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abigail tejera

venganza ardiente

Miré hacia la parada, el tranvía se retrasaba. Ya hacía media hora que no pasaba. Entonces me tocaron en el hombro y me giré sobresaltada. Era él.
—Hola, ¿qué pasó? Estaba preocupada —dije mientras lo abrazaba.
—El tranvía chocó con un coche que se saltó un semáforo…
—¿Estás bien? Me miras raro…
Me acarició la mejilla mientras apartaba un mechón de pelo de mi rostro, y me sujetó suavemente la mandíbula mientras acercaba sus labios a los míos, haciendo que me estremeciera con el suave contacto. Pocos segundos después cortó el contacto, alejando sus dulces labios, e indicándome con un movimiento de la cabeza que lo siguiera.
Mis piernas empezaron a moverse antes incluso de que mi cerebro se hubiera despertado del todo del trance que producían sus labios, siguiéndolo por las sinuosas calles hasta llegar a una casita apartada del resto, algo más allá del límite de la ciudad.
Abrió la puerta y me invitó a pasar, cerrándola al entrar. Me empezó a besar de nuevo, pero más intensamente, haciéndome suspirar, para después bajar lentamente hasta mi cuello. No tardé en empezar a gemir y a calentarme, y sentí cómo latía mi clítoris con ganas de más…
Me llevó a su cuarto, y me senté en la cama, esperando a ver si quería seguir, mientras él iba a su armario y de detrás de la ropa, donde había un compartimento oculto, sacó unas cuerdas. Lo miré sin entender, mientras se acercaba a mí y me empujaba, acostándome en la cama, me subía las manos al cabecero, donde me ató. Lo miré asustada, y eso pareció gustarle. Me volvió a besar, mientras sus dedos recorrían mi cuerpo hasta encontrar mi botoncito de placer, donde empezó a tocar, primero despacio, y luego cada vez más rápido, arrancándome gemidos.
Poco después paró, y mientras protestaba cogió otro objeto del compartimento, un vibrador, tenía una parte que se metía dentro y otra para el clítoris. Pensé que por fin me iba a meter algo y saciar mis ganas, pero lo apoyó sobre el clítoris y lo subió de velocidad al máximo. Me retorcí, intentando librarme de las cuerdas, era demasiado, pero no pude. En ese momento me vendó los ojos, y me ató el vibrador a la cintura, para que se mantuviera solo sobre mi clítoris. Le grité que parara, pero no me hizo caso. Me sujetó del cuello mientras el vibrador me rozaba. Empecé a llorar, ya ni protestaba, no me iba a hacer caso, y ese aparato ahí abajo ya era demasiado.
Un rato después lo soltó, y empezó a comérmelo, primero despacio, y luego succionando y lamiendo cada rincón, haciendo que mis gemidos cada vez fueran más fuertes, y se me empezaran a contraer los músculos en el inicio de un orgasmo.
En ese momento me metió su polla hasta el fondo, y chillé mientras todo mi cuerpo temblaba de placer. Mis músculos se contraían mientras la metía y sacaba una y otra vez, podía sentir cómo rozaba cada centímetro con mi piel al entrar y salir, rápido y duro, hasta el fondo.
Cuando terminó el orgasmo bajó la intensidad hasta detenerse, aún no quería correrse. Me puso a cuatro y la sacó, para después meterla lentamente por detrás. Intenté pararlo, pero las cuerdas no me dejaban llegar a él.
—Si te relajas todo será más fácil.
Llorando intenté hacer lo que me pedía, me relajé, no sin esfuerzo, y entonces empezó a gustarme. Cuando ya volvía a estar gimiendo, me agarró por los pechos para pegarme a él, mientras los apretaba y masajeaba, hasta que llegamos juntos al orgasmo.
Caí en la cama, exhausta, y me dejé dormir desde que rocé la almohada.
Me desperté y me encontré sola en la cama. Me senté y miré en la habitación, no estaba tampoco, ni en el resto de la casa. No sabía muy bien cómo sentirme respecto a lo que había pasado, pero sí tenía una cosa clara, y era que quería venganza.
Salí de la casa dirigiéndome a una sexshop cercana, donde compré lo que necesitaría para más tarde. Volví a casa contenta con mi compra, y con ganas de poner el plan en marcha. Lo preparé todo y me senté en la sala, esperando su llegada.
Rato después, Daniel entró por la puerta, y me acerqué a besarle, para después alejarme e indicarle con el dedo que me siguiera. Sonrió, seguramente pensaría que quería otra sesión igual.
Me siguió, y cuando entramos al cuarto me empujó contra la pared, besándome sin parar. Le empujé suavemente para que retrocediera, sin dejar de besarle, hasta que cayó en la cama. En ese momento dejé la delicadeza a un lado y lo empujé con fuerza para que se acostara, a la vez que cogía las esposas que había enganchado al cabecero y se las ponía en un abrir y cerrar de ojos. Me senté encima para evitar que se moviera y amarré sus piernas por los tobillos también a la parte baja de la cama.
Le bajé los pantalones y empecé a acariciarle los huevos y la polla, apenas rozando con la yema de los dedos, haciendo que se estremeciera y tirara de las esposas, intentando soltarse.
—No te vas a librar tan fácil.
Me miró asustado, y empecé a lamérsela, desde la base hasta la punta, subiendo y bajando varias veces mientras él temblaba de placer, suplicándole que le dejara meterla y que le soltara.
Me senté sobre su cadera y me froté contra su sexo, se sentía tan bien… Me miró esperanzado, sabía que me estaba provocando yo misma al frotarme contra él. Me separé y me desnudé, para luego coger el vibrador que había usado conmigo la vez anterior. Ahora sí que estaba acojonado, se moría de ganas y yo tenía algo para saciarme, y encima él no podía ni tocarse.
Empecé a acariciar mi clítoris con una mano mientras masajeaba mis pechos con la otra, hasta que noté la humedad. Metí despacio el vibrador dentro de mí, y lo encendí al mínimo, sentándome sobre él, de manera que el vibrador rozaba con la base de su pene y sus testículos, haciendo que se nos escaparan gemidos a los dos. Poco después, lo subí a la mitad de la velocidad, gimiendo más aún mientras él me miraba con desesperación y me rogaba que parara. Poco después lo subí al máximo mientras me alejaba de él, y lo moví rápido, dejándome llevar hasta que llegué al orgasmo y todos mis músculos empezaron a contraerse y soltarse. La cara de Daniel era un poema.
Le besé y le solté las piernas, y después las muñecas, momento en el cual saltó sobre mí, metiéndola con desesperación, y subiendo y bajando a toda velocidad mientras se venía en mi interior. Cayó rendido a mi lado, y se dejó dormir.