el estúpido de Gian no me escuchara.
-Tú también lo pareces- la voz se me atoró en el pecho cuando lo escuché decirlo.
Como solicitado por una fuerza que venía de ningún lado, Giancarlo se levantó del asiento y pasó al lado nuestro.
-Salgo por unas pastillas a la farmacia, ¿necesitas algo? - preguntó
-Gracias Gian, pero no - contesté. Gian era hipocondríaco, quién sabe qué enfermedad se estaría inventando ahora.
Javier sonreía cínicamente, con toda la frescura que su edad y su cara le permitían.
- ¿De qué te ríes? - le pregunté.
-De cómo te pones por lo que te dije.
-No tengo la menor idea de a qué te refieres- respondí tratando de darme la vuelta, cuando sentí la mano de Javier en el hombro y me detuve en seco.
-No te molestes- dijo él, aun con la risa a flor de boca. Los nervios estaban matándome, ¿Qué podía hacer?, eso me pasaba por no haber tenido novio durante toda la prepa y secundaria.
-Oye, yo…- traté de sonreírle.
-¿A qué hora sales de aquí?- preguntó él.
-¿Qué?- mis pensamientos iban tan rápido, que no sé porque contesté- a las ocho de la noche.
-Vengo por ti, ¿a menos que tengas a alguien que ya lo haga?-Dios, entonces tuve que reír, ante la situación, ante la pregunta, ante los muchos años de diferencia y ante el hecho de que una mujer adulta como lo era yo, realmente no tuviera a alguien que la recogiera de su trabajo todas las noches, situación que finalmente me empujó a responder
-Ok, aquí estaré- la sonrisa aún más radiante de Javier me hizo continuar- no llegues tarde, porque a Gian no le gusta que me quede yo a cerrar.
-No te preocupes- se acercó, en menos de un segundo pude ver su rostro de cerca, sus ojos abiertos y brillantísimos, el olor de su loción, dulce, y sentí que me daba un beso rápido en la boca y después salía sin voltear.
JAVIER
No entendía de dónde venía ese interés tan grande, sí le parecía bonita, pero también había muchas chicas de la escuela que eran muy guapas, quizá era sólo el interés de conocer más allá, de entender todo el mundo visto desde otros ojos. Además, tenía que aceptarlo, desde que la vio la mañana anterior, le atrajo sobremanera, y aunque se tratara de pura atracción física, no tenía nada que perder.
Llegó al estudio faltando cinco minutos para las ocho, tampoco buscaba parecer demasiado desesperado, movió la mano, para que ella lo viera a través del vidrio y funcionó, Nicolette le dijo que esperara y recogió unas cosas, para despedirse de su jefe con un beso en la mejilla. Salió y Javier sintió un cosquilleo en el abdomen, nada parecido a los que había sentido antes.
-Hola- dijo ella y se acercó para también besarlo en la mejilla.
-¿Cómo estás?¡Llegué temprano!- rio.
-Ya veo- un pequeño silencio incómodo llenó el ambiente, pero la simpatía de Javier lo sacó a flote muy rápido.
-Mi carro está aquí a la vuelta de la esquina, te llevo a tu casa, o ¿prefieres hacer otra cosa? - preguntó, deseando que ella no lo prefiriera, quería ir a su casa y estar solo con ella.
-Pues de hecho tengo que llegar a mi casa, estoy esperando una llamada- dijo, restando importancia, pero Javier sintió una punzada de celos en el estómago, ¿de quién estaría esperando una llamada? Y si así era ¿Por qué aceptó que la fuera a buscar si seguramente tendría a un licenciado o contador, médico, arquitecto, esperando por hablarle por teléfono?, Javier se sintió repentinamente como un estúpido, como un niño. Era obvio, ¿Qué haría una mujer como aquella, saliendo con un…- mi mamá dijo que me llamaría a las 9:30- aclaró ella.
-Ahhh…- Javier casi suspiró de alivio- bien, claro, entonces no te preocupes, te llevaré a tu casa ya mismo- con la mascarada de querer apurarla y guiarla hasta el coche, Javier le tomó la mano y le abrió la puerta del carro - sube.
Nicolette subió.
- ¿Y eres de aquí? - preguntó Javier, una vez que tomaron camino a casa de ella.
-Sí, he vivido aquí toda mi vida, ¿y tú?
-También, ¿Qué música te gusta? - Javier hablaba muy deprisa, los silencios incómodos no le gustaban y quería hacerla entrar en un ambiente sencillo rápidamente,
-Pues casi toda, me gusta Shakira, One Republic, Kent, Alejandro Sanz, Augustana-
-¡A mí también me encanta Augustana, la de Boston en especial!- la emoción de Javier tras ese pequeño detalle le hizo sonreír.
-¡Ufff, lo mejor de lo mejor! por aquí das vuelta a la izquierda y tres calles más a la derecha- dijo ella, lamentando romper el ritmo de la conversación.
-¡Que buen gusto el tuyo, eh!-Javier rio.
-¿Y no te gusta Brand New?- preguntó ella, tratando de volver al tema
-Creo que no los he escuchado…- confesó Javier.
-Es aquí- señaló una casa color crema, Javier se detuvo y apagó el coche.
-La verdad que raro que no los he escuchado, quizá si me recomiendas canción por canción…
-Tengo la discografía en mi computadora, si quieres…- Javier rogó porque el final de la frase no fuera te la presto-… puedes pasar y la escuchamos un rato. Él sonrió, esta vez deseando que aquel fuera un grupo tan magnífico como para que dicha discografía se prolongara toda la noche.
NICOLETTE
Las llaves se me cayeron al suelo cuando iba a meterlas en la cerradura de la puerta, no estaba segura de lo que estaba haciendo, y por ello me parecía que era lo mejor, sin pensar, sin dudar, sin tener una amiga que me levantara las cejas con extrañeza cada cinco minutos. Jamás en mi vida hice nada arriesgado, nada raro, ni siquiera asistí a mi propia graduación de la preparatoria, y aunque en esa época creía que no quería hacerlo, la verdad era que sí, me hubiera encantado probarme vestidos azules, violetas, rojos, me habría vuelto loca bailar toda la noche canciones del Gran Silencio, OV7, Modjo, pero no lo hice.
-Pasa - prendí la luz y entramos. Al escuchar el ruido de la puerta cerrarse, supe que no quería que él saliera sino hasta dentro de muchas horas, o si era posible, que no saliera en toda la noche.
-Tu casa es linda- escuché la voz a mis espaldas, mientras veía que no hubiera ninguna llamada perdida en el identificador.
-Gracias, siéntate, ¿Quieres tomar algo?- pregunté, a la vez pensando si Javier tendría edad suficiente para tomar, y recriminando inmediatamente mi pensamiento tan tonto.
-Claro, ¿Qué tienes?- dijo él levantándose mientras yo le señalaba en dirección al pequeño barecito con una botella de whisky, una de vino tinto y una de vodka. Todas son muy baratas, no soy una gran bebedora.
-Asco, odio el vodka- esa expresión me hizo imaginarlo en alguna fiesta con sus jóvenes amigos o amigas, lo cual al instante me incomodó- pero si tienes agua mineral, el whiskey sería perfecto, si quieres yo me sirvo, solo dime donde están la cosas- agregó.
-Sí, en el refri, por favor, también hay hielo- me puse a marcar un número de teléfono, mientras él entraba a la cocina. En la puerta del refrigerador había una foto mía con mi familia y otra con Lizeth. Esa última foto había sido tomada los últimos días de la preparatoria, unos años antes, cuando jugamos la final del torneo interpreparatorias, la cual perdimos y en la que se me hizo la cicatriz en la rodilla, manchada con tierra y pasto. Lloré solita, sola en el baño de mujeres mientras veía mi rodilla sangrando.
-Qué buenas fotos- dijo, alzando un poco la voz.
-¿Cuáles?- pregunté, sintiendo un poco de vergüenza.
-Las de tu refrigerador, te ves bonita.
-Gracias, son de la preparatoria- ¿bonita?, me veo patética, seguro lo decía por compromiso.
-¿Jugaste fútbol?- cuestionó Javier, sirviéndose hielo.
-Un poco, la verdad siempre fui muy mala… ¿Bueno, mami?- mi voz se perdió en la llamada telefónica, mientras que Javier continuaba observando la fotografía. No parecía que fuera de hace años, odiaba esa foto, pero era la única en la que Lizeth no salía con los ojos cerrados; a veces siento que en esa imagen me veo muy similar a la actualidad, aunque quizá la diferencia era la manera de vestir, pues por lo demás, lucía igual: el mismo pelo lacio y sin gracia, la boca con temor a sonreír, el leve encorvamiento que denotaba inseguridad, los ojos ovalados y asustados.
