País Relato - Autores

a. toledano de diego

estación de chamberí

Es Sábado, Carlos va paseando aburrido por la calle Santa Engracia sin rumbo, cuando divisa al frente en la esquina la estación fantasma de Metro en la plaza de Chamberí, esquina con calle Luchana. Piensa para sus adentros, como no tengo nada mejor que hacer entraré a visitarla, ya que aunque gato, jamás ha entrado a pesar de haber oído muchas veces hablar de ella.
—Buenos días señor, ¿hay que pagar para entrar? —dice Carlos.
—No señor, es totalmente gratis su visita. —dice el empleado— Si usted quiere puede pasar a una sala de proyección que hay en la planta de abajo.
—¿De qué va? —dice Carlos.
—Es una pequeña proyección, en que se cuenta la historia del Metro y en particular sobre la estación de Chamberí. —dice el empleado— Le servirá para entender mejor cuando visite la estación, teniendo una mejor percepción. Tenga en cuenta, que en 30 minutos, cerramos.
—Muchas gracias, así haré. —dice Carlos.
Desciende por la pequeña escalera con forma de caracol a la planta de abajo. Viendo con sus puertas de madera la sala que le había mencionado el empleado.
Mientras se proyecta la película, queda impresionado con la historia que van contando del Metro. Nunca mejor dicho el refrán, de forastero en su propia tierra. De que no se hubiese enterado hasta ahora de la historia, del principal medio de transporte de la ciudad. Impresionándole que se hubiese fundado en 1919, nada menos que en tiempos de su bisabuelo. Con la aportación económica del Rey Alfonso XIII, para fomentar la adquisición de más inversores, con la garantía de la aportación de su majestad. Dotando Madrid de un medio de transporte, que solo pocas ciudades del mundo disponían.
Acabada la proyección, que le lleva hasta nuestros días, se dispone a visitar la estación fantasma. Como el día está aciago, no invitando para nada a salir de casa, con su cielo gris oscuro, con un viento que sacude la hojarasca y lluvioso; la estación esta completamente vacía, salvo él. Quizá también, por la proximidad de la hora de cierre, de la misma.
Le impresiona comprobar cómo era la estación, cincuenta años atrás cuando echó el cierre, al uso del público. Pareciéndole hasta ridículo el uso anticuado de las instalaciones, que el paso del tiempo y el progreso, habían dejado desfasadas.
Se queda maravillado al comprobar los anuncios azulejados con casi noventa años, fieles testigos del paso del tiempo, con números de teléfono de solo cuatro cifras. Anunciando, marcas de cemento, cosméticos, bombillas y maquinaría de la época; etc. Tanto es así que se siente tentado a tocarlos.
De repente en un zas de tiempo, se pone todo a oscuras, solo divisando una luz, como al final de un túnel. Creyendo que probablemente han apagado la luz por ser la hora del cierre, se encamina hacia esa luz al fondo, con la seguridad de que será un punto de salida para los rezagados.
Pero al llegar a ella se encuentra otra vez con la estación de Chamberí, toda bulliciosa, llena de gente. Pero le extrañan las vestimentas de la gente, como si fueran de otra época. Continúa hacia la salida a la calle confuso, pensando que probablemente, está ante una escenografía de alguna película prevista de realizar a la hora del cierre de la estación.
Al llegar a la boca de Metro, comprueba que está cambiada la entrada y que aunque pone Chamberí, la escalera es ancha a modo de escalinata y nada que ver con la de caracol por la cual entró.
No entiende nada, se frota los ojos por si está soñando; pero comprueba que no, que lo que ve es real. Y sigue observando que la gente que camina por la calle, viste con la misma ropa de época que la gente de la estación. Mujeres y hombres ataviados con sus sombreros, bastones y pañuelos al cuello; etc.
No entiende nada y la gota que colma su confusión es, al ver pasar el tranvía, por sus vías incrustadas en los adoquines, en las calles empedradas como antaño. Interrogándose así mismo, ¿leches dónde estoy? Ya que no entiende nada, porque si fuera una película de época, podría entender las vestimentas de los figurantes, pero el tranvía circulando por las vías, cuando ya no existen desde hace muchos años en la ciudad, como que no.
Decide entonces, ya que se encuentra fuera del espacio de tiempo que le correspondería, acercarse a un kiosco de prensa para ver qué fecha pone en los periódicos. Y mira uno, El Sol, Madrid, Jueves, 1 de Mayo de 1927.
—¡Hostias! He retrocedido casi un siglo. —dice Carlos— Sin dinero, puesto que el dinero que tengo en el bolsillo no vale en esta época, tendré que acercarme hasta algún Monte y Piedad de empeños, para conseguir algo de dinero a cuenta de mi reloj de Oro macizo.
Pregunta a un viandante por la dirección de una casa de empeño, le dicen que por la zona de Sol hay una.
—Veo que en 1927 las cosas eran parecidas a mi tiempo, en que Sol era el epicentro de la ciudad.
Echa a caminar por la calle Luchana hasta llegar a la glorieta de Bilbao, enlazando con la calle Fuencarral, sorprendiéndole al ver el nombre de Eduardo Dato donde debería figurar Gran Vía. Seguramente es como se llamaba ese tramo en aquella época. Cruza y se mete por Montera hasta llegar a la Puerta del Sol. Por fin ha llegado después de una agotadora caminata. Lo encuentra todo cambiadísimo, con dos plazas atestadas de personas, coches de línea, tranvías y carromatos tirados por mulas. Llegando por fin a la casa de empeño.
—¿Usted dirá señor? —dice el empleado.
—¿Querría saber cuánto me pueden dar por el reloj? –dice Carlos.
—Eso dependerá de su peso. –dice el empleado.
—Extrayéndoselo de la muñeca, Carlos se lo entrega al empleado, que lo posa sobre una báscula.
—Por el reloj de Oro macizo, usted puede obtener 1200 pesetas. –dice el empleado de Monte Piedad.
—¿Cuántos salarios corresponde eso? –dice Carlos.
—Extrañado por la pregunta, el empleado le pregunta…
—¿Ha estado usted en el extranjero? –dice el empleado.
—Reaccionando con prontitud Carlos, le contesta si he venido hace poco de Estados Unidos.
—Ah por eso su ropa no se parece a la nuestra, es que los norteamericanos, son mucho más avanzados que nosotros. —dice el empleado— Pues verá 1200 pesetas equivalen más o menos a 4 o 5 salarios mensuales.
—Realizada la operación de empeño, Carlos sale a la calle y entra en una pastelería cercana, vieja conocida suya, llamada La Mallorquina.
—Un café con leche por favor. —dice Carlos— ¿Cuánto le debo?
—Son 10 céntimos señor. —dice el camarero.
—Resultándole simpático el camarero con su mostacho y chaquetilla de época, a Carlos. Al fin, en esa misma pastelería habían estado antes degustando sus tatarabuelos, bisabuelos, abuelos, padres y él mismo.
En la calle se dispone a informarse, de como acudir a Velilla de San Antonio, donde sabe por comentarios familiares, que su bisabuelo Ramiro regenta una farmacia. Ya que ese hombre es, uno de los personajes más pintorescos de la familia según oídas. Le explican que solo hay un coche de línea a las 18:00 h que sale para el pueblo.
Pero claro, tiene un gran problema, estando desubicado en el espacio temporal, cómo leches les explica su vínculo familiar. Por lo tanto tiene que inventarse una historia creíble, para solucionarlo. Inventándose que es un familiar lejano de Segovia, hijo de un tío de Ramiro. Ya que sabe que un hermano del padre de Ramiro que vivía en dicha localidad, tuvo un hijo llamado Carlos, con el cual no tenían contacto. Así al menos conseguirá solventar el vínculo familiar con la familia paterna.
Es hora de almorzar, entrando en un establecimiento centenario para restaurar, llamado Casa Labra, mientras le pasa el rato hasta la hora de coger el coche de línea. Degustando sus exquisitas croquetas de bacalao.
Llega la hora de partir, quedando impresionado con lo vetusto del ómnibus, llegando a plantearse si algo con ese aspecto tan destartalado llegará a destino. Una vez que además en la baca viaja gente sentada como si fuese un bulto más, como forma más barata de billete. En un trayecto que se hace interminable, ya que todo el mundo que haga señal para subirse, hace que el coche de línea se detenga, además de no transitar a más 50 km/h.
Por fin llega el dichoso ómnibus al pueblo, preguntándole a un transeúnte si sabe decirle dónde reside el farmacéutico don Ramiro. Indicándome éste que en la calle Madrid, 1. Por fin llega a la puerta de dónde reside, dando un aldabonazo.
Me abre la puerta, después de mirar por la mirilla, una señora que deduciendo por la edad debe ser mi bisabuela Concepción.
—¿Con quién tengo el gusto? —dice Concepción.
—Me llamo Carlos y he venido de Segovia, soy hijo de un tío de su marido, que se llamaba Francisco. —dice Carlos— ¿Está Ramiro?
—Pues no, cierra la farmacia a las 20:00 h y como está cerca de aquí, llegará a las 20:30 h. —dice Concepción— Pero pase y siéntese, hasta que llegue, que sorpresa más inesperada.
—Pues sí, ya que la familia de Segovia, lleva muchos años desconectada de la de Madrid. —dice Carlos—
—Al poco rato, llaman a la puerta, es Ramiro. —dice Concepción— Tienes visita, marido.
—¿Quién es? —dice Ramiro.
—Dice ser hijo de un hermano de tu padre, llamado Francisco.
Dicha treta, se la ha montado Carlos, con la información obtenida de cuando hizo su árbol genealógico. Ya que, sabía que Mariano el padre de Ramiro, había tenido un hermano mucho más joven que él. Haciéndose pasar Carlos, por hijo de ese señor, para salvar así la diferencia de años entre Ramiro y él. Ya que partiendo de la base, de que son primos en teoría, se llevan más de treinta años.
—Buenas noches Don Ramiro. —dice Carlos— Soy hijo de Francisco, hermano de su padre, que vivía en Segovia.
—Hombre que sorpresa, no le veía desde que era niño chico. —dice Ramiro— ¿Su padre murió hace mucho, no?
—Haciendo uso de agilidad mental, le respondo que sí; no porque lo sepa, ya que no es verdad que sea hijo de ese señor, pero atando cabos de mis recuerdos sé el año en que murió el padre de Don Ramiro. —dice Carlos— ¿Su padre murió en 1897, no?
—Así es, muy informado está usted. —dice Ramiro— ¿Y su padre?
—Tres años después, de infarto de miocardio, el mío. —dice Carlos— ¿El suyo fue de una fiebre perniciosa cerebral, no? ¿Trabajaba de subdirector de Hacienda en Madrid, no?
Si señor, ¡qué bárbaro!, lo ha dicho todo a “pies juntillas”. —dice Ramiro— Efectivamente mi padre, murió de lo que usted ha dicho, como consecuencia, de una picadura de un mosquito llamado Anofeles, que transmite un protozoo llamado Plasmodium, que es el responsable del paludismo. Probablemente eso debió suceder en su estancia cuando estuvo destinado en Salamanca. Y en Hacienda trabajó mi abuelo Leoncio, mi padre Mariano y yo mismo, hasta que lo dejé para estudiar farmacia en la Universidad Central. Y tengo un hermano, llamado Virgilio, que también trabaja allí. Procedemos de una familia de funcionarios de Hacienda.
—Quedándose mi bisabuelo, sorprendido con mí acierto. —dice Carlos— Ya que eso lo sé por los certificados de defunción de mis familiares, de cuando estuve elaborando mi biografía familiar. Ganándome su total confianza.
—¿Y cómo has venido a parar a los madriles? —dice Ramiro.
—Pues porque sentía curiosidad de conocer a la familia de aquí, cosa provocada ineludiblemente a raíz de hacer mi biografía y árbol genealógico familiar. (Una mentira muy grande que me he visto obligado a contar, para que no me encierren en un manicomio, si les cuento que he venido del futuro).
—Mi bisabuelo se siente fascinado con la conversación que mantiene conmigo. —dice Carlos— Aprovecho para preguntarle por sus hijos.
—Me cuenta que ha tenido siete hijos, nombrándomelos por orden de nacimiento, Matilde y Consuelo (mi abuela paterna) en Madrid, después se marchó a regentar una farmacia a Moraleja en Cáceres, lugar donde tuvo a Ramiro, Ricardo y Mariano, volviéndose a Madrid, donde nació Alejandro y finalmente en Velilla de San Antonio, donde nació Mario.
—Todo hay que decirlo, que yo fui un hombre díscolo, teniendo dos hijas, antes de probar suerte en Moraleja—Cáceres, para ejercer como farmacéutico y solo en 1906 me decidí a casarme. —dice Ramiro— También intenté mejorar la economía familiar, tratando de probar suerte en el sector maderero, pero al ser profano en él, las cosas no me fueron bien, llegando a perder dinero.
—Le pregunto por Consuelo, que es mi abuela la cual traerá al mundo a mi padre en 1931, aunque él no lo sabe.—dice Carlos— Y me dice que vive en Madrid en la casa de herencia familiar que tienen en la calle López de Hoyos.
—Me invitan al yantar y a dormir, antes de regresar a Madrid. —dice Carlos— Extrañando la cama, me cuesta dormirme, mientras voy pergeñando que le diré mañana a mis abuelos paternos, puesto que me presentaré en su casa, sin siquiera haber aún nacido mi padre.
—Me preparan el desayuno en un fogón de leña, donde veo como mi bisabuela, atiza lo maderos, para calentar la leche y el chusco de pan.
—Gracias por todo, ha sido un placer conocerlos. —dice Carlos.
—El placer ha sido reciproco, saludos a mi hija. —dice Ramiro.
Es horroroso eso de saber lo que sucederá en el futuro. Mal sabe él, que le queda un año de vid
—Cojo el vetusto ómnibus, que tiene ruedas de radios, como esos que salen en las películas de Charlot. Y en un soporífero viaje de regreso, llego de vuelta a Madrid. —dice Carlos— Enlazando con el tranvía de Prosperidad, hasta llegar a casa de mis abuelos paternos.
—Toco en la puerta, abriéndome una señora muy guapa, que supongo que será mi abuela. —dice Carlos.
—¿Usted dirá? —dice Consuelo.
—Soy Carlos, hijo de Francisco un hermano de su abuelo Mariano. —dice Carlos.
—Mucho gusto, ya me llamó mi padre, advirtiéndome de su llegada. —dice Consuelo.
—¿No está el Sr. Muñoz? —dice Carlos— (Mi abuelo paterno, su marido).
—No, aun no ha llegado, está en el Parque Móvil de la Policía. —dice Consuelo— Llegará para almorzar a las 15:30 h, si le espera podrá charlar con él.
—Si no es impedimento, así lo haré. —dice Carlos.
—¡Está usted en su casa! —dice Consuelo.
—Por fin llega mi abuelo, al que abre la puerta su esposa, diciéndole… Tienes visita.
—Buenas tardes, ya le esperábamos, nos había avisado mi suegro, según mi esposa. —dice Muñoz.
—Tanto gusto, pues sí he venido de Segovia, para conocer la familia de Madrid. —dice Carlos.
—Vaya, cualquiera lo diría, tiene usted acento como un gato de Madrid. —dice Muñoz
—Carlos esboza una sonrisa. —dice Carlos— (No se equivoca, mal sabe él, que tiene delante a uno de sus nietos, eso que aún no ha nacido su hijo, que será mi padre).
—Mientras almorzamos, me cuenta su vida, que se quedó huérfano de padre a los 12 años, en que su padre que había emigrado a Argentina en 1910 a los dos años sintiéndose enfermo, murió en el barco, siendo su cuerpo arrojado al mar. Que entró a trabajar en la fábrica de galletas, chocolates y bombones La Fortuna, en el Paseo del Rey. Opositando después para la Policía, casándose en 1925 y que tenía dos hijos.
—Me impresionaba saber, todo lo que les iba a pasar, como que él iba ser encarcelado durante la guerra civil, que le iban a sacar a fusilar aunque no iba a morir de eso. Y que ambos iban a tener una vida corta, aunque no podía decirles nada, para que no me tomasen por loco. Vamos, que les digo que he venido del futuro y llaman a los loqueros a que vengan a por mí, con la camisa de fuerza.
Me despido después de un largo almuerzo en el que he hablado de todo lo familiar que sabía, con la cautela que he tenido, de no confundirme en el estado temporal en que me encuentro.
Me marcho a Sol, para buscar una fonda donde dormir, ya que pronto será la hora del yantar. Entro a preguntar en una y me quedo fascinado con la recepcionista, por lo hermosa y delicada que es. Reservo una habitación y embelesado me quedo con esa muchacha, que por cierto es la hija de los dueños. Es un encanto de mujer con esa piel aporcelanada, nada que ver con esas mujeres asilvestradas que suelen regentar dichos establecimientos normalmente, que lo único que suelen escupir son exabruptos por esas bocas. En fin, es como si hubiera encontrado una muñeca de un cuento de hadas.
—Me presento, me llamo Carlos. —dice él— ¿Con quién tengo el gusto?
—Mi nombre es Mercedes. —dice ella.
—Mucho gusto, de conocerla. —dice Carlos.
—Encantada, mucho gusto. —dice ella— Si va a cenar, le recomiendo el restaurante Lhardy.
—Haré caso de su recomendación. —dice Carlos— Bajando las escaleras hacia la calle.
—Después del frugal yantar, se acuesta y aburrido como está al no tener ni radio ni televisor en la habitación (en la época eso no existía siquiera en los hoteles cuanto menos en una fonda). El aparato receptor, porque aún estaba en pañales, mientras que el televisor aún tienen que inventarlo.
—Hasta que le vence el sueño, se distrae organizándose, a quién visitará mañana. Después de un buen rato, el peso de los párpados le vence en un sueño profundo. A eso de media noche, se despierta con el ruido de un sonoro pedo. Y lo primero que le viene a la mente, uno que ha cenado fabada. Las paredes de las habitaciones, que parecen de papel, delatan las artes fornicadoras de alguna pareja. Haciéndome saltar de un blinco, sentándome en la cama, al oír un chillido orgásmico que me hiela la sangre de un huésped que no le debe importar, que se entere toda la fonda. Por fin, consigue vencerle el sueño y dormir el resto de la noche. Jamás podría imaginar lo que puede dar de sí una fonda.
Por fin consigo conciliar el sueño, agotado como estoy, duermo del tirón hasta el amanecer. Me levanto y con una jarra de agua y una palangana me aseo. Paso por recepción y saludo a Mercedes, la chica de la que quedé prendado ayer.
—Buenos días Mercedes. —dice Carlos— Me voy a visitar a unos familiares.
—Buenos sean don Carlos. —dice Mercedes— Que le sean provechosas sus visitas.
—Gracias, te mereces un ósculo. —dice Carlos.
—Dejando atónita a Mercedes, sin saber qué le ha dicho.
Carlos empieza mientras a pergeñar qué se va a inventar, para contarles a su bisabuelo y abuelo maternos por parte de madre. Decide que se presentará como un familiar lejano de la mujer del primero.
Personándose en casa de su bisabuelo, que se llama también Carlos, toca a la puerta, abriéndole una señora mayor, sin duda porque antiguamente la gente aparentaba mayor de lo que era. No como ahora que te encuentras con una que aparenta 40 y después te enteras que tiene 80 años.
—¡Usted dirá señor! —dice Genoveva.
—Verá usted no me conoce, pero soy un hijo, de un primo suyo de Fraga (Huesca). —dice Carlos.
—Vaya, que sorpresa jamás imaginé que viniese alguien del pueblo a visitarme. —dice Genoveva— ¿De quién es usted hijo?
—Soy hijo de su primo político Asensi, que trabajaba en la embajada de Londres. —dice Carlos— ¿Está su marido? (le espeta la pregunta para que no vaya a seguir hurgando y descubra la verdad).
—No, está en palacio despachando con Alfonso XIII. —dice Genoveva— Pero vendrá para almorzar. Es que sabe usted, es que el año pasado, fue nombrado Gentilhombre de palacio, por su majestad.
—Vaya, cuanto honor, señal que es muy apreciado por su majestad. —dice Carlos. (Todo lo que me cuenta, ya lo sé, pero cualquiera le cuenta que he venido del futuro, no quiero que me tomen por un enajenado).
—Siéntese mientras llega Carlos. —dice Genoveva.
—¿Y su hermana qué tal? —dice Carlos.
—Vaya, veo que está muy puesto con la familia. —dice Genoveva.
—Sí, es que verá me he puesto a hacer el árbol genealógico de la familia. —dice Carlos.
—¿Y su hermana Matilde qué? —dice Carlos.
—Pues la pobre, Matilde desde que enviudó es una mujer muy triste. —dice Genoveva— Además de perder dos hijas de meses a las cuales había puesto el mismo nombre, María de los Ángeles. Siendo el destino muy capriuchoao, muriendo una hija un año antes que el padre y la otra nació postuamente meses después de fallecer el padre. O sea como ai el destino, le hubiese reservado, que nunca iba a tener una hija con ese nombre.
—Vaya, cuanto lo siento. —dice Carlos. (Será ésta, porque otras bien contentas que se ponen otras cuando enviudan).
—Suena la puerta y abre Genoveva, es su marido que ha llegado para almorzar. ¡Tienes visita Carlos!
—¿Ah si? —dice el bisabuelo— ¿Quién es?
—Es un primo político mío. —dice Genoveva.
—Buenas tardes don Carlos. —diuce Carlos.
—¿Con quién tengo el gusto? —dice el bisabuelo.
—Soy Carlos, primo político de su esposa. —dice Carlos— He venido para visitar la familia.
