País Relato - Autores

a. toledano de diego

amor en königsberg

Leningrado
Es 8 de Agosto de 1942, la División Azul que está participando en reforzar el cerco de la ciudad rusa de Leningrado con 14.600 hombres, se encuadra en el XXIV ejércitos del norte de la Wehrmarcht. Desplegándose en un principio en los alrededores de Vyriza. Fortificando las posiciones, ante la proximidad del enemigo, que está haciendo preparativos para lanzar una ofensiva para despejar la carretera y ferrocarril que comunican Moscú con Leningrado. Para quebrar el frente entre españoles y alemanes, avanzando la 43ª División sobre la línea férrea barriendo a la División Azul y abriendo una brecha hasta Krasni Bor, en el contexto de la operación Estrella Polar. Cuyo objetivo es romper el cerco de la ciudad que lleva cercada casi dos años, ante la renuncia de Hitler de tomarla, para no alimentar 3.000.000 de bocas. Prefiriendo mantenerla sitiada y que muera su población por inanición.
Así permanecen apostados en una actitud de espera, salvo pequeñas escaramuzas. Mientras la situación para los habitantes de la ciudad cercada era terrible, muriendo miles de personas de hambre y frío, con unas temperaturas que oscilaban entorno a los —35 grados bajo cero.
Como es evidente, el mercado negro hizo presencia, donde sus habitantes para conseguir unos gramos de harina o azúcar, tenían que pagar unos precios desorbitantes a los especuladores. Gente sin escrúpulos, asesinó soterradamente a personas, para vender su grasa y carne humana. Desatándose casos de canibalismo, muy comúnmente.
En esa guerra de desgaste, los soviéticos tratando de hacer creer a los alemanes de lo inútil del cerco, montaron una gran pantalla en el frente donde se podían oír ruidos de tranvías y conciertos, para dar una sensación de que todo seguía con normalidad. Mientras que los alemanes, hacían funcionar sus cocinillas en el perímetro de la ciudad, haciendo que los olores de los alimentos fuesen trasladados por la brisa hacia la ciudad. Hubo varios intentos por romper el cerco por los rusos, pero no fueron más que meros recursos empleados, para hacer llegar una escasa cantidad de provisiones, lo que provocó que murieran entre 1.000.000 o 1.500.000 de habitantes por hambre.
Así fueron transcurriendo los días, sin mayores contratiempos que pequeñas escaramuzas. En un estado de letargo, que hacía observar y fijarse en cosas nimias. Como por ejemplo, tener mucho cuidado a la hora de orinar, si no se quería congelar el pene, dado el frío espantoso que hacía. Tener que aguantar el hedor de las botas de los soldados, que aconsejados por los veteranos, al meterlas en un barreño con orina de caballo, con objeto de suavizarlas, suavizar suavizaban, pero la peste que iban desprendiendo las botas a meo, echaba para atrás. Vérselas crudas a la hora de defecar, ya que el frío casi impedía que se abriesen los esfínteres.
Recibida una orden de máxima alerta, teníamos que estar preparados, puesto que se esperaba una ofensiva rusa inmediata. Después de pasar toda una noche intranquilos, por el inicio de la ofensiva esperada, con el sueño venciendo nuestros parpados, pensábamos que sería una falsa alarma y que no sería aún ese día. Cuando, a las 06:40 h de la mañana de 10 de Febrero de 1943, se desató un nutrido fuego de artillería soviético, donde en un frente de 5 km, había no menos de 700 piezas, contra el ejército alemán que incluye la División Azul. Durando el fuego de artillería más de dos horas, siendo disparados miles de obuses, con una cadencia de tiro de 10 segundos por pieza. Una vez finalizad la fase artillera, empezaron a sobrevolar los aviones soviéticos encima de nuestras cabezas. Pasando a continuación el ataque de cuatro divisiones soviéticas con 44.000 hombres, apoyados por dos regimientos acorazados, que comprendían casi 100 tanques KV—1 y T—34, dos batallones de artillería antitanque ZIS de 76,2 mm, una brigada motorizada y dos brigadas de esquiadores. Se lanzan escalonadamente, contra 5.900 soldados españoles, castigados después de la barrera nutrida artillera. Creyendo los soviéticos que han diezmado a la División Azul, avanzan. Mientras los españoles, con las unidades sobrevivientes salen de sus agujeros para reagruparse ocupando los cráteres que han dejado los obuses soviéticos, montando sus ametralladoras MG34 e intentar parar la ofensiva del ejército soviético. Durante la batalla, la temperatura no subió de los —25 grados bajo cero. En una lucha encarnizada, lucha cada batallón, tratando de resistir a la abrumadora mayoría del ejército soviético, hasta quedarse sin munición, lanzándose a bayoneta en una lucha enloquecedora.
Con la finalidad de evitar el cerco del resto de la División Azul, se establece una posición defensiva junto al río Ishova, estabilizando el frente el 21 de Febrero. Mantener la orilla del río, costaba 30 bajas diarias. El último asalto se produjo en 19 de Marzo, costando 80 bajas más. Después del fracasado asalto soviético, el cerco sobre Leningrado no se rompe. Y el ejército soviético recibe órdenes de pasar a la defensiva y el frente queda estabilizado por un año. Produciéndose en la fallida operación Estrella Polar, unas bajas entre los soldados españoles de 2252 soldados, entre 1l25 muertos, 91 desaparecidos y 1036 heridos. Otros 1000 caen en los días siguientes, pero se logra detener la ofensiva, produciendo unas 10.000 bajas en el ejército soviético. Cerca de 300 soldados españoles, resultaron prisioneros.
A medida que fue pasando el tiempo el racionamiento se fue haciendo cada vez más extremo, empezando a desaparecer los animales domésticos como pájaros, perros, gatos y hasta las ratas.
Durante el cerco de Leningrado de 1941—1944 hubo numerosos casos de canibalismo, miles de personas fueron detenidas, siendo juzgadas, según fueran comedores de cadáveres o comedores de personas. A finales de 1942, distritos enteros de la ciudad fueron invadidos por caníbales. Hubo casos en que cuando transportaban los cadáveres de los que fallecían en plena calla de inanición, comprobaban que les faltaban las nalgas, o el caso de un caníbal que con una hacha en mano con los ojos desorbitados por el hambre perseguía por la calle a una joven para devorarla, o el de una vecina que en medio de la tremenda carestía sintió como unos vecinos cocían una hoya, al preguntarles, le dijeron que era cordero pero al levantar la tapa vio como asomaba una mano humana; etc. Personas que se dedicaban a asesinar a otras para hacer hamburguesas de carne humana y casos extremos que ante la desesperación de ver a sus hijos a punto de morir de inanición como el de una madre que asfixió su bebe de 18 meses para dar de comer a sus otros tres hijos, o el hombre que asesinó a su esposa, para dar de comer a sus hijos; etc.
El NKVD arrestó a muchísimas personas que habían asesinado para robar las cartillas de racionamiento, inclusive entre los propios familiares.
Hospital de Königsberg
Acabada la batalla de Krasni Bor, entre los numerosos heridos, aquellos que debido a su estado de gravedad no podían ser atendidos en los dispensarios del frente, eran evacuados al aeródromo más cercano, para ser trasladados en un avión He—111 hasta el hospital de Königsberg en Prusia Oriental. Entre los heridos figura Hernán Robles, teniente de treinta años, soltero, nacido en Madrid capital, que fue enviado a dicho frente, por hablar alemán, al haber estudiado en el Colegio Alemán de Madrid. La gravedad de sus heridas hace temer por su vida, al tener casi todo su cuerpo incrustado de metralla. Está inconsciente o en estado de coma, con muy pocas probabilidades, pero parece que su juventud lucha para que no se vaya.
Lleva varios días en el hospital, cuando un día a media mañana, entreabre los ojos. Su visión es turbia, pero siente como si estuviese entre nubes, creyendo encontrarse en el cielo. Ya que a su lado ve un hermoso ángel rubio, rubio, rubio. Éste le mira y le dice buenos días Hermann. Aturdido como está, solo se limita a decirle, hola. Ese ángel se llama Hertha Schmidt, es una de las enfermeras del hospital.
Hernán vuelve a cerrar los ojos, ya que se encuentra cansadísimo y ni siquiera el peso de los párpados soporta. Sumergido en su mundo onírico, se ve en la batalla de Krasni Bor. Pasado un rato indeterminado viene otra vez ese ángel, para hacerle los pertinentes controles. Al sentir el tacto de su mano tocándole, pregunta…
—Me llamo Hertha, soy enfermera del Hospital de Königsberg, donde se encuentra. –dice ella.
—¿Königsberg? —dice Hernán.
—Así es, ha sido trasladado desde el frente de Leningrado. —dice Hertha.
—¿O sea que me encuentro en la capital de Prusia Oriental? —dice Hernán.
—Correcto, en dicho hospital de dicha ciudad se encuentra. –dice Hertha.