Después de 5 minutos, recordándome a mí misma que ahora era una mujer muy guapa, me armé de valor y entré a la cocina, él seguía contemplando las imágenes.
-¿Qué le ves a esas fotos? ¡son feas! me veo horrible- dije apenada, era una etapa de mi vida que no disfrutaba recordar.
-Por supuesto que no, me gusta especialmente cómo te ves en ésta- Javier señaló la foto del uniforme de fútbol.
-Es la peor, ven, vamos a la sala- esta vez fui yo quien lo tomó de la mano, queriendo distraerlo de la foto, tratando de hacerle ver que esa chica de pelo alborotado y cola de caballo, sin belleza, ni lindo cuerpo ya no existía, y que en su lugar, estaba yo.
-¿Quieres oír a Brand New o alguna otra banda?, también tengo Dashborad- dije, mencionando bandas al azar.
-¿Los que cantan la de Spiderman?- preguntó con un gesto.
-Sí- me dio risa su cara de asco- ¿no te gustan?
-La canción está buena, pero la película me da flojera- estiró los brazos como si bostezara.
-Bueno, pongo entonces la canción- me levanté y puse la canción, pensando que así quedarían olvidadas las fotos tan horribles que tanto le habían llamado la atención. Cuando regresé al sillón, le sonreí, el vino me animó a tomarle la mano, él continuaba serio, mirándome. Sin siquiera avisar, se acercó y me metió la lengua en la boca, sujetándome la cara; primero me asustó su espontaneidad, pero cuando sus manos me sujetaron del cabello, la emoción de besarlo me ganó.
-Quería hacer esto desde que te vi ayer- murmuró él contra mi mejilla. Sentí cosquillas, me encantaba todo aquello pero mi cabeza repetía: tiene dieciocho, ¿estás loca? ¿Eres tan insignificante que no puedes encontrar a alguien de tu edad?
-Javier…- dije con toda la suavidad posible.
-¿Mmm?- él se separó un poco, tenía las mejillas rojas y los ojos entreabiertos.
-¿No crees que soy un poco mayor para ti?- le dije, tomándole la mano de nuevo. Javier me miró y con el mismo tono alegre respondió.
-Lo único que creo es que eres muy linda y que tu también piensas igual de mi, ¿entonces?- y sin darme tiempo a responder, me volvió a besar, sus labios se movían con una espontaneidad y unas ansias increíbles, como la primera vez que te sientes borracho o algo así. Mi cabeza seguía insistiendo: es casi un niño, seguramente no tiene experiencia, ¿qué buscas con alguien así?, pero él se acercaba y me recostaba en el sillón, desabrochando mi blusa. Dieciocho, eres una anormal. Y su cara tan perfecta con los ojos cerrados, besándome como desesperado, hundiéndome en un momento borroso, dieciocho, enferma.
-Ahhh, como sea- dije, y le tomé la mano para llevarlo al cuarto.
JAVIER
Sí había estado enamorado varias veces, quizá demasiadas como para contarlas, si había tenido mucha novias y naturalmente había tenido sexo antes, pero encerrado en la recamara de Nicolette, con la luz apagada, sin sentir mas que el movimiento de ella encima suyo, supo que ninguna de sus experiencias anteriores o futuras se compararía a aquella. En aquel momento pudo haber jurado que ninguna boca lo besaría como aquella, que ninguna mujer lo haría sentirse tan entregado, y no sabía si era por que ella fuera mayor o porque él fuera tan joven o por la combinación de ambas, pero sí estaba seguro de que algo tenía que ver. Que ella le quería enseñar en un par de horas todo lo que sabía y que él quería aprender todo y tratar de, con su juventud, darle la misma satisfacción que ella le estaba dando. Era tan deseable y tan hermosa, que le costaba trabajo pensar que en un principio hubiera sido tan tímida, no lo entendía, mucho menos ahora. No quería que pasara tiempo, no quería que la noche avanzara, podía estar seguro que cuando se tuviera que ir, sentiría un vacío sordo dentro de sí.
Si de entre todas las chicas que había tenido, se hubiese encontrado una con aquel aroma de miel, con aquella hambre de besos, con ese cuerpo tan ágil, con unas manos tan dulces, quizá alguna de sus relaciones hubiera durado algo. Tenía una amiga, muy bonita, a quien constantemente le enviaba mensajes diciéndole que la quería y que pensaba en ella, pero la realidad era que en ese momento, no le pasaba por la mente su existencia. Se preguntó porque no moría en ese instante, con ese sentimiento tan fuerte dentro de él, con ese placer, se preguntó si en su vida futura aquella noche se ensuciaría, deseó por un segundo morir y no permitir que aquella delicia corpórea fuera manchada con nada.
NICOLETTE
En el momento en que me recosté a su lado, supe que aquello me traería dolor tarde o temprano. Aunque no sabía exactamente por qué , pero tenía esa certeza; pasé la mano por encima del brazo de Javier, mientras escuchaba su respiración, a la cual se le unía el canto de un grillo detrás del closet. Veía en las sombras su boca semiabierta, los labios delgados se movían con el exhalar de su aliento.
-Son las dos de la mañana- se volvió y quedamos cara a cara.
-¿Es ya tan tarde?- lo abracé, sabía que no podía pedirle que se quedara.
-Sí, ni sentí pasar el tiempo- hablaba en voz muy baja- me tengo que ir- dijo, antes de darme un beso.
-Sí, está bien- no estaba bien, pero no había otra opción, cualquiera hubiera resultado absurda, ridícula y fuera de lugar.
-No quiero- volvió a decir él, en un nuevo susurro. Pero esta vez ya no contesté, no había razón ni fuerza que me obligara a contestar algo. Javier se levantó y lentamente se empezó a vestir, mientras yo seguía sin moverme, un dolor casi inadvertido me cruzaba a cada movimiento de Javier, pero lo ignoraba, era tonta por ponerme como una adolescente a quien con engaños le acaban de quitar la virginidad.
Él terminó de vestirse y se acercó.
-Me voy- me dijo, lo miré, si no tuviera un rostro tan bello, no sería tan difícil dejarlo ir. Le toqué la cara, quería memorizar algo que ya no tendría tan cerca, pues aunque no estaba segura de cuándo lo volvería a ver, sí lo estaba de que construir algo con esas bases tan débiles, sería una tontería.
Le miré los ojos, grandes con pestañas del color de su cabello, pero que, embelesados me habían mirado desvestirme, le miré los labios, que me habían besado las últimas horas, pero que eran años más jóvenes. Sabía que era la última vez que lo tendría tan cerca, pues aunque volviera a buscarme, yo no quería volver a verlo, no quería volver a estar con él, sabía que al día siguiente me despertaría con una cruda moral apabullante, sintiéndome enferma por haberme acostado con un muchacho de dieciocho años. Me quedaba claro que a nadie le contaría, que no soportaría las miradas juzgándo, que el regaño que me daría Lizeth sería insoportable.
JAVIER
Cuando el frío de las dos de la mañana le pegó en el rostro una vez que pisó la calle, tuvo el impulso de regresar. Se quedó mirando hacia la nada sin poder descifrarse, la brisa que le rozó los labios en aquel momento le hizo sentirse feliz. Cerró los ojos por un momento y suspiró, estaba feliz, sentía que la sangre le corría tan de prisa que debido a esto las venas le temblaban. Nunca había pasado una noche como aquella, la piel le hormigueaba, los labios le ardían debido a la ansiedad, tuvo el impulso de reír, de gritar, de comunicarle al mundo lo pleno que se sentía, que quería sentiré así muchas otras veces y lo mejor de todo era que podía hacerlo, que Nicolette estaba justo ahí, que seguramente lo volvería a estar. Se subió al coche y durante 10 minutos estuvo decidiendo, no quería irse, quería permanecer ahí hasta el otro día, volver a tocarla como lo había imaginado dos noches antes y como lo había vivido esa noche. Sin embargo, tras pensarlo mucho, decidió que lo mejor era irse, no quería representar una molestia para Nicolette, quien seguramente ya habría caído dormida, ella tenia que trabajar al otro día y además Javier quería tener cuidado, no quería que ella lo viera como un adolescente tonto, aferrado y enamoradizo, ella no buscaba algo así, seguramente buscaba un hombre, y regresar en mitad de la madrugada buscando sus caricias lo haría ver como un niño desesperado por atención. Lo último que quería era fastidiarla.
NICOLETTE
Eran las tres y media de la mañana cuando mis ojos se abrieron, afuera aún estaba oscuro, en mi celular brillaba una luz. Me había despertado la vibración del mismo.
1 nuevo mensaje de texto.