—Sentémonos pues, ¿qué le apetece tomar? —dice el bisabuelo— ¿Un licor, un vino o una copa de Champaña?
—Lo que usted guste don Carlos. —dice el bisnieto— Siento gran curiosidad por, ¿cómo ha sido su vida?
—Pues verá, procedo de una familia militar, mi abuelo fue Coronel del ejército, mi padre alcanzó el grado de General de Brigada además de ser catedrático de matemáticas del Estado Mayor y yo siguiendo los pasos de mí padre, también alcancé el grado de General de Brigada y también soy catedrático de Historia y Geografía del Estado Mayor. —dice el bisabuelo..
—¿Usted don Carlos, participó en la guerra de Filipinas? —dice Carlos.
—Así es. —dice el bisabuelo— Un desastre de verdad, perder nuestras hermosas islas Filipinas y otros archipiélagos de Oceanía.
¿Usted resultó herido durante la contienda, no? —dice Carlos.
—Si, en una emboscada con “los Tulisanes”, guerrilla filipina, resultando herido. —dice el bisabuelo— Me salvó de la muerte uno de mis hombres que me arrastró escondiéndome en unos matorrales. Con motivo de la herida, estuve ciego unos meses. Como agradecimiento al final de la campaña de Filipinas, contrate a dicho soldado como mi chofer particular.
—Vaya, que vida más intensa. —dice Carlos— ¿Cuántos hijos tiene usted?
—Tuve nueve hijos, un varón y ocho hembras, una de las cuales, falleció hace cinco años. —dice el bisabuelo.
—Cuanto lo siento, la pérdida de un hijo, es algo muy doloroso. —dice Carlos— (el varón al que se refiere es mi abuelo). Y la hija fallecida es, Mercedes que murió de tuberculosis en 1922. Lo sé por leerlo mientras hacía mi árbol genealógico. Al pedir un certificado de defunción, con los datos que había sacado de la lápida donde yace enterrada.
—Mi hijo Alfredo, trabaja en el Banco de España. —dice el bisabuelo.
—Descuide que iré a visitarlo a casa. —dice Carlos— Despidiéndose con un hasta la próxima.
—Me personó, en casa de mis abuelos maternos, tal como le había dicho al bisabuelo.
—Abriéndome la puerta, María Teresa, la esposa de mi abuelo Alfredo. —dice Carlos— Buenas sean, soy un pariente de la familia de su esposo, me llamo Carlos. ¿Está Alfredo?
—Alfredo, tienes visita, preguntan por ti. —dice la abuela.
—Se me hace tan raro esto, de hacer de futurible, sabiendo de antemano todo lo que va a pasar. Como la perdida del hijo primogénito en 1928, la guerra civil que está por llegar: etc. —dice Carlos.
—Buenas tardes, fíjese que no tenía conocimiento de su existencia. —dice Alfredo.
—Normal, nadie se imagina que va aparecer un descendiente de Fraga (Huesca). —dice Carlos— Soy un descendiente de un hermano de su abuela Genoveva.
¿Y qué es lo que le trae por aquí? —dice Alfredo.
—Pues verá, estoy haciendo el árbol genealógico familiar y me he decidido a conocer la familia de Madrid. —dice Carlos— (Cualquiera le explica que he venido del futuro. Dirían pobrecito, un enajenado mental).
—Hábleme de usted don Alfredo. —dice Carlos.
—Bien, pues como ya le habrá hablado mi padre procedo de una familia militar, a la cual yo no he dado continuidad. —dice Alfredo— Me bastó mi experiencia en el Rif para comprobar que no era mi vocación.
—Cuente, cuente, me interesa mucho eso. —dice Carlos.
—Pues verá, al llegar la edad de incorporarme a filas 1909, ya estando trabajando en el Banco de España, en los ardores de la juventud, le pedí a mi padre que quería ir al Rif, para luchar contra Abdelkrim. —dice Alfredo— Pero una vez allí se presentó el caso que tocaron toque de corneta, de a la carga de la retaguardia, donde me encontraba yo. Y allí vi el semblante de la muerte de cerca. Por suerte hubo una contra orden de retirada y al llegar al cuartel, llamé de inmediato a mi padre, para que me sacase de allí. Siendo trasladado a Madrid, para completar mi tiempo en filas.
—Me hace gracia su aventura novelesca, aunque no le deje en muy buen lugar (obviando decírselo). —dice Carlos— ¿Tiene usted cuatro hijos, no? (ya que mi madre aún no había nacido).
—Así es, veo que está usted muy bien informado. —dice Alfredo.
—Me he fijado, que usted lleva una ropa muy modernista. —dice María Teresa.
—Si, es que la he comprado en Estados Unidos, en un viaje que hice. —dice Carlos— (Mentira cochina, pero cualquiera explica que es ropa del futuro).
—Me despido amistosamente de ellos y me vuelvo a la fonda. —dice Carlos.
Paso por recepción y no está Mercedes, en su lugar está un señor que deduzco que debe ser su padre, cojo la llave y me voy a mi habitación. Voy a reflexionar mis ideas, puesto que en mi viaje al pasado, lo único que he hecho ha sido visitar familiares. Estoy confundido, porque me atrae la experiencia de ver cómo era el mundo antes y charlar con familiares ya fallecidos, que no había llegado a conocer antes. Pero por otro lado me preocupa saber, si podré volver a mi época o no. Mientras lentamente, se me van plegando los ojos, hasta caer en un sueño profundo. Pasado un rato, cuyo tiempo no puedo determinar, me despierto de una buena siesta.
Vuelvo a pasar por recepción y para mi alegría me encuentro con Merceditas.
—Buenas tardes Mercedes. —dice Carlos— ¿A ver qué día me dejarás acompañarte a dar un paseo por El Retiro?
—Buenas tardes don Carlos. —dice Mercedes— Con mucho gusto daría ese paseo, pero eso tendrá que pedírselo a mi padre, a ver qué le dice, sonriendo.
—Descuida que lo haré, en cuanto le vea. —dice Carlos— Saliendo por la portería, hasta luego Mercedes.
—Me siento en un banco en el paseo de Recoletos, quedándome embelesado viendo el mundo pasar. Se me hace raro, ver todo ese ambiente, como si estuviese viendo la proyección de una película antigua. Me marcho a yantar en una tasca que me han recomendado. Atorada de barriles y barricas, busco un asiento, invitándome el camarero a sentarme en una mesa libre.
—Contemplo a través de los visillos como transcurre la vida en la ciudad, siendo todo un paisaje urbano, ver aún carromatos tirados por mulas. (Aún no, que el que está fuera de época soy yo). Finalizo mi café con churros, pagando mi consumición, que asciende a 0,80 céntimos.
Me dispongo, como no tengo nada mejor que hacer, en volver a la fonda. Allí por casualidad, me encuentro en el recibidor con don Prudencio, el padre de Mercedes.
—¿Don Prudencio puedo hablar con usted? —dice Carlos.
—Por supuesto, faltaría más. —dice Prudencio.
—¿Tendría usted a bien concederme el placer de acompañar a su hija Mercedes para dar un paseo por El Retiro?
—Claro que sí, solo espero que usted sea todo un caballero y me la sepa cuidar. —dice Prudencio.
—Descuide usted, que velaré por su cuidado con sumo detalle. —dice Carlos.
—Entonces, no hay más que hablar, permiso concedido. —dice Prudencio— Llamando a su hija.
—¡Dime papá! —dice Mercedes.
—Te pongo en conocimiento, que don Carlos ha tenido a bien pedirme para que le acompañes a dar un paseo por El Retiro. —dice Prudencio— Y que tienes mi beneplácito para hacerlo.
—Muchas gracias papá. —dice Mercedes.
Saliendo ambos tan contentos por el portal, camino de El Retiro. Después de un buen rato a paso de paseo llegan al parque. Invitándola Carlos a qué se coja de su brazo, cosa que hace ella sin titubear, contenta como una chiquilla.
—Don Carlos, ¿esa ropa suya tan modernista dónde se la ha comprado? —dice ella.
—Mira Merceditas, ese don lo dejamos en casa, a mi me llamas solo Carlos. —dice él— Mi ropa me la he comprado en un viaje que hice a Nueva York.
—Que bonita tiene que ser esa ciudad. —dice ella.
—No creas, tiene como todas las ciudades, sus cosas bonitas y sus cosas feas. —dice él— Disfrutemos de nuestro paseo.
—¿Sabes? a mi me gustaría mucho viajar por España. —dice ella— Y conocer todos esos sitios, que cuentan los huéspedes en la fonda.
—Ya tendrás ocasión, eres muy joven. —dice él.
—Ojalá sea como dices. —dice ella— Y pueda por fin, salir de Madrid.
Pasan por delante de una castañera, que con el frio otoñal que hace, invita a comprarlas.
—¿Te apetece que compremos un cucurucho de castañas? —dice él.
—Bueno, como tú veas. —dice ella.
Merceditas, te tengo que contar un secreto. —dice él.
—¿Cuál es? —dice ella.
—Que me gustas un montón chiquilla. —dice él.
Enmudecida, se pone roja, roja, ante lo inesperado.
—No te pongas roja como un tomate. ¿Acaso te ha molestado lo que te he dicho? —dice él.
—No se trata de eso, solo que no estoy acostumbrada a que me digan eso. —dice ella.
—Pues mucho mejor, así te lo digo yo solito. —dice él.
—¿Qué es lo que te ha hecho fijarte en mí? —dice ella.
—Pues verás un conjunto de cosas, pero sobre todo tu delicadeza, no me gustan nada esas mujeres desbocadas, que parecen asilvestradas. —dice él.
—Gracias por el cumplido, esbozando una sonrisa. —dice ella.
—¿Y yo qué te parezco? —dice Carlos.
—Eres muy atento y muy educado. —dice Mercedes.
—Bueno, menos mal que no me has dicho feo. —dice Carlos.
—Jajaja que gracioso eres. —dice Mercedes— ¿En qué trabajas Carlos?
—En un banco. —dice Carlos— Ese grande que hay en la Cibeles.
—¿En el Banco de España? —dice Mercedes.
—Ese mismo, chica lista. —dice Carlos.
—¿Nos sentamos a tomar algo en esa cafetería? —dice Carlos.
—Si, que tiene una vista hermosa del Palacio de Cristal con su chafariz. —dice Mercedes.
—¿Díganme ustedes qué desean tomar? —dice el camarero.
—Yo quiero un té con leche. —dice Mercedes— ¿Y tú Carlos?
—A mi hágame el favor de ponerme un café con leche, corto de leche. —dice Carlos.
Mientras saborean sus consumiciones, Mercedes le pregunta a Carlos, que le explique en que consiste su trabajo en el banco.
—Verás yo soy cajero, el que da por ventanilla dinero a la gente y esas cosas. —dice Carlos.
—Es un trabajo de mucha responsabilidad. —dice Mercedes— Ya me gustaría a mi, trabajar en un sitio tan importante.
—¿Y tú, Mercedes cómo es tu día a día? —dice Carlos.
—Pues lo mío, la rutina de ayudar a mis padres en la fonda y las cosas de la casa. —dice Mercedes.
—¿Y qué te gusta para divertirte? —dice Carlos.
—Me gustan mucho las verbenas e ir al cine. —dice Mercedes.
—Tendré entonces que pedirle permiso a tu padre, para que vayamos al cine. —dice Carlos.
—¿Sabes Carlos? Me he fijado que empleas un lenguaje diferente a los demás. —dice Mercedes.
—Será porque he vivido un tiempo en los Estados Unidos (lo primero que me ha salido para salir del paso). —dice Carlos— Ya que la chica es muy observadora y se ha dado cuenta que mi lenguaje no se corresponde con la época.
—Nos tenemos que ir a casa, sino mi padre se enfadará si llego más tarde. —dice Mercedes.
Ofreciéndole el brazo Carlos, Mercedes se agarra al suyo muy a gusto. Y se marchan tan contentos, como jovial pareja que son. Carlos está prendado de la pureza de Mercedes, al sentirla tan integra a diferencia de otras “lagartas” que ha conocido antes. Donde se las ve el plumero, de lo interesadas que son, siempre calculando si van a sacar tajada de la relación o no. Sin embargo, Mercedes es como una chica de antes (nunca mejor dicho estamos en 1927). A diferencia de las de su tiempo, que además de emplear un lenguaje soez a la primera de cambio, son descaradas, importándoles un bledo las formas. Creyendo quizá que, tener un comportamiento de “verduleras”, eso significa la igualdad ante los hombres.
—Llegan a la fonda a la hora convenida y Carlos le dice a Prudencio, señor querría pedirle permiso si usted me lo concede, para ir al cine con Mercedes.
—Si usted sigue mostrando las buenas intenciones, con mí hija, eso no será problema. —dice Prudencio.
Después de cenar, Carlos se tumba en la cama y empieza a meditar sus pensamientos, de entre otras cosas, piensa en cómo podrá regresar a su época, cómo justificará su ausencia en el trabajo, cómo le va a contar a Mercedes que ha venido del futuro, que se está sintiendo muy atraído por esa muchacha; etc. Todo es un lío en su mente, ya que tiene por seguro que si cuenta la verdad, le tomaran por loco sin duda. Por fin, transcurrido un rato indeterminado, el sueño le vence, cerrándosele los párpados.
La noche transcurre agitada, ya que no para de moverse en la cama. Se encuentra en la puerta del Banco de España y le saluda su compañero de trabajo Mariano.
—¿Qué tal Carlos? —dice Mariano— ¿Qué te ha pasado que has faltado al trabajo?
—Si te lo cuento, no te lo vas a creer, pero he viajado al pasado. —dice Carlos.
—¿Te encuentras bien Carlos? —dice Mariano.
—Ya sabía yo, que si contaba la verdad, me iban a tomar por loco.—dice Carlos.
—A ver, nos tomamos algo y me cuentas? —dice Mariano.
—Venga, sentémonos en esa cafetería de en frente. —dice Carlos.
—¡Cuéntame! —dice Mariano— Pero la verdad eh.
—Verás, sé que me vas a tomar por un enajenado. —dice Carlos— Pero es la pura verdad, lo que te voy a contar.
—Soy todo oídos, cuenta, cuenta.
—Como estaba de vacaciones, iba un día caminando aburrido por calle Luchaba y me metí en la Estación fantasma de Chamberí.
—¿Y qué pasó? —dice Mariano.
—Pues que mientras mataba mi tiempo, viendo la vieja estación cerrada al trasporte de viajeros, me puse a ver los anuncios azulejados antiguos que hay. Me dio por tocar uno para comprobar su tacto y zas, me sentí telegrama portado en el tiempo.
—Eso parece una película de ciencia ficción. —dice Mariano— ¿No me estarás vacilando, verdad?
—Te entiendo perfectamente que me tomes por loco. —dice Carlos— Pero créeme que es la pura verdad lo que te cuento, carece de sentido que juegue con eso.
De repente, aparecen dos loqueros, que traen una camisa de fuerza entre manos. Carlos se pone nervioso y al verlos acercarse, empieza a gritar muy alto….Yo no estoy locooo…, no estoy locooo…
Alterados los de la fonda, aporrean la puerta de Carlos, diciéndole…
—¿Qué te pasa, qué te pasa? ¿Te encuentras no bien? —dice Prudencio.
—Se despierta sobresaltado Carlos, ¿qué es lo que pasa?
—Estabas dando gritos y nos has sobresaltado. —dice Prudencio.
—Perdonad pero he tenido una pesadilla. —dice Carlos.
—Menos mal, porque Tiburcio ha venido a avisarnos en recepción, de que se oían alaridos como si te estuviesen degollando. —dice Prudencio.
Pasado el sobresalto, Carlos asume que su pesadilla le ha hecho pasarlo muy mal. Y que la ha vivido como si fuese realidad lo que estaba pasando en ella. Entrándole la angustia, al volver a pensar en su ausencia del trabajo. Tratando de olvidar lo sucedido, pasa por recepción timbrando en la campanilla, ya que no se encuentra nadie. Apareciendo al rato Restituta, la mujer de Prudencio.
—Usted dirá señorito. —dice Restituta.
—¿Quería saber, si se encuentra Mercedes? —dice Carlos.
—¿Quiere usted hablar con ella? —dice Restituta.
—Así es, ayer hablé con su esposo, si me permitía acompañar a su hija al cine, dándome su aprobación. —dice Carlos.
—Bien, ahora mismo la llamo. —dice Restituta.
Al rato aparece Mercedes, diciéndole la madre, que Carlos la quiere invitar a ir al cine.
—Está bien, acepto la invitación. —dice Mercedes— Podemos ir al Cine Dore, que están echando una película que siento mucho interés por ver.
—Con mucho gusto señorita, su voluntad es una orden. —dice Carlos— Si usted no tiene impedimento doña Restituta.
—Ninguno, si el padre le ha dado permiso, que así sea.
Salen por la puerta del portal, tan contentos, como dos jóvenes que se comen el mundo, todos ilusionados. Carlos le ofrece su brazo, que Mercedes gustosamente toma. Caminando, van con dirección al cine.
Sentados en sus butacas, Carlos pasa su brazo por detrás de la espalda de ella, pisándolo en el respaldo. Ella se da cuenta, y se siente protegida. Arriba en el “gallinero” donde están, el ambiente es propicio para los arrumacos, ante los pocos espectadores. Y achuchándola contra sí, le da un leve beso en la mejilla. (Pensando, si me viesen mis amigos dirían, vaya mojigato). Pero claro, uno tiene que ser consciente de la época en que está, en que los tocamientos del siglo XXI te pueden costar un bofetón.
Por suerte ella, ha reaccionado bien y no le ha replicado con algún ademán desagradable. Eso le hace pensar a él, que ella también se muestra receptiva. Lo cual le provoca una gran satisfacción, ya que esa chiquilla le gusta mucho.
Ella se deja acurrucar, con la inocencia de alguien que no tiene el rodaje de otras mujeres. Ensimismados uno con el otro, ven la pantalla pero no miran la película. Ese otro mundo de los enamorados es, lo que les ocupa. Dónde se están descubriendo, las sensaciones mutuas, que les hagan averiguar lo que les incentiva recíprocamente. A él se le hace hasta patético, que viniendo del Sensuround se encuentre viendo una película muda, mientras un pianista aporrea las teclas a modo de acompañamiento. Pero así son las cosas de la vida. En que todo se le hace raro, pero es el precio a pagar de estar viviendo en una época y proceder de otra. Aun no ha llegado el sonido a esas películas.
—Bueno Merceditas, ¿te ha gustado la película? —dice Carlos— ¿Has estado a gusto?
—Ella le mira y se echan a reír ambos y le dice, ¿te has enterado de algo?
—Pues, si te soy sincero no, ya que nos han distraído la atención más las carantoñas que la película. —dice Carlos— Además eso de tener que leer los subtítulos es un tabarrón.
—Anda le dice ella, ¿cómo te ibas a enterar sino de la película?
—Tienes razón. (no me he dado cuenta, que aún no se ha inventado el cine sonoro). —dice Carlos.
Mientras hacen el trayecto de regreso a la fonda, él le va comentando a ella de formalizar lo suyo, pidiéndole la mano a su padre. Ella, asiente si está seguro de ello, manifestando su conformidad por su parte.
Al llegar a la fonda, Carlos se encuentra con Prudencio y le dice, señor me gustaría charlar con usted, ya que tengo que decirle algo importante.
—Bien don Carlos, podemos hablar a la hora del yantar. —dice Prudencio.
—Restituta, que ha escuchado la conversación le pregunta a su hija, ¿ha pasado algo en el cine entre vosotros?
—No, ¿por qué lo preguntas? —dice Mercedes.
—Porque antes, Carlos ha estado hablando con tu padre, diciéndole que tenía que hablar con él algo importante. —dice Restituta.
—¿Ah sí? Haciéndose la despistada. —dice Mercedes— Como no sea lo que quiera hablarle lo de formalizar nuestro compromiso, no sé.
—¿Es eso entonces? —dice Restituta.
—No estoy segura mamá, es una suposición. —dice Mercedes.
—Bien, se lo comentaré a tu padre y que invite a Carlos a cenar.
Tumbado en su cama, nervioso como está, Carlos ensaya como se lo dirá a Prudencio, lo de la petición de mano. Saliendo un momento para ir al retrete, se encuentra con Prudencio, que se dirige a él, para decirle…
—Don Carlos, sobre lo de la conversación que tenemos pendiente, sepa usted que está invitado a yantar con nosotros hoy. —dice Prudencio— Así podemos charlar mientras amenamente.
—Muchas gracias por el detalle don Prudencio. —dice Carlos.
Llega la hora de cenar y Prudencio hace pasar a Carlos a su casa que está apartada en una parte de la fonda. Toman asiento en la mesa y después de persignarse por los alimentos, empiezan a cenar medio enmudecidos. Sin saber cómo empezar, Carlos expresa su deseo a los presentes de su deseo de hacer un comunicado.
—Don Prudencio, atropelladamente le salen las palabras a Carlos, lo que tengo que decirle es, que desearía que usted me diese el permiso para formalizar mi relación con su hija Mercedes. —dice Carlos— Se hace un impás de silencio, que se le hace tremendamente eterno a Carlos.
—Bien, a la vista que usted es un hombre formal, tiene trabajo, es buen mozo y es correspondido por mi hija, no veo impedimento alguno, para concederle la mano de mi hija. —dice Prudencio.
—Ufff… se oye la exhalación de Carlos, que con la respiración contenida a la espera de la respuesta, respira aliviado. —dice Carlos— Consciente, de que se le había hecho un nudo en la garganta.
—Solo espero, que sepa mimar y cuidar de mi hija, ahora que le he concedido velar por ella. —dice Prudencio.
—Descuide usted que así haré, ya que mis intenciones son nobles con ella. —dice Carlos.