Muy lentamente se va recuperando, saliendo del estado de peligro mortal, que estuvo a punto de costarle la vida. Con una movilidad muy reducida, con mucho tesón se intenta levantar de la cama, aunque necesita de ayuda de muletas.
—¿Hay alguna forma de conseguir algún periódico para tener noticias del frente de Leningrado? —dice Hernán.
—Intentaré conseguir uno en el Hospital, sino, mañana te compraré uno cuando venga a trabajar. —dice Hertha.
Se vuelve a acostar Hernán, al no poder mantenerse mucho rato de pie, debido a sus heridas. Tumbado repasa, que en el tiempo que lleva en el hospital, en que cuidado esmerado le ha dispensado Hertha. Esa mujer que el primer día que la vio, le parecía un ángel, tan rubia que llega a parecer albina, con esos ojos azules añil, que parecen dos candiles. Además de tener unas facciones muy delicadas en su rostro, nada que ver con el rostro típico alemán de mujer, que suele ser más bien adusto. En los días que lleva en el Hospital, los ratos que han podido charlar, consiguió averiguar que la ascendencia de Hertha es de muchas generaciones originaria de Prusia. O sea que debe ser una mezcla germana y prusiana, lo que le da un aire báltico diferente a las demás.
—De repente entra el Doctor Schnitzler, saludándole – Buenos días señor Hermman, ¿qué tal se encuentra?
—La verdad es Doctor, a pesar de mis limitaciones me encuentro mucho mejor. —dice Hernán.
—Excelente, su mejoría aumenta la esperanza de que se recuperará, esperando que no le queden secuelas Hermann. —dice Schnitzler
—Eso espero doctor, aprovecho para rectificarle que mi nombre no es Hermann sino Hernán. —dice Hernán.
—Ah bien, perdóneme usted mi error señor Hernán. —dice Schnitzler.
Al día siguiente llega Hertha y le hace una visita, trayéndole el periódico prometido. Con avidez Hernán se pone a ojearlo, para encontrar si viene alguna noticia del frente de Leningrado. Para interesarse cómo les va a sus compañeros de la División Azul. Han pasado cinco meses desde que fue herido en la batalla de Krasni Bor y las noticias no son nada alentadoras para él, ya que las noticias indican que la división se retirará para el 10 de Octubre de 1943.
Los días han ido transcurriendo y su empatía con Hertha a aumentado mucho, de forma que se anima a invitarla si le acompaña en su primer paseo fuera del Hospital. Por fin llega ese día y ya encontrándose casi totalmente recuperado, salen a dar un paseo.
—¿Me vas a enseñar tu preciosa ciudad? –dice Hernán.
—Por supuesto, te enseñaré un poco de historia y los lugares más emblemáticos de Königsberg. —dice Hertha.
—Encantado te acompañaré. —dice Hernán—Ofreciéndole su brazo a Hertha. Que ella gustosamente coge.
Caminando lentamente dando un paseo se sientan en una mesa de un café que hay en el bulevar de la plaza. Mientras consumen su café y té respectivos, ella le empieza a explicar un poco la historia de su ciudad.
—Königsberg fue fundada en 1255, encima de la antigua Twangste, asentamiento prusiano de los caballeros teutónicos. Su nombre significa Montaña del Rey o Monterreal y fue nombrada en honor al rey Ottokar II de Bohemia. Con un puerto en el mar Báltico, pasando a ser la capital del Estado Monástico a partir de 1525.—dice Hertha.
—¿Y ese castillo que se ve a nuestra izquierda? —dice Hernán
—Ese es el castillo que, cuando los caballeros de la Orden Teutónica conquistaron la zona en 1255, renombraron la fortaleza de Kneiphof como Köningsberg, convirtiéndose en residencia del Gran Maestre de dicha orden. –dice Hertha.
—Es impresionante su imagen de inexpugnabilidad, reforzando su grandeza. —dice Hernán.
—Así es, allí fueron coronados Federico I, rey de Prusia y Guillermo I, primer Káiser del imperio alemán. —dice Hertha.
—¿Y qué se puede visitar de él? —dice Hernán.
—Alberga el museo provincial, una colección de pintura, la colección Prusia (con 240.000 restos arqueológicos y de la Biblioteca Universitaria con la Biblioteca de Plata, así como varias pinturas de Lovis Corinth. El salón Moscovita, es digno de admiración, constituyendo el salón más grande de Alemania durante siglos, con sus 83 metros de ancho por 18 metros de largo, así como el salón de sangre, con vino. —dice Hertha.
—Hernán se queda extasiado, con que la mujer que tiene delante además de ser enfermera, sea una experta en historia de su ciudad.
—Además, siendo una ciudad universitaria, fundada en 1544, se convirtió en un gran centro cultural e intelectual de Alemania. Siendo residencia de grandes personalidades como Simon Dach, Immanuel Kant, Käthe Kollwitz, E.T. A. Hoffmannn, David Hilbert, Agnes Miegel, Hannah Arendt, Michael Wieck, Karl August, Burow; etc. —dice Hertha.
—Me has dejado fascinado con tu soberbia cultura, no me extraña que estés tan enamorada de tu ciudad. —dice Hernán.
—Me alegro que te haya gustado, mi explicación sobre mi ciudad. —dice Hertha.
—No lo dudes me has sorprendido con tu bagaje cultural tan amplio, ya que además de ser enfermera y tocar el piano, hablas alemán, francés y Lituano. —dice Hernán.
—Mi región, reminiscencia de una gran nación creada por los caballeros de la Orden Teutónica, reúne sitios de especial belleza natural. —dice Hertha.
—Una cosita más te quiero preguntar, esa torre tan alta que se ve detrás del castillo, ¿qué es? —dice Hernán.
—Es la catedral de Königsberg, que fue construida entre 1333 y 1380, donde está enterrado el gran filósofo alemán Immanuel Kant. —dice Hertha.
—Muchas gracias, mi “profesora”, me he quedado anonadado con tus explicaciones, toda una guía, si señora. —dice Hernán.
—Hay mucho por visitar y conocer en Prusia. —dice Hertha—Memel, Tilsit, Malbork y Pillau, el puerto de Königsberg.
—Veo que eres una auténtica entusiasta de tu tierra. —dice Hernán.
—Así es, no te lo voy a negar, soy una enamorada de mi tierra, tengo mucho arraigo en ella. —dice Hertha.
—Espero que otro día hagas de guía turística para mí. —dice Hernán.
—Sí, otro día daremos un paseo por el río Pregel que es la arteria fluvial de mi ciudad, pero ahora debemos volver al Hospital. —dice Hertha.
De vuelta en el Hospital, se tumba muy cansado él, ya que es su primera salida desde que fue ingresado hace cuatro meses. Pensativo, reflexiona sobre el paseo que ha dado con ella. Ha estado muy bien, pero lo que más le ha gustado, ha sido esa sensación de compenetración total. Se podría decir que ha encontrado a su walquiria idealizada. Ya que además de ser ese ángel de la guarda que cuida de sus heridas y recuperación, es una mujer admirable, dado su grado de cultura. No obviando por supuesto su belleza física, que además de ese rostro tan delicado con esos candiles azules por ojos y ese pelo rubísimo, posee unos voluminosos senos y unas caderas anchas que invitan a soñar. O sea es, un mujerón agraciado por la madre naturaleza, le ha dado todo.
Poco a poco se le van cerrando los ojos por el cansancio a Hernán y cae presa del sueño, que le llevará por esos mundos oníricos. Al amanecer, es consciente que ha tenido una noche muy placentera donde ha descansado muy bien sumergido en un sueño añorado. En que ha soñado con ella, donde la veía como surgir de entre las nieblas, sintiendo un placer extremo de sentirse a su vez arropado por sus cuidados y la paz espiritual, de sentir ese magnetismo por ella. En una sensación que le resulta extraña pero muy placentera a la vez, ya que nunca había experimentado antes esa sensación con ninguna mujer, pero que en el fondo de subconsciente sabía que existía en algún lugar, pero que todo era cuestión de tener la suerte de encontrarla.
Una vez pasada la visita médica rutinaria de las mañanas, se siente inquieto porque no ha visto a Hertha. Preguntando por ella a otra enfermera, quien le dice, que está atendiendo los cuidados con otro paciente. Se siente aliviado al oír esas palabras, aunque la inquietud por verla, le consuma.
Es Febrero de 1944 y ya sabe por lo leído que le queda poco tiempo a la División Azul en la URSS. Comenzando a hacer cábalas de cómo será su situación, una vez que se vaya. Ya que aún tiene recuperación para rato, pero sobre todo, lo que tiene clarísimo es, que no se irá de Königsberg sin Hertha. Por lo tanto a ver como se tercian las cosas, pues si es necesario, pedirá una excedencia voluntaria en el ejército. Ya que tiene clarísimo que va a poner todo su empeño en conquistar esa mujer.
Euler y los siete puentes de Königsberg
A una hora vespertina, Hernán ve aparecer a Hertha, iluminándosele el rostro, puesto que ya no pensaba poder verla ese día.
—Buenas tardes, ¿cómo está el señor Hernán? -dice Hertha.