“¿Cómo está durmiendo la señorita más sexy?, que descanses – Dan”
Tuve que leer el mensaje un par de veces más para poder calmar el remolino de emociones que sentí en ese momento, no sabía si era la palabra sexy, la palabra señorita, o el nombre al final, lo que me provocaba aquel arrebato de sensaciones. Me levanté de la cama y tomé mi bolso, saqué de él una pequeña bolsita de plástico con una foto infantil. Caminé a la cocina entre la bruma de la madrugada, cuidando de no tropezar. Tomé la fotografía que estaba pegada en el refrigerador y regresé a la recamara. Entre las manos tenía mi propia foto con el uniforme de fútbol y la de Javier que había tomado el día anterior, acariciando ambas con los dedos, las contemplé por varios minutos, hasta que los ojos se me fueron cerrando lentamente.
NICOLETTE 18
Afuera se escuchaba el ruido de gotas cayendo, gruesas sobre el pavimento y sobre la ventana, la habitación que a pesar de ser de día, estaba oscura y gris, la tormenta se había prolongado durante toda la madrugada y la lluvia no parecía tener ganas de cesar. Me negaba a abrir los ojos, no quería, sentía una pesadez en el pecho que me hacía desear quedarme en cama toda la mañana, me molestaba el clima frío que esperaba afuera, la ruta diaria hacia el estudio de Giancarlo, y la inevitable realidad de que lo que había pasado la noche anterior tendría que enterrarse bajo tierra durante toda la vida. Una chispa fría me pasaba la garganta, busqué el celular entre las cobijas, sin encontrarlo, no obstante, mi reloj biológico anunciaba que ya eran las 6 de la mañana y que tenía que levantarme. Poco a poco me levanté, la habitación aun a oscuras. Caminé hacia la puerta y extrañamente la encontré abierta. Con los ojos aún adormecidos me dirigí al baño, choqué con la pared un par de veces, culpando al sueño. Cuando tomé el picaporte del baño para abrir la puerta, me encontré con que éste estaba cerrado con seguro, me froté los ojos, tratando de abrir la puerta, no se abría. Empecé a asustarme, a no entender.
Un sudor frío me recorrió la espalda cuando escuché una voz.
-Nicole, hija, ¿eres tú?, ¿Qué pasa?- la voz provenía de adentro. Abrí los ojos rápidamente y busqué el apagador más cercano , una luz amarilla llenó el espacio. Aquel no era el baño, y aquella no era mi casa. En un segundo sentí asco, mareo, vértigo y sobre todo confusión. Los colores pastel de las paredes eran familiares, sin embargo me aturdían. Corriendo regresé al cuarto y prendí la luz. En la pared, pósters de Shakira y en el cuarto una cama individual me esperaban, el vértigo creció. La cama tenía una colcha rosa y el closet era blanco. Traté de recuperar la cordura y respirar profundamente. Cerré los ojos un momento y cuando los abrí, la misma imagen me llenó los ojos de lágrimas. Era mi cuarto, en donde había pasado mis primeros dieciocho años de vida. El lugar en el cual había llorado durante días por no haber asistido a la graduación de la preparatoria, donde en mi soledad escuchaba canciones de la compositora colombiana en mi viejo discman. Desesperada, me acerqué a la cama y revolví la sabana buscando mi celular, no lo encontré por ninguna parte, con el miedo, la confusión y a la vez la seguridad de que finalmente mi actual soledad me había vuelto loca, me tiré en la cama cubriéndome con la cobija, ahogando un llanto que no me sabía a nada. Un par de minutos después, la puerta se abrió, tuve un miedo angustiante de destaparme y ver la imagen de quien entraba y con pasos silenciosos me hablaba.
-Nicole, ¿estás bien?, ¿Qué pasa?, ¿te sientes mal?- la voz de mi mama me tranquilizó, sin embargo, su presencia me alteró en demasía, ¿Qué hacía ahí?, ¿Qué estaba ocurriendo?, me parecía imposible detener las lágrimas. Mi mamá finalmente movió las cobijas, y ahí estaba yo, su mirada no parecía extrañada de verme ahí.
-¿Qué tienes? ya sé que estás nerviosa, pero ¿te sientes bien?, ¿te duele algo, hija?- la miré era mi madre, no me veía con extrañeza ni confundida.
-¿Mmm?- traté de responder.
-Anoche no quisiste cenar, te dije que debías comer algo, que dejaras de preocuparte, que seguramente hoy temprano te podrías tomar esas fotos- dijo convencida, yo esperaba despertar del sueño en cualquier momento, pero nada pasaba- hija, me estás asustando, ¡Di algo por el amor de Dios!- insistía ella.
-Tengo un poco de asco- musité, creyendo que con las palabras, aquel sueño acabaría. Sin embargo, el gesto de mi mama, me confirmó que no.
-Ay niña, eso te pasa por andarte desvelando en la computadora- se levantó y se dirigió a la puerta- apenas son las seis, duerme otro rato, no tienes que entregar los papeles sino hasta las once- diciendo esto, cerró la puerta y cuando escuché el clic de la cerradura, comencé a llorar en silencio, cerrando los ojos muy fuerte, apretando los párpados, deseando no estar loca.
Minutos más tarde, luego de que el llanto por fin se detuviera, me levanté despacio y con un miedo que latía en mi estomago, me dirigí al espejo. La imagen que vi me confundiría durante muchos años. Una versión mía, más joven me regresaba la mirada: tenía el cabello largo y ondulado, castaño brillante, la piel no tenía las pequeñas arruguitas que se me hacían cuando sonreía, estaba muy delgada y tenía un raspón en la rodilla izquierda. Como la imagen en una película, cerré los ojos rápidamente y recordé como me había hecho ese raspón, justo cómo ese recuerdo me había venido a la mente la noche previa: en el último mes de clase en la preparatoria, en la final del torneo interpreparatorias de la ciudad, y en el último minuto del segundo tiempo, cuando tuve la oportunidad de hacer ganar a mi equipo, fui derribada por una chica pelirroja y alta, de cuerpo robusto, quien además me pellizco el brazo al empujarme y provocar el raspón en la rodilla.
Frente al espejo y sentada en mi cama, en mi vieja cama, me toqué la rodilla herida, sentía los bordes de la sangre cicatrizada, eran muy reales, la presioné y el dolor tan agudo que aquello me produjo daba la certeza de que no era un sueño.
Por lo demás, no encontraba explicación, unas nauseas monumentales se apoderaron de mí y salí corriendo del cuarto, instintivamente dirigiéndome a donde creía que estaba el baño, vomité bilis, sintiendo que el estómago me ardía, me miré al espejo del baño y me limpié la cara con una toalla azul que desde siempre había servido para secarse las manos, una ola de nostalgia me golpeó cuando sentí el tacto de aquella vieja y deshilachada prenda.
Caminé a mi habitación de vuelta, busqué en los cajones del tocador , papeles, libretas de materias que había cursado hacía años, pero en todas ellas estaba escrita por mi puño y letra la fecha actual, la fecha de su mi yo mayor que trabajaba para un fotógrafo, no la fecha de mi vida estudiantil. Abrí el closet y no encontré ninguna de las faldas cortas y suéteres ajustados que usaba diariamente, sino varios pants, jeans con pequeñas roturas, tenis converse de varios colores y dos uniformes color guinda. Una mochila azul oscuro estaba al lado del closet, la abrí, ignorando los libros, saqué tres discos del interior, uno, el más nuevo, de Shakira, y en efecto, era el más nuevo, no el de hace 8 años, uno de Augustana y un último de Brand New, ¿Cómo era posible?, ¿Qué mierdas pasaba? Yo, al parecer, era más joven, pero el mundo no se había rejuvenecido conmigo.
Un nuevo espasmo de nauseas me asaltó, pero esta vez no vomité, en el piso estaban tiradas boca abajo, dos fotografías, una infantil y una de tamaño regular; con miedo, las levanté, en una estaba vestida con aquel uniforme rojo intenso, pero sola, sin Lizeth; en la otra, la cara de Javier, sus labios delgados, sus ojos miel y su cabello color paja me observaban con la mirada fija. Quise gritar pero ningún ruido salió de mi boca, ahogué mi voz en la garganta y presioné ambas fotos contra mi pecho. No estaba loca, pero necesitaba una explicación pronto, o empezaría a estarlo.
JAVIER
Javier cerró la puerta del coche de su hermano Nacho y con el frío lastimando sus mejillas, se dirigió a la entrada de aquel estudio fotográfico. Molesto por el hecho de que Nacho no hubiera recogido las fotografías que se había tomado el día anterior y preocupado porque tendría que llevar los papeles a la universidad a las once de la mañana, entró al lugar escuchando el timbre sensor de la puerta, su hermano detrás de él.