La vida continúa y Carlos ya va pergeñando, que excusa pondrá ya que ha dicho que está de vacaciones, pero los días van pasando y las vacaciones se acaban. Todo es un lío, puesto que aunque trabaja en el Banco de España, lo único que puede encontrarse allí es al abuelo materno, ya que mí madre aun no ha nacido. Y nadie me conoce ya que mis compañeros de trabajo están en el futuro. Con lo cual se tendrá que poner a trabajar en otro lugar, ya que el dinero del empeño, le da para tres meses más. Además le atormenta pensar, como podrá volver a su época.
Queda para salir con Mercedes, para dar un paseo, cogerán el tranvía 8 Hipódromo —Bombilla que les dejará cerca del parque.
Entre la frondosidad del parque a Carlos le han dicho que hay muchos recovecos, donde las parejas “hacen manitas”. Por eso ha sido el lugar idóneo escogido por él. Empiezan a pasear, oteando Carlos a ver si divisa algún banco recóndito, pero para su desgracia, estos están todos ocupados, salvo aquellos más expuestos a las miradas de los transeúntes. Cuando ya cree que “su gozo acabará en un pozo”, encuentra uno muy escondido, que seguro que está vacío porque por su situación ha pasado imperceptible a los ojos ajenos. Tomando asiento ambos, empiezan a hablar de planes, echando su brazo por detrás de Mercedes él, apoyándolo en el banco. Poquito a poco, como quien no quiere la cosa, la va achuchando cada vez más contra él. Y acercando su rostro roza el de ella, dándola un beso en la boca, en que ella permanece inerte, como la primeriza que no sabe besar. Él bajito le dice, que abra un poco la boca, cosa que ella entreabre. Aprovechando la ocasión él, que le succiona su lengua, enseñándola lentamente como se besa. Ella se deja hacer, como novicia en el amor, pero no manifestando su contrariedad en momento alguno.
Al rato, abandonan el cobijo recóndito, puesto que es hora de volver a casa. Mientras hacen el trayecto de vuelta, él rompe el silencio, ya que ella parece cohibida por lo sucedido.
—¿Has estado a gusto con el paseo? —dice Carlos.
—Sí, ha estado bien. —dice Mercedes— Siento si no he estado a la altura.
—¿Por qué dices eso? —dice Carlos.
—Pues, por lo del beso. —dice Mercedes— Ha sido mi primera vez.
—No le des mayor importancia, nadie nace enseñado. —dice Carlos.
Llegan a la fonda y Prudencio les dice… —¿Qué tal ese paseo?
—Muy bien, responden ambos al unísono.
Después de almorzar, se tumba para la siesta Carlos, mientras le llega el sueño, piensa en lo a gusto que se siente con Mercedes. Despertándose de su siesta, decide acudir a hacer una visita a Alfredo, el que vendrá a ser su abuelo en un futuro.
Sale a la calle y empieza a deambular en dirección para, ir a visitar el Banco de España y allí se encuentra con su abuelo, aunque para él no sea más que un familiar lejano de la madre del abuelo.
—Sr. Alfredo, buenas tardes. —dice Carlos— ¿Cómo está usted.
—Hombre, qué sorpresa. —dice Alfredo— ¿Qué le trae por aquí?
—Nada en especial, quería ver donde trabaja (mentira cochina, quería ver quién ocupaba mi sitio). —dice Carlos— Al contemplar quién era el cajero que ocupa su mismo sitio en el Banco en el pasado, es un tal Jacinto.
—Pues ya ves, aquí estoy en mi puesto. —dice Alfredo— Si no tienes ningún compromiso, me gustaría invitarte a que yantaras hoy en casa, con nosotros.
—Sería un placer si no es un inconveniente. —dice Carlos.
—Por supuesto que no, será un placer. —dice Alfredo— Le doy la dirección, calle Trafalgar, vaya antes y charle con María Teresa, mientras me esperan. Que yo llamo a mi esposa, para advertirla de su llegada.
Sentados a la mesa, disfrutan del almuerzo los tres y salen las preguntas triviales de las comidas. Cuando de repente, suena el timbre de la puerta. Y acude mi abuela María Teresa a interesarse de quién es. Son unos conocidos a los cuales invita a pasar.
—¿Está Alfredo, María Teresa? —dicen los conocidos.
—Si claro pasad. —dice María Teresa— Acompañándoles al comedor.
—¿Y Alfredo? —dice María Teresa— Preguntándole a Carlos.
—Se levantó de la mesa nada más marcharse usted a abrir la puerta. —dice Carlos— Creía que le iba a acompañar.
—Qué raro, iré a su habitación a ver si ha ido a buscar algo. —dice María Teresa— Intrigada con su desaparición.
—Saliendo al paso ya que no está, les dice, habrá bajado un momento a la calle, ya que no se encuentra en su habitación. —dice María Teresa— Sentaos y esperad un momento, que pronto tendrá que volver, puesto que no nos ha dicho nada, habrá ido a por tabaco, ya que es un fumador empedernido.
Pasa y pasa el tiempo y Alfredo no aparece. Los invitados dicen, bueno María Teresa, otro día será. Despidiéndose de ellos la misma. Camino de regreso al comedor, vuelve a mirar el dormitorio y para su sorpresa se encuentra con Alfredo sentado en una butaca del dormitorio.
—¿Pero dónde te habías metido, hombre de Dios? —dice la esposa.
—Estaba aquí. —dice el marido.
—Aquí imposible, porque vine exprofeso a ver si estabas y no había nadie en la habitación. —dice la esposa.
—Me había escondido debajo de la cama. —dice el esposo.
—¿Cómo? —dice la esposa— ¿Te imaginas la vergüenza que habríamos pasado, si se a alguien se le ocurre mirar?
—Vamos, volvamos al comedor. —dice la esposa.
—Hombre Alfredo, ¿dónde te habías metido? —dice Carlos.
—Pues verás, aunque te pueda parecer extraño Alfredo tiene sus rarezas. —dice María Teresa— Al buen hombre que hizo esperar a las visitas inútilmente, no se le había ocurrido otra cosa, más que esconderse debajo de lan cama de nuestro dormitorio.
—Jajaja no me lo puedo creer, perdón. —dice Carlos.
—Pues créetelo, además entre sus rarezas figura también, comprar cuando vamos al cine, butaca de pasillo sino nada. —dice la esposa— Sentándose él por supuesto, en dicha butaca, poniéndome a mí a su lado, a modo de aislarse del resto del mundo.
—Bueno, todos tenemos nuestras rarezas. —dice Carlos— Que se despide de ellos después de tal variopinto almuerzo.
Llega a la fonda y se encuentra con Mercedes en recepción y le dice…
—Merceditas, ¿aceptas dar un paseo conmigo? —dice Carlos.
—Le preguntaré a mi padre, si me deja salir. —dice Mercedes.
Autorizada ésta, echan a caminar y Carlos le pregunta…¿Vamos al cine?
—Vale, podíamos ir al Cine Ideal, que están echando una película que me apetece mucho. —dice Mercedes.
—Su voluntad es una orden señorita. —dice Carlos.
Se apagan las luces y la complicidad surge entre las parejas. Donde los besos, achuchones y tocamientos dan rienda suelta bajo la oscuridad de la sala. Empieza la función, con él echando su brazo por detrás de la espalda de ella. Apoyándolo en el respaldo de la butaca y poquito a poco mientras ven el film su mano se acaba posando en el hombro de ella. Inmóvil permanece ella, mientras la va atrayendo hacia él. Comprobando así, la reciprocidad de ella, lo que le anima a ser más osado. Impertérrita, se mantiene ella, mientras los labios de él, buscan la comisura de sus labios. Y ante la no oposición, eso le anima a seguir ganando parcelas de osadía. Hasta que ella, rendida por el deseo, entreabre su boca, para que él atrape su lengua succionándola en un beso muy húmedo y profundo. A ella eso le pone nerviosa.
Aprisionada como está, él hace que su mano se pose sobre su muslo, provocando que descolocada por la novedad, no sepa reaccionar entre lo prohibido y el deseo de lo nuevo. Continuando él su inexorable camino hacia la entrepierna, cerrándose ella instintivamente, pero él no se detiene y alcanza sus bragas. Impotente por la situación y temiendo que puedan los demás espectadores apercibirse de la situación deja de oponer resistencia. Y Carlos introduce el dedo por debajo de sus bragas, lo que provoca que ella se ponga rígida al sentir como éste penetra su vulva y empieza a acariciarle su clítoris. Nerviosa como está se estremece toda por esa sensación tan excitante. Que consecuentemente desemboca en que él sienta como su dedo en inundado, al tiempo que ella tiene su orgasmo.
Acabada la función, no media ni palabra entre ellos. Ya que a ella le sonroja lo que acaba de pasar, bajo el peso de la religión que describe el placer como algo lascivo y libidinoso.
—¿Estás bien? —dice él— Parece que no te ha gustado lo que ha pasado.
—Sí, le contesta ella roja como un tomate. De lo avergonzada que se siente.
—No te sientas culpable, el disfrutar es algo que también hace parte de la vida. —dice él.
—Al llegar a la fonda, su madre los recibe, ¿qué tal lo habéis pasado?
—Muy bien, contesta Mercedes, marchándose a su habitación.
—¿Qué le pasa a ésta? —dice Restituta.
—Nada mujer, no le dé mayor importancia. —dice Carlos— Todos tenemos días mejores y peores.
En su habitación Carlos, reflexiona lo sucedido, haciendo una comparación entre la forma de proceder de una mujer a través de los tiempos. Mercedes, tan pudorosa que ni lo consigue disimular, frente a algunas de mi tiempo que te dicen abiertamente… ¡me apetece follar! Pero de eso se trata la evolución en hábitos y costumbres sociales. Pero también es consciente de que siendo como es, tendrá que buscar un lugar más propicio si quiere progresar con ella. Ya que no es mujer que le vaya lo improvisado. Por eso tiene que pergeñar un plan que sea convincente.
Pregunta al camarero Celedonio de la cafetería donde suele ir, por si sabe de algún sitio, donde las parejas acuden para hacer “tocamientos”. Y éste le da la dirección de la pensión Ganso. Explicándole que pregunte por Elpidia, que alquila habitaciones por horas. Pasados unos días surge la ocasión de volver a salir y se lo tiene que currar Carlos, si quiere convencer a Mercedes.
—Sé que no estuviste a gusto el último día del cine, por lo incómodo de la situación. Pero es que no tenemos un sitio para que estemos íntimamente a gusto. —dice Carlos.
—¿Qué me tratas de decir? —dice Mercedes.
—Pues que un amigo me ha dicho de una pensión, a la que acuden las parejas, cuándo quieren sus momentos de intimidad. —dice Carlos.
—Ni hablar, ¿estás loco? —dice Mercedes— ¿Quieres que me vean con un hombre, entrando “en un picadero”?
—¿No podremos entonces nunca estar solos en la intimidad? —dice Carlos.
—Para eso prefiero aprovechar cuando mis padres se van al pueblo y vernos en casa. —dice Mercedes.
—Está bien, como tú digas. —dice Carlos— Haremos como tú bien veas.
De vuelta a la fonda, él vuelve a salir para ir a una freiduría a comer Gallinejas y Entresijos. Auténtico vicio para él. Ya que con la panza llena, los problemas se ven de otra manera.
—El camarero le comenta a Carlos, ¿son de su gusto señor?
—Muchísimo, sé que hay gente que le da asco, por el olor que desprende, pero para mi son un exquisito manjar. —dice Carlos— Y las patatas fritas en el mismo aceite, una delicia.
A la vuelta, tumbado en su cama, no para de pensar en cómo se ha vuelto su corazón rehén por esa chiquilla. Pero así son las cosas de la vida, que te llevan a veces por caminos inescrutables. La verdad es, que reúne todo lo idealizado en una mujer, con esa tez blanquísima y esos cabellos rubios café con leche. Con ese carácter de mujer delicada y educada, cariñosa y tierna a la vez. Resumiendo, lo tiene todo Parece mentira que sea hija de unos hosteleros, la verdad. Al punto, que se siente tan ilusionado por ella que, a veces teme que no sea más que un miraje que se vaya a diluir en las tinieblas de la fantasía.
Empero, a la vez le surge esa eterna lucha que le aflora, cada vez que piensa y anhela volver a su época o quedarse en el pasado rehén de un amor. Cruel disyuntiva que le plantea el destino. Con esos pensamientos, se le van entornándo los párpados, hasta caer en el profundo sueño.
Se encuentra en la puerta del Banco y al entrar, se siente atosigado por los compañeros de trabajo.
—Pero Carlos, ¿qué ha sido de ti? —dice el compañero.
—¡Ya era hora eh! —dice otro.
—¿Es que no pensabas más volver al trabajo? —dice el director.
Se siente aturdido con tanta pregunta y muy angustiado a la vez, al no saber qué contestarles. Ya que si les dice la verdad, le tomarán por loco y llamarán a los loqueros, como la otra vez. Pasado un tiempo indeterminado, se despierta de la siesta y respira aliviado, menos mal que no era más que un sueño.
Sale a la calle a airearse las ideas, de lo mal que lo ha pasado. Sentándose en un banco, donde se queda anonadado. Contemplando los viandantes pasar, como el que ve una película. Así permanece un buen rato, como viendo la vida pasar. Recobrado del impás que le ha provocado el sueño se levanta y vuelve a la cafetería habitual, para tomarse un café que le haga salir de ese soponcio que le abruma. Diciéndole a Celedonio, ponme uno bien cargado.
Imagina, cómo lo estarán pasando sus padres, en su ausencia. Está totalmente confundido. De cómo leches ha venido a parar a 1927. A quién se lo cuente, dirá que es una película de ciencia ficción. Repasando mentalmente su bisabuelo Ramiro, morirá el año que viene de una encefalitis. Su padre vendrá al mundo en 1931 y su madre un año después y el hermano primogénito de ésta, morirá en 1928 de una insuficiencia coronaria, es horrible saber lo que les pasará con antelación. Es la sensación de estar delante de muertos vivientes.
Por fin, llega el día anhelado, los padres de Mercedes, se han ido al pueblo y no volverán hasta el Lunes, por lo tanto dispondrán de un fin de semana para ellos solitos, aunque Mercedes ha quedado encargada de la fonda. Por eso ella le dice, aunque podremos estar juntos, si timbra alguien tendré que estar yo pendiente de atender. A Carlos no le importa eso, lo que cuenta es, que podrán estar juntos sin las miradas pendientes de los padres de ella.
—Hola Mercedes, ¿cómo estás? —dice Carlos— Ya que tienen que seguir el guion pactado.
—Muy bien Carlos. —dice Mercedes— Señalándole con los ojos que pase para dentro.
Cerciorándose bien ambos, que nadie le vea entrar a él en casa de Prudencio y Restituta. A hurtadillas pasa, esmerándose en no hacer ningún ruido, que vaya delatar su caminar sigiloso. Hablando hábito, ella la mejor hora es esa para verse, ya que entre que es la hora del almuerzo y de la siesta, estarán más tranquilos. Se sientan a la mesa y ella aún más nerviosa que nadie. En esa lucha, entre el deseo que le acecha y el peso de lo prohibido.
—¿Qué te parece el almuerzo? —dice Mercedes.
—Está muy rico la verdad. —dice Carlos— ¿Lo has hecho tú?
—Pues claro hombre, soy muy buena cocinera. —dice ella.
Finalizado el almuerzo, se sientan en el sofá y ella sintoniza en el transistor Radio España, lo cual constituye una auténtica novedad en los hogares. Ya que la primera emisora de Madrid se inauguró en 1924.
—¿Qué te parece? —dice ella— Esto de escuchar por un aparato la voz de una persona que está lejos.
—Si, la verdad es que es maravilloso esto de escuchar a alguien a través de las ondas. (Si supiese ella que se puede ver a las personas por un aparato llamado televisor, alucinaría) —dice él.
Pero claro, para que eso llegue falta aún medio siglo. Eso le tocará para cuando ya sea una ancianita.
Sentados como están, llega lo inexorable en una pareja, como son los arrumacos, caricias y besos. Al fin la naturaleza llama, con la juventud. Y sus bocas se buscan, consumidas por el deseo. Sus lenguas se entremezclan, para dar salida a ese torrente de deseo, en un beso muy profundo y húmedo. Ella siente como las manos de él, escudriñan su cuerpo, profanando hasta los lugares más recónditos. Pero, aunque hay esa lucha interior entre el deseo y el pecado, ella se deja llevar por ese mundo de sensaciones nuevo para ella. Siente, como si el corazón le fuese a saltar fuera del pecho, del latir acelerado de éste. Al sentir como las manos de él tratan de arrastrar sus bragas, instintivamente cierra las piernas, como tratando de protegerse. Pero él está decidido a que no va a dejar escapar la oportunidad y que es ahora o nunca. Ella que se siente abrumada, al sentir como en esa lucha no ha conseguido evitar, que le extraiga un seno y se lo esté succionando muy delicadamente. Con los ojos muy cerrados, como tratando de no ver la realidad, saborea esa sensación que le está erizando toda su piel. Y nota como él le coge la mano llevándosela hasta su bragueta, encontrándose con su pene muy enhiesto. Al cual obliga a abrazar con su mano, que torpemente aprieta, enseñándole él, el movimiento de arriba y abajo.
Desprendida de sus bragas, la tumba en el sofá, abriéndole las piernas y posando su boca en su vulva, poniéndose roja, roja, como un tomate. Que sin abrir los ojos, siente como la lengua de él, se desliza entre los labios de su vulva, succionándole su clítoris Ante esa sensación tan maravillosa se rinde completamente, no obstaculizando más los lametazos. Ya que para ella es una experiencia nueva.
De repente, sin siquiera abrir los ojos, siente un ligero dolor, al sentir como si de un ariete se tratase, siente la penetración que le horada, sintiendo el golpeteo cadencioso del glande en lo más profundo de su ser. Quedándose enmudecida ante la situación, crispando su rostro al sentir las embestidas. Al rato, siente como él desenfunda su pene y soltando un leve chillido siente como le salpica su cuerpo con el semen.
Acercándose a su cara, él le da un dulce beso, mientras ella tiembla por la situación vivida. Abrazándose a él, puesto que ha sido su primera vez. Observándole como su pene está como recubierto por una capa de sangre. Y ella le dice he sangrado. No te preocupes es normal la primera vez.
Él le dice, sé que no ha sido quizá lo placentero que esperabas, pero así suele ser la primera vez. Acurrucados se quedan, lado a lado por un tiempo que a ella se le hace eterno, preocupada por si ha podido quedarse embarazada. Pero ya no hay marcha atrás para lamentaciones.
Se reincorporan, marchándose ella primero, para asearse al cuarto de baño y siguiéndola él después. Recompuestos se sientan, sirviendo ella un café, mientras con las manos entrelazadas, charlan. Reconfortándola, con que ha sido maravilloso lo sucedido entre ellos, haciéndola no sentirse tan culpable.
Entran por la puerta de la fonda los padres de Mercedes. Llamando por la hija. Oh casualidad del destino, justamente hoy han adelantado su regreso, cuando nunca lo hacen, casi les pillan en fraganti. Menos mal que Carlos ya se había adelantado y no le ha hecho pasar una situación comprometida, viéndole salir de casa, los padres de Mercedes.
—Hola hija, ¿qué tal todo por aquí? —dicen los padres.
—Todo bien, sin novedad. —dice la hija— ¿Y vosotros cómo que os habéis venido antes?
—Tu padre, que se le caía encima el pueblo. —dice la madre.
Los días pasan y Mercedes está preocupada, ya que lleva un retraso de una semana con la menstruación. Ese día ha quedado en dar una vuelta con Carlos. Pasa por recepción a buscarla, para ir a tomar algo al Café Comercial.
—¿Qué te pasa? —dice él.
—Pues la verdad es que estoy muy preocupada. —dice ella.
—¿Por qué? —dice él— ¿Estás enferma o algo así?
—Mucho peor, no me ha venido el periodo. —dice ella.
—Bah no le des importancia mujer. —dice él— Es normal que haya retrasos a veces.
—¿Tú estás seguro de lo qué has hecho? —dice ella.
—Sí, yo controlo mucho. —dice él— Además, en el peor de los casos, yo me hago responsable de mis actos.
—Bien, a ver qué pasa pues, ya que me tiene muy angustiada esta incertidumbre. —dice ella.
Los días pasan y la regla no baja, aumentando la angustia de Mercedes. Ya que ni se imagina, cómo se lo contará a sus padres. Habla con Carlos y éste le dice que hay que esperar la segunda falta, para tener la certeza absoluta. Su madre, se empieza a preocupar por ella, ya que la nota muy inquieta además de estar muy ojerosa. Ella trata de quitarle el problema, para no abordar el asunto. Ya que es muy mala suerte que le haya pasado eso en una primera vez.
—Además sino, podemos hacer la prueba de la rana, para salir de dudas. —dice él.
—¿Qué es eso? —dice ella.
—Pensándolo bien, me entran las dudas que en esta época exista dicha prueba. —dice él.
—¿Pero de qué se trata? —dice ella.
—Es una prueba que se hacen las mujeres, para saber si están en estado de buena esperanza. —dice él.
Llega la tarde y Carlos le invita a dar un paseo, marchándose ambos hacia su cafetería dando un paseo. Al llegar se sientan, pidiendo un té con leche y un café con leche.
—¿Cómo te encuentras? —dice él— ¿Estás mejor o no?
—Estoy muy angustiada. —dice ella— Y lo peor es, que mi madre se está empezando a oler algo.
—Tranquila, me tienes a mí, pase lo que pase. —dice él— Te repito que pase lo que pase, yo asumiré mis responsabilidades.