—Pues un poco angustiado, la verdad. -dice Hernán-Pensaba que me iba a quedar si mi guía turística por hoy.
—Puedes comprobar que estabas equivocado, que he venido para llevarte a dar un paseo por el río Pregel y de paso comentarte una cosa curiosa, que se conoce por el problema de los puentes de Königsberg.
—¿Ah sí? Que interesante, marchémonos entonces mientras me van explicando ese problema. –dice Hernán Saliendo del brazo dado ambos del Hospital.
—Verás, la cosa se trata de que Königsberg, tiene siete puentes que cruzan el río Pregel en distintas zonas. El puente de hierro, el puente verde, el puente conector, el puente del mercado, el puente de madera, el puente alto y el puente de la miel. Y el teorema es, si es posible cruzar los siete puentes, solo pasando una vez por cada uno de ellos.
—Curiosa solución debe ser, viendo en un gráfico, parece algo irresoluble. -dice Hernán.
—Por esa época estaba en la ciudad en la Academia Prusiana de las Ciencias, un matemático suizo llamado Leonhard Euler, que fue quien resolvió el problema con la llamada teoría de los grafos. -dice Hertha.
—Ya nos hemos pegado una buena paliza paseando por la orilla del río, sentémonos a tomarnos un humeante café en el bulevard.-dice Hernán.
—Bien, como gustes. -dice Hertha- ¿Seguimos con la clase de historia de mi ciudad?
—No, no, hablemos de nosotros. -dice Hernán-Si sientes la misma apreciación que yo.
—Pues verás, cuando me dijeron que teníamos un herido grave de la División Azul, enseguida te haces un prototipo, de que te vas a encontrar con un hombre más bien bajito, con el pelo azabache y muy moreno. -dice Hertha.
—Jajaja…o sea el típico ibero. -dice Hernán-La sorpresa debió de ser tremenda, ¿no? Seguro que pensaste, me he confundido de herido.
—Pues, si te soy sincera, sí. -dice Hertha-Al encontrarme con un hombretón de más de 1,90 m, con ese pelo y barba pelirroja y esa tez tan blanca.
—Para que veas que no todos los españoles, somos el típico bajito, regordete con los ojos negros. -dice Hernán-También los hay pelirrojos.
—Ya veo ya, de qué bien cierto es el refrán, “que la excepción confirma la regla”, jajaja. -dice Hertha- ¿Y yo que te parezco?
—El primer día que te vi, tenía la sensación de estar soñando. -dice Hernán.
—¿Por qué? -dice Hertha.
—Pues, porque herido como estaba, tuve un estado de confusión, de si me había muerto y estaba en el cielo, al ver ese ángel bellísimo delante de mí. -dice Hernán.
—Gracias por la parte que me toca. -dice Hertha.
—Es la verdad, yo soy muy racial y tú prototipo, siempre fue el idealizadopor mí. Aunque en mi tierra, sea más bien escaso. -dice Hernán - Eso unido a tu amplia cultura, me ha fascinado de tu persona.
—Pues algo parecido me pasa a mí, si fueses el típico “ibero” como tú dices, no me hubieras llamado la atención. Además tienes un trato con la mujer, que se sale de lo común, ya que no eres el típico adulador. -dice Hertha-Cosa que no soporto, los hombres empalagosos.
—Me alegro que tengamos esa afinidad en común, ya que me gustas mucho. -dice Hernán.
—A mí también me llamas la atención, pero recuerda que los teutones, no somos tan expresivos y espontáneos, como vosotros. -dice Hertha.
—Bien, intentémoslo pues. -dice Hernán.
—Eso, déjenos correr el tiempo dice ella, mientras él agarra sus manos, como si fuese demasiado bonito y se le pudiese escapar. Acercando sus labios para fundirse con los de ella.
Noticias del frente
Las noticias no son nada halagüeñas para Alemania. Como éstas, están censuradas, sintonizan Radio Europa Libre, para obtener dentro de lo posible una información más imparcial.
Por lo que se escucha, Alemania se está batiendo en retirada en todos los frentes. Desde 1943 las cosas se han empezado a torcer. A finales de Julio de ese año, el mariscal Arthur Harris de Gran Bretaña conocido como “el carnicero” se propuso borrar Alemania de la faz de la tierra. Por eso a través de raíds conjuntos con los EEUU con centenares de bombardeos arrasó la ciudad de Hamburgo, provocando la muerte de 34.000 civiles muertos y 150.000 civiles provocando casi su destrucción total. O sea, un crimen contra la humanidad. Es obvio que la sed de venganza, se explayó con toda su fuerza desatando la ira. Todas las guerras acarrean barbarie, pero cuando la destrucción está basada en cebarse con los civiles sin ninguna estrategia militar, solo se destila odio hacia los inocentes que menos culpa tienen. Con la potencia de las bombas incendiarias incineró literalmente a la población.
Además, Alemania está pagando la factura por un hombre llamado Adolf Hitler, que da órdenes sin tener cualquier noción militar, basándose únicamente en sus pálpitos y pareceres, lo que ha conducido a derrotas estrepitosas a su ejército, alimentadas en la megalomanía del führer. Siendo un gran orador, ha confundido su habilidad con la palabra, con ser dios y poder abarcarlo todo. En lugar de asignar solo aquellos militares idóneos en cada especialidad, conocedores de la estrategia militar. Cometiendo errores abrumadores, dada su nula instrucción como estratega. Que en lugar de basar su política, en capturar las fuentes de energía del enemigo para asegurarse los suministros necesarios para el mantenimiento de sus fuerzas armadas y privar de ellos al enemigo; se ha empeñado en arrasar ciudades en lugar de destruir objetivos militares. Eso unido a una mala planificación de la industria militar, ya que en lugar de organizar la fabricación, haciendo uso de lo comprobado como más efectivo, ha dilapidado dinero con infinidad de prototipos, basados en el esmero de la calidad en lugar de la cantidad, provocando escasez de suministros en los ejércitos. En que sí, eran muy buenos, pero escasos para cubrir las necesidades.
Más, declarar la guerra e invadir sin ton ni son, encontrándose con muchos frentes inasumibles. Teniendo un frente occidental con Gran Bretaña desde el 01/09/1939 cometió el error fatal de invadir la URSS el 22/06/1941 teniendo otro frente oriental y si por si fuera poco a raíz de Japón atacar a los EEUU en Pearl Harbour el 07/12/1941, solo cuatro días después el 11/12/1941 Alemania declaró la guerra también a éstos. Cosa a la cual no estaba obligado por el Pacto del Eje (Alemania, Japón e Italia), que solo obligaba a los miembros de éste a entrar en guerra en caso de que cualquier miembro fuese atacado. Cosa que no ocurrió, puesto que Alemania atacó a la URSS y Japón atacó a los EEUU. Eso unido a que eran conscientes que tener dos frentes abiertos a la vez era una locura, fue lo que hizo que Gran Bretaña no declarase la guerra a la URSS al igual que lo había hecho con Alemania con la invasión de Polonia. Por eso cuando Hitler pidió a Japón que atacase a la URSS, para aliviarle su frente oriental, éste se excusó en que bastante ya tenía con tener que hacer frente a los EEUU, como para abrir otro frente contra la URSS, además de acogerse a la cláusula del Pacto del Eje. Solamente Hitler en sus delirios de grandeza, que parecía más estar jugando una partida de ajedrez contra tres, se embarcó en una locura que los demás si habían visto. Lo qué unido a su empecinamiento, cuando tuvo que pasar de atacar a defender, en dar prioridad en seguir bombardeando al enemigo en lugar de defender el propio territorio, lo que hubiera evitado o por lo menos retrasado el colapso de su industria militar. Cosa que hubiera minimizado, fabricando más cazas y artillería antiaérea como los Flak88, en lugar de seguir fabricando bombarderos. O sea quería hacer una demostración de fuerza ante los aliados, como que a su país, no le estaba afectando para nada en su poderío, los innumerables bombardeos que estaban arrasando su industria armamentística y Alemania.
Todo eso es, lo que nos ha llevado a la situación actual, que nos llevará al caos bélico. Aunque Albert Speer, el arquitecto favorito del führer ha hecho un auténtico milagro, al ser nombrado ministro de armamento y guerra, subsanando las deficiencias e inclusive ha aumentado la producción en 1944, las cantidades ingentes de necesidades que devoran los frentes bélicos, hacen imposible su sostenimiento más allá de corto plazo.
Operación Walquiria
El 20 de Julio de 1944, una noticia les iba a sorprender a ambos, mientras cenaban. Han dicho que el führer ha sufrido un atentado en la guarida del lobo de Wolfsschanze en Görlitz en Rastenburg. Ha sido un complot organizado por altos oficiales de la Wehrmacht, para derrocar a Adof Hitler, debido a la situación ruinosa que está conduciendo la guerra a Alemania. Los principales actores fueron, ejecutivo Claus Von Stauffenberg e intelectual Fiedrich Olbricht. El primero entró con una maleta donde iba el explosivo, posándolo justo debajo de la mesa de madera donde se reunían los oficiales. Uno de los oficiales, al acercarse a la mesa, le resultó molesto el maletín y lo desplazó detrás de uno de los pedestales de la gran mesa. A las 12.40 h la bomba explotó, destruyendo gravemente la sala de conferencias, matando a cuatro oficiales e hiriendo a otros cinco. La represión fue brutal, más de 5000 detenidos y fueron ajusticiadas unas 200 personas. Las ejecuciones fueron desde el 21 de Julio de 1944 hasta los últimos días de la guerra en Mayo 1945.