-¿No hay nadie?- dijo Nacho en voz baja, Javier caminó un poco más, tratando de asomarse en lo que parecía otro cuarto dentro del local, su mirada se encontró con la de una chica alta y en extremo delgada, de cabello muy rizado que traía una revista en la mano, tenía la piel pálida, pecas grises y un gesto nada agraciado.
-¿Te puedo ayudar en algo?- dijo, casi fastidiada.
-Eh, sí, quiero saber si aquí me pueden tomar unas fotografías tamaño infantil- preguntó, la cara de la muchacha fue de como si le hubieran dicho que tenía la difícil tarea de sacar oro de una vieja mina.
-Pues…- aventó la revista a la silla más próxima- se supone que no debemos tomar ese tipo de fotos, pero- en ese momento, el timbre de la puerta volvió a sonar, Javier, Nacho y la alta voltearon al mismo tiempo, por la puerta entró una chica joven, quizá de la misma edad que Javier, delgada, con el cabello en una cola de caballo, vestía un pants negro con chamarra de cuello alto.
-¿Si?- preguntó la encargada del estudio fotográfico.
-Buenos días- dijo nerviosa la recién llegada. Javier volvió a mirar a la alta de pelo rizado.
-¿Sí me puede tomar las fotos?- preguntó impaciente.
-Sí- contestó la empleada- pasa- señaló la parte de atrás del estudio, Javier le entregó a su hermano una carpeta y pasó a tomarse las fotografías.
La chica recién llegada se quedó con Nacho, hundidos en un silencio, hasta que él trató de sonreírle, ella le devolvió la sonrisa y desvió la mirada inmediatamente.
-Te me haces conocida- dijo - ¿vas a la misma escuela que Javier?- preguntó.
-¿Javier?- ella abrió los ojos redondos como platos- perdón, pero…
-El güey que estaba aquí- volvió a decir Nacho- mi hermano va al Instituto Octavio Paz, en Lomas.
-¡Ah! Sí, esa es mi prepa también, acabo de salir- contestó ella. Nacho sonrió.
-Sabía que te había visto antes- la jovencita le devolvió la sonrisa. En ese momento Javier y la encargada regresaron.
-Van a ser cuarenta pesos, si quieres pagas la mitad ahorita y el resto después- dijo la dependienta; a la vez, la chica que había llegado se tambaleó, como si se mareara.
-¿Estás bien?- Nacho se acercó a ella, sosteniéndola del brazo.
-Sí- parecía que la chica volvía en sí, al contacto de Nacho en su brazo- me mareé un poco, no es nada, perdón- se sonrojaba a cada palabra, Javier la miraba indiferente.
-Paso por ellas como en una hora, ¿está bien?- preguntó él.
-Sí- la empleada le entregó un papel y se volvió a la jovencita- ¿En qué te puedo servir?- La chica la miraba sin parpadear, mientras que Javier y Nacho salían, y el mayor de los hermanos murmuraba.
-Esa morra va en tu escuela, guey, ¿no la ubicas?- preguntaba con un interés inusual.
-Ni la vi bien, güey- el timbre del sensor de la puerta se escuchó cuando ellos finalmente salieron.
NICOLETTE 18.
Los ojos se me llenaron de lágrimas por el choque que sentí dentro de mí en ese momento. Lizeth sentada en el que debía ser mi lugar, mi escritorio, Javier saliendo, sin dirigirme una segunda mirada, Nacho mirándome con pena ajena, cuando la última vez que lo hizo me miraba con lujuria.
-Oye, ¿te puedo ayudar?- insistía Lizeth con su gesto agrio.
-Liz- la boca me temblaba- soy yo- me acerqué al escritorio- mírame Liz, ¡Soy yo!
-Creo que me confundes con alguien más- la aburrida cara de Lizeth se mostró sorprendida.
-Liz, por favor…- comenzaba a desesperarme, veía mi imagen reflejada en los vidrios de la puerta, aparentaba apenas unos 18 años, pensé por un momento si acaso siempre había sido así. Miré el rostro inmutable de la que había sido mi amiga, en otro tiempo, en otra realidad paralela y comprendí, que jamás diría “Ah, si, Nicolette, ¿qué pasa?”
-Necesito unas fotografías- dije al fin.
-¿Cómo sabes mi nombre?- preguntó extrañada. Carajo, ¿ahora cómo le explicaría?
-¿Sí te llamas Lizeth? qué casualidad, te confundí con una amiga que se llama así- respondí.
-Ah- con desconfianza aún, Lizeth se atrevió a preguntar- así que tienes una amiga que se llama igual que yo y que se parece a mí.
-Bueno, en realidad tenía- sentí un golpe en la boca del estómago - ya no estoy segura- Lizeth se encogió de hombros. Sus gestos y expresiones me eran tan familiares.
-¿Qué tipo de fotos necesitas?
-Infantiles.
-Muy bien, pasa por favor.
Cuando el flash de la cámara me pegó en el rostro, entendí lo que aquella situación representaba.
JAVIER
-Ya está güey, te espero afuera- dijo Nacho mientras Javier cerraba la puerta del coche, aún hacía frío. La facultad de Ingeniería en Sistemas estaba justo en el centro del campus, al lado de la facultad de Ciencias de la Comunicación. El muchacho caminó entre la gente, pronto sería un universitario más y sería diferente, sería maduro y sus papás dejarían de hacerlo menos, porque finalmente, él también entraría a la Universidad, no sería Nacho el único hijo que tuviera una carrera de prestigio. Algunos compañeros de su escuela estaban ahí formados, Javier los saludó con la mirada y siguió caminando, pronto sería uno más, entraría y saldría a placer de la facultad. Todos le decían que la carrera de Ingeniero en Sistemas era difícil, lo cual sin duda la hacía una mejor carrera que la de Diseño Gráfico, que estudiaba Nacho.
Se formó en la fila, listo para entregar sus papeles, las fotografías que se había tomado aquella mañana, su acta de nacimiento, su certificado y los estudios médicos, junto a la ficha de solicitud. Estaba contento y emocionado, ansiaba ser grande, ansiaba ser otro.
La fila fue avanzando muy lentamente y la ansiedad de Javier se acrecentaba; debido a que faltaban por lo menos cinco personas para que fuera su turno, se dedicó a mirar a los alrededores, aún había muchos estudiantes universitarios paseando por ahí, algunos con cara de desesperación y la nariz hundida en libros gruesos de pasta vieja y dura, se preguntó si así se vería él en unos años. Su mirada chocó con una imagen que le pareció familiar: la muchacha que en la mañana había ido al mismo sitio que él, a tomarse las fotografías, miraba de un lado a otro, tratando de adentrarse en la fila de la Escuela de Ciencias de La Comunicación. Tenía los ojos asustados y parecía perdida, Nacho le había dicho que iba en la misma escuela que él, pero la verdad era que Javier no recordaba haberla visto jamás, se preguntó el porqué de aquello, mientras continuaba mirándola: pants negro, pelo atado en una coleta, lacio, sin una gota de maquillaje, y al parecer buscaba parecer desapercibida, pues incluso se encorvaba un poco y trataba de no atravesarse en el camino de las demás personas.
-Siguiente…- Javier escuchó una monótona voz y volteó, era su turno, el estómago pareció darle vueltas, ahora se emparejaba con Nacho, aquel era el primer paso a ser mayor.
NICOLETTE 18
Estaba segurísima de que me había visto, nada más espero que ojalá no lo haya hecho mientras yo lo veía, y además más en estas fachas. Me gustaba mucho la manera en que caminaba hacia la ventanilla y entregaba sus papeles, como con mucha clase, como no sé, muy seguro, yo nunca podría hacer eso. Cuando llegué a mi ventanilla, se me cayeron de la carpeta y cuando me agaché a recogerlos, le pegué con el trasero al tipo que estaba atrás de mí, y cuando le pedí disculpas, pisé mi acta de nacimiento. Yo era un desastre, eso nunca ha sido diferente. Javier iba a estudiar Ingeniería en Sistemas y yo, Ciencias de La Comunicación, aunque no tenía ni idea de cómo iba en la escuela, pues aquella realidad era una que nunca viví, si el estudiaba una ingeniera y yo una humanidad, seguramente eso significaba que como solía ser en mi otra realidad, yo era malísima en matemáticas, física y esas cosas, y él seguro era de los mejores. Aparte se veía bien vestido así, con ese gorrito gris en la cabeza que le contrastaba con su pelo casi rubio, yo ya lo había besado y tocado, había estado con él y hoy lo observaba de lejos y con miedo. De camino a casa decidí regresar a pie, entregué mis papeles primero que Javier, y aunque me hubiera gustado seguir viéndolo de lejos, no soportaba esa sensación rara, no entendía nada de lo que pasaba y no podía hablarlo con nadie, esto estaba volviéndome loca, en un lugar conocido y desconocido a la vez, con personas cercanas que en el futuro ya no lo eran tanto, como mi mamá, o con personas lejanas que en el futuro habían sido muy íntimas, como Javier o Lizeth. Caminé hasta la salida de la Universidad y vi a Nacho, el hermano de Javier, en el interior del coche, creí que estaba distraído, hasta que me saludó con la mano, sonriendo. La timidez que al parecer también había llevado yo toda mi vida me hizo sentir ganas de correr cuando lo vi bajarse del coche y caminar hacia mí.
-¿Qué onda?¿También vienes a dejar papeles?- sin decir agua va, se acercó a mí y me saludó de un beso en la mejilla. Él tenía los ojos muy castaños y las pestañas muy espesas, la boca era igual la de Javier, el cabello ondulado y castaño oscuro.
-Sí- contesté con una voz demasiado ronca.
-¿Ingeniería?
-No- reí involuntariamente- no, nada que ver, a Ciencias de la Comunicación.
-Ahh, qué bien, eso era otra de mis opciones cuando entre a la Uni, pero me decidí por Diseño; mi hermano es un nerd, escogió una de las más perras, así le va a ir al güey- dijo mirando hacia atrás, como esperando que Javier no estuviera cerca.
-No me parece que sea nerd- dije con una voz salida de no sé dónde.
-¿No? Él está carita, pero es bien matado, no te vayas con la finta- me guiñó un ojo y entonces entendí su comentario.
-¡No!- moví la cabeza, negando- no, no, no, me refiero a que- me puse roja- ¡creo que estudiar tal o cual carrera no te hace nerd!- mis tartamudeos no me ayudaron. Nacho rió.
-OK, OK, está bien , yo no juzgo- dijo y me pasó la mano por el pelo, despeinándome, aunque sin mover un solo cabello. Sentí algo raro en el estómago, algo extraño y agradable - míralo, ahí viene el pendejo- dijo Nacho, señalando con la cabeza, yo volteé por instinto y conforme Javier se acercaba, el nudo en mi estómago y en mi garganta creció. Javier llegó y empujó a Nacho de un brazo.
-Ya güey, entregué todo, sólo falta ver qué onda, que me dan mi horario y eso, pero yo creo que tardará unos días- le dijo y después me miró sin decir nada.
-Mira, ya conocías a…-Nacho me miró y de repente se dio cuenta que no sabía ni mi nombre. Sentí una vergüenza pésima. Qué horrible momento.
-Nicolette- murmuré, de nuevo la voz ronca.
-Hola- dijo Javier alzando las cejas.
-No seas maleducado, saluda- cuando su hermano dijo eso y Javier se acercó, me dio un beso en la mejilla, y pude oler esa misma loción que traía el día que me acosté con él en el viejo futuro; al sentir su mejilla rozar la mía, el corazón se me atoró en la garganta y adoré a su hermano con toda el alma.
JAVIER
Cuando ambos subieron al coche y dijeron adiós a la chica con la que Javier había encontrado a Nacho platicando, la pregunta salió de la nada:
-¿Y esa vieja qué?- Javier guardó la carpeta vacía en la mochila.
-¿De qué?- contestó Nacho girando el volante.
-¿Te gusta o qué?- preguntó, Nacho rió.
-No mames…- el rojo del semáforo los detuvo.
-Pues ya van dos veces hoy que te encuentro platicando con ella-le recordó Javier.
-¿Y eso significa que me gusta?, no manches. Al rato si me ves comprando gorditas para desayunar, no vayas a pensar que me gusta la doña de la esquina, bro- Javier se quedó pensando.
-Si tú dices ...
-Aparte va en tu escuela Javier, apenas está para ti.
-No inventes, ni la conozco.
-¿Cómo puedes no conocer a alguien con quien has estado tres años cursando en la misma prepa?- Javier avanzó entre el tráfico.
-Sepa…la verdad es que no recuerdo haberla visto, pero de alguna forma, me parece conocida, igual sí la vi pero no le presté atención.
-Obvio sí pero igual ponte las pilas, es bonita.
-¿Ves como sí te gusta?- insistió Javier.
-¡Ohh qué latoso eres!
Javier no le creía nada, y tampoco le gustaba que a su hermano le gustara, ahora hasta con desconocidas de su escuela tenía protagonismo.
-Cómo sea Nacho, oye- cambió de tema- entonces cuántos boletos necesitas para mi graduación, ya pedí los 4 de nosotros, uno para mi papá, para mi mamá, para mí y para ti, la fiesta es el sábado, ¿vas a llevar a alguien?
-No creo, Vale y yo nos estamos dando un tiempo, y me da flojera llevar a alguien más.
-Ok, seremos solo nosotros entonces.
-¿Mañana todavía tienes que ir a la escuela?- preguntó Nacho.
-Pues, no habrá actividades como tal, pero igual tenemos que seguir yendo, aunque ya no están dando clases los maestros.
-Que a gusto, te juro que vas a extrañar eso cuando estés en la universidad- dijo Nacho, Javier roló los ojos con impaciencia, le fastidiaban esos comentarios de Soy Mayor Que Tú y Por Eso No Sabes y Por Eso Te Explico.
NICOLETTE 18
-¿Ya quieres comer hija?- la voz de mi mamá salió de la cocina acompañada de un aroma a empanadas de salmón y arroz.
-No tengo mucha hambre, ma’- dije somnolienta y acostada en el sillón.
-Niquis, no seas así, entiéndeme que tienes que comer y también tendrías que hacer ejercicio, estás bien flaca- mi mamá se sentó a un lado mío.
-Sí voy a comer, pero de rato, ahorita no tengo hambre- cuando mi mamá se lo proponía, podía fastidiarme con eso, aunque a la larga me di cuenta de que tenía razón. Al igual que tenía razón en otras ocasiones.
-Esa ropa ya está muy fea Nicole, ¿Por qué no vamos en la tarde a comprarte algo? mira nada más, este pantalón ya todo roto de abajo, con una falda te verías bonita- y tenía razón, pero por algún motivo nunca la escuché, me gustaba vivir en las sombras, porque sentía que no tenía la suficiente luz para brillar si salía de ellas.
-No me gustan mamá, me siento incómoda con ellas.
-Pues en la graduación te guste o no te tienes que vestir bien, ¿Cuándo vamos a comprar tu vestido?
La graduación, una sensación helada me pasó entre las sienes, no sabía si ir, de hecho no sabía nada, ni quienes eran mis amigos en aquella época desconocida, no sabía incluso si tenía o no amigos. Estaba todo mal y mi mamá con sus preguntas lo empeoraba.
-Porque... ¿Sí vamos a ir, verdad?, ojalá ya te hayas olvidado de esa tontería de que no quieres ir, de la preparatoria nada más se gradúa uno una vez, ya quisiera yo que en mis tiempos hubieran hecho fiesta; sólo nos hicieron una misa y la entrega de papeles.
-No sé aún mamá…-¿Y cómo saberlo?, si ni siquiera sabía qué hacía ahí, en aquella época que no me correspondía, que no empataba con mi juventud, menos iba a saber de ir o no a una fiesta.
-¿Cómo no?, ayer me dijiste que sí, y ya pagaste los lugares, no me vengas ahora con tus cosas Nicole.
-¿Pagué los pases?- al menos unas cosas se empezaban a aclarar.
-Sí, ayer mismo te di el dinero en la mañana y en la tarde los trajiste- señaló con la cabeza un sobre guinda, envuelto en papel celofán que descansaba en el interior del trinchador. Qué noticia, ahora ni cómo zafarme, me da cosquillas en la panza nada mas de pensar en eso, nunca he ido a una fiesta de graduación, en mi otra realidad nunca me gradué de la universidad porque abandoné la carrera y me salí antes y menos fui a la de la prepa y ahora tenía la oportunidad de ir, pero esta vez había un factor que en mi diferente pasado o futuro no estaba: Javier.
Caminé a mi cuarto sintiendo aun “eso” en la panza, pero ahora con unos latidos en el corazón bien fuertes, pensando en la cara de Javier. En la mañana se veía lindo, tenía una sonrisa hermosa, y aunque ahora tengo dieciocho años, mi mente sigue pensando lo que una mujer de treinta y tantos, igual lo veo e igual quiero comérmelo a besos, despeinar el cabello castaño casi rubio, tocar su naricita recta con la mía, portarme como lo deseé en el futuro, tener la libertad de ser una adolescente, como soy ahora y tomarle la mano y esconder la cara en su hombro cuando su hermano Nacho nos hiciera burla. En ese futuro incierto, que quizá ya no exista nunca, me daba miedo el tabú de estar con un muchacho muchos años menor que yo y hoy en día, en este presente, incierto también, me da miedo siquiera saludarlo y sostenerle la mirada.
JAVIER
-Ahí está esa morra otra vez- Nacho señala por la ventana del coche con la cabeza, Nicolette está cruzando la calle, tomándose un jugo de cartón con un popote, Javier voltea y casi sin percibirlo, ve que le queda bien el cabello suelto.
-¿Sigues con eso?- preguntó Javier, sacando su celular sólo por hacer algo con las manos.
-Nada más comentaba, amargado.
-Te digo que te gusta, pero no lo quieres aceptar- Javier murmuró, por dentro sentía el clásico vacío que experimentaba cuando le disgustaba el protagonismo que Nacho había tenido toda la vida.
-Pues igual no le decía que no, ¿eh? se defiende la muchachita- Javier volteó a ver a Nicolette, tenía el popote metido en la boca mientras se detenía en la esquina de la escuela, esperando a que pasaran los coches.
-Pinche pervertido- resolvió Javier.
-¿Qué?, o ¿apoco tú sí le dirías que no?- preguntó- además, no creo que ella me dijera que no a mí- Nacho sonrió con suficiencia.
-Bájale, ombligo del mundo- Javier lo miró con fastidio.
-¿Quieres ver?- Nacho bajó la ventana del carro y prendió las intermitentes, deteniéndose al lado de la banqueta donde ella estaba parada.
-¿¿Qué haces, imbécil??- dijo Javier, pero era demasiado tarde.
-¡Hey, Nicolette!- gritó Nacho para llamar la atención de la chica. Ella volteó, sus ojos se abrieron como lunas cuando distinguió quien la llamaba, Nacho le hizo señas con la mano, pidiéndole que se acercara.
-¡Ven!- gritó, Javier no sabía en donde meterse, su hermano sí que era intenso. Ella se acercó, con paso temeroso.
-No chingues Nacho, te pasas.
-Cállate pendejo- Murmuró Nacho justo a tiempo, antes de que Nicolette pudiera escucharlos, le sonrió- ¿Qué onda Nicolette? ¿Cómo andas?
-Bien, gracias, ¿y tú?, digo, ¿ustedes?- miró a Javier y sonrió, él le devolvió la sonrisa.
-Bien, ¿para dónde vas?- contestó Nacho.
-A mi casa, en Plaza del Parque.
-Te llevamos- dijo, abriendo el seguro de la puerta de atrás.
-¿Qué? ¿Cómo crees?, no, ahorita llego rápido en el camión.
-No inventes, súbete, te llevamos- Nacho volteó a ver a Javier- vete para atrás, para que ella se siente aquí- dijo, Javier lo miró estupefacto.
-No Nacho, en serio, no hay problema- se escuchó la voz de Nicolette- me iré en camión.
-Súbete Nicolette, pásate para atrás Dani, por favor - Nacho no lo miraba, no tenía intención de discutir. Javier abrió la puerta y robóticamente se pasó al asiento de atrás, mientras Nicolette ocupaba el de adelante. Javier miró como su hermano entablaba conversación, diciendo chistes ocasionales que provocaban una leve risa en Nicolette, en el fondo le daba gusto que ella no se pusiera a coquetear con su hermano como hacían sus otras amigas.
-¿Y vas a ir a la graduación?- preguntó Nacho. Javier bajó el volumen de su Ipod.
-Pues sí, la verdad no tengo muchas ganas, pero sí- contestó ella, su mirada se cruzó con la de Javier por el espejo, él le sonrió, mientras Nacho seguía hablando.
-Cool, ahí nos veremos, ¿es en esta calle?
-Si, en esa casa roja
-Ok pues bueno niña, nos veremos entonces el sábado.
-Gracias por el ride- dijo ella. Nacho le tomó el hombro y le dio un beso en la mejilla.
-Que descanses- dijo el hermano mayor.
Al bajar, Nicolette se encontró con Javier afuera del coche, mientras ella dejaba el asiento delantero y él se preparaba para ocuparlo.
-Nos vemos- dijo él.
-Bye- Nicolette caminó unos pasos - Javier…- Él volteó- ¿Tienes celular?- preguntó ella, tenía el rostro enrojecido.
-Sí- Javier asintió y se acercó.
-¿Cuál es?, a ver si en la semana, si tienes chance, vamos a tomar un café o algo.
Sin dudar, Javier se lo dio, por el simple gusto de que era su celular el que ella pedía y no el de Nacho.
-Bueno, ok- Nicolette se acercó rápidamente y le dio un beso en la mejilla- hasta entonces- Javier subió al coche, estaba tan acostumbrado a que varias chicas estuvieran tras de él y él también era muy enamoradizo, pero hacía mucho tiempo que nadie le pedía su teléfono
NICOLETTE 18
La puerta de mi casa estaba entreabierta, pasé sintiéndome feliz. Miré el número de Javier en el papelito que me había apuntado, increíble, maravilloso. Comencé a cantar una canción de Oasis, creyendo que en mi casa no había nadie. Incluso entré a la cocina para ver si ya estaba la comida, había dos cacerolas en la lumbre, afuera el clima estaba nublado y ese olor a pollo mezclado con mi felicidad, estuvo a punto de llenarme los ojos de lágrimas, debido a la extraña nostalgia que sentí en ese momento. Lo hubiera hecho, sino fuera porque escuché la puerta de la entrada, era mi mamá, traía un refresco de limón de dos litros en la mano.
-¿Y ahora?, llegas bien temprano- me dijo, pasando a mi lado, dirigiéndose a checar el pollo.
-Me dieron un ride- contesté sin hacer más aspavientos. Ella no respondió nada, y yo no necesitaba que lo respondiera, seguía feliz, Javier me había dado su teléfono, y yo me había animado a pedírselo... Ahhhhhhh qué lindo era eso, y qué lindo era él y quizá saldríamos a tomar café. La mente me empezó a dar vueltas, pensaba en que le llamaba y que era súper lindo por teléfono, que era él quien me recordaba que deberíamos ir a tomar algo, un café o unas micheladas, y que pasaba por mí en el coche de su hermano y que hablábamos de música como en aquel futuro y me decía que era lindisíma. Todo eso lo pensé en menos de diez minutos. Era la primera vez que olvidaba por un momento, que yo no debería estar ahí, que no era ni mi tiempo, ni mi espacio, que yo era la ayudante de Giancarlo metida en un cuerpo de dieciocho años, pendiente de otro cuerpo de igual edad, y que quizá era eso lo que me había llevado ahí.
Pero aquella tarde fui con mi mamá a comprar mi vestido de graduación. Terminé escogiendo uno plateado de tirantitos y que hacía que el hecho de ser tan delgada, resultara una ventaja.
JAVIER
Sin ánimo a equivocarse, Javier estaba seguro de que su teléfono había sonado por lo menos seis veces. Lo tenía a un lado, él estaba acostado en la almohada, afuera el clima seguía nublado. El número que titilaba en la pantalla era desconocido para él, pero estaba seguro que la que lo llamaba era Nicolette. No contestó, no sabía por qué , no tenía nada que hacer aquella tarde y tal vez no estaría de más salir con ella un rato. Pero aún así, prefirió ignorar el aparato, que vibraba sobre su cama, invitándolo a responder, platicar un rato, saber un poco más de ella y quedar para un capuccino, pero no lo hizo. No sabía la razón, estaba confundido, pero no demasiado, sin embargo, su confusión se le complicó cuando Nacho entró a su cuarto con una cerveza de lata en la mano y le preguntó:
-Güey, ¿no tienes de casualidad el teléfono de Nicolette?- Javier dudó un momento y respondió algo que sí le empezaría a causar preocupación.
-No, y ¿por qué entras sin tocar güey, quién te dio permiso?- dijo, Nacho le hizo una seña con el dedo y cerró la puerta antes de salir.
NICOLETTE 18
Creo que mi cosa ésta se jodió de tantas veces que puse Boston, de Augustana ese día en la tarde, luego de que le marqué a Javier un millón de veces y ninguna me contestó. La canción decía algo así como de You dont know me, you dont even care, y luego algo de I think I'll start it over, where no one knows my name, i think i need a sunrise im tired of the sunset, y sentí bien feo, esa quizá era la prueba más clara de que yo no debería estar ahí, porque la ventaja que sentía de aquella cosa rara , era que podía estar con Javier sin sentir culpas ni sentirme como toda una perdedora cougar porque me gustara tanto, pero resultaba que Javier ahí no quería estar conmigo, tal vez y yo le parecía poca cosa , igual y lo era, o le valía, y haberme emocionado porque me diera su número de teléfono había sido algo tonto, yo había sido ingenua, seguro Javier le daba su numero a cualquiera y cómo no, si estaba bien bonito, si no le costaba nada, pero seguramente sólo le contestaba a quien él quería y conmigo no había querido. Su personalidad era su parte más atractiva y yo me sentía frustrada y humillada por todo eso, y ahora no tenía salida, tendría que ir a la graduación y aguantarme el verlo a la cara y los dos sabiendo que le llamé y que él no me había contestado. En mi cabeza era fácil dibujar todos los escenarios, en especial los peores: ¿y si le contaba a Nacho?, la humillación sería mayor, ¿y si Javier tuviera novia? nunca pensé en esa posibilidad y me sentí peor. Ya de repente había perdido otra vez las ganas de ir a la graduación, tal vez en aquel pasado que ya casi no recordaba también había sido así, quizá el muchacho que me gustaba me había hecho alguna cosa de ese tipo, y por eso perdí las ganas. Y ahora con esta sensación. Cerré los ojos y pensé solamente en la música, ojalá me quedara así siempre, sin pensar en el futuro pasado, o en Javier pasado que se presentó en el estudio de fotografías, y fue por mi esa noche y me dijo que era bonita en la foto del fútbol, porque así fue, ¡que era bonita! Y que le gustaba como me veía, ¡maldito mentiroso! seguro ni lo pensaba, pues ahora que soy como era en esa foto, le soy indiferente y no me contesta el teléfono. Ese Javier presente ni siquiera tuvo interés en platicar conmigo, si me dirigía el saludo o la mirada era por Nacho, su hermano, que por cierto no era nada feo, estaba mono, pero no era Javier, no tenía los ojitos así, ni la naricita tan recta, pero qué remedio. No me quedaba más que ir a la graduación y ya, y vivir esa vida entre sombras, como era en la otra, sólo que sin el lindo cuerpo ni la ropa bonita.
JAVIER
Javier fue en el coche con sus papás, mientras que Nacho dijo que llegaría a la fiesta alrededor de las 10:30. Se estacionaron mientras Javier se arreglaba la corbata del smoking negro. Al entrar al salón, una ola de voces y murmullos lo aturdió, muchos vestidos de fiesta colores rojo, turquesa, blanco, negro, gris, naranja, muchas de sus compañeras caminando de un lado a otro, riendo, con peinados altos, otras con el cabello muy ondulado, unas con un maquillaje tan similar al de la de al lado, que parecían todas muñecas barbie piratas del mercadito del centro.
Los meseros, de camisa blanca y pantalón negro caminaban de un lado a otro llevando las charolas de pan, y de las llamativas bocinas esquinadas salía una canción que decía hasta con los ojos cerrados esos tres lunares de memoria sé... Javier comenzó a sentirse incómodo y un poco acalorado. Siguiendo a sus padres, que caminaban a través de la pista para llegar a su mesa, trató de respirar y recuperar la calma, pero no lo logró. Una vez que estuvieron sentados, tomó rápidamente un vaso de coca, sintiendo el frío líquido recorrer su garganta, un espasmo de asco lo asaltó.
-Dani, ¿te sientes bien?- preguntó su mamá.
-¿Qué tienes Javier?- la voz de su papá sonó un poco más dura. Él, sin saber qué contestar, se levantó y a paso rápido entró en el baño; llegó lo suficientemente a tiempo para entrar en un cubículo y vomitar.
NICOLETTE 18
Cuando me miré al espejo no lo podía creer. Guau, súper guau, me veía muy bien, me veía preciosa, sin exagerar ni ser presumida, pero el vestido me quedaba de maravilla, además del pelo y el maquillaje, nunca antes supe que tenía los ojos de un café tan bonito. Me vi en el espejo del cuarto de mi ma’ un montón de veces y aún así me costaba creer que la que devolvía el reflejo era yo, y no una protagonista de las que salían en Drake y Josh. Esa sensación la sentí cuando empecé a usar faldas en mi otra vida, claro que ahorita estaba mucho más flaca, pero no me veía mal, al contrario. Ya quería ver la cara de Javier, si es que me lo encontraba aquella noche. Me sentía animada y a la vez nerviosa ¿y si aún así el estupido de Javier tampoco me hacía caso? Ay ¡sería el colmo! y ahora sí que ni cómo ayudarme. Mi mamá y yo llegamos en taxi al lugar donde era la fiesta, el chofer del carro llevaba una canción de los Tucanes de Tijuana y eso por alguna razón me ponía más de nerviosa, aunque la más emocionada era mi mamá, como me había dicho que cuando ella salió sólo hicieron una misa y una ceremonia de entrega de papeles, pues igual tenía curiosidad.
Cuando me bajé del taxi y escuche la canción de Lovefool saliendo del interior del salón, empecé a sentir una cosquilla rara en la panza, no como las de antes, no de emoción , sino fea, como de miedo, de nervios, yo no debería estar ahí, tenia ese mal presentimiento que sólo se siente cuando vas a reprobar, o peor que te van a decir qué ya nunca verás a tu abuelita. No sabía ni a qué iba ni por qué , aquel no era mi espacio, yo era una intrusa de Star Trek o de Volver al Futuro que no debería estar ahí, y sin embargo estaba. Empecé a sudar frío, a marearme, ya no me importaba si el vestido se me veía bien, o si mis ojos lucían tan castaños como nunca, quería regresar a mi casa, pero no a ésta, sino a la pasada ( ¿o futura?) , a la mía, donde vivía sola y escuchaba las tormentas golpear fuerte en la ventana, y me levantaba diario a las seis de la mañana para ser la achichincle de Giancarlo. Donde no tenía futuro, donde mi vida era tan aburrida y yo era tan solitaria como un sapo, que mi más grande emoción fue acostarme con un muchacho de dieciocho años que se me había atravesado un día de trabajo tan tedioso como cualquier otro. La gente entraba y salía del lugar, y a mi me molestaba la actitud segura de todas las tontas que cuchicheaban como babositas, mientras una que otra lloraba en la entrada, tratando de, según ella, disimular las lágrimas que seguramente algún pendejito le había provocado. Ese no era mi espacio, era ridículo para mí estar ahí, aunque nadie se diera cuenta más que yo. Entramos al salón que estaba lleno de espejos por todos lados, y de gente comiendo pollo relleno de jamón, me sentí asqueada, todos estaban contentos, todos lucían felices, se graduaban, menos yo, pues ya había pasado por todo eso y el choque temporal me estaba volviendo aún más loca. Quería dormir, tenía ganas de dormir, mi vestido y mis zapatos, mi pelo, todo, todo me dejó de importar, quería irme a dormir y despertar con el ruido de la lluvia.
-Voy al baño ma ’- dije, dejando a mi mamá en la mesa, quien sólo asintió. Gracias, dame el avión, al fin que nada más soy tu hija.
Caminé entre las mesas, dirigiéndome al baño, procurando no voltear a ver a nadie, me daba un poco de miedo. Antes de entrar al baño, a un paso de hacerlo, una mano me jaló del brazo y me hizo saltar de la sorpresa.
-¿Quiubo? ¿a dónde con tanta prisa?- Volteé y esforcé una sonrisa. Era Nacho.
JAVIER
Las luces ya se habían bajado, y ahora una diversidad de música salía de las enormes bocinas; una canción de Alejandra Guzmán retumbaba por el salón. Javier seguía sentado en su mesa, bebiendo a sorbos el mismo vaso de coca, que un mesero se había encargado de volver a llenar. Tenía la mirada clavada al otro lado del salón. En una esquina, Nacho y Nicolette platicaban, ya llevaban largo rato ahí parados, se veían muy a gusto, ella reía y Nacho aprovechaba el volumen de la música para acercarse y murmurar en el oído. Javier tomó un nuevo sorbo de su refresco.
-¡Danis!- llegó una de sus compañeras a la mesa, con la cara roja y la emoción a flor de piel- ¡vamos a bailar!- dijo, jalandolo de la mano.
-¡Gracias Pili, no tengo ganas!- gritó entre la música.
-¡Ay no Dan, es nuestra fiesta, no seas así!- la chica lo jaló de la manga, situación que molestó a Javier.
-Neta Pilar, ahorita no, al ratillo los alcanzó- ella se alejó sin notar su molestia mientras empezaba una canción norteña.
Al otro lado del salón, Nacho tomaba de la mano a Nicolette y la jalaba hacia el centro de la pista, ella se resistía riendo, diciendo que no con la cabeza, pero Javier sabía que antes de aceptar un no por respuesta, Nacho se comería su propio traje. En unos segundos estaban bailando; Javier tomó otro trago de su coca como si se tratara del whiskey más intenso. Siempre había sido lo mismo, siempre Nacho tomaba las cosas y las volvía irresistibles. Cuando a los seis años Javier no quiso la bicicleta roja que su papá le había regalado por ser de un color “que parecía de niña”, Nacho se la adueñó y salió en el periódico con unos ciclistas famosos tres meses después. Ahora pasaba lo mismo, y peor, porque se trataba de una mujer y eso en el orgullo podía doler más que una bicicleta.
Sin pensarlo más, Javier se levantó y se dirigió a la pista y llegó hasta donde estaban.
-Eh, Nacho ¿me das chance de hablar unos minutos con ella?- preguntó, Nacho fingió que no lo escuchaba y Javier tuvo que repetir la pregunta, ante el sorprendido rostro de Nicolette.
-¿Ahorita?- respondió Nacho- no mames, estamos bailando, en un rato, deja que acabemos.
-Me urge cabrón- insistió. Nacho volteó fastidiado y antes de alejarse, le susurró a Javier en el oído: Luego no digas que no te late, güey.
Javier no contestó y miró a Nicolette, señalando el camino hacia fuera. Ella sonrió a Nacho, diciéndole adiós con la mano y caminó. Salieron al lobby del lugar, donde nada más encontraron a un par de jóvenes de su misma edad besándose y riendo, una anciana vestida elegantemente también estaba ahí, descansando. Después de mirarlos a ellos, los ojos de Javier se posaron en Nicolette.
NICOLETTE 18
-Dime la neta, ¿te gusta Nacho?-ay, esa si que no la vi venir. Pero tuve que manejar todos los pensamientos que en ese momento me atacaron. Al mismo tiempo pensé en planear una estrategia de indiferencia hacia él y decirle que sí, que me gustaba su hermano, y de alguna manera así lavaría la humillación que sentía desde hacía días debido a que él no me contestara el teléfono. Pero por otro lado, también pensaba en por qué Javier me estaba haciendo esa pregunta. ¿Estaría celoso?, no tenía sentido pues si él hubiera querido algo conmigo, me habría contestado la llamada. Cuando Javier alzó las cejas esperando una respuesta, me di cuenta de que llevaba casi tres minutos sin hablar.
-¿Por qué me preguntas eso?- musité.
-¿Por qué no contestas?, sí te gusta ¿verdad?- oh… ¡maldita sea!, no tenía sentido, pero pensándolo bien, yo era una mujer de treinta y muchos años en el cuerpo de una pendeja de dieciocho , sosa, aburrida, varada en un espacio temporal que no me correspondía, en una fiesta de graduación, con un vestido de tirantitos, siendo interrogada por un muchacho idiota con quien me había acostado en mi otra realidad, ¿y aun así me hacia tonta pensando que ese pequeño detalle no tenía sentido? Qué babosa, por eso me había ido como me había ido.
-No Javier, no me gusta tu hermano- dije, con un poco más de fuerza en la voz.
-Ah, ok- sonrió.
-¿Y?- ahora debía decirme cuál había sido la razón de su pregunta, me tenía que decir.
-Mi hermano es un cabrón, y tú te ves buena onda, como que no checa, como que te puede hacer jaladas y dejarte como ha dejado a las mil viejas con las que sale- contestó. Qué respuesta tan estúpida. Una mezcla de sentimientos me corrió por la garganta
-¿Ah si?, mira qué bien verdad, y tú eres la Madre Teresa, ¿no?, ni me conoces ¿y me andas cuidando las espaldas?, no Javier…- negué con la cabeza, cruzándome de brazos. Estaba a punto de decir algo que no quería, en realidad varias cosas que no quería, pero ya qué.
-Además- continué- estás bien imbécil , ¿cómo no puedes darte cuenta de que me interesabas- y remarqué el “abas”- tú?, porque hasta te pedí tu teléfono y te llamé un montón de veces y no me contestaste y ahora vienes a preguntarme que si me gusta tu hermano, eres un idiota Javier- le di un golpecito en el hombro, Javier sonrió un poco y luego su cara se puso seria.
-¡Estás loca! ¿Cómo puedes decir que te interesaba? -él también remarcó el “aba”- si ni me conoces, y yo menos, nunca en mi vida te había visto, aunque hayamos estado en la misma escuela, no tengo ni idea de donde saliste- sus palabras, que en otro momento podrían haberme hecho sentir como la más invisible del mundo, hoy me daban cierto alivio, pero a la vez una incertidumbre.
-Tienes razón- unas ganas bien profundas de llorar me inundaron- yo tampoco sé de dónde salí-me tembló la voz.
-No quise decir que fueras invisible o poca cosa ni nada, pero es que es verdad, no recuerdo haberte visto nunca durante estos tres años y de repente ya estás en todas partes, y lo peor es que de todos modos me pareces conocida. Aunque sé que no te vi- tenía las lágrimas en los ojos y este tonto seguro pensaba que era por él.
-Perdón, no quise ser mala onda, pero es que neta no sé…-siguió
-Está bien Javier, no te apures- lo miré. Me puso la mano en el hombro y me dio pena que seguro tenía ya todo el rimel corrido, obvio a Javier le daba lo mismo cómo me viera. Su dedo se empezó a mover en mi hombro. Lo abracé en un impulso de querer esfumarme de aquella realidad que tan poco me gustaba.
Así nada más, sin ver de dónde salió eso, Javier movió la cara y me besó en la boca; fue exactamente igual que como había sido aquella vez. Era lindo, pero sabía que lo hacía por lástima, sin ganas, no sé, la situación no fue como yo la esperaba, esto parecía forzado, de alguna manera, como la pieza de rompecabezas que no encaja bien y uno se esfuerza en meterla y queda toda chueca. Se separó y sentí su aliento sobre la boca, lo miré a los ojos. Una voz me arrancó de aquel momento.
-Te dije Javier- Nacho se acercaba con una cámara- foto, foto- me abracé a Javier y sonreí hacia el flash, que me pegó en el rostro.
JAVIER
La fiesta de graduación terminó a las dos de la mañana. Javier salió acompañado de sus papás y de su hermano, llevaba las manos metidas en los bolsillos y la brisa nocturna le pegaba en el rostro. Aún sentía en su saco el aroma del perfume de Nicolette y un poco de su sabor en la boca. Sonrió, le había gustado besarla y bailar un rato con ella. Pensaba que probablemente en la Universidad se podían seguir viendo, Ingeniería y Ciencias de la Comunicación estaban muy cerca.
NICOLETTE 18
Javier me gustaba un montón , de verdad que muchísimo, pero después de bailar con él y besarlo, sentí raro, algo así como tristeza, cómo melancolía, me acordé de cuando me iba a Monterrey con mi mamá los fines de semana y no podía ver a mi papá. Estaba horrible viajar en autobús a media noche, pensando que tendría que esperar otro mes para ver a mi papá. Y así me sentí cuando me despedí de Javier, le di mi número y me dijo que me hablaría al otro día para ir a Starbucks. No dijo que ya tenía mi teléfono en el suyo debido a aquellas llamadas sin respuesta.
-Qué bonita fiesta Nicolette, y qué guapo el muchachito con el que estabas bailando- dijo mi mamá una vez que entramos a la casa.
-Se llama Javier- murmuré sin ganas.
-Pues es muy guapo, apenas para una niña tan bonita como tú- aquella fue la frase que hizo que de plano me diera el bajón. Abracé a mi mamá con mucha fuerza y le di las buenas noches.
En mi cuarto, me fui quitando la ropa y prendí la computadora, me gustaba dormir con música. Aproveché para entrar a mi mail y encontré un correo de Nacho que decía tortolos, lo abrí, Javier y yo sonriendo desde la pantalla. Su sonrisa sorprendida y yo tomándole la mano. Imprimí la fotografía con tinta en blanco y negro, la contemple varios minutos hasta que los ojos se me fueron cerrando lentamente.
NICOLETTE
Afuera la tormenta golpeaba intensamente el vidrio de la ventana, como si tuviera intenciones de despertarme, abrí los ojos, el cielo estaba muy gris y hacía mucho frío. En la mano, apretaba fuertemente un pedazo de papel, lo abrí y ahí estaba, Javier y yo, la tinta casi estaba desvanecida, me levanté y recorrí el cuarto, era mi viejo cuarto, o nuevo, era la cama matrimonial, sin afiches de Shakira en las paredes, me miré, era mi cuerpo bonito, no el delgadísimo. Entre las sábanas mi celular titilaba, me di cuenta de que lo que me había despertado no era la tormenta, sino la vibración del teléfono.
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No pude dormir Nicolette, son las seis de la mañana y no pude dormir pensando en ti, te veo en el estudio de fotos y te llevo algo de desayunar- Dan
Nunca me había sentido tan feliz y con tanto miedo a la vez. Bloqueo el numero de Javier y me hundo entre las cobijas