—¿Te casarías conmigo? —dice ella.
—Por supuesto, la duda ofende. —dice él— A mí me gustas muchísimo, no me iba a casar solo por estar esperando un hijo mío.
—Mercedes, te tengo que contar algo, necesito que pongas mucha atención, ya que no es más que la pura verdad lo que te voy a contar.
—No me asustes por favor, con algo inesperado. —dice ella.
—Solo te pido que me creas y no me tomes por loco, después de lo que te voy a contar. —dice él.
—A ver hombre, suéltalo de una vez, que no estoy para más suspense en mi estado. —dice ella.
—Verás, te va a sonar a película de ciencia ficción, pero yo he venido del futuro. —dice él.
—¿Qué? —dice ella— ¿Me estás tomando el pelo?
—No, es la pura verdad y no estoy loco. —dice él— Vine a parar a este año, sin saber cómo.
—¿Qué me cuentas? —dice ella— Solo puedo creer que me estás gastando una broma.
—Pues no, que más quisiera yo, que fuera una broma. —dice él— Y entiendo perfectamente que no se me crea y que me tomen por un enajenado mental.
—¿Y cómo ha sido eso? —dice ella.
—Pues verás, estaba dando un paseo por la calle Luchana y decidí entrar en la Estación de Chamberí, que en mi época no admite pasajeros y solo es una atracción turística. Ya que fue cerrada al aumentar la composición, o sea que al tener más longitud y la estación ser más corta ni poder ensanchar más el andén, se cerro al tráfico de viajeros. —dice él.
—¿Y? —dice ella— ¿Qué pasó?
—Pues que paseando por ella, se me ocurrió contemplar los anuncios azulejados y al tocar en uno concretamente, me vi sumido de repente en un túnel muy oscuro, que tenía una luz muy blanca en la otra extremidad. Me dirigí caminando hacia ella, hasta volver a salir otra vez por la misma estación en que había entrado. Solo que con viajeros y en el año 1927, esto es, éste.
—Vaya guion de película, si no fuese porque te creo aunque me cueste entenderlo, creería que estoy delante de un loco. —dice ella.
—Gracias por tu comprensión, es agradable saber que por lo menos alguien te entiende. —dice él.
—Vaya, vaya estoy con un futurista. —dice ella— Guardaré tu secreto para que no me tomen por loca, los demás.
—Me alegra que trates de entenderlo, por muy fantástico que parezca. —dice él.
—¿Entonces tu trabajo, qué? —dice ella— ¿Y tu familia, amigos y conocidos?
—Están todos en el futuro. —dice él— Y soy consciente que si voy a tener un hijo, éste nacerá antes de que lo haga mi madre y ésta me tenga a mí.
—Muy raro, ¿verdad? —dice él.
—O sea que tienes que volver al futuro, si o si. —dice ella— Ya que tu vida está allá.
—Sí, pero tú estás en esta época. —dice él— Esa es la disyuntiva, además que no sé como volver a mi época.
—Ya, es un tremendo problema. —dice ella— Y no vas renunciar a todo por mí.
—Te entiendo, pero eres tú la que me importas. —dice él— ¿Tú me acompañarías?
—No sé que decirte, porque estoy muy apegada a mis padres y solo de pensar que no los volvería a ver nunca más, me horroriza la idea. —dice ella.
—Ya, tampoco podría ir al Banco y decirles que yo voy a trabajar allí en el futuro, cuando mi abuelo tenga a mi madre. —dice él— Para así recuperar mi empleo que tendré en el futuro.
—Sí, vaya confusión. —dice ella— Esto es una cosa de locos, Dios mío.
—Por lo tanto si queremos seguir juntos, uno de los dos tendrá que renunciar a su tiempo, no queda otra. —dice él— Primero hay que averiguar, cómo podríamos volver y después matizarlo.
—Aún creyéndote que no me mientes, esto para mí me sigue pareciendo una película, ya que me cuesta asimilarlo. —dice ella.
Los días van transcurriendo y llega la segunda falta de la regla, ya no hay duda, está en estado de gestación. Se lo comenta a Carlos, de que tienen que decírselo a sus padres. Puesto que ya se le empezará a notar la barriga. Él dice que espere un poco más, antes de decírselo. Su situación económica va empeorando, ya que el dinero del empeño del reloj se va acabando. Y tampoco puede sacar dinero del Banco, de una cuenta que aún tardará muchos años en abrir.
Paseando por la plaza Cibeles, se encuentran con una castañera, comprándole un cucurucho de castañas asadas, prosiguiendo su paseo hacia El Retiro. Donde al entrar por la entrada de la puerta de Alcalá, encontrándose con una orgalinera que no para de darle vueltas a la manivela, como esas que le contaba la abuela de Carlos, cuando era pequeño. Hay un ambiente festivo que invita a pasear y aparece ante sus ojos, la figura que no podía faltar, el barquillero.
Mientras pasean bajo la arboleda, con las manos dadas, continúan con su charla, con lo que les trae de cabeza, su embarazo y mucho peor eso de provenir de distintas épocas.
—Eterno dilema eh. —dice él.
—Si, ni que fuera un cuento de Julio Verme. —dice ella.
—Jamás me pude imaginar en mi vida que me pudiese pasar algo así. —dice él.
—¿Y lo de mis padres qué? —dice ella.
—De acuerdo, debemos decírselo. —dice él.
—Deja que se lo cuente primero a mi madre, para preparar el terreno. —dice ella.
—Bien, tú sabrás. —dice él— Tú decides, lo dejo de tu mano.
Por lo menos algo han aclarado, el paseo ha servido para aclarar al menos un problema. Se vuelven a la fonda.
En un momento que están a solas, madre e hija se disponen a charlar.
—Mamá tengo algo muy importante para contarte. —dice Mercedes.
—Dime hija, soy todo oídos. —dice Restituta.
—Verás como bien sabes Carlos y yo nos queremos mucho y sus intenciones para conmigo son serias. —dice Mercedes.
—¿Bien y qué tratas de decirme con eso? —dice Restituta.
—Pues verás, que Carlos y yo, hemos sucumbido al deseo. —dice Mercedes.
—¿Qué tratas de decirme hija?
—¡Pues mamá que estoy embarazada! —dice Mercedes.
—¡No me digas hija! —dice Restituta.
—Así es mamá, te lo he contado para que sepas la verdad y se lo cuentes a papá. —dice Mercedes— Ya que Carlos, quiere pediros para casarse conmigo.
—Me alivia oírte eso, después del sobresalto que me has dado. —dice Restituta— Vale, déjalo de mi mano, que ya sabré cómo contárselo a tu padre.
Han quedado para salir a dar una vuelta la pareja, donde Mercedes le contará a Carlos, lo que ha hablado con su madre.
—¿Has hablado con tu madre? —dice él.
—Sí, ya he hablado con ella. —dice ella.
—¿Y cómo se lo ha tomado? —dice él.
—Al principio, se lo tomó de sopetón asustada. —dice ella— Pero después de contarle de nuestras intenciones de casarnos, se quedó aliviada.
—¿Y tu padre qué? —dice él.
—Mi madre me ha dicho, que tranquila, que lo deje de su mano, que ya se lo contará. —dice ella.
Es Domingo, Restituta y Prudencio se sientan para almorzar, al ser el día más tranquilo de la semana en la fonda, se dispone la esposa contarle lo de la hija al marido.
—Prudencio, te tengo que contar una cosa sobre Mercedes. —dice Restituta.
—¿Qué es? —dice Prudencio.
—Como bien sabes, Carlos y Mercedes se quieren mucho. —dice la esposa.
—Sí, de eso ya soy consciente. —dice el esposo.
—Pues que los chicos han hecho algo, que suele pasar en algunas parejas. —dice la esposa.
—Al grano mujer, debate de tantos rodeos. —dice el esposo— ¿De qué se trata?
—Pues verás, que tu hija se ha quedado en cinta. —dice la esposa.
—¡Cómo! —dice el esposo— ¿He oído bien?
—Sí, has oído bien. —dice la esposa— Esa es la realidad y te lo cuento para que estés al tanto de los acontecimientos.
—O sea, que lo que no hizo ninguna de nuestras hijas mayores antes, va Mercedes y hace de oveja descarriada de la familia. —dice el esposo.
—Bueno, si lo hicieron o no tus otras hijas nunca lo sabrás, quizá tuvieron más suerte que Mercedes. —dice la esposa.
—¿Y ahora qué? —dice el esposo.
—Ahora nada, tranquilo que el chico ya ha manifestado sus intenciones de casarse. —dice la esposa.
—Es lo mínimo que debe hacer un hombre, que se viste los pantalones por los pies, sino que no la hubiese dejado preñada. —dice el marido.
—Lo importante es, que se casen, lo demás no importa, si se quieren. —dice la esposa.
Mercedes y Carlos, dando uno de sus paseos habituales por la calle de Alcalá, comentan, si deben contarle a los padres de ella, la otra parte de la historia que no saben. Ya que Carlos, no es partidario, ya que no se lo van a creer y van a tomarse que su hija ha dado con un loco. Si les cuentan que ha venido del futuro.
Por otro lado, Carlos ve que se le está acabando su remanente de dinero y que la historia que les ha contado a los padres de Mercedes, de que trabaja en un Banco, sin ser una mentira, si lo es en parte en que si trabaja en el futuro. Y cuando se quede sin dinero, qué les contará. ¿Que trabaja en un Banco y no tiene “blanca”? Pensarán vaya cosa más rara y desconfiaran. Y él no se ve sin conocidos o influencias, trabajando en algo acorde con su formación. Y tampoco se ve como pescadero en el mercado, como algo inmediato.
Al fin, todo son problemas, que se van complicando cada vez más. Por eso, cada vez ve como más factible, volver a su época, así se solventarían todos sus problemas y podría vivir cómodamente junto a Mercedes y con el hijo que viene en camino.
Pero en fin, lo más inmediato es, que tiene que rendir cuentas con el padre de Mercedes, sobre sus verdaderas intenciones con la hija que ha dejado en cinta. Acude al yantar, al que ha sido invitado para plasmar sus proyectos delante de los padres de Mercedes.
—Buenas noches sr. Prudencio, agradezco haber sido invitado. —dice Carlos.
—Don Carlos, usted dirá esperamos oír sus palabras. —dice Prudencio.
—Verá, como bien sabe mis intenciones con su hija son serias. —dice Carlos.
—Perdóneme usted, pero no lo parece. —dice Prudencio— Ya que deposité en usted la confianza sobre mi hija.
—Sé que no me creerá, pero fue un momento de debilidad. —dice Carlos.
—Ya, pero permitame que le diga, que siendo usted un hombre de mundo y viajado, debía haber tenido más tacto con la pureza de mi hija. —dice Prudencio.
Sin saber qué contestar más, Carlos se queda avergonzado y enmudecido delante de los padres de Mercedes.
—Como sus intenciones son serias y a lo hecho, pecho. Habrá que organizar los preparativos para la boda, cuanto antes. —dice Prudencio.
—Por supuesto, así haremos, distendiéndose la charla que había empezado tensa.
—Tendremos que ir a charlar con el padre Hermogenes. —dice Restituta.
Acabado el yantar, Carlos se retira a su habitación, tumbándose mirando al techo, envuelto en sus pensamientos. De como las cosas, no hacen más que irse complicando cada vez más.
Al día siguiente, quedan Mercedes y él de salir y hablar de sus cosas. Mientras pasean a las ella se la nota más aliviada, una vez que todo ha quedado aclarado con sus padres. Mientras por ende, se le nota cara de preocupación a él.
—¿Te estás arrepintiendo de lo que le has dicho a mis padres? —dice ella.
—No, para nada, solo que no sé cómo me voy a hacer cargo de una familia, sin sustento y con un empleo en el futuro. —dice Carlos— Ya que no le hemos contado a tus padres la otra parte de la historia.
—Bueno, en el peor de los casos mi padre conoce a mucha gente del Mercado,
—Ya, (pensando que no se ve la verdad trabajando de frutero).
—Mi madre ya ha concertado una cita para nosotros con el padre Hermogenes. —dice ella.
—Muy bien, ¿cuándo es? —dice él.
—Te pongo de sobre aviso, de que el padre es un poco pesado, ya que es muy conservador. —dice ella— Para que te armes de paciencia y sepas aguantar su sermón.
—No te preocupes, sabré capear el chaparrón que me caerá con él. —dice él.
—Bien entonces, dame un beso. —dice ella.
Los días van transcurriendo y Carlos, cada vez duerme peor y está más delgado, por lo angustioso de su situación. Además de tener muchas pesadillas. Hasta que llega el día de hacer el cursillo prematrimonial con Hermogenes.
—Buenos días, padre Hermogenes. —dicen ambos.
—¿Qué os trae por aquí? —dice el padre.
—Verá, venimos para hacer el cursillo prematrimonial. —dice Mercedes.
—Ah, ¿eres la hija de Restituta, no? —dice el padre.
—Así es, Don Hermogenes. —dice Mercedes.
—Ya me explicó algo tu madre. —dice Hermogenes— ¿Supongo que estaréis muy arrepentidos, de lo que habéis hecho?
—Sí padre, doy fe que me arrepiento mucho de mi debilidad. —dice Mercedes.
—¿Y usted muchacho? —dice el cura.
—Hola, también por supuesto, por haber sucumbido a la tentación. —dice Carlos.
Sentados ambos frente al padre Hermogenes, se sienten intimidados, como si estuviesen delante del día del juicio final. Ya que como severo cura conservador, sus palabras y su dedo inquisidor no para de señalarles. Y les dice, sabréis que habéis atentado contra la castidad sacrosanta antes del matrimonio. Por la tentación al fornicio, la debilidad carnal ha sido más fuerte que la palabra de Dios, lo cual es gravísimo. El matrimonio está concebido para traer hijos al mundo, pero libres de pecado, ya que las pobres criaturas no tienen la culpa, de los actos irresponsables de sus progenitores, que se han dejado arrastrar por la lujuria del vicio. Por eso, cuando el matrimonio está fundamentado en una buena formación cristiana, es deber de los padres, no fallar en la buena educación de los hijos. Para que no pasen estas cosas, con el fornicando. Impávidos, se mantienen Carlos y Mercedes, aguantando el chaparrón del zq Hermogenes. Ya que aunque Carlos se muerde por dentro, de tener que escuchar un sermón lleno de hipocresías de la madre iglesia, cuando curas y hasta Papas, han sucumbido también al fornicando entonces. Embaucando a alguna pobre beata, de que tranquila, que lo estaba haciendo con un enviado de Dios. Como si por eso no fuese culpable igual, con el agravante de que tendrían que ser excomulgados, por traer hijos de manera consciente, contraviniendo los mandamientos de la madre iglesia. Pero claro, observando lo roja que está y lo mal que lo está pasando Mercedes, no es plan saltar y montar un escándalo. Sino callar y aguantar el chaparrón.
Acabado el sermón que se hizo eterno, salen ambos compungidos por haber aguantado y haberse limitado solo a decir, amén.
—Vaya con el señor cura. —dice Carlos— Por un momento pensé que nos iba a crucificar, por pecadores, con ese dedo inquisidor señalándonos.
—Ya te había advertido, que era muy conservador. —dice Mercedes.
—Más que conservador, diría muy inquisitorial, no nos mandó a la hoguera por poco. —dice Carlos.
—Bueno, lo peor ya ha pasado. —dice ella.
Carlos sale, después de dejar a Mercedes con los padres en la fonda. Necesita airearse un poco y se va a charlar con Celedonio, el camarero con quien ha hecho buenas migas.
—¿Qué tal don Carlos? —dice Celedonio— Hacía tiempo que no le veía a usted por aquí.
—Sí Celedonio, pero hoy necesitaba desahogarme después del chaparrón que me ha echado el señor cura. —dice Carlos.
—¿Cuánto lo siento, qué quiere que le ponga? —dice el camarero.
—Póngame Celedonio una tila, que buena falta me hace relajarme. —dice Carlos.
—Ahí tiene don Carlos, para que le sea más leve el sermón. —dice el camarero— Que el señor cura, le ha estropeado el día.
—Si señor, menudo pedante que he tenido que aguantar. —dice Carlos— Por un momento creo, que se creía Dios.
—Así es señor, la iglesia peca mucho, no dando ejemplo. —dice el camarero.
—Exacto Celedonio, son justamente los que más tendrían que callar, con todos los atropellos que han realizado a través de la historia. —dice Carlos.
—Por supuesto, pero ya sabe… ”con la iglesia nos hemos topado”. —dice el camarero.
—Para eso mi bisabuelo, que aguantó estoicamente los reproches de la familia y la sociedad de su época, casándose solamente después de tener cuatro hijos con mi bisabuela. —dice Carlos— Si le llega a tocar el cura de hoy, le da a éste un infarto.
—No le dé más vueltas, disfrute de su tila saboreando este momento de paz. —dice Celedonio.
De vuelta a la fonda, se dispone a yantar, los deliciosos callos que ha preparado Mercedes.
—Sabes Mercedes, eres un primor de mujer, que cumples a “pies juntillas” el dicho, de que al hombre se le conquista por el estómago. —dice Carlos— Eres una excelente cocinera.
—Muchas gracias por el cumplido, mi amor. —dice ella— ¡Buen provecho!
Acabado de restaurar Carlos, se retira a su habitación, dándole un beso al pasar por la cocina antes a Mercedes. Deseándose buenas noches mutuamente.
Acostado, mientras aguarda a que le venga el sueño, asoman sus pensamientos de siempre, los que pueblan sus pesadillas. Que le hacen no desear dormirse, como forma de huir de ellas.
Por unos momentos se desvanece su angustia, al verse rodeado de sus compañeros de trabajo, pero siente la necesidad imperiosa de compartir sus inquietudes. Acercándose por ello a Luis, planteándole la pregunta… Luis, si tu viajases al pasado y te enamorases de una chica y tuvieses que decidirte entre quedarte en esa época o volver a tu tiempo, ¿qué harías?
Pues Carlos, que pregunta más rara me haces, pero sin dudar me volvería a mi tiempo. Al fin aquí tendría a toda mi familia, mi trabajo y todo mi entorno.
O sea Luis, ¿dejarías a esa chica de la cual te has enamorado, sola y abandonada? En la vida a veces te ves en tesituras, en las que no te queda más que decantarse. Si no puedes tener todo, no te queda otra.
Ya, eterno dilema, si no te la puedes traer contigo. —dice Carlos.
No obstante, metiéndonos en esa ciencia ficción, si tú tienes posibilidad de regresar a tu tiempo, ¿por qué ella no, también? —dice Luis.
Amanece un nuevo día y se oye el ajetreo de la fonda, despertándose Carlos.
Sentándose para desayunar, le atiende Mercedes.
—Buenos días mi amor. —dice Carlos.
—Buenos días cariño. —dice Mercedes— ¿Qué tal has dormido?
—Pues regular, la verdad. —dice él— Mis pesadillas no me abandonan.
—Vaya, cuanto lo siento. —dice ella.
—Una cosa, tenemos que contarle a tus padres la verdad, sobre lo mío. —dice él.
—¿Crees que es procedente en estos momentos? —dice ella.
—Sí, porque el dinero que tengo se está acabando y mi trabajo esta en el futuro, por lo tanto no podré trabajar allí. —dice él.
—Ya, te entiendo. —dice ella— Pero mi padre conoce a mucha gente, en el mercado de la Cebada y algo te puede encontrar allí.
—Pero estarás conmigo, que después de contarles eso, de que vengo del futuro, que les sonará a película y de que no puedo volver a trabajar al Banco de España, donde creen que estoy de vacaciones… —dice él— ¿Qué?
—Sé que suena a inexplicable, pero suene o no a real, tenemos que contárselo. —dice ella— Aunque nos tomen por locos.
—Menuda situación nos depara. —dice él.
—Ya, no te olvides que tenemos que acudir a la iglesia, que hoy tenemos cursillo con Hermogenes. —dice ella.
—Ya lo sé, ni me lo recuerdes, menudo suplicio. —dice él.
Llega la hora de la tarde y acuden al cursillo, a seguir con el trámite para casarse.
—Buenas tardes, padre Hermogenes. —dicen ambos.
—Buenas tardes, hijos. —dice el cura.
—Usted dirá padre, después de un rato enmudecido. —dice ella.
—¿Habéis reflexionado la charla del otro día? —dice el cura.
—Si, responde Mercedes.
—¿Sentís arrepentimiento? —dice Hermogenes.
—Mucho, dándole un codazo a Carlos, Mercedes.
—Sí, si por supuesto padre. —dice Carlos.
—Mucho mejor, porque para recibir la bendición de Dios en vuestro matrimonio, debéis mostrar arrepentimiento de verdad. —dice el cura— Conscientes de que habéis mostrado debilidad a las tentaciones de Satán.
La juventud de hoy va perdiendo la escala de valores morales de nuestros antepasados. La carne hace flaquear los nobles principios cristianos. Donde la lujuria hace sucumbir al vicio. Solo pensando en gozar fornicando aunque sepan que es un acto impuro. —dice Hermogenes.
Carlos piensa (cuánta hipocresía, como si no se hubiese follado siempre desde los orígenes de la humanidad), pero al fin hay que tragar si queremos que nos case.
—Mercedes, solo reacciona como una autómata, asintiendo todas las palabras del cura.
—Le veo muy callado, como ausente a mis palabras, dirigiéndose a Carlos. —dice Hermogenes.
—Reaccionando de inmediato Carlos, no para nada padre. Al revés sus palabras me hacen ser muy reflexivo.
—Me alegro que así sea, demuestra que es muy consciente que obró muy mal. —dice el cura.
—Por supuesto señor, así es. —dice Carlos— (Vaya pelmazo de cura, esto parece el calvario).