—Se oye decir, que los soviéticos son unos auténticos bárbaros, que van violando salvajemente a las mujeres, sin importarles la edad que tengan. —dice ella.
—Sí, se nota la inquietud incipiente entre la población, por la proximidad de éstos a las fronteras de Prusia Oriental. —dice él.
—En el Hospital, empiezan a escasear determinados fármacos. —dice ella—Ya que con tantos frentes abiertos, la cantidad de heridos, aumenta abrumadora mente, día a día.
—En el frente de Leningrado, yo viví situaciones horrorosas entre los soldados, en que comprobé como se hacían amputaciones “in situ”, algunas de ellas sin anestesia, ya que se había acabado. —dice él.
—No nos pongamos dramáticos, pensemos en los momentos felices que viviremos. —dice ella—Cuando toque sufrir, ya tocará, de nada vale mortificarnos antes.
—Tienes razón, ¡dame un beso! —dice él—Deja que el calor de tus besos, me reconforten en los momentos de angustia.
—Acercándolos, ella deja expuestos sus labios, para sentir como se posan los suyos. Provocándole una onda de calor que le abrasa de deseo. Cuyo deseo es recíproco, sin poder dejarse llevar, que su boca succione la lengua de ella.
—Ella siente como su lengua es succionada de tal forma, que es como si le absorbiesen todo su ser, hasta el alma. Quedando totalmente rendida a esa sensación tan fuerte, como si le diese un vuelco al corazón.
—¡Tragón! —dice ella—Poco más y me devoras entera.
—Ufff… es que no te imaginas cuánto te deseo. —dice él.
—Ya lo sé so bobo, pero si me comes ahora, te quedas sin mí. —dice ella.
—Jajaja, lo tendré en cuenta. —dice él.
—¿Sabes?, me siento tan a gusto contigo, que tengo la sensación que eras la mujer que el destino yo sabía que me tenía reservada, que solo faltaba encontrarte. —dice él.
—Esa sensación es recíproca, será que el destino ya tiene marcado, quién ha de ser esa persona idónea que esperamos encontrar. —dice ella.
Faltaba lo más inesperado para él y es, que jamás se podía esperar que ella le fuese a invitar a pasar unos días a una casita, que su familia poseía en Memel. Habiendo recibido el alta del Hospital, ya podía proseguir su recuperación de forma domiciliaria. Quizá al contrario de lo que se cree, debido a que en todos los tiempos hubo mujeres rompedoras con las costumbres de su época. Y Hertha era una de esas mujeres, sin importarle lo más mínimo el qué dirán, se fue a pasar unos días con Hernán a dicha localidad. Que fue conquistada por los Caballeros Teutónicos en 1252, siendo perdida por Alemania en 1918, quedando bajo el mandato de las Naciones Unidas, hasta su futura incorporación a Lituania o Alemania, después de un referéndum. Reocupada por Hitler en 1939, volvía a ser como cualquier otra ciudad de Alemania.
Al llegar a Memel, mientras Hertha preparaba el almuerzo, Hernán no paraba de preguntarle cosas sobre la localidad.
—¿Cómo tus padres tenían una casa aquí? —dice él.
—Verás, esta casa es una herencia familiar que viene no se sabe bien desde que época. Hay un retrato de una ascendente mía que era pruso—lituana. —dice ella.
—Hummmm…que bien huele lo que estás guisando. —dice él—Se me está haciendo agua en la boca.
—Mientras almuerzan, no paran de tocarse mutuamente sus manos.
—¿Estaba rico el almuerzo? —dice ella.
—Exquisito almuerzo, no acabas nunca de sorprenderme, además eres excelente cocinera. —dice él.
—Después de saborear un humeante café y charlar mientas, llega un momento en que ella le dice… ¿Nos vamos a dormir la siesta?
—Permaneciendo enmudecido durante un rato que se hizo eterno, por fin abre la boca él, asintiendo, no dejando de expresar su rostro el asombro por la propuesta inesperada.
Suben las escaleras que les lleva a la planta de arriba del enorme caserón. Abriendo la puerta de la habitación, se observa una enorme cama y todo decorado con muebles que se aprecian muy antiguos de madera maciza.
Tomando ella la iniciativa, abraza mientras besa a Hernán, que continúa anonadado con sorpresa tras sorpresa que le está brindando esa mujer. Seguramente por vivir en una sociedad machista en que los hombres son los que deben llevar la iniciativa de todo. Y cuando alguno se encuentra con una mujer que desentona con la sintonía de que debe mostrarse sumisa, les deja fuera de juego. Pero eso sirve para corroborar que ha habido a través de la historia mujeres así, que toman la iniciativa ellas.
Abrazados como están se dejan caer sobre la cama, que con una vistosa y mullida colcha morada, parece envolverles en ese confort tan inmenso. Una vez ya desinhibido él, parece que por fin, consigue soltarse de la sorpresa que le ha abrumado inicialmente. Mientras sus bocas se mordisquean, presos de la pasión, entrelazando a su vez sus lenguas muy húmedas. Sus manos se buscan, mientras él se aferra con sus manos a sus nalgas, ella palpa su entrepierna, como tratando que sea el termómetro de su deseo. Con una onda de calor que le abrasa, su boca se siente impelida a descender hasta sus senos, jugueteando con sus pezones, que tiesos como están apuntan al firmamento. Ella con él recostado a su vera, le abre la bragueta, extrayéndole su pene, que durísimos como está cual ariete se expande liberado de la presión de los pantalones. Empezando a apretarlo al tiempo que imprime el movimiento de arriba abajo. Siente al tacto, como se le nota todo vascularizado, a punto de estallar. Él prosigue con su vertiginoso descenso, sacándole las bragas, posando sus labios sobre su vulva embriagado por la fragancia de su sexo totalmente húmedo. Sintiéndose totalmente cautivo al contemplar esa belleza física perfecta.
Excitado irresistiblemente, lame con fruición los labios de su vulva, buscando su clítoris que refugiado en su capuchón, va creciendo a cada lametazo. Turgente como se pone, lo aprisiona succionándolo con su boca, hasta obligarlo a quedar totalmente expuesto, arrimando su glande para empezar a acariciarlo.
Ella observándole como sus ojos vidriosos, delatan su irrefrenable deseo por copularla, le suelta una frase… Espero que sepas ser responsable.
—Tranquila, no soy el típico egoísta que solo pienso en mí. —dice él—Además, aunque te lo creas o no, tú eres muy importante para mí.
Mirándole con un esbozo de sonrisa, ella le abraza la cintura con sus piernas. Estimulado por la sensación de apriete, empieza a hacer movimientos giratorios de cintura excitándola al máximo. Corroborándolo sus uñas clavándose en su espalda, mientras él siente como su vagina se inunda de flujo, al sentir el característico chasquido de su glande, cada vez que hace tope a cada embestida. Como aviso inexcusable del desenlace, él le eleva sus piernas, metiendo sus hombros bajo ellas para lograr la penetración profunda completa. Flexionada hacia atrás como está, cierra los ojos y aprieta sus labios, saboreando ese placer tan intenso que le provoca. Ha llegado el momento culminante, que delatan el aumento de sus jadeos más la crispación de su rostro; mirándola fijamente mientras se sostiene él en sus brazos, aumenta la frecuencia de sus embestidas, provocando que sus testículos choquen contra su vulva que rezuma lubricación, recibiendo las caricias de ésta. De repente instintivamente ella aprieta su vulva contra él, delatando el advenimiento del orgasmo, mientras suelta un grito… ¡me corrooo…! Y él, haciendo un esfuerzo sobre humano, mantiene la presión para que ella disfrute de su orgasmo, al tiempo que hace una contención mental para que el placer tan inmenso, no le vaya a hacer eyacular. Mirándose mutuamente…
—Hertha le dice, gracias por tu sacrificio.
—Él se reincorpora, tumbándose al lado de ella, permaneciendo enmudecido.
—Ella se levanta tumbada como estaba y atrapa entre sus labios su pene aún erecto totalmente. Empezando el ascenso y descenso de su boca abarcando todo el recorrido. Sintiendo el latido de éste a punto de estallar. Sometiéndole a la presión de sus labios, siente el vertido del semen expulsado a chorros, que chocan contra el paladar de su boca.
—Él suelta un tremendo alarido mientras eyacula con fuerza… ¡me voyyy …!
—Acelerando ella los movimientos de succión de su boca, para sorber hasta la última gota de semen. Acabada la eyaculación, ella se desprende de su pene, buscando su boca para darle un beso, que húmeda de semen, lo comparte con él.