Acabado un nuevo día de cursillo, se marchan a merendar chocolate con churros a San Ginés.
—Hoy ha sido durísimo de aguantar a Hermogenes. —dice Carlos— Cualquier día voy a estallar.
—No te coge de nuevo, ya te avisé cómo era, solo hay que tener paciencia. —dice Mercedes.
—Ya, pero me exaspera que esté todo el rato restregándonos eso del fornicamiento. —dice él.
—He hablado con mis padres, de que tenemos que hablar con ellos de algo muy importante, de lo que tú ya sabes. —dice ella— Nos han invitado a yantar esta noche en casa.
—De acuerdo, cuanto antes lo contemos mejor. —dice él.
Llegada la hora del yantar, sentados a la mesa, se respira un ambiente tenso. Tanto por los receptores de la información, como por los transmisores de la misma. Empezando a degustar el delicioso manjar para la ocasión.
Transcurridos unos instantes, donde los comensales parecen solo mirar al plato, Mercedes la hija, interrumpe su yantar y exclama a los padres…
—Papás, Carlos y yo tenemos que contaros una cosa. —dice Mercedes.
—¡Vosotros diréis, hija! —dice Prudencio.
—Manteniéndose Restituta expectante a las palabras que puedan pronunciar Carlos y su hija.
—Veréis papás, os vamos a contar algo os sonará muy raro. —dice Mercedes.
—A ver hija, somos todo oídos. —dice Prudencio.
—Mirad, yendo al grano, Carlos ha venido del futuro. —dice la hija.
—Prudencio y Restituta se miran pasmados. ¿Qué me dices hija? —dice el padre— ¿Nos estáis gastando una broma?
—No papá, aunque podáis creer que estamos locos, es la pura verdad, por muy difícil que os sea tratar de entenderlo. —dice la hija.
—Es la verdad don Prudencio, sin saber cómo, vine a parar al año 1927. —dice Carlos.
—Esto suena a película de pura ficción. —dice Prudencio— ¿Y cómo fue eso?
—Pues verá, sucedió tocando un azulejo de uno de los anuncios de la estación de metro de Chamberí. —dice Carlos.
—Vamos de película, si no fuese porque me lo habéis contado los dos, creería que estoy delante de dos enajenados que se han escapado del manicomio. —dice Prudencio.
—Pues yo, no consigo entender lo que me estáis explicando. —dice Restituta.
—Te entiendo mamá, suena a pura fantasía, lo sé. —dice la hija— A mi me pasa igual, pero no viene a cuento que Carlos se haya inventado esa historia.
—Entonces, si es cierto lo que me contaos, Carlos no puede volver a trabajar al Banco y no tiene trabajo entonces. —dice Prudencio.
—Así es don Prudencio, allí está mi abuelo materno, pero como es obvio no me conoce como familia, ya que aún no ha nacido su hija, que será mi madre. —dice Carlos.
Sin alcanzar bien a entender lo que le explica, Prudencio sabe que cosa buena no es, por lo tanto hay que solventar la situación. Porque un hombre sin trabajo para mantener una familia, mal asunto.
—Pues entonces, a punto de casarse y con un hijo en camino, no puede estar sin trabajar, para el sustento de su familia. —dice Prudencio— Hay que ponerle remedio a esta situación, hablaré con mis conocidos del Mercado de la Cebada, para buscarte un empleo.
—Esto, que venga Dios y lo vea. —dice Restituta.
—De momento casa y comida ya tienes, ya nos pagarás los dispendios más adelante, cuando tengas un sueldo. —dice Prudencio.
—Gracias por su comprensión y ayuda don Prudencio. —dice Carlos.
—La familia está para eso, para “las duras y las maduras”, hoy por ti y mañana por mí. —dice Prudencio.
—Gracias papá. —dice la hija.
Solventado el último secreto que desconocían los padres de Mercedes, la pareja de novios se siente más aliviada a pesar de lo complicado de la situación.
El padre de Mercedes acude al Mercado y se dispone a exponer la situación, con la finalidad de conseguir un empleo, para el que será su futuro yerno.
La barriguita de Mercedes sigue creciendo y el tiempo apremia, para que no se vaya a notar el día de la boda. Al menos salir al paso, después ya se recurrirá a la recurrente frase, ha nacido antes porque ha sido “siete mesino”.
Carlos invita a Mercedes a ir a tomarse algo al Café Comercial, para allí hablar de sus cosas. Ya que son conscientes, de que será complicado eso de adaptarse un hombre con estudios a trabajar en un mercado, haciendo vete tú a saber qué. El cambio será brutal, de estar con un trato refinado, pasar a tratar con gente adusta. Él es consciente de ello, pero debe asumir sus responsabilidades a la espera de tiempos mejores.
—¿Estás muy pensativo verdad? —dice ella.
—Pues sí, para qué te voy a engañar. —dice él— Más que nada porque no vaya a estar a la altura y vaya a dejar mal a tu padre. —dice él.
—No pienses eso ahora, esto es solo algo temporal. —dice ella.
Pasan los días y cada vez que Carlos mira su billetera, cada vez más exiguos son sus dineros. Cosa que le angustia, de llegar a verse sin un céntimo.
Llega la hora de yantar y Prudencio les dice a Carlos y su hija, tengo algo que contaros.
—Tú dirás papá. —dice la hija.
—He hablado hoy con Gumersindo del Mercado de la Cebada y me ha dicho, que tiene un empleo para Carlos.
—¡Ah sí! —dice la hija.
—Sí, le ofrecen un puesto de mozo, en la tienda de coloniales de Geroncio.
—Muchas gracias. —dice Carlos.
—Por lo menos te puedes ganar tu sustento. —dice Prudencio.
—Si papá muchas gracias. —dice la hija.
—¿Cuándo empezaría? —dice Carlos.
—Mañana te vienes conmigo al Mercado por la mañana. —dice Prudencio.
La noche transcurre para Carlos sin pegar ojo, dándole vueltas a cómo responderá al trabajo, qué le encomendarán; etc.
Conforme a lo acordado, muy temprano salen hacia el Mercado. Al llegar, el bullicio es ensordecedor, con todo el trajín de personas desplazándose de un lado a otro, con sus quehaceres. Se acercan a la tienda de coloniales y preguntan por Geroncio.
—Hola Prudencio. —dice Geroncio.
—Hola Geroncio, aquí te traigo al muchacho del que te habló Gumersindo.
—Tanto gusto, extendiéndole la mano a Carlos. —dice Geroncio.
—Es mutuo don Geroncio. —dice Carlos.
—¡Mañana le quiero ver aquí a las 07:00 h! —dice el tendero.
—Así será señor. —dice Carlos.
—Vete a casa Carlos, que yo me quedo por aquí un rato más. —dice Prudencio.
—¿Ese chico me da la impresión que es muy refinado, ¿no? —dice Geroncio.
—Verás, es un chico muy estudiado, pero está pasando por una situación muy complicada, como ya te debió explicar Gumersindo. —dice Prudencio.
—Ya, ya me hago cargo. —dice Geroncio.
Al día siguiente habiendo dormido mal, se levanta con prontitud Carlos dirigiéndose hacia el Mercado. Llega antes de la hora convenida y se encuentra la tienda aún cerrada, aguardando junto a la puerta. Al rato, aparece Geroncio, saludándose mutuamente mientras abre la cerradura de la puerta. Una vez dentro, el tendero le da a Carlos, dos batines azul marino, con el nombre bordado de la tienda en el bolsillo de arriba, Coloniales Geroncio, S.L. Y le dice, dentro de media hora, llega el camión con el género y te ayudará Primitivo a descargarlo.
A la hora mencionada llega el camión, poniéndose Primitivo y Carlos a la faena de la descarga, con sacos de unos 25 kgs. De patatas, garbanzos, lentejas y alubias.
Nada acostumbrado a esos menesteres, se le nota a Carlos su torpeza en la descarga y suda como un condenado por su falta de destreza.
—¿Te cuesta eh? —dice Primitivo— No se te nota a ti muy ducho en estas tareas.
—Sin responder, para no dar mayores explicaciones, sigue con la ardua tarea, Carlos.
Después de pasarse todo el día sirviendo alubias, bacalao, huevos; etc a Carlos se le hace eterno, además de tener que aguantar las típicas bromas del novato.
Y así transcurren los días, en que Carlos mientras despacha, no para de darle vueltas a la forma de acabar con esa tortura, que el destino le ha envuelto.
Llega la hora de salir, con un horario de 08:00 a 20:00 h y solo con una hora para almorzar, se le hace durísimo, además del esfuerzo físico, al que su cuerpo no está acostumbrado. Eso sin contar que casi nunca se sale a esa hora, ya que siempre hay un rezagado que entra a comprar a punto de cerrar.
Eso sin contar los martes y jueves, que Geroncio siempre llega tarde para cerrar, ya que él es el único que tiene llaves. Todos en la tienda saben que viene de visitar “su amiga” Sinforosa, la pescantina que como solo trabaja hasta las 15:00 h, se conoce que esos días el marido le deja libres las tardes. Y aprovechando la circunstancia, como si se tratase de pura connivencia, mujer y marido se arreglan. Geroncio con Sinforosa, aprovechan esos ratos, para darse una alegría al cuerpo, que los permita soportar sus soporiferos matrimonios respectivos. Donde el tedio de muchos años, ha acabado con la pasión, hacéndolo por pura rutina y mantener las apariencias. Al fin, uno también se cansa de hacerlo siempre con “la misma vaca” o “el mismo toro, según sea. Probablemente, porque es cuando Domiciano también aprovecha para hacer sus escarceos con Leocadia, la frutera, con la cual se le ve siempre en actitud muy cariñosa. De ahí que se les vea a ambos con sus respectivas amigas, entrar en sus puestos al echar el cierre de las persianas. Con certeza que aprovechan ese ratito para hacerse sus arrumacos. Ya que Geroncio debe tener algún “picadero” donde se explaya con Sinforosa, la que le reporta todas esas cosas que Gertrudis le niega, como comerle la polla. Al ser mujer muy cristiana y pudorosa, lo que ha hartado al marido con ese exceso de profilaxis, de que eso le da mucho asco. Mientras que Sinforosa, lo tiene cautivo, de las buenas mamadas que le da no haciéndole ascos, como su esposa, por eso llega tarde esos días. Mientras que Leocadia, al ser viuda, se levará a Domiciano marido de Sinforosa, a su casa. Dándole a él lo que Sinforosa le niega, puesto que Domiciano le ha confesado a Leocadia que, las veces que ha intentado hacerlo por detrás con su esposa, ésta le ha dicho que ni hablar, que el culo está solo para cagar y nada más.
Está claro que la naturaleza, sabia fue, cuando hizo que sintiese ese gustirrín en al acto sexual. De forma que de una forma u otra, a todos gusta, el hacerlo. Como forma de asegurarse la perpetuación de la especie. Aunque los adelantos anticonceptivos, le hagan muchas veces trampa. Pero al fin y al cabo, al folleteo no se le escapa a nadie. Y como los refranes denotan gran sabiduría, bien cierto es, “que un matrimonio sin cuernos, es como un jardin sin flores”. Al fin y al cabo, ellos se complementan y a sabiendas o no, cada cual busca lo que necesita. Y mientras todos tan contentos, hasta que no les empiece a llegar “el olor a cuerno quemado”. Al fin y al cabo el puterío ha existido siempre a través de los tiempos, por eso no es motivo para escandalizarse.
Salve comentar, para corroborar lo dicho, que en los retretes de la tienda de Coloniales, alguien hizo un agujero en la pared que sirve de separador, entre hombres y mujeres. Sin duda para espiar, algún garañón a las mujeres cuando hacen uso de él. Que camuflado estratégicamente, no ha sido descubierto por éstas. Y así servir la escena de aliviadero eyaculatorio manual. Quizá esa sea una de las razones, por las cuales cuando se acude a hacer uso del retrete masculino, éste se encuentra casi siempre ocupado. Ya que sin duda habrá alguno, que se estará quedando vizco, de tanto mirar por el agujerito.
Al entrar por la fonda, le está esperando para un recibimiento de ánimo, Mercedes, consciente de lo duro que le está siendo a él que, en vez de hacer cuentas, se pase el día descargando sacos y atendiendo clientes.
—¿Cómo estás mi amor? —dice ella.
—Muerto de cansancio, no veo la hora de pillar la cama. —dice él.
Mercedes le sirve el yantar y tan pronto acaba, se retira a dormir, que pronto asomará un nuevo día y toca la rutina otra vez. Y así todos los días de la semana día tras día, salvo los domingos.
Por fin llega el dichoso Domingo y se disponen a dar una vuelta por El Retiro, Mercedes y Carlos.
—¿Qué piensas? —dice ella.
—Que se me está haciendo inaguantable el trabajo. —dice él.
—Te entiendo perfectamente, tú no estás acostumbrado a eso. —dice ella.
—No solo es lo físico, sino el poco gratificante que me resulta el trabajo. —dice él— No he estudiado una carrera, para descargar sacos de patatas y tener un horario tan esclavo y un sueldo tan exiguo.
—Lo sé, pero dentro de las posibilidades de mis padres, no te podemos ofrecer más. —dice ella.
—Oye, que yo no tengo más que palabras de agradecimiento con tus padres. —dice él— Pero entenderás que acostumbrado a trabajar en lo mío, con un horario de 08:00 a 15:00 h, ganando cinco veces más sueldo; cuesta muchísimo resignarse.
—Lo sé, es muy duro, lo entiendo. —dice ella— Más aún teniendo una familia a cuestas en camino.
—Él rompe a llorar, agobiado por la situación en la que se ve enfrascado.
—¿Te arrepientes de haberme conocido y de lo que hemos hecho? —dice ella.
—¡Para nada! Yo te quiero muchísimo y al hijo que estamos esperando. —dice él— Solo que me veo desbordado por la situación tan absurda, en que el destino me ha puesto.
Siguen paseando con el brazo de él apoyado sobre el hombro de ella. Para reconfortarla y transmitirle seguridad.
—Sentémonos a tomar algo. —dice ella.
—Jajaja, pero comprueba antes tu monedero, porque no tengo un duro, estoy igual que el caballero de la triste figura. —dice él.
—No te preocupes, que para unos cafés, tengo. —dice ella.
—Bien, porque hasta que no cobre mi primer sueldo, nada de nada. —dice él.
Pasan los días y la rutina sigue su curso, continuando todo su ritmo. Pero Carlos, no para de darle vuelta a sus cosas, le cuesta mucho resignarse sin luchar. Y le da vueltas y vueltas a sus pensamientos, hasta parecer que le llega a salir humo. Cada día que pasa, tiene más claro que tiene que buscar una salida a su situación. No para de darle vueltas a que tiene que buscar la forma de volver a su tiempo. El problema es, ¿cómo hacerlo?
Divagando, piensa que lo único que se le ocurre es, que solo haciendo exactamente lo mismo que le llevó hasta 1927. Volviendo a la estación de metro de Chamberí e intentar tocar el azulejo que le metió en aquél túnel oscuro con aquella luz intensa al fondo, solo que haciendo el recorrido al revés. Otra solución no ve, más que esa por pura lógica.
El gran problema está con Mercedes, de cómo la convencerá a ella para que lo intente con él. Ya que a ella le pasará exactamente lo mismo que a él, al tener que dejar su familia, su entorno y su época. Y como es obvio, no querrá, más aun al ser mujer, ya que éstas tienen un mayor apego familiar. De ahí el refrán, “cuando se casa una hija, se gana un hijo” y “mientras que cuando se casa un hijo, se pierde al hijo”. Puesto que las hijas siempre “arriman el ascua a su familia”.
Pero está claro que, lo tiene que intentar al menos. Aprovechará el próximo paseo que hagan, para planteárselo. Al fin es una decisión tan trascendental es necesario saber qué, opina ella.
Transcurren los días con la rutina soporífera que le abruma, hasta que llega otra vez el Domingo. Aprovechará el paseo que darán como de costumbre, para plantearle otra vez el tema, que ya le comentó en su día de modo hipotético.
—Mercedes, ¿tú te vendrías conmigo al futuro si fuese factible? —dice él.
—Ya hablamos de eso hace tiempo, es obvio que no sé qué contratarte, puesto que, ya solo de pensarlo me aterra la idea. —dice ella— Ya sabes, que yo no soy una mujer de mundo como tú, tan viajado. Yo no he salido más allá de Madrid y el pueblo de mis padres.
—Te entiendo, solo llegado el momento, al verte en la situación te decidirías. —dice él.
—Así es. —dice ella— ¿Por qué me preguntas eso?
—Verás, seré sincero, todo esto ha sido un cambio muy grande para mí y la verdad es, que no me veo con este panorama por destino.
—Ya, ¿entonces qué te planteas? —dice ella.
—Esa es la cuestión, que soy un mar de dudas. —dice él— Empezando porque tendría que encontrar la forma de salir del pasado.
—Y por supuesto, que tú estuvieses dispuesta a arriesgar conmigo. —dice él.
—Ya, ¿o sea que yo soy muy importante para ti? —dice ella.
—Por supuesto no lo dudes, lo sois los dos. —dice él.
Con la mirada perdida, parecen divisar el Palacio de Cristal, como buscando evadirse de esos pensamientos que solo hacen que atormentarles. Mientras pasean agarraditos, como enamorados que están.
—Cuanta hermosura en esa estructura de hierro y cristal. —dice él.
—Así es, por eso siempre que vengo a El Retiro, vengo a visitarlo y nunca me canso de hacerlo. —dice ella— Aunque he venido muchísimas veces, cada vez que vengo lo veo diferente. Será porque es un paraíso de paz, en medio de la jungla de ruido en una ciudad.
—Supongo que no somos la única pareja en admirarlo. —dice él.
Enfilando por la calle de Alcalá, en dirección a Sol va la pareja de jóvenes con sus dudas e inseguridades, como la vida misma. Al fin todos tenemos problemas, unos más y otros menos, pero nadie se escapa a ellos.
—¿Sabes ya algo sobre el padre Hermogenes? —dice Carlos.
—Si, tenemos que ir hoy a las 18:00 h para hablar con él, supongo que serán los retoques finales antes de la boda. —dice Mercedes.
—Solo espero que no nos acribille otra vez apuntándonos con su dedo inquisidor. —dice él.
—No seas malo, ya sabes cómo es, es un padre conservador y de avanzada edad. —dice ella.
Llega la hora fatídica para Carlos, toca armarse de paciencia y aguantar estoicamente el último chaparrón. Mercedes le recomienda que tenga paciencia.
—Buenas tardes padre Hermogenes. —dicen ambos.
—Buenas sean en nombre de Dios, hijos. —dice el cura.
—Se acerca la hora de celebrar la unión cristiana ante Dios con el matrimonio. —dice el cura— Por eso es muy importante que os mostréis profundamente arrepentidos, por haber atentado contra uno de los preceptos más sagrados de la madre iglesia, al atentar contra la castidad. Qué sería sino el matrimonio, si estuviese basado en fornicar. El acto solo tiene excusa, si es para la concepción de hijos, dentro de lo más sagrado.
—Hijos míos, no os dejéis arrastrar por el vicio, la lujuria y perversión. No os arrepintáis el día de mañana, cada vez que miréis a vuestros hijos, que en lugar de ser engendrados dentro de la sagrada familia, fueron producto del pernicioso vicio de un momento de debilidad carnal. —dice el cura.
—A Carlos, ya le llega a salir humo de las orejas, de tener que aguantar esa sarta de sandeces, donde todo lo que hace una pareja es puro vicio libidinoso.
—Hijos, cuidad de vuestra pureza, no dejéis que satanás os vuelva a tentar debiltandoos con la carne. —dice el cura.
—Carlos le mira fijamente (hay que ver que pedante es). “Y dale la burra al trigo”, se repite más que el ajo.
—Pero Hermogenes está lanzado… ¡Por tu culpa lo mataron!
—¡Por tu culpa lo crucificaron! …Y Hermogenes continúa con su incontinencia verbal.
—Carlos, mientras le mira (piensa, hay que ver que plasta es).
—Mientras Mercedes, le mira fijamente como si estuviese abducida por Hermogenes, enmudecida totalmente.
—Ufff…la homilía de Hermogenes toca a su fin. (Vaya suplicio, parecía el nunca acabar). —dice Carlos.
—Sálveme Dios, parecía que hoy estaba más locuaz que nunca, con tantos loores hacia la madre iglesia, (le ha dado fuerte). —dice Mercedes— Por un momento llegué a pensar que había almorzado lengua.
—Sí, con ese dedo apuntándonos sin parar, que parecía que nos iba a sacar un ojo. —dice Carlos— Nada que ver los curas de mí tiempo, con el petardo éste.
—Tenemos que ir al sastre para encargar tu traje Carlos. —dice ella— Aprovecharemos el Lunes para ir a la sastrería de Praxedes.
A la salida de los coloniales está Mercedes esperándolo. En busca del sastre van, para tomarle medidas.
—¿Don Carlos, usted de qué quiere ir de Chaqué o Pingüino?
—Don Praxedes, por favor, con una americana es suficiente, a mi no me van esas cursilerías.
—Como guste, paso a tomarle medidas. —dice el sastre.
—¿Y tú Mercedes, qué vestido llevarás? —dice Carlos.
—Yo levaré el vestido de boda de mamá, lo tiene impecable y me hace mucha ilusión. —dice ella.
—¿No será un poco antiguo? —dice él.
—No, es el vestido clásico de siempre. —dice ella.
—¿Y dónde celebraremos el enlace? —dice él.
—Iremos a un merendero de un conocido de mi padre junto al arroyo en Guindalera. —dice ella— Que como es Verano y hace mucho calor, allí los comensales estarán fresquitos. Puesto que tiene un frondoso pomar.
—Bien, entonces está todo organizado para la boda. —dice Carlos.
—Sí, pero vamos a tener un problema, que Carlos no tendrá familiares, amigos y conocidos. —dice ella— Ya que están en el futuro.
—Invitaré a compañeros del trabajo, a algunos camareros y gente que conozco del Mercado, con los que tengo amistad. —dice él— Así harán bulto por mi parte.
—Muy bien, dicen los padres de ella, gente para hincar el diente no va a faltar.
—Exacto, somos gente que todo lo celebramos con pantagruélicas comidas. —dice Carlos.
—Jajaja… somos unos tragones, todo se celebra con la panza llena. —dice Mercedes.
Parece que por fin, todo se va encarrilando y el día de la boda está próxima y el dueño de la tienda de Coloniales, tiene el detalle y libera a Carlos de ir a trabajar durante tres días Sábado, Domingo y Lunes. Él le comenta que poquito tiempo tendrán, ya que en su tiempo corresponden 15 días. Mercedes, se muestra sorprendida con tantos días.
Aprovecharán para ir a Aranjuez, alquilando una habitación nupcial, regalo de Prudencio a su hija, por dos noches en un hotel, para su luna de miel. Ella está muy contenta, ya que por fin conocerá el palacio y los jardines. A su vez, para Carlos no resulta ninguna novedad, ya que está harto de ir.
La boda será el Sábado en la iglesia de San Ginés de Arlés a las 12 h. De allí los comensales se marcharán al merendero en el Tranvía 19 San Francisco—Prosperidad. Los novios para la ocasión, han alquilado un taxi, también regalo de los padres de Mercedes, que les llevará hasta donde se celebrará el convite.
Llega el día tan esperado de la boda, a la puerta de la iglesia está, arremolinada toda la comitiva, aguardando la llegada de los novios. Aparece un taxi todo engalanado, de donde desciende Prudencio del brazo de su hija, flanqueada ésta por Restituta, la madre. Ya que Carlos al no tener familia para el evento, no pudo aportar ningún padre como padrino de boda.
Empiezan a entrar los invitados, para tomar asiento en los bancos de la iglesia. Y como es obvio en todas las bodas, empiezan a oírse los cuchicheos despotricando, mientras el cura celebra la misa. Oyéndose que si la chica está más rellenita de lo normal, que si asoma una tripita de preñada; etc. O sea que la gente está más pendiente de “cortar trajes” que de la misa en sí.
Acabada ésta, salen al revuelo los comensales, con su ansiedad por tripear. Buscan ser los primeros, para sentarse en lugar preferente, para asegurarse que al pasar las fuentes con los manjares por delante, no lleguen éstas escasas por estar los últimos, de la mesa. Ya que sus fauces, están prestas para triturar y así engullir los alimentos para calmar esos ruidos estomacales, ya que más de uno, seguro que lleva algunos días de ayuno, reservándose, para deglutir todo lo que pase por delante de sus mandíbulas.
Siguiendo el guion, algunos empiezan a hacer comentarios deleznables sobre la minuta del evento, como suele pasar en todas las bodas; eso sí, sin parar de masticar. Pues, por esas bocas procaces, solo saldrán exabruptos, pero el movimiento haciendo ruidos impropios al masticar, no les importará.
Siendo un poco observadores, aunque es época estival, algunos han venido con prendas de vestir impropias de la estación, pero con muchos bolsillos donde ocultar disimuladamente, raciones de los manjares.
Finaliza a eso de las 19:00 h el festín deglutativo y con los platos y bandejas totalmente arramplados, los comensales se van marchando con las correas de los pantalones desabrochadas o las cremalleras de las faldas bajadas por no cerrar en la cintura.
Los novios se despiden de los padres y algunos amigos rezagados. Llevándoles el taxista hacia la estación de Atocha, donde cogerán el tren, destino Aranjuez. Haciendo en poco más de una hora el trayecto el tren.
Al llegar ya anocheciendo, Mercedes se queda embelesada con el hotel. Todo iluminado con las farolas, que en la nocturnidad hacen resplandecer la blancura del hotel. Comprobando el lujo de sus instalaciones, con una suite repleta de espejos y con sus luces tenues de sus apliques. Acostumbrada a la fonda de sus padres. Una enorme cama de matrimonio preside la habitación, con su cabezal de barrotes dorados.
Carlos se abraza a Mercedes y se dejan caer sobre su preciosa colcha morada con ribetes blancos, sintiendo su mullido colchón. Se miran fijamente, dándole Carlos un dulce beso en sus labios, que ella entreabre para fundirse con los de él. Hagamos que estos dos días que tenemos, sean eternos.
Poco a poco se van desprendiendo de las vestimentas, fijándose él, en el color nacarado de su cuerpo en contraste con el ambiente de penumbra. Parece el cuerpo de un ángel, con su halo alrededor resplandeciendo. Las manos de él acarician con suma suavidad su piel, que reacciona al estimulo erizándose toda como si fuese un guante de terciopelo. Mientras su boca desciende de su nuca hasta alcanzar sus pezones, que totalmente erectos apuntan arriba como flechas. Jugueteando con ellos succionándolos delicadamente, provocándole un escalofrío a ella. En ese descenso vertiginoso, ella siente como su vulva es profanada por su boca, que dándole lametazos le hacen sentirse rehén del deseo al tiempo que sonrojada por una sensación nueva para ella, que le aturde al sentir una reacción novedosa de su cuerpo. De repente percibe que él se reincorpora de la cama y desprendiéndose del calzoncillo, comprueba como su pene esta totalmente en ristre. Volviendo a apoyarse sobre ella, sintiendo cual ariete como algo se abre paso en su vulva, con movimientos intensos pero cadenciosos a la vez. Sin entender muy bien lo que pasa, siente como se empapa su vagina, oyéndose el chasquido, cada vez que su glande hace tope a cada embestida. Todo le resulta novedoso y se deja llevar por ese placer tan intenso que le sobreviene del frotamiento de sus sexos, cerrando los ojos, como para saborearlo mucho más. Viéndose sorprendida cuando no asustada, al sentir como él suelta un grito al tiempo que se aprieta contra ella, mientras la hinca totalmente, expulsando con fuerza los chorros de semen que le bañan sus entrañas.
Permanece en estado de quietud por unos instantes posado sobre ella, lo que le permite percibir el latido acelerado de su corazón a ella. Exhausto se reincorpora, tumbándose a su costado, manteniendo el vínculo de sus manos entrelazadas.
—¿Cómo te has sentido? —dice él.
—Aunque ha resultado novedoso, este mundo de sensaciones, ha sido maravilloso. —dice ella.
—Me alegro que así haya sido, puesto que ha sido reciproco. —dice él.
—Para eso es muestra “Luna de Miel”, ¿no? —dice ella.
Al día siguiente, después de haber dormido a pierna suelta, después de haber dado rienda toda la noche a los instintos carnales se van a visitar los jardines y el palacio de Aranjuez. Admirando toda la belleza exuberante del entorno regio y exprimiendo al máximo su corta “Luna de Miel”.
Llega la noche, que será la última antes de volver a Madrid y la pasión de sus cuerpos jóvenes se desata en un voluptuoso frenesí, inundando la habitación de jadeos y gemidos. Seguramente si tuviesen más edad, les cortaría solo la idea de que les pudiesen oír, pero el deseo brota a borbotones de sus cuerpos, importándoles un bledo si les oyen o no, en sus manifestaciones amorosas. Por eso los gritos ahogados orgásmicos pueblan la habitación hasta el amanecer.
Llega la hora del amanecer y han de prepararse para el retorno, hay que volver a la rutina del día a día, bajan de la habitación para desayunar, ya que tienen que preparar sus maletas para ir a coger el tren de regreso a Madrid.
Como todo lo bueno, nos resulta efímero, miran hacia atrás, como tratando de retener en sus retinas, la imagen bucólica del hotel a medida que se van afastando, como tratando de llevarse el recuerdo de esas dos noches.
Han llegado a Atocha, se ha diluido la magia de esos dos días, cogen un taxi que les llevará hasta la calle Arenal y entran por el portal que les llevará a la fonda, que pasará a ser también su casa de casados, a partir de ahora.
Los padres de Mercedes, les preguntan todo efusivos, qué tal se lo han pasado.
—Muy bien, que bonito es Aranjuez. —dice la hija.
—Don Prudencio ha sido fantástico. —dice el yerno.
Restituta, les ha acondicionado la habitación que será la de ellos, la que antes fue de su marido y ella.
—Que bonita mamá, está muy bonita. —dice la hija— Parece que el cambio de ajuar, le ha dado un aire totalmente nuevo, como si estuviésemos en otra casa. Muy ilusionada se muestra Mercedes, al contemplar como han situado en una esquina de la habitación, la cuna donde descansará su hijo cuando nazca. Con su ropita, sábanas, toallas y picos apilada en su interior.
Hay que volver a la cruda realidad, sobre todo para Carlos, ya que mañana le espera la tienda de Coloniales, con los sacos aguardando su llegada.
Mientras hacen el yantar, Carlos y Mercedes hablan a solas de su nueva vida de casados. No descartando él, que aún le sigue dando vueltas a cómo volver a su época. Siendo totalmente sincero con ella, al explicarle que él ha sido consecuente con su compromiso con ella, ya que se ha casado y va a reconocer al hijo que está por venir al mundo. Cosa que ella manifiesta su agradecimiento.
Pero por ende, también le explica, que aunque pueda parecer egoísta, ella también debería plantearse intentar a volver con él al futuro. Donde todo son comodidades, en relación a 1927.
—¿Te das cuenta lo que me estás pidiendo? —dice ella— Sería no volver a ver a mis padres nunca más.
—Ya, pero también deberías plantearte que lo mismo me pasará a mí. —dice él— Además, párate a pensar en esos montones de parejas que se han marchado a América y que han dejado sus padres atrás y que no volverán nunca más a verlos.
—Lo sé pero yo es que estoy muy apegada a ellos. —dice ella.
—Además, en este caso está claro que uno u otro debe renunciar, pero es que yo tengo mi trabajo allí, lo que nos permitirá vivir con una serie de comodidades y lujos que aquí serán impensables. —dice él— Ya que estarás conmigo que no es lo mismo, descargar sacos que realizar gestiones en un banco.
—Si yo te entiendo, pero piensa en mi postura. —dice ella.
—Además, pensando en tu hijo, los adelantos médicos de mí época, evitarán que él pueda ser víctima de la elevada tasa de mortalidad que hay por tuberculosis y enfermedades infecciosas hoy en día. —dice él— Eso por no hablar de la cantidad de mujeres que mueren por el parto, cuyo riesgo es casi cero en mi época.
Ella se queda muda, pensativa con sus palabras. Que podrán sonar chantajistas, pero que a la hora de velar por la seguridad de su hijo, no hay límites cuanto a sacrificios.
—¿Nos vamos a la cama? —dice él— Que mañana me espera un día durísimo, para volver a adaptarme a la cruda realidad.
—De acuerdo, vamos. —dice ella.
Dormir se ha transformado para Carlos, como la forma de tratar de huir de la cruda realidad que tiene. Al no saber como solucionar esa situación que tanto le angustia. Por eso, cada vez que se mete en cama, es un momento de paz, que le gustaría que durase eternamente, ya que es su único momento de evasión.
A veces, hay determinados momentos en la vida, en que se viven situaciones tan angustiosas, que la persona, llega a plantearse quitarse de en medio. Ya que no ve otra salida.
Acurrucado contra Mercedes, busca cerrar los ojos cuanto antes, para aprovechar al máximo el tiempo de dormir.
Suena el despertador, que con sus dos campanillas arriba parece trotar sobre la mesilla, de como tiembla, hasta caerse al suelo. Carlos lo recoge, lo mira y las manillas señalan las 06:00 h de la mañana, dándose la vuelta para seguir durmiendo.
—Eh despierta hombre, que el trabajo te espera. —dice ella.
—Déjame un ratito más. —dice él.
—Ni un ratito ni nada, levántate que la obligación te espera.
Carlos llega justo a la hora de abrir, recibiendo las felicitaciones de los compañeros. Enhorabuena hombre casado. Ahora empezarás a echar la tipica tripita de los casados. Gracias, les contesta poniéndose el batín. Al tajo Carlos, le dice su compañero de tienda, que los sacos nos esperan. Y sacando fuerzas de donde no las hay, empieza la descarga junto a Primitivo, que con la práctica de los años, para él “es pan comido”. Una vez finalizada la descarga, vuelve a la tienda, todo empapado de sudor. Y Lolita una de las dependientas, bromea con él diciéndole, estás más empapado que un niño meado. Vete a asear un poco hombre y cambiate de batín.
Acude al lavabo para asearse, presentándose otra vez pulcro en el mostrador. Donde Lolita le dice, ahora si estás decente, para despachar.
Mientras en la fonda, Mercedes ayuda a la madre con los quehaceres. Y así continua la vida de los recién casados. Van pasando los meses y el alumbramiento de Mercedes, se va acercando.
Es Domingo y Carlos y Mercedes salen a dar un paseo por el parque de la Bombilla. Mientras caminan plácidamente, Carlos no ve el momento de cómo decírselo. Ya que esa indecisión, le consume por dentro, al estar atrapado en una situación tan embarazosa. Pero tiene que afrontar la situación, aclarándola de una vez.
—¿Has madurado lo de venirte conmigo a mi época? —dice Carlos— Tal como lo habían hablado hace tiempo.
—Sigo indecisa, no sé qué hacer. —dice Mercedes.
—Bueno, pues yo voy “a poner las cartas en la mesa”. —dice él— Atiéndeme bien lo que te voy a explicar.
—Yo sintiéndolo mucho y habiéndole dado muchas vueltas, he decidido que volveré a mi tiempo, solo tengo que buscar el modo. No me voy a quedar en el empleo del Mercado, estoy harto de aguantar ese trabajo, tratando con gente ordinaria, que pareces más su esclavo que su empleado. Yo entiendo, que el que no ha conocido otra cosa, lo vea como algo normal. Pero yo he trabajado en otro ambiente laboral, es pasable que uno se pueda adaptar de un empleo malo a uno bueno. Pero al revés, no. Y no voy a resignarme a estar ganando mucho menos de sueldo de por vida, con un empleo que no me aporta nada, que estar en el despacho del Banco, con un trato exquisito y sin tener que oír vocear a las personas verduleras.
Por lo tanto el poder de decisión está en ti, de poner en la balanza que tu hijo tenga un mejor porvenir, tu marido, un buen empleo, un sueldo mucho mejor, los adelantos médicos y una vida llena de comodidades, como tener una máquina que te lava la ropa, un aparato llamado nevera que conserva los alimentos; etc, etc. A cambio de dejar atrás tus padres, como han hecho tantos emigrantes, que se marcharon a América.
—Ya pero entiéndeme, yo estoy muy apegada a ellos y eso significará no volver a verlos jamás, ni tampoco conocerán a su nieto. Se me hace muy dolorosa, solo la idea, por eso soy incapaz de darte una respuesta.
—Yo entiendo todo lo que me dices, pero hay momentos en la vida que son así de cruciales y no hay más tiempo para titubeos.
—Venga, ya seguiremos hablando de eso, que mi madre nos está esperando para almorzar y hoy ha hecho algo por lo que te rechupeteas los dedos. —dice ella.
—¿Qué es? —dice él.
—Pues ha preparado unas fuentes bien generosas de Entresijos, gallinejas y zarajos. —dice ella.
—Humm… que exquisitos manjares. —dice él— ¿Cómo podrá haber gente que diga que el olor que desprenden, tira para atrás? Si solo la fritanga de las patatas en dicho aceite, es una auténtica delícia. Quizá sea, porque los muy castizos lo tenemos como el plato más popular de Madrid.
—Todo hay que decirlo, que hay que comerlos con mesura, si no quieres que el colesterol se te dispare. —dice Carlos— Menos mal que en 1927, nadie sabía qué era eso, pudiendo degustarlos sin ansiedad de que su abuso, puede ser perjudicial para su salud.
—Ufff que ricos están acompañados de sus patatas fritas, más una generosa ensalada. —dice Carlos.
—Pues démonos prisa, que si perdemos el tranvía de ahora, no llegaremos a la hora. —dice ella— Para degustar dichas delicias.
Carlos, después de disfrutar de tan delicioso almuerzo, se echa la siesta, para aligerar el estómago, ya que lo tiene a reventar. Después de la plácida siesta, se dispone a ir a la estación de metro de Chamberí, para intentar probar si encuentra el azulejo del anunció que le teletrasportó a 1927. Pues tiene que ser la única forma de regresar a su tiempo. Otra forma no puede haber, más que hacer el camino a la inversa. Calcula hacer el experimento a última hora, antes de cerrar la estación de metro. Para que nadie le vea y se vaya a extrañar si le ven acariciando los azulejos. Creyendo que es un loco escapado de algún manicomio.
Llega el día escogido y 15 minutos antes del cierre, empieza a tocar los azulejos, recordando más o menos a que altura quedaba. Va toqueteándolos y empieza a ponerse nervioso, de que no lo vaya a encontrar y se vea fracasado su intento. Cuando ya se daba por resignado, de no encontrarlo, de repente se ve otra vez en el túnel que le había traído a 1927. Temeroso, empieza a hacer el recorrido que le lleva a la otra extremidad con una luz muy intensa al fondo, temeroso llega hasta ella, comprobando que se encuentra la estación, en el mismo estado de desuso que cuando vino a visitarla. O sea no hay duda ha vuelto a su época, se asoma a la salida y el encargado le avisa que van a cerrar en cinco minutos. Se excusa con él, de que se ha olvidado algo, que vuelve en seguida. Y como esta vez si había apuntado mentalmente que el azulejo en cuestión estaba justo debajo de la letra S de la palabra cementos, lo encuentra en seguida, presionándolo, ya que tiene que volver a 1927 a buscar mujer e hijo. Viéndose otra vez en el dichoso túnel oscuro, otra vez se dirige a la luz intensa que hay en la otra extremidad del mismo.
Vuelve a asomarse a la dichosa estación otra vez, pero ahora otra vez en 1927. De regreso a la fonda, al acostarse, le comenta a Mercedes, que tiene que contarle algo muy importante.
—¿Qué es? —dice ella.
—He descubierto hoy la forma de volver a mi tiempo. —dice él.
—¿No me digas? —dice ella— ¿Y cómo es eso?
—Pues que he dado con el azulejo que me permite teletrasportarme en el tiempo. —dice él— He vuelto a salir a la estación de metro de Chamberí de mi época.
—Vaya, no pareciendo nada ilusionada. —dice ella.
—O sea que ya tenemos la forma de irnos los tres al futuro. —dice él.
—Asiente ella resignadamente, bien.
—Tenemos 22 días de aquí a fin de mes, para volver a mi tiempo. —dice él— Como quiero quedar bien con tu padre, avisaré unos días antes, que dejo el empleo, en la tienda de Coloniales.
—Ya, pero Geroncio el dueño se lo dirá a mi padre. —dice ella— ¿Qué explicación le daremos a mis padres?
—Pues creo que lo mejor es decirles, que nos vamos a los Estados Unidos, al fin yo ya estuve allí. —dice él— Así no será tan traumático, que decirles que nos vamos al futuro. Cosa que aunque se lo hemos comentado, no lo han entendido. Ya que se les escapa a su raciocinio, dentro de su nivel cultural.
—Ufff… que papelón. —dice ella.
—Lo asimilarán mejor en la distancia, al ser un lugar muy lejos. —dice él— Que ser crueles y decirles la verdad, de que nos vamos al futuro y que no nos volveremos a ver nunca más.
—Pero tampoco les podré escribir una carta que les llegue ni ellos a mí. —dice ella.
—Ya, pero no nos queda otra, porque estaremos en España aunque en dos espacios temporales diferentes. —dice él.
Ella rompe a llorar, solo de hacerse a la fija idea de que, será como si sus padres hubiesen fallecido y que en el futuro lo único que podrá visitar es la sepultura del cementerio de la Almudena, donde yacerán ambos junto a los abuelos paternos, que en su día su padre alquiló por 99 años, con motivo de enterrarlos. El tiempo de la sepultura llamada “perpetua”, ya está calculado para que, cuando venza el plazo, ya no quede ningún descendiente y en caso de quedar, éste ya no tendrá ni idea de que tiene un antepasado enterrado allí.
No se hace a la idea, con lo apegada que está a ellos, ya que al no ser una mujer ambiciosa, le da todo igual, lo preponderante para ella, es la familia. Ya que su mundo es pequeñito, ya que solo ha conocido Madrid y el pueblo de sus padres Colmenar Viejo, además de Aranjuez, con motivo de su boda. No siente la necesidad de conocer más mundo.
Les diremos que cogemos el tren para ir a Barcelona y desde allí el trasatlántico que nos llevará a Estados Unidos.
—Tú como quién no quiere la cosa, vete trabajando a tu madre, para que así, cuando les demos la noticia, el impacto no sea tan fuerte. —dice Carlos— Que ella se encargará de decírselo a tu padre.
Los días siguen su curso y solo falta que llegue el día de la partida. Ya que cada día en la tienda de Coloniales, se le hace eterno a Carlos. Llegándo casi a máscarse el ambiente tenso y de inquietud en su comportamiento.
Y la verdad es, que lo que en un principio le resulto simpático y pintoresco, ahora no ve la hora de dejar todo atrás. Quedándole muy claro, que toda esa idealización de viajar al pasado o futuro, no pasa de una ensoñación momentánea. Ya que en cuanto se pasa la novedad, empiezas añorar tu tiempo, con sus costumbres y hábitos y tu gente. Pues adaptarse a vivir fuera de tu época, el tiempo te demuestra que es inviable.
—Mamá, Carlos tiene un amigo en Estados Unidos, que le ha ofrecido una oferta de trabajo muy tentadora. —dice la hija.
—Vaya, ¿no estaréis pensando dejarnos? —dice Restituta.
—Mamá tienes que entender que él tiene que labrarse un porvenir. —dice la hija— Al igual que han hecho millones de personas en todo el mundo. La emigración, no es algo nuevo de ahora. Existió, existe y existirá siempre.
—Si yo te entiendo hija, solo que me apena, separarme de vosotros. —dice la madre— Aunque sé que es algo natural en parejas jóvenes.
—Bueno, tú vete preparando a papá para que no le coja de sopetón. —dice la hija.
Falta una semana para acabar el mes y Carlos habla con Geroncio, el dueño de la tienda de Coloniales.
—Don Geroncio, tengo que contarle algo importante. —dice Carlos.
—¡Pues tú dirás! —dice el dueño.
—Es para avisarle, que al final de este mes, dejo el trabajo. —dice Carlos.
—¡Vaya y eso! ¿No estás contento con el trabajo? —dice el dueño— ¿O te ha aparecido algo mejor?
—No se trata de eso señor, sino de que me marcho a trabajar a Estados Unidos. —dice Carlos— Me ha surgido una gran oferta a través de un amigo.
—Bueno, me apena perderte, ya que te tengo mucho aprecio, pero también soy consciente que es algo innato en el ser humano, buscar mejorar. Así que solo me queda desearte suerte en el nuevo empleo.
—Muchas gracias don Geroncio. —dice Carlos— Despídaseme por mi de todos los conocidos que tengo en el Mercado, son tantos, que me sería materialmente imposible hacerlo con todos.
—Descuida así lo haré. —dice el dueño.
Llega a casa Prudencio y le dice a la esposa… Restituta, ¿tú sabías algo de que los chicos se nos van a los Estados Unidos? —dice Prudencio— Porque me lo ha comentado Geroncio, de que ya le ha avisado que, deja el empleo a fin de mes.
—Algo sí, esperábamos contártelo hoy. —dice la mujer.
—Vaya que disgusto marchárseme mi hija, mi nieto y mi yerno. —dice el esposo— Pero al final, es ley de vida, otros lo hicimos antes.
—Eso, hay que verlo con positivismo, van a mejorar de vida. —dice la esposa.
—Por supuesto. —dice el marido— Pero duele saber que se van tan lejos unos seres queridos.
A la hora del almuerzo, con las viandas aún humeantes están todos reunidos, para ultimar los detalles de su viaje.
—Papá, como bien te ha comentado mamá, ya sabes que nos vamos a Estados Unidos. Buscando un porvenir mejor, como han hecho millones de personas en la historia.
—¿De qué va a trabajar Carlos allí? —dice Prudencio.
—Don Prudencio, trabajaré en un banco, por mediación de un amigo. —dice Carlos.
—¿Y usted se entenderá con ellos? —dice Prudencio.
—Si señor, hablo perfectamente inglés. —dice Carlos.
—¿Y cómo viajaréis hasta allí? —dice Prudencio.
—Iremos en tren hasta Barcelona y desde allí en barco a Nueva York. —dice Carlos.
Se acerca el día del viaje y Restituta, agencia un baúl, donde meter el ajuar y las cosas más personales de la hija. Metiéndole una nota escrita en medio de la ropa.
“Querida ija tu madre te querra siempre acuerdate siempre de tus padres no te olbides de tus padres aunque estes lejos. Con mucho cariño tus padres”.
Mañana es el día de la partida y Mercedes está muy nerviosa, con el corazón en un puño, ya que ella si sabe la verdad que no ha dicho a sus padres. Se dispone a escribirles una carta a éstos, contándoles toda la verdad.
Querida mamá te escribo estas líneas, para contarte toda la verdad. No nos vamos a ir a Nueva York, en realidad nos vamos al futuro, donde Carlos tiene su empleo en el Banco de España. Como ya explicamos en su día, aunque sé que esto no lo conseguís entender. Ya que ni lo entiendo ni yo. Pero yo confío en mi marido. No sé, si no volveremos a vernos algún día. Pero también soy consciente de que no puedo sacrificar el futuro de Carlos, estudiado como es, trabajando en una tienda de Coloniales. Sois unos padres maravillosos, pero la vida te pone en estas tesituras en que obligatoriamente tienes que decidirte. No creas que para mi es fácil tampoco. Pero verte entre la espada y la pared, no creo que sea la única. Soy consciente que todo esto es muy difícil para ti también; por eso me entenderás si te hubieses visto con papá en la misma situación. Tener una certeza, pase lo que pase siempre os llevaré en mi corazón.
El destino proveerá, besos.
De tu hija Mercedes
Metiendo la carta en un sobre, la introduce entre las sábanas que cambiará su madre de la cama suya, cuando toque.Así por lo menos, no alimentará falsas esperanzas a sus padres, con algo que no ha tenido el valor de decírselo a la cara. Ya que es muy duro, decirles a tus padres que no los volverás a ver nunca más.
Muy temprano, tal como había acordado con Carlos, se marcharán dejando el baúl que le preparó su madre, ya que bastante tendrán con lograr el cambio del espacio temporal ambos. Sin despedirse de nadie, ya que querrían acompañarles a la estación del tren con el baúl, cuando en realidad van a la estación de metro de Chamberí.
Mercedes, le deja una nota a su madre en el recibidor, diciéndole que se lo explica todo en una carta que le ha dejado entre las sábanas de cambio de su alcoba. Al tiempo que echa una última mirada de su casa antes de salir por la puerta, como queriendo retenerla en la retina como último recuerdo.
Carlos le dice, Merceditas date prisa o sino llegaremos los primeros a la estación, nada más abrir. Ya que en seguida habrá un gentío de gente. Y no podemos encontrarnos con nadie que nos entorpezca el acceso al azulejo dichoso, que será nuestro pasaporte al futuro.
Con cara llorosa, Mercedes le sigue sin rechistar. Van con paso apurado caminando por la acera, con la mirada fija de Mercedes en el suelo, como el reo que marcha al patíbulo. Como si fuese contando los baldosines de éste.
—¿Qué te pasa? —dice Carlos.
—Nada, pero creo que es entendible, que me sienta rara. —dice Mercedes.
—¿Te arrepientes de lo que vas a hacer? —dice él.
—No se trata de eso, sino que es una mezcla de todo, asustada, nerviosa, angustiada; etc. —dice ella.
—Te entiendo, pero ya verás como todo saldrá bien. —dice él.
Llegan a la escalinata de la Estación de Chamberí, antes de la hora de abrir y se apostan al lado de la puerta, para entrar los primeros, nada más abra. Él percibe la tensión en ella, por la forma como le aprieta la mano. Mientras esperan, él trata de distraerla, para que no se tense tanto. Sé que estás nerviosa, lo entiendo, ya que lo que vas a vivir es algo de película de ciencia ficción.
Por fin, se acerca el jefe de la estación de metro, para abrir la puerta, sintiéndose el tintineo del ruido de llaves, percibiéndose el sonido cada vez que da una vuelta al juego de la cerradura.
Les da paso el jefe de la estación, caminando hacia la ventanilla donde se dispensan los billetes, deme dos, por favor. Pasan el torno, donde un revisor le pica los billetes.
Empiezan a descender las escaleras, que a Mercedes se le hacen eternas. Fijándose en todos los anuncios que hay pintados en los azulejos hasta llegar al andén. Mientras lo recorren, tiene ella la sensación, como si no tuviese fin, hasta que van pasando los anuncios pintados a modo de mosaico sobre los azulejos, como el de Café Torrefacto La Estrella, Lámparas Philips, Reloj Longines, Aguas Minerales de Carabaña, Perfumería Gal, Almacenes Rodriguez, El Trust Joyero, Cemento Portland Iberia; etc. En este último, sobre el azulejo que tiene encima la letra S es dónde debe tocar Carlos.
—¿Estás preparada? —dice él.
—No sé. —dice ella.
—¡Tienes que ser Valente! —dice él.
—Tengo miedo. —dice ella.
—Ya verás como todo es mucho más sencillo de lo que crees. —dice él— Solo tienes que agarrarte fuerte a mi brazo.
—Enmudecida, le mira con cara de aprensión.
—¿Preparada? —dice él— ¡Ahí va!, presionando el azulejo en cuestión.
—En ese mismo instante, ella le dice…lo siento, no puedo, soltándose de su brazo.
Carlos, sin apenas haber tenido tiempo para reaccionar, se encuentra otra vez en el túnel oscuro con la luz luminosa al fondo. Camina desolado por lo que acaba de sucederle. No entiende nada de la reacción de Mercedes, si lo habían hablado, más que retehablado. Y en el último instante eso. Ha dejado una mujer e hijo atrás, no se lo explica, solo consigue suponer que en el último instante le pudo más el temor de dejar a sus padres, su entorno y su tiempo, que apostar por un futuro desconocido. Al fin, duele saber que apostando así, lo único que perdía era el marido. Pero, en fin hay que admitir el orden de prioridades, aunque el destino me haya reservado el último lugar. Al fin constatas que la sangre tira más, de forma que en casos extremos, ellas siempre tirarán primero por el hijo, después por los padres y en último, esa persona que dicen amar pero que al fin y al cabo es un forastero no consanguíneo.
Bueno ya tendrá tiempo de darle más adelante vueltas a ese asunto. Ahora su prioridad es ir al Banco de España, a interesarse por su situación laboral, después de tanto tiempo. Al verle sus compañeros, se quedan atónitos después de tanto tiempo desaparecido. Interrogándole, ¿pero dónde te has metido hombre? Si te habían dado por desaparecido en el Banco.
—Sé que lo que os voy a contar, no os lo vais a creer y me vais a tomar por loco. —dice Carlos.
—¡Explícate! —dice Luis.
—Pues veréis, todo empezó con un paseo por la calle Luchana…
—Venga hombre, qué me cuentas. —dice Manuel.
—¿Quién se va a creer esa milonga de que viajaste al pasado? —dice Julio.
—Vamos hombre, nadie se va a creer eso, lo primero que pasará será que el director te meterá en un psiquiátrico, creyendo que has perdido el juicio. —le dicen los compañeros.
—Así que invéntate otra historia más creíble. —dice Luis.
—Pero es que es la pura verdad. —dice Carlos.
—Los compañeros de trabajo se empiezan a mirar entre sí, empezando a dudar del estado de cordura de Carlos.
—Apercibiéndose de ello, les dice Carlos, ¿debo mentir entonces?
—Tú verás macho, pero cualquier historia será más creíble. —dice Manuel.
—Que sepas que el director presentó denuncia en comisaría de tu desaparición. —dice Luis.
Se acerca a casa Carlos, timbrando en la puerta le abre su madre. ¡Pero hijo mío!, ¿dónde te habías metido? —dice la madre— Llorando le dice, tu padre y yo creíamos que habías sido víctima de algún desalmado malhechor, llegando a darte por muerto.
—Ya ves que no ha sido así mamá. —dice Carlos— Es una historia muy complicada de explicar.
—Ya, qué alegría, al menos estás vivo, de vuelta. —dice la madre— A la hora del almuerzo, nos lo tienes que explicar a tu padre y a mí.
—Así haré con sumo gusto. —dice Carlos.
Llega la hora del almuerzo, personándose el padre en casa. Abre la puerta al timbrar en la puerta, la madre con los ojos vidriosos.
—¿Sabes a quién tenemos Ernesto? —dice la madre.
—Pues no. —dice el padre.
—Nuestro hijo, por Dios. —dice la madre.
—¡No me digas! —dice el padre— ¿Dónde está?
—En la sala de estar. —dice la madre— ¡Vamos!
—Hijo míooo… —dice el padre— ¿Dónde te habías metido?
—Hola papááá… —dice el hijo— Dándose un abrazo fortísimo.
—Ahora os lo cuento, veréis, lo que os voy a contar, os va a parecer una película de ciencia ficción. —dice el hijo— Pero tenéis que creerme, ya que es la pura verdad.
—¡Cuenta!, ¡cuenta! —dice la madre.
—Pues veréis, me fui a dar un paseo por la calle Santa Engracia, aburrido como estaba, me metí para conocer la estación fantasma de Chamberí y admirando los anuncios antiguos que hay, se me ocurrió tocar un azulejo de uno y de repente zas, me vi metido en un túnel muy oscuro que tenía una luz muy intensa en la otra extremidad y entonces…
Acabada de contar la historia, los padres se miran entre sí.
—Ya, no hace falta que digáis nada, creéis que a vuestro hijo le ha dado un ataque de enajenación. —dice Carlos.
—Perdona hijo, no es que no creamos en tus palabras, pero estarás conmigo que suena a bastante inverosímil. —dice el padre.
—Ya lo sé, lo mismo me pasaría a mí si me lo contasen. —dice el hijo— Pero es la pura verdad, no os voy a mentir y menos a vosotros.
—¿Dónde has dejado el reloj que te regalamos, cuando entraste en el Banco? —dice la madre.
—¡Hostias! Se me quedó en el Monte y Piedad, empeñado. —dice el hijo.
—¡Tienes que ir a desempeñarlo! —dice el padre.
—¡No puedo! —dice el hijo.
—¿Por qué? —dice la madre— Nosotros te dejamos el dinero.
—No puedo, porque se quedó en el pasado. —dice el hijo.
Los padres se vuelven a mirar y no dicen nada, preocupados, de que su hijo sufra algún trastorno psicológico. Como es una situación que se viene repitiendo, ya le tiene agotado de tanto repetirla.
Aburrido, de la misma historia de que nadie le crea, tomándole siempre por loco, decide salir a dar una vuelta. Coge el coche y decide ir al cementerio de la Almudena. Guiándose por su memoria, decide visitar la sepultura de los abuelos paternos de Mercedes, tal como habían hecho en su día, cuando ella le quiso enseñar la sepultura.
Llega al lugar, sin dudar en momento alguno, señal que su memoria no le había traicionado. Y se encuentra con que ésta tiene la lápida medio cubierta por la hojarasca, solo atisbando a leer los nombres que la presiden, Ruperto Aguilera López (1865 —1915) y Filomena Machado Martinez (1870 —1925) que son los abuelos. Movido por la curiosidad, aparta con el pie las hojas para intentar leer si hay algún nombre más, encontrándose con Prudencio Aguilera Machado (1883 —1947) y Restituta Zambrano García (1887 —1955), o sea los padres.
Empieza a confabular si Mercedes estará viva, pues de ser así, será una ancianita. Decide dirigirse al archivo del cementerio, preguntándole al empleado por ella, Mercedes Aguilera Zambrano. Éste pregunta si sabe su año de fallecimiento, a lo que Carlos contesta que no, que ni siquiera está seguro de si está fallecida o no. Volviéndole a preguntar éste si sabe al menos su año de nacimiento, contestándole Carlos que sí, 22 de Mayo de 1905.
Poniéndose el empleado a su búsqueda con el servicio informatizado, pronto da con ella. Señalándola en un plano le indica, zona antigua, cuartel 99, meseta 24 y sepultura A. Dándole las gracias, se dispone en ir en su búsqueda, al llegar a la zona antigua, comprueba que las sepulturas, la inmensa mayoría se encuentran en estado ruinoso, debido a ser la primera zona que se habilitó en 1883 en dicho cementerio.
Debido a lo lioso de que algunas letras y números faltan por el paso del tiempo, tarda en encontrarla, exclamando… ¡por fin! Presidiendo dicha sepultura figura un tal Vicente Lorenzo Rico (1900 —1958), seguido del nombre de un niño Carlos Lorenzo Aguilera (1928 —1937) y después Mercedes Aguilera Zambrano (1905 —1965).
A Carlos, le entra la duda de si ha ellos habrán tenido más hijos. Puesto que como es costumbre al formar una nueva familia, hacerse con un panteón o sepultura de suelo, para la unidad familiar, eso si que no lo sabrá.
Pero charlando con un amigo, este le advierte que puede saciar su curiosidad, pidiendo un certificado de defunción de Mercedes, ya que hay costumbre de hacer constar los hijos vivos que deja en dicho certificado. Como le mueve la curiosidad, cursa la petición del mismo. Llegándole días después, al abrir el buzón. Con suma curiosidad, abre el sobre, encontrándose con la partida de defunción, en el que al ser copia literal pone, Mercedes Aguilera Zambrano, falleció el día 15 de de Septiembre 1965 a las 18:30 h, a la edad de 60 años, de estado civil viuda de don Vicente Lorenzo Rico, no deja descendencia. Según parte facultativo, falleció a causa de cáncer de útero. Está enterrada en el cementerio de la Almudena.
Por lo tanto, si no tuvo más hijos es obvio que no pudieron tener más o quizá no tuvieron ninguno y ese es hijo, era mío tal como sospecho. Pero eso ya hará parte del misterio, puesto que jamás lo podré saber.
Después de leer los nombres y fechas empieza a sacar sus supuestas conclusiones. Supongo que ese tal Vicente debe ser el hombre con el que se casó, después de no atreverse a entrar conmigo en el túnel en el viaje al futuro en 1927. Por lo tanto, si estaba embarazada de mí en dicho año y ese niño que figura, pone que nació en 1928 y se llamaba Carlos, es completamente factible que fuese mi hijo. Aunque lleve por nombre el apellido Lorenzo, ya que pudo él, reconocerlo como propio, una vez casado con ella. Ya que es muy poco probable, que estando en cinta de mí, fuese ese niño, concebido por él. Ya que tendría que ser, que hubiera fallecido dicho niño mío que esperaba o que le hubiese abandonado en una inclusa y se hubiese quedado en cinta inmediatamente de dicho hombre, para que coincidiera el fallecimiento del anterior con la concepción posterior de ese hombre, ambos en 1928, tal como figura en la lápida.. Además de que ya sería mucha casualidad que decidíeran ambos ponerle por nombre Carlos. Justo el mío, por lo tanto serían demasiadas casualidades. Por lo tanto creo que lo que debió de pasar es, que a lo mejor se casaron seis meses después de lo nuestro y al nacer el niño él lo reconoció como suyo y ella le puso por nombre Carlos, quizá por ser yo el auténtico padre biológico. O quizá que se hubieran casado tiempo después de ya haber nacido el niño y lo hubiera reconocido él como suyo, dándole su apellido. Pero en fin, todo eso que más da, si todos son cosa del pasado y ya murieron.
Ring…ring...ring… suena el despertador, entreabre los ojos y mirándole, le apaga. Y vislumbra 10:00 h de la mañana, Domingo. Y se mira a la muñeca, observando su reloj macizo de Oro. ¡Hostias! Si lo tengo aquí. Se desespereza al oír la voz de su madre… ¡Carlos ven a desayunar
—Ya voy mamá. —dice el hijo— Que totalmente confundido, se frota los ojos, por si está soñando todavía.
—¡Se te han pegado hoy bien las sábanas hijo! —dice la madre— ¿Es que no has dormido bien esta noche?
—No, no se trata de eso mamá, es que he tenido una pesadilla increíble. —dice el hijo.
—Será por la resaca que traías anoche, después de la cena con tus compañeros del Banco. —dice la madre.
—Será eso, sin fuerzas para rebatir nada y no tener que explicarle otra vez a su madre, del dichoso viaje al pasado de la pesadilla, que aunque ha sido un sueño, le tiene agotado, de la de infinidad de veces que ha tenido que contarlo.
O sea, ¡que solo ha trascurrió una noche! Del Sábado al Domingo. Y en tan corto espacio de tiempo, mi mente ha elaborado un guion tan completo de película. ¡Que bárbaro!
Se levanta con un dolor de cabeza increíble, se conoce que las neuronas han estado esta noche trabajando a tope, en lugar de tener un sueño reparador. Y le dice a la madre, si dispone de un analgésico para tomar.
La madre
—Una vez tomado su desayuno, se dispone a salir. —dice el hijo— Mamá me voy.
—¿A dónde hijo? —dice la madre— Que hoy es Domingo.
—Voy a realizar una visita al cementerio de la Almudena, vuelvo para el almuerzo. —dice el hijo.
—Hijo, vaya sitio para visitar un Domingo por la mañana. —dice la madre— Ni que no hubiese algo mejor que hacer en un día así.
Con sus ideas aún confusas, vuelve al cementerio, ya que necesita corroborar lo de la sepultura. Puesto que aunque haya sido un sueño, ha sido tan realista, que la intriga le puede. Y haciendo uso de su prodigiosa memoria, llega hasta la sepultura, con las indicaciones que le había propiciado el empleado del archivo. Y se pone a buscarla guiándose por el instinto de orientación, pero los datos que figuran en ella, no concuerdan. Y lee Ildefonso Aguirre Sarabia (1899 —1949) y Ifrosinia Correa Coria (1903 —1957mbre). Pues claro piensa, aunque yo lo haya vivido de primera mano, al final no era más que un sueño. Prodigiosa es la mente en los sueños.
Esa es la magia de los sueños, dar rienda suelta mientras dormimos, a todo aquello que nos preocupa, angustia y anhelamos. Como forma de hablar nuestro subconsciente con nosotros mismos. Y aunque no le encuentre una explicación a ese sueño, está claro que lo he vivido de manera tan intensa, que he llegado a pasarlo muy mal.
Creyendo que quizá esté confundido, vuelve al registro del cementerio y le pregunta al empleado, dando el nombre de Mercedes Aguilera Zambrano. Éste le pregunta si sabe la data de fallecimiento. Y Carlos, le contesta que no, que ni siquiera está seguro de si ha fallecido, aunque por el tiempo transcurrido, casi que si. Al menos sabe su fecha de nacimiento, pregunta el empleado. Eso sí, 22 de Mayo 1905. Se pone el empleado a buscar a través del servicio informatizado, advirtiéndole que con ese nombre no figura nadie en el registro. O sea que todos esos personajes como, Ildefonso, Ifrosinia, Prudencio, Restituta, Vicente, Mercedes y el niño Carlos, no han sido más que producto de una ensoñación mía. Hay que ver como ha trabajado mi “masa gris”, hasta llevarme al agotamiento. No dándose por vencido, retorna Carlos a rehacer el camino, busca y rebusca, no encontrando a Mercedes ni nadie de los que había visto en las lápidas en sueños. Echa un último vistazo, dándose por vencido, obviamente no la encontraré, ya que aunque haya sido tan real para mí, solo me he enamorado de una mujer, que jamás existió, nada más fue que un producto de mi mente.
De vuelta a casa, la madre le pregunta si ha encontrado lo que fue a buscar. Respondiéndole que no. Entonces me vas a contar ahora eso que me habías dicho que ibas a contarme, le pregunta la madre.
—Verás mamá es una historia que se podría describir como fantástica, solo que la he contado tantas veces, que me agota, solo de pensar en contarla otra vez.
Carlos se muestra alicaído, en esa lucha interior en que se niega a aceptar que lo que ha vivido no ha sido real. Está tan confundido con sus pensamientos que se llega a hacer una obsesión para él. Cómo va a aceptar que todo lo que ha vivido ha sido un simple sueño, tiene que tener otra explicación, no puede ser que todo sea tan simples.
Cansado se mete en cama y procura dormir, eso sí, proponiéndose volver a soñar y continuar a desarrollar eso vivido en esa noche tan fantástica. Mientras le viene el sueño, mira el techo, hasta que el peso de los párpados le acaban venciendo.
Se ve sumergido en un espiral en que va dando vueltas y vueltas, hasta perderse en el tiempo. Oye una voz que le dice… Carlooosss… Carlooosss… Carlooosss…
Con una niebla muy espesa, no consigue otear dónde se halla, pero al acercarse de donde proviene esa voz que le llama se encuentra con una lápida. Y lee Mercedes Aguilera Zambrano (1905—1965). Queda impactado por haberla encontrado por fin, se sienta en una sepultura que hay al lado y se dice a si mismo, lo sabía que no podía ser que no existieses.
Mirándola fijamente, mientras acaricia el nombre de la lápida, oye…
Carlos mi amor, ¿has venido a visitarme?
—Si mi amor, he venido a visitarte, no entiendo por qué no te atreviste a venir conmigo.
Me dio miedo, ya te lo había dicho, eso de dejar todo mi mundo me aterró.
Ya pero me dejaste solo y completamente desconsolado.
Lo sé, pero no le demos más vueltas a eso, lo que importa es, que nos hemos vuelto a reencontrar otra vez.
¿Y qué fue de nuestro hijo?
Con mucho dolor tengo que decirte que el pobrecito murió meses después de haber nacido.
¿De qué murió?
Murió de una enfermedad renal.
¿Y ese hombre con quien te casaste?
Vicente, fue un hombre bonísimo que conocí al poco tiempo de tú haberte marchado al futuro.
¿Y os casastéis no?
Así es, me encontraba sola con los problemas de salud de nuestro hijo.
¿O sea que lo reconoció como suyo dándole su apellido?
Sí, fue como un padre para él, mientras vivió.
Ya lo sospechaba, aunque he de reconocer que me intrigaba saber, si era hijo mío o uno concebido por vosotros dos.
Nosotrtos no pudimos tener hijos, por eso que el único hijo que tuve fue el tuyo.
¿Sabes?, he sido un hombre muy infeliz desde que nos separamos.
Te puedo entender, a mi me pasó lo mismo, pero era una situación muy difícil y uno de los dos, tenía que apostar.
Te he buscado recorriendo el cementerio de la Almudena de arriba a bajo y no te encontraba.
Bueno, eso ahora no importa, lo que cuenta es que nos hemos vuelto a reunir.
Así es, podremos volver a dar nuestros paseos por el retiro y comernos nuestras catañas calientes en Invierno.
Siii… poder pasear plácidamente saboreando la brisa del viento en nuestros rostros.
Si, agarraditos, muy agarraditos los dos, recuperando el tiempo perdido.
Exacto, que felices eramos con tan poco, lo cual te hace la vida ver, que se puede ser muy feliz aún en situaciones de estrechez.
¿Has pensado mucho en mí en todos estos años?
Puedes tener la certeza que sí, que aunque me casé con otro hombre, el que estuvo anidado en mi corazón siempre fuiste tú.
Me reconforta oírte eso, siempre es grato saber que fue reciproco el amor.
¿Y tú, conociste a otras mujeres y te casaste?
Conocí a otras mujres, no lo puedo negar, pero ninguna consiguió superarte y por eso no me casé, quizá esperando volver a reencontrate algún día.
Existe una razón muy poderosa, que se nos escapa al entendimiento, pero hay determinados casos en que las personas se quedan rehenes toda su vida de un amor.
Muy cierto y que aunque trates de rehacer tu vida junto a otra persona, ese amor del pasado estará siempre ahí latente en nuestro corazón.
¿Y qué tal con tus padres, cuando te volvieron ver reaparecer?
Ellos se pusieron muy contentos con volver a verme, pero yo no, puesto que la mujer que más había amado se había quedado atrás.
Me halaga oírte decirme eso, saber que fui la mujer más importante de tu vida.
¿Y tus padres qué?
Mis padres ambos murieron, papá padeció una enfermedad muy dolorosa como es el cáncer y mamá falleció años después de un derrame cerebral.
¿Y tú marido?
Vicente, murió en un accidente automovilístico.
Vaya, cuanto lo siento, la vida está llena de desgracias.
¿Y en tu trabajo cómo se lo tomaron cuando te voliveron a ver?
Me tuve que inventar una película, porque esa de viaje al pasado no se la iban a creer y ya estaba harto de que me tomasen por loco.
Si, es que la historia era algo inaudita, difícil de creer por todo aquel que no sea el que la padece.
¿Mercedes, pero sabes una cosa?
Dime, Carlos.
Que ahora mientras charlamos, me doy cuenta que el destino ha sido muy cruel con nosotros.
¿Por qué lo dices?
Pues, porque antes el destino nos separó por el factor tiempo y ahora nos separa porque estamos en distintas dimensiones.
Ya, ¿pero eso qué importa? Lo que cuenta es la fortaleza del amor, que aunque yo esté en el mundo de los muertos y tú en el de los vivos, nos amamos y nos tenemos.
Tienes razón, no hay nada que pueda con nuestro amor, por más que la vida nos haya impuesto esta serie de adversidades.
Tú sabes, que siempre me tendrás y que siempre que quieras hablar conmigo aquí me tendrás.
Algo que para muchos es ininteligible, para nosotros no lo es, ya que sabemos de la fuerza de nuestro amor, aunque para vivirlo sea a través de estas duras condiciones.
Exacto, cuanta razón tienes, el destino ha sido cruel con nosotros, pero hemos sabido cómo sortearlo, para que volvamos a estar juntos otra vez.
Si, a pesar de esta atmosfera oscura y de niebla, me siento muy a gusto charlando contigo.
Claro, porque sabes que puedes contar conmigo, que siempre que tengas tus momentos de inquietud o desasosiego, me tendrás aquí.
¿Quizá la muerte nos podrá unir en la misma dimensión?
Eso no se sabe, pero cuando eso suceda, que sea por causas naturales, no provocadas, no sería justo provocar a propósito el dolor en otros, para compensar el dolor del que falta.
Tienes razón Mercedes, pero es que para mí, ya no tiene sentido la vida, sin estar contigo al lado.
Sería muy egoísta por tu parte querer alterar el destino, a cuenta de provocar el dolor en otros, como tus padres por ejemplo.
Ya, pero cuando la vida es hueca y ya no le ves el sentido, ¿cuál es la razón de seguir vivo?
Pero es que ese no es tu caso, me tienes a mí, aunque estemos en distintas dimensiones.
Es posible que tengas razón y sea un egoísta y que lo único que busco es la forma de sentirme más cerca de ti.
La cercanía y lejanía, solo depende de tu mente.
Tienes razón, por eso he podido observar varias veces, como hay personas que en los cementerios, “hablan con los muertos”.
Exacto, porque aunque estén en dimensiones diferentes, ellos siguen ahí unidos.
Pero claro, eso es algo inexplicable para la mayoría de los mortales, que alguien esté sentado en un frío mármol, hablando solo.
Exacto, porque para ellos no existe ese vínculo tan fuerte, que aunque estén en distintas dimensiones, se les escapa entenderlo.
Si, son escenas muy conmovedoras, que solo aquellos que disponen de un gran grado de sensibilidad son capaces de entenderlo.
Así es, cosa que infelizmente cada vez se va perdiendo más, en una vida que solo el sentido de lo práctico es importante.
Será por la crueldad de la vida en que vivimos, como rodeados por una jauría cada vez más deshumanizada, que nos condiciona a ser así.
Pero para demostrar que no siempre es así, está nuestro ejemplo.
Muy cierto, alguien que me vea, seguro que estará pensando, vaya loco hablando con un mármol.
Claro, porque a ellos se les escapa esa capacidad para lograr entenderlo.
Al menos nosotros, siempre tendremos la forma de encontrarnos.
Así es, siempre que necesites charlar conmigo, yo estaré aquí esperándote.
Si, es algo que reconforta saber, que por más impedimentos nos haya puesto la vida, siempre estaremos ahí, uno para el otro.
Bueno Mercedes, me voy a casa que mi madre me estará esperando para cenar. Mañana vendré a charlar otro rato contigo.
Vale mi amor, hasta mañana.
—Carlos, despierta hijo, que te has pasado con la siesta eh.—dice la madre— Que la cena nos está esperando.
—Ya voy mamá, desesperandose.—dice el hijo.
—Sentados a la mesa, —la madre le dice: —¡Estás muy dormilón eh! —dice la madre.
—Sí mamá, es que estaba en un sueño muy bonito.—dice el hijo.
—Ah sí, ¿de qué iba? —dice la madre.
—Pues de cementerio. —dice el hijo.
—Vaya, me tienes preocupada eh. —dice la madre— Últimamente no haces más que cosas relacionadas con ello.
—No es nada tétrico mamá. —dice el hijo.
—¿Entonces? ¿Se ha muerto alguna amistad? —dice la madre.
—Más o menos, algo de eso hay. —dice el hijo.
—No insistiré, porque siempre que te pregunto por ello, rehuyes hablar de ello. —dice la madre.
—No es que rehuya mamá, simplemente que es algo tan complicado y largo de explicar, que me agota. —dice el hijo.
—Ya, algo de eso recuerdo que ya me dijiste. —dice la madre.
—Pues no es más que eso mamá y además todo ello no pasa de ser producto de mis fantasías. —dice el hijo.
—De acuerdo, respetaré tu decisión. —dice la madre.
Después de cenar, se quedan a solas madre y padre, diciéndole la primera:
—¿Sabes Pedro?, estoy muy preocupada con nuestro hijo. —dice la esposa.
—¿Qué le pasa? —dice el marido.
—Verás, me tiene muy preocupada, porque tiene una obsesión que no me quiere contar. Pero últimamente le ha dado por ir al cementerio. —dice la esposa.
—¿Y qué tiene eso de malo? —dice el marido.
—Nada ya lo sé, pero hay algo relacionado con ello, que le angustia, pero no me quiere contar. —dice la madre— Se nota que no está bien.
—Pues lo único que se me ocurre es, que hablemos con su prima Mariona, que es psicóloga y se lo contamos, para que así venga a hacerle una visita y como quien no quiere la cosa, le sonsaque algo. —dice el marido.
—Buena idea, hablaré con ella y que venga a hacernos una visita. —dice la esposa.
Pasan los días y la madre ya le ha dicho a Carlos que viene a comer con ellos Mariona. Después de almorzar, los padres de Carlos, se inventan una excusa, de que tienen que salir, para que se queden a solas.
—¿Carlos cómo te encuentras?—dice Mariona.
—Bien, ¿por qué me preguntas eso? —dice Carlos.
—Verás, mientras almorzábamos, te he notado muy tenso y con unos movimientos muy agitados en las manos —dice Mariona— Y ya sabes, yo soy psicóloga, debe ser defecto de profesión.
—Pues mira, ya que me lo preguntas, te diré que si, que tengo algo que me angustia de un tiempo para acá. —dice Carlos.
—¿Y se puede saber qué es? —dice Mariona.
—En un estado de confusión. —dice Carlos. —Hace cosa de dos meses, tuve un sueño rarísimo, que al despertar me sumió en un estado de angustia.
—¿Y de qué se trataba? —dice Mariona— Para afectarte tanto.
—Verás, viajaba al pasado y allí me enamoré de una chiquilla de la que me quedé prendado hasta hoy. —dice Carlos.
—O sea, por lo que puedo entender, ¿te has quedado pillado por una mujer que conociste en un sueño? —dice Mariona— Complicado tema ese.
—Dimelo a mí, que no deja de darme vueltas. —dice Carlos— Pero es que lo viví tan intensamente, que me cuesta asumir, que no fue más que un sueño.
—Te ha creado tal confusión, que tú mente confunde la realidad y la fantasía. —dice Mariona— Porque te quedaste fascinado por esa mujer.
—Así es, soy consciente que no es más que la fantasía de un sueño. —dice Carlos— Pero no soy capaz de librarme de ello.
—Necesitarás tratamiento, pero para que funcione, es necesario que tú quieras desterrárlo. —dice Mariona.
—Soy consciente de ello, pero es una lucha sin cuartel, entre mi consciente y mi subconsciente, que me está volviendo loco, además de agotarme. —dice Carlos.
—Claro, porque por un lado te niegas a asumir que todo, no haya sido más que un sueño y sigues buscándola encontrar con tu subconsciente. —dice Mariona— Pero por ende tu consciente, se niegan a asumir que sigas rehén de algo tan absurdo, que no hace más que hacerte daño.
—¿Tú entiendes lo que te he dicho verdad? —dice Mariona.
—Por supuesto, pero primero como bien dices, tengo que asimilar, que yo soy el primero en acabar con esta lucha dual. —dice Carlos.
—Bien, veo que has captado el mensaje. —dice Mariona— Empezaremos a pasar consulta tres veces a la semana.
Vuelven los padres, que se habían ausentado a propósito para que la prima indagase junto a él. Y Mariona, la pone a la madre, más o menos al tanto de lo que está sucediéndole a Carlos. Preocupada se muestra, al saber por la prima, que su hijo sufre de esquizofrenia, pero tiene la esperanza de que se curará.
Es una enfermedad que le acompañará toda la vida y solo a base de un tratamiento farmacológico y siguiendo una pauta, se podrá llevar una vida normal. Además de los fármacos, el complejo tratamiento psicológico consiste en abordar la diferenciació cognitiva, la percepción social, comunicación verbal, habilidades sociales, solución de problemas interpersonales y trabajo de situaciones psicóticas.
Es todo muy complejo y largo, lo primero es que el paciente asuma que necesita ayuda de verdad y que va a poner todo su empeño en que le ayuden.
—Carlos, ¿qué tal has estado con tu prima? —dice la madre.
—Bien, hemos charlado de muchas cosas. —dice Carlos— Voy a empezar un tratamiento con ella, para intentar solucionar esos problemas que me angustian.
—¿Ah si? —dice la madre— Haciéndose la despistada, cuando ella misma había urdido con la prima, el plan.
—Sí, a ver si así consigo superar de una vez esto que me pasa. —dice el hijo.
—¿Pero qué es lo que te pasa? —dice la madre.
—Que te lo cuente Mariona, que ya paso de estar repitiendo más este tormento.
—Como quieras. —dice la madre.
Al día siguiente se marcha a trabajar al Banco, como hace habitualmente, sin dejar eso sí, de continuar pensando en lo suyo.
Mientras camina hacia el trabajo, empieza a oír unas voces… Carlos, Carlos, Carlos… Preguntando, ¿quién es?
Soy yo Carlos, Mercedes, hace mucho que no vienes a hacerme una visita, parece que me has olvidado.
Nooo… para nada, solo que he estado muy líado estos días.
¿Vendrás entonces a hacerme una visita?
Sí, hoy al salir del Banco iré a hacerte una visita al cementerio.
Bien cariño, te espero entonces…
Si, aguardame que allí estaré sin falta.
Muy bien mi amor, no te olvides que yo te quiero mucho.
Lo sé, mi amor.
La jornada transcurre en el Banco con total normalidad, no dando muestras de que le pase nada raro. Charla con los compañeros, se rie y se le nota feliz. Los compañeros son ajenos a lo que le pasa en realidad, ya que Carlos no ha comentado nada, ya que es consciente de que le pasa algo. Inclusive su propia prima Mariona se lo ha dicho, pero él no las tiene todas consigo. Un compañero del trabajo, le invita que al salir del Banco, se vayan a tomar unas cañas. Cosa que el rechaza amablemente, excusándose que lo siente mucho, pero que hoy no puede, ya que tiene un compromiso muy importante que atender a la salida del Banco.
Llega al cementerio de la Almudena a eso de las 17:15 h, entrando con su coche, haciendo el recorrido por su interior de memoria, hasta donde está la sepultura de Mercedes. Aparca el coche en una de sus calles, metiéndose caminando por uno de sus recónditos caminos. Hasta alcanzar donde se encuentra localizada dicha sepultura.
Hola cariño, veo que has cumplido tu palabra.
Siempre lo hago, te dije que venía hoy y aquí estoy.
Sí, lo cual me alegra mucho, me sentía muy sola estos días.
Pues aquí me tienes para charlar.
¿Cómo te encuentras?
Pues verás, te cuento he empezado un tratamiento con mi prima Mariona.
¿Tienes algún problema de salud?
Mi prima me ha dicho, que tengo esquizofrenia, pero yo la verdad no lo tengo muy claro, de que sea ese mi problema.
Claro que no mi amor, pero solo nosotros sabemos de nuestro secreto que se les escapa a los demás, para entenderlo.
Eso creo yo también, pero ya sabes, la gente es libre de opinar.
Exacto, todo lo demás da igual, lo importante es lo que vivimos los dos.
Cuanda razón tienes, a mi me importa un bledo lo que opinen los demás, lo importante para mi, son los momentos que compartimos tú y yo.
Cariño, está oscureciendo y dentro de poco cerrarán la puerta del cementerio.
No importa, mañana es Sábado y no trabajo en el Banco, me quedaré contigo aquí toda la noche charlando.
Bueno como quieras mi amor, lo digo porque aquí de noche baja mucho la temperatura.
No te preocupes, me pondré la chaqueta que tengo en el coche que abriga mucho.
Mira el reloj y es la hora del cierre del cementerio, pero Carlos hace caso omiso y sigue.
Muchas veces me pregunto, como hubiera sido nuestra vida jutnos, si no hubiese tomado la decisión que tomé.
Si, eso mismo me lo he pensado yo muchas veces, de cómo hubiera sido nuestra vida. Pero en fin, el pasado, pasado es y ya no se puede cambiar.
Exacto, lo que cuenta es lo que nos ha dejado el destino, disfrutemos de estos momentos de intimidad contándonos nuestras cosas.
La noche transcurre a su ritmo tranquilo, con una paz espiritual total, los amantes dan rienda suelta expresando todas sus inquietudes. El tiempo pasa como si nada y las horas del cierre transcurren de tal manera, que ni Carlos se ha dado cuenta de que el alba de un nuevo día asoma.
Bueno cariño, debo despedirme de ti por hoy, ya que tengo que volver a casa, puesto que mi madre, aunque sabe que yo salgo las noches de los viernes, siempre regreso a casa antes de que ella se levante. Y como no quiero que se vaya a preocupar si nota mi ausencia, me retiro.
Gracias mi amor, por la noche entera que me has hecho compañía, me has hecho muy feliz.
Carlos, se despide dando un beso sobra la lápida del frio mármol, justo encima del nombre de Mercedes.
Adiós cariño, hasta la eternidad.
Caminando lentamente se dirige hacia el coche, escapándosele las lágrimas que brotan muy lentamente descendiendo por sus mejillas. Se da la vuelta y vuelve a mirar, dándole un adiós con la mano. Coge su vehículo y regresa a casa, sumido en sus pensamientos.
Al llegar a casa, su madre le está esperando sentada en el sofá y le dice…
—¿Dónde has estado esta noche hijo? —dice la madre.
—He estado con los amigos en una fiesta hasta altas horas y sin darme cuenta el teimpo se me ha echado encima. —dice el hijo.
—Hijo, por lo menos me podías haber avisado, en lugar de tenerme preocupada al levantarme y no verte. —dice la madre.
—Mamá lo siento, se me pasó, al estar distraído. —dice el hijo.
—Bueno, con tal que lo hayas pasado bien, me conformo. —dice la madre— Que buena falta te hace que te distraigas. —dice la madre.
—No lo dudes mamá, ha sido una noche muy especial para mi y he estado en paz. –dice el hijo.
—Vale hijo, acuéstate que debes tener el cuerpo molido de estar toda la noche de juerga. —dice la madre.
—Así haré mamá, un beso.
Carlos se mete en su cuarto y se empieza a desvestir, metiéndose en su cama, tápandose con su manta hasta arriba. Fija su mirada en el techo, mientras espera que le venga el sueño. Poco a poco, sumido en sus pensamientos se le van cerrando los párpados muy lentamente. Oye una voz…
Sueña esta noche conmigo amor.
Así lo haré descuida, eres mi ángel de la guarda todas las noches.
—Vaya, vaya, menuda historia me ha proporcionado aquella pesadilla, que tuve esa noche con la dichosa Estación de Chamberí.