Se tumba a su lado y se quedan mirando el techo extasiados, con sus manos entrelazadas.
—¿Qué piensas? —dice ella.
—Pienso en la sensación tan maravillosa que he experimentado contigo. —dice él.
Pasados esos días, toca volver a Königsberg, ella al Hospital y él a buscarse una posada. Como siempre, lo bueno sabe a poco. Cogiendo el tren en la estación de Memel.
Una vez en Königsberg, habiendo encontrado una vivienda en alquiler, Hernán, continúa yendo al Hospital, para seguir la rehabilitación. Es Agosto, la gente acude a las playas del Báltico de la ciudad del ámbar.
La noche del 26 de Agosto de 1944 un ruido ensordecedor de sirenas de alarmas se dispara sobre la ciudad, avisando a la población, de la llegada de oleadas de bombarderos británicos, para soltar sus terroríficas bombas que sembrarán de ruinas y muerte. El sr. Harris, no se había olvidado de nosotros, a pesar de haber sido respetada hasta la fecha bastante la ciudad. Pero es obvio, que después de la carnicería de Hamburgo, nos tocaba. Los bombarderos británicos, 189 Lancaster arrojaron 480 toneladas de bombas en el centro de la ciudad. Sembrando la destrucción de toda la parte medieval de la ciudad. Entre los días 26, 27, 29 y 30 de Agosto de 1944 trataron de borrar la ciudad del mapa.
Hertha es llamada para acudir al Hospital St. Georgen, ya que se encuentra desbordado de heridos, aunque sea su día libre. Que milagrosamente casi no se ha visto afectado, salvo pequeños desperfectos. Se ven abrumados por la cantidad de pacientes que atender, con unos medios que ya empiezan a escasear en algunas cosas.
Al llegar al Hospital, es un caos, del personal corriendo por todos los pasillos, donde enfermeros y médicos se afanan por dar abasto en atender esa cantidad ingente de heridos.
Después de pasar toda la noche trabajando, hasta acabar totalmente agotada, Hertha se encuentra con la sorpresa de que Hernán está na la puerta esperándola.
—Son las 7:00 h de la mañana y se abrazan, como tratando de reconfortarla él, ya que ha sido una noche tremenda de horrores, entre quemados, amputados, operaciones; etc. –dice él— ¿Cómo te encuentras mi amor?
—Pues totalmente agotada. —dice ella—Necesito descansar, me espera una noche igual, estamos desbordados.
—Bien, cojamos un taxi, ya que no sé si funciona el tranvía y te vienes a mi casa. —dice él.
Al llegar a casa, ella se tumba rendida, vestida y todo entorna los ojos. Él se sienta a su lado, como si estuviese contemplando a un ángel, mientras admira sus facciones, sus pensamientos vuelan en medio de la quietud, que imprimen las ventanas bien cerradas y las persianas totalmente bajadas. Aislando del mundanal ruido de fuera, presidiendo solamente un aplique una tenue luz que destella un pequeño halo en medio de la oscuridad de la estancia. Ensimismado como está, mira como sus ojos cerrados, esconden esos candiles que cuando se abren, iluminan como linternas la mirada de los demás. No resistiéndose, alarga su mano para acariciar muy indeleblemente sus cabellos de Oro. Mientras contempla sus finas facciones, reflexiona de cómo ha podido tener esa suerte, que el destino le reservase encontrarla.
De repente ella despierta, se empieza a oír las sirenas de alarma de bombardeos, avisando que viene un ataque. Poco después se oye el rugido de motores del enjambre de bombarderos que se acercan; abrazándose uno al otro, para transmitirse seguridad. Cierran los ojos y empiezan a oír las explosiones a su alrededor, temiendo que alguna de ellas les pueda caer encima de la casa, manteniéndose así agarrados, con el cuerpo de Hernán tratando de proteger el de Hertha. Así transcurren esos 15 minutos que se hacen eternos, de bombardeo sobre Königsberg. Pasado éste, salen a la calle para ver los efectos, Han sido devastadores, la casa de al lado ha quedado derruida, se oyen gritos de las víctimas, bomberos, soldados y gentío de la calle. O sea que se han salvado de milagro.
—¿Estás angustiada verdad? —dice él.
—Es horroroso, mi ciudad la están arruinando. —dice ella—Muertos, destrucción y heridos por todas partes.
—Te entiendo perfectamente, hasta ahora solo habías tenido noticias de la guerra, ahora la estás viviendo de primera mano. —dice él—Eso que no has visto las cosas espeluznantes del frente.
Se observa que un bombardero británico, se ha estrellado sobre una casa, probablemente abatido por la artillería antiaérea. Pasado un rato, vuelven a entrar a casa.
—Sentémonos y relajémonos, mientras nos recobramos de lo sucedido. —dice él.
— Sentándose sobre las piernas de él, se acurruca esperando recibir mimos y ella le dice, ¡achúchame!
—Envolviéndola con sus brazos, pega su rostro a su pecho, para que sienta protegida. —dice él— ¿Te sientes mejor mi ángel?
Sin decir palabra, ella va poco a poco entornando sus párpados, mientras él le acaricia sus cabellos, acabando rehén de Morpheus. Así se quedan durante horas, despertándose él, al percibir como una lengua intenta inmiscuirse en la comisura de sus labios. Sorprendido por la sensación, abre los ojos de par en par, encontrándose con esa imagen angelical que le hace dudar si no estará soñando. Le está besando ella con mucha ternura.
Llegan noticias del frente, de que los soviéticos están a punto de pasar la frontera de Prusia Oriental, presionando entre las localidades de Memel y Tilsit. A la vista de la acumulación de efectivos al otro lado de la frontera, se espera una masiva invasión soviética. Todo eso lo lee Hernán en la prensa, mientras aguarda que acabe su turno en el Hospital, Hertha. Mientras él continúa con su rehabilitación, preocupado a la vez por su situación, ya que no sabe si le repatriarán a España o le enviarán junto a esos 2000 divisionarios que aún están integrados en la Wehrmarcht.
—Por fin, sale ella… ¿cómo estás? —dice él.
—La verdad totalmente agotada, los heridos se incrementan día a día y ya no hay camas, dejándolos en los pasillos en las mismas camillas que los traen. La morfina empieza a escasear, ante la abrumadora llegada de heridos.
—¿Te vienes a mi casa? —dice él.
—De acuerdo, porque mañana tengo día libre. —dice ella—Cojamos el tranvía pues.
Mientras realizan el trayecto, a ella se le parte el alma, al ver el grado de destrucción de la Venecia del Báltico, como era conocida su ciudad. Él, le aprieta la mano entrelazada con la suya, con el objetivo de insuflarle ánimo. Observando, como le brotan las lágrimas, humedeciendo sus mejillas, compungida como está.
—Hemos llegado, le susurra al oído él. Que adormilada sobre su hombro yace ella.
—Le abre la puerta, cediéndole el paso, pasando ella en dirección del dormitorio. —dice él— ¿Te vas a acostar?
—Sí, estoy otra vez completamente agotada. —dice ella.
—Duerme dulzura, mientras la cubre con la colcha. —dice él—Descansa, que yo velaré a tu vera mientras.
Sentándose en un butacón, lee la prensa para ponerse al día. Con la noticia de que la Wermartch va a reforzar los tres cinturones defensivos de Königsberg.
En otra página lee las atrocidades que han cometido las hordas soviéticas de 200.000 soldados en dos pueblos fronterizos de Prusia Oriental, como el cometido en el pueblo de Nemmersdorf el 22 de Octubre de 1944, encolerizados por la resistencia alemana, los soldados rusos empezaron violando niñas, mujeres y ancianas, sin distinción de edad, asesinándolas clavándolas contra puertas y carros de madera en forma cruciforme y matándolas después a golpe de pala. No hay respeto alguno por los civiles. Como en todas las guerras la barbarie se impone.
Se para a deleitarse contemplando su walquiria, que con esos cabellos rubísimos, parece lanzar destellos en la estancia. Iluminando ese rostro tan delicado, que duerme placenteramente su merecido descanso. Mientras sigue dando rienda suelta él a sus pensamientos reflexivos, de lo admirable que es la forma de ser el pueblo germánico, con su sentido del deber. A ellos, no les hace falta tener el látigo encima, como a los latinos, para cumplir su deber, que insubordinados como son, solo entienden la ley del palo.
Transcurridas unas horas, ella se despierta comprobando que él sigue ahí. Tal como le había dicho, centinela de su sueño, sin contar el tiempo transcurrido.
—¿Has dormido bien? —dice él.
—Si muy bien. —dice ella— ¿Sabes? Hoy más que nunca necesito que me hagas el amor.
—¿Y eso? —dice él.
—Pues porque necesito sentir, que en el mundo hay más cosas además de angustia, destrucción y horror. —dice ella—Anda ven… haciéndole hueco en la cama.
—Se desviste y se tumba junto a ella, diciéndole, hola mi amor. —dice él.
Durante un rato, se mantienen acurrucaditos. Como necesitando palparse, para comprobar que no es un sueño y que en medio de tanto horror, al rededor hay un espacio para amarse. Tumbándose sobre él, ella le mordisquea presa del deseo, mientras él con la yema de sus dedos acaricia muy suavemente su espalda, provocándole que su piel se erice toda. Ella libera sus labios y desciende con su boca sobre su pecho, jugueteando con sus mamilas, mientras él se deja estar, cediendo la iniciativa toda a ella. Ella continúa con su descenso hasta alcanzar vientre, atrapando con su boca su pene, empezándolo a succionar con suma intensidad, hasta que empieza a sentirlo latir, liberándolo para que no vaya acabar tan rápido el juego sexual. Poniéndose en cuclillas sobre él, agarra su pene introduciéndolo entre los labios de su vulva. Empezando a hacer movimientos rotatorios con sus caderas, de modo que se encaja totalmente en lo más hondo de su ser. Ante esa sensación tan fuerte, él tiene que hacer un enorme esfuerzo de contención, para ser responsable. Mientras contempla como los revulsivos movimientos de su cuerpo, hacen que sus senos se muevan oscilantes. Realzando la hermosura de su cuerpo, incitándole a acariciar sus pezones, que duros como estaban, eran como flechas apuntando. Ante el deseo irrefrenable de ambos, el eco de los jadeos de ambos inunda el dormitorio, incitándoles aún más en su deseo. Temiendo no aguantar más, al sentir el advenimiento del orgasmo, extrae su pene, eyaculando con fuerza, salpicando el rostro de ella, que presa de su orgasmo simultáneo frota su vulva contra los testículos. Acabado su orgasmo, se deja caer a horcajadas sobre él, buscando su boca para besarlo. Sintiendo ambos el palpitar simultáneo de sus corazones, quedándose inmóviles mientras recobran el ritmo normal.
—Tenemos que hacer una visita a mis padres. —dice ella.
—¿Por qué? —dice él.
—Porque ya va siendo hora que te conozcan. —dice ella.
—¿Dónde viven? —dice él.
—Viven en Marienburg. —dice ella.
—¿Dónde está? —dice él.
— Es una ciudad pegada a la orilla del río Nogat un afluente del Vistula, al oeste de Prusia Oriental. —dice ella.
—Muy bien, pues iremos a conocerla, dado que con una guía turística fantástica como tú, seguro que será un delicioso viaje. —dice él.
—No lo dudes, tiene un castillo fortaleza construido por los caballeros teutónicos en el año 1274 a la orilla del río.
—Ya sabía yo, que mi guía no me podía fallar. —dice él.
—Jajaja claro, mi país es mi país, como prusiana que soy. —dice ella.
—Hemos pasado unos momentos formidables, pero ángel mío, tienes que prepararte para ir a trabajar, que entras de noche. —dice él.
—Así es, tengo que volver a la crudeza de la realidad, ya he fantaseado bastante por hoy. —dice ella—A saber que horrores me esperan en el hospital, que entre estar desbordados de heridos, carecer de camas y tener que racionalizar las medicinas, todos son quejidos lo que se oye por los pasillos.
—Venga, que te acompaño al Hospital. —dice él—Cojamos el tranvía.
Mientras hacen el trayecto, enmudecida contempla como cada día ve más derruida su ciudad, con lo bella que era antaño. Le cuesta admitir que nunca más volverá a ser igual, que solo podrá ser un recuerdo en fotografías. Él la agarra de la mano, tratándola de dar fuerzas. Cuando llegan al Hospital, pueden comprobar que una bomba que estalló cerca, astilló todos los cristales de un lado del mismo. Empeorando aún más las cosas, colándose el frío por entre los plásticos provisionales que han puesto para tapar. Se despiden en la puerta, diciéndole él, que mañana viene a buscarla a la hora de salir. Ella entra despacio, como tratándose de prepararse, de lo que le espera esa noche. Se acerca al vestuario y todo lo que oye, no hace más que desanimarla. Unas compañeras, comentan las noticias espeluznantes que llegan de la invasión soviética de la frontera de Prusia oriental. Cada cual más horrorosa que otra, como que violan a las mujeres, clavándolas desnudas las manos en cruz sobre tablones, carros y puertas, matando a los ancianos y niños a golpe de pala, etc. Cuelgan a los hombres por los pies de los árboles, abriéndolos en canal, hasta que se desangran.
Transcurrida la noche muy intensa en trabajo, pero por lo menos no ha habido bombardeos, Hertha se dispone a salir. Ya que como ha estado de guardia, tiene derecho a dos días libres, cosa que aprovechará para ir a visitar a su familia en Marienburg y de paso presentar a Hernán a sus padres. Él está ahí esperándola para ir hasta la estación de FFCC para coger el tren, con un taxi a la puerta.
Mientras realizan el viaje, mirando los prados, vacas y caballos por el medio de la campiña, la paz que transmite, les hace olvidar por unos momentos que están en guerra. Al llegar a la estación de Marienburg, Hertha divisa en el andén a su familia, señalándosela a Hernán, quien queda impresionado al ver “un armario”, de por lo menos dos metros o más, acompañado de una señora y un chico muy delgado, pero alto como una verga. Al descender, ella hace las correspondientes presentaciones…
—Papá, te presento a Hernán. —dice ella—Mamá y Fritz, os presento a Hernán.
—Mucho gusto Herr Schmidt y familia. —dice Hernán.
—Subiéndose al Daimler—Mercedes del padre, se dirigen por medio del campo, hasta divisar una majestuosa casa, que Hertha señala a Hernán, diciéndole esa es mi casa. Una casa enorme típica alemana, con sus dos plantas y buhardilla.
Enseguida, para sorpresa de Hertha, comprueba que su padre que no es un hombre de mostrarse muy efusivo con las personas, salvo cuando ya tiene mucha confianza, parece que ha hecho buenas migas con Hernán. Al que no para de llamar durante la charla que tienen Herr Hermann, pero muy educadamente Hernán mantiene el tipo y no hace ninguna salvedad sobre la equivocación con su nombre. Probablemente, el haber sido militares ambos, ayuda a que haya esa compenetración, unido a que la manera de ser de Hernán, de pensamiento muy prusiano, nunca mejor dicho, ayuda a esa afinidad. Llamándole la atención al padre de Hertha, que un español hable tan bien alemán, lo que es un punto evidentemente.
Sentados a la mesa para almorzar, mientras charlan distendidamente, en un momento dado, Hernán entra de frente y le dice al padre de Hertha…
—Herr Schmidt, aprovecho la ocasión para manifestarle que solo tengo palabras de elogio hacia su hija. Se nota que ustedes le han dado una educación exquisita, además de tener una formación y una cultura inmejorables. —dice él.
—Ella, no para de mirar a su padre, comprobando que han sido de sumo agrado, las palabras utilizadas por Hernán, o sea que la cosa ha empezado bien.
—Me entusiasma, que usted Herr Hernán resalte las virtudes que usted ve en mi hija. —dice Schmidt—Lo cual me hace creer que sus intenciones para con ella son encomiables.
—No lo dude Herr Schmidt, mis intenciones con su hija son las mejores. —dice Hernán—Tanto es así, que me gustaría aprovechar la ocasión, si es que usted lo ve a bien, de que me concediese la mano de su hija.
Produciéndose un silencio, durante un rato que parece eterno. Dando un golpe de timón, Herr Schmidt desvía la charla, preguntando…
—Herr Hermann, ¿dónde usted aprendió alemán tan bien? —dice Schmidt.
—Pues verá Herr Schmidt, mis padres me enviaron a estudiar al Colegio Alemán de Madrid, desde el inicio de mi enseñanza. —dice Hernán.
—¿Usted es militar Herr Hermann, no? —dice Schmidt.
—Así es Herr Schmidt, finalizados mis estudios en dicho Colegio, me presenté a las pruebas para el Colegio Militar, siguiendo la tradición militar de mi padre, abuelo y bisabuelo. —dice Hernán.
—Interesante lo que me cuenta, ya que guarda un paralelismo conmigo, donde mi abuelo luchó en 1871 en la guerra franco—prusiana y mi padre de 1914 a 1918, en la primera guerra mundial.
Mientras siguen los dos enfrascados en contarse batallitas, madre e hija mantienen un diálogo…
—¿Qué te parece mamá Hernán? —dice la hija.
—Me parece un buen mocetón Hermann. —dice la madre—Pelirrojo como es, no parece ni que sea español.
—Ya, porque es alto, ojos grises y tiene el pelo y la barba pelirrojos. —dice la hija—Además mamá, no se llama Hermann, se llama Hernán mamá, Hernán.
—Ah pues tu padre no para de llamarle Hermann. —dice la madre.
—Ya lo sé mamá, Hernán no le ha dicho nada, por guardar las formas. —dice la hija.
—Bueno señores, la charla está muy interesante, pero ya tendremos más ocasiones, ahora toca ir con Hernán a visitar el castillo de los Caballeros Teutónicos. —dice Hertha.
—Ojalá no lo encontréis con muchos daños. —dice Schmidt.
—¿Por qué dices eso papá, si hace tres años lo restauraron todo? —dice la hija.
—Pues, porque hace una semana, fue bombardeado por los británicos y dicen que quedó muy dañado. —dice el padre. Podréis comprobar algún bombardero británico derribado cerca, abatido por nuestra artillería antiaérea.
—¿Nos prestas el coche papá? —dice la hija.
—Claro hija, es todo vuestro. —dice el padre.
—Tranquilo papá, que te lo devolveremos intacto, cogiéndole las llaves. —dice la hija.
A la hora de coger el coche, Hernán se muestra totalmente sorprendido, de que sea Hertha la que se ponga al volante del mismo. Primero por ser raras las mujeres que conducen y segundo porque ni siquiera le preguntó a él, si quería conducirlo. No quedando ninguna duda, de que es una mujer de armas tomar, que no se arredra y tiene muy claro el papel de la mujer en la sociedad y desde luego no es el de sumisa.
Después de un rato, llegan al castillo fortaleza de los caballeros teutónicos de Marienburg. Y tal como había manifestado el padre de Hertha, éste estaba bastante afectado.
—Una pena la verdad, con lo bonito que había quedado con la reconstrucción de tres años atrás. —dice ella.
—Bueno, no nos pongamos melancólicos, aprovechemos tu día libre. —dice él.
—Tienes razón, pero me entristece que la barbarie se cebe con el arte, al final este castillo nada tiene que ver con lo militar, ya que solo es una obra de arte y los aliados lo saben. —dice ella—Con lo cual queda manifiesto, que ha sido bombardeado solo por odio y para minar la moral de la población civil.
—¿Tú qué crees que pasará con la guerra? —dice él.
—Sí te soy sincera cada vez soy más pesimista, salvo que aparezcan pronto esas armas maravillosas, que pregona el führer en sus discursos. —dice ella.
—Quizá por ser militar, creo que Alemania será derrotada, ya que abrió varios frentes a la vez y tiene enemigos muy poderosos. —dice él.
—Siempre nos quedará España en último caso. —dice él—Vivamos el momento.
Se dirigen a una zona boscosa al lado del castillo, donde el olor a hierba fresca invita a revisar en ella. Él tiende su capa, para que puedan sentarse juntos abrazados, dejando que sus dedos se enrosquen en los cabellos rubísimos de ella. Qué se deja acurrucada, envolver por sus brazos protectores, subyugada por esa sensación extremamente placentera de la caricia que le produce sus cabellos masajeados. Dejándose caer hacia atrás sobre la capa, quedándose a merced de los besos de él, que mordisquea impelido por la pasión, sus labios. En medio del frenesí, sus lenguas se entrelazan, poseídos por esa onda de calor que brota desde lo más hondo de sus entrañas. Él movido por el deseo irrefrenable, desabrocha los botones de su camisa, para dejar sus senos turgentes libres, que le apuntan como flechas con sus pezones erectos. No consiguiendo frenarse los succiona alternativamente, jugueteando con su lengua con ellos. A ella se le inunda su vulva, dejando escapar un pequeño jadeo por el placer que le propicia dicha caricia. Excitado a más no poder, ella le desabrocha torpemente la bragueta, haciendo saltar como un resorte su pene durísimo. Acariciándoselo con sumo cuidado, para que no se vaya a precipitar la derrama, antes de lo deseado. Impulsivamente le sube el vestido, hasta dejar sus piernas nacaradas a la vista, elevando éstas, hasta que las reclina totalmente hacia atrás, dejando la visión de su vulva totalmente expuesta, provocándole el irremediable deseo de saborearla entre sus labios, dejando que su lengua se deslice por el surco, hasta encontrarse con la resistencia de su clítoris que hinchado cómo está, queda todo expuesto fuera del capuchón. Recibiendo los latigazos de la puntita de su lengua, haciendo manar el flujo que empapa su boca. Excitadísimo por la situación, enfunda su verga con pasión irresistible y con un acelerado movimiento de vaivén suelta el chasquido cada vez que hace tope su glande en su vagina lubricadísima. Enloquecida por el estímulo y la visión de él, fuera de sí, mueve su cabeza sin parar para un lado y otro. Soltando ella un grito… ¡me corrooo! Intentando aguantar él la presión para no fastidiarle su orgasmo, ante la inminente eyaculación, se ve obligado de golpe a sacar su pene, salpicándola con los chorros de semen, sus senos, ojos y cabellos en medio de un alarido liberador. Exhausto él, sosteniéndose en sus brazos afloja, liberando sus piernas para volver al estado de reposo. Dejándose caer delicadamente sobre ella, sus pechos se pegan, de manera que pueden sentir el latido de sus corazones, en medio de oír el susurro de sus alientos entrecortados, mientras van recuperando su palpitar normal.
Reincorporándose, la mira fijamente como su rostro esboza unas facciones, que reflejan el placer recibido.
—Ella abre sus ojos, diciéndole, ¿cómo te has sentido? —dice ella.
—Maravillosamente bien, soy tan feliz contigo, que muchas veces temo que no sea más que un sueño, del que temo despertar. —dice él.
—Me encanta oírte decir eso, prueba de ello es, tu sentido de la responsabilidad, para conmigo. —dice ella.
Empieza a lloviznar, se meten en el coche y regresan a casa. Su madre les recibe y mientras esperan que regrese Herr Schmidt para el yantar, Hertha se sienta al piano, deslizando sus finos dedos, mientras suena una armoniosa melodía. Embelesando aún más a Hernán al contemplarla, esa mujer tan fascinante. Habiendo transcurrido como una hora, llega el padre, mientras cenan el Herr Schmidt se enzarza a charlar con Hernán de su tema favorito, hablar de batallitas militares. Sonando los péndulos del reloj, delatan que ya es hora de irse a dormir. Levantándose la primera de la mesa, la señora Anke Schmidt le dice a su marido, creo Sigfrid que ya le has dado de sobra charla por hoy a Herr Hermann. Es hora de dormir y le voy a enseñar el dormitorio de invitados. Se despiden los comensales en la mesa, con el tradicional buenas noches.
Tumbado en una enorme cama, mientras espera que le venza el sueño, escudriña sus pensamientos, intentando hilvanar el sentido de las cosas. De qué les deparará la guerra, de qué será de su futuro, de cómo acabará resultando su relación con Hertha; etc.
El despertar le adviene, con el típico despertador del campo, al oír cantar el gallo. Mira el reloj, fijándose que son las 04:30 h de la madrugada, si que madruga sí, el animalito. Después de desayunar, Herr Sigfrid les acerca a la estación de Marienburg, para coger el tren que les lleve de regreso a Königsberg.. Después de pasar dos días espléndidos en el campo, la vuelta a la ciudad les devuelve a la realidad. Ahí están las ruinas, como testigo de la guerra. Apurando sus últimos quehaceres Hertha se prepara para irse a trabajar al Hospital esa noche.
Se nota mucho ajetreo en la ciudad, con movimientos de tropas por todas partes, ya que hay previsión de que los soviéticos están acumulando ingentes cantidades de efectivos, ante el rechazo sufrido por la Wermarcht en la ofensiva de Octubre de 1944. Donde pisaron por primera vez, suelo alemán, invadiendo algunos pueblos. Pero la tenaz resistencia del ejército alemán les obligo a retroceder con numerosas pérdidas en tanques y hombres. Puesto que la férrea moral de los disciplinados soldados germanos en la defensa del suelo patrio fue encomiable. Pero no se sabe cuánto se resistirá, puesto que Stalin envía a sus soldados como “carne de cañón” en masa, no valorando para nada sus vidas, con tal de lograr los objetivos, sin importarle las bajas. Ante la abrumadora superioridad, hay un arma que se ha hecho muy efectiva en la lucha antitanque. El “panzerfaust”, terror de los tanques soviéticos. Una especie de lanzagranadas portátil, que cuando impacta contra el tanque, lo pone al rojo vivo, obligando a la tripulación a salir, momento en el cual, es abatida por el fuego ligero.
Acabada su guardia, al salir, Hertha se encuentra que él está ahí esperándola como siempre.
—¿Cómo estás dulzura? —dice él.
—Bien, aunque la noche ha sido larga. —dice ella— ¿Nos vamos a casa?
—Como quieras, vamos. —dice él.
Mientras desayunan, ella le muestra su preocupación. Arrullándola él para reconfortar su estado de ánimo.
—Estoy muy preocupada, por la posibilidad de que tengamos que evacuar el Hospital. —dice ella.
—No te atormentes, que nada sacarás en limpio. —dice él—_El frente no se va a derrumbar de la noche a la mañana, Königsberg está protegida por tres cinturones defensivos.
—¿Pero si pasa? —dice ella.
—Pues si pasa, no se va a acabar el mundo, saldremos adelante tranquila. —dice él.
—¡Necesito que me abraces muy fuerte! —dice ella.
—Envolviéndola entre sus brazos trata de arroparla lo máximo posible, dándole un beso muy grande. —dice él—No te angusties.
—Lo siento, pero no lo puedo evitar, estoy nerviosa, angustiada y aprensiva. —dice ella— ¿Y mis padres y hermano qué?
—Por favor, no pienses en eso, el frente por suerte está más lejos aún. —dice él— ¿Hertha, a ti te está pasando algo más?
—Si, he tenido una falta en la menstruación. —dice ella.
—Impactado por la noticia, la abraza fuerte contra sí. —dice él—Eso es algo maravilloso, dejándola estupefacta.
—Es el fruto de nuestro amor, cariño. —dice él—Más responsables y unidos tenemos que estar.
—¿Pero tú eres realmente consciente de la situación? —dice ella.
—Totalmente, que a pesar de todos los horrores de una guerra, donde la muerte anda rondando por doquier, también hay un resquicio para que brote y continúe la vida. —dice él.
Aprovechan para dar una vuelta por las calles oscuras, ya que los bombardeos les han dejado, poder contemplar un cielo totalmente estrellado. Saboreando el silencio y la quietud bajo el manto de la noche. En ese remanso de paz, que tanto cuesta encontrar últimamente.
Cómplices, con las manos dadas caminan por el margen del río Pregel. Tratando de escudriñar cualquier lugar de la ciudad, para retenerlo en su retina, antes que desaparezca.
—¡Mira! —dice ella— ¿Has visto?
—Sí, es la majestuosidad de una estrella fugaz. —dice él.
—Ojalá que sea un buen augurio de que tiempos mejores nos esperan. —dice ella.
De vuelta a casa se meten en la cama, quedándose ella envuelta en sus brazos, como un ovillo. Hasta que el sueño les vence a ambos y en los brazos de Morpheus, sus mentes vuelan libres, dando rienda suelta a ese mundo onírico que anhelan. Los rayos del amanecer penetran por las rendijas de las ventanas, avisándoles de la llegada de un nuevo día.
Hernán ha estado sintonizando la BBC muy bajito ya que, está terminantemente prohibido escuchar emisoras extranjeras. Y las noticias no son nada buenas ya que, anuncian una ofensiva inmediata sobre Prusia Oriental, para la conquista definitiva de ésta. Al objeto de no alarmarla, no le dice nada a Hertha, aunque pronto se dará cuenta de la cruda realidad que se avecina, ya que aunque la Wehrmacht se ha reforzado mucho en la zona creando tres cinturones defensivos en Königsberg, la aplastante superioridad de medios soviéticos, hará que sea cuestión de días la toma de la ciudad. Las ofensivas de Octubre de 1944, resultaron un fracaso para el ejército soviético, posponiéndose esa nueva ofensiva seguramente para la que está en ciernes de desencadenarse, al haber acumulado ingentes cantidades de hombres y armamento, para aplastar completamente la resistencia de la Wehrmacht.
Hay un trasiego por las calles de la ciudad cada día más intenso de personas huyendo a pie, en bicicletas, carros tirados por animales y coches; etc. Que huyen de las localidades fronterizas de Prusia Oriental, ante la inminente ofensiva, despavoridos por las noticias que llegan de las atrocidades que cometen los soldados soviéticos.
La ofensiva que ha empezado el día 13 de Enero, con una preparación artillera, aunque el avance fue ridículo al solo lograr 1,5 km el primer día el III frente Bielorruso al mando de Iván Chemyakhovsky contra las posiciones defensivas del III Ejército Panzer y el 4º Ejército, al mando de Georg—Hans Reinhardt. El I Frente Báltico de Hovhannes Bagramyan atacaría el flanco derecho de Chemyakhovsky las posiciones del III Ejército Panzer junto al río Neman así como la destrucción de la cabeza de puerto alemana en Memel. El II Frente Ucraniano del Mariscal Konstantin Rokossovsky apoyaría por el flanco izquierdo a Chemyakhovsy, Al segundo día consiguieron avanzar 20 km a costa de un elevado número de bajas. Después de dos semanas de intensos combates el ejército soviético empezó a hacer avances constantes, aunque fuera a costa de grandes bajas. Ante semejante ofensiva, los trenes salen de Königsberg atestados de gente, aunque no había preparada ninguna evacuación. Las numerosas fortificaciones robustas de origen medieval, más las de hormigón construidas por los nazis, hicieron ver a los soviéticos que la conquista de la región no sería fácil.
Las noticias vuelan y Hertha ya se ha enterado de la eminente ofensiva soviética. Y angustiada le comenta a Hernán…
—¿Qué será de nuestro hijo que estoy esperando? —dice ella.
—Tranquila, no te agobies. —dice él.
—¿Qué será de mis padres y mi hermano. —dice ella.
—El frente está lejos, confiemos en las nuevas armas, las V2 y los submarinos XXI y los aviones a reacción Me—262. —dice él.
—Ya, son armas muy avanzadas, pero Alemania está sola frente a innumerables enemigos. —dice ella—Y la aplastante cantidad numérica del enemigo nos acabará aplastando.
Intentando tranquilizarla, le da un beso, para que no siga expresando su desesperación. Ella inmóvil se queda abrazada por él, pero las lágrimas brotan escurriendo por sus mejillas, ante la impotencia.
Caminando con paso pausado se dirigen a casa de ella, sentándose al llegar en la silla mecedora, ella. Mientras él, frente a ella, trata de consolarla.
—Tengo miedo, siento un mal presagio, de todo lo que nos puede pasar, al oír los cañonazos soviéticos indicando día a día su cercanía a Königsberg. —dice ella.
—No le des más vueltas, no pienses más en ello, de nada te valdrá.
La ciudad es un torbellino, movimientos de tropas de aquí para allá, en sus labores defensivas, construyendo zanjas antitanque, sembrando de minado, reforzando las defensas medievales; etc.
—¿Sabes? Necesito hacer el amor. —dice Hertha.
—Tus palabras son órdenes, tomándola en brazos. —dice él.
Llevándola hasta el dormitorio, posando su cuerpo sobre la colcha azul. Ella se deja caer desprendiéndose sus brazos, besándola frente a frente muy dulcemente. Desvistiéndose con suave parsimonia, parece como si el tiempo se detuviese en esos instantes. Ella se incorpora de la cama, de manera que su boca atrapa su pene, de pie como está él a su lado en la cama. E imprimiendo un movimiento cadencioso de vaivén, lo siente como va creciendo y poniéndose durísimo a cada succión. Mientras el acaricia sus cabellos, como tratando de guiar el compás de las succiones. Sintiendo la imperiosa necesidad de parar, para que no se produzca el vertido de la savia, recula hacia atrás liberándolo de sus labios. Tumbándose a su lado, su boca busca sus pezones, a los cuales chupetea golosamente. Sintiendo como se va poniendo cachonda, desliza sus dedos entre los labios de su vulva, comprobando lo excitada que está, al encontrársela toda humedecida. Avivando la llama del deseo, acariciando entre la yema de sus dedos su clítoris. Ella le insinúa que necesita que entre en ella, frotando él a continuación su glande en el surco de su vulva, dando un golpe seco para penetrarla, que lubricada cómo está, se desliza suave cual guante. La motivación del deseo contenido se va acrecentando hasta hacer que los movimientos cadenciosos se aceleren transformándose en lujuriosos. Viéndole totalmente desbocado, le advierte que tenga en cuenta su estado. Tomando conciencia afloja el frotamiento, mientras ella le atenaza con sus piernas por la cintura ante el advenimiento de su orgasmo, chillando me corrooo… Como ya no hay el peligro de reservarse, hinca su pene oprimiéndose contra ella, expulsando los chorros de semen, en medio de un grito desgarrador de tanto placer. Se miran fijamente, dejándose posar su cuerpo sobre el de ella suavemente. Con el contacto de sus pechos pegados, se auscultan mutuamente intentando oírse el palpitar de sus corazones recobrando la normalidad, después de haber vivido el éxtasis. En medio de la quietud entrelazan sus manos, como tratando de corroborar la fuerza de su amor, cuyo fruto se está gestando.
Con la mirada perdida en el techo, se la nota pensativa y él, le pregunta…
—¿En qué piensas? —dice él
—Pues pienso en que asco de guerra, solo se ve horror, miseria, heridos, destrucción y muerte. —dice ella—Que cosa más espantosa.
—Es normal, por tu estado estás demasiado sensible, pero las guerras han sido siempre así, lo único que pasa es, que ahora la estás viendo de cerca en tu adorable ciudad. —dice él.
—Cada día se oyen los cañonazos más cerca, me aterra la idea de que las hordas soviéticas irrumpan en mi ciudad y provoquen una matanza.—dice ella.
—Anda venga, vamos a salir a dar una vuelta, para despejarnos un poco de esos pensamientos tan negativos. —dice él.
—Vale, demos un paseo por la orilla del río Pregel, que no quiero pasear por la ciudad, para ver destrucción. —dice ella—Ojalá esta maldita guerra acabe de una vez.
—Relájate mi amor, las guerras son así. —dice él.
—¿Cómo quieres si solo hago que ver horrores en el Hospital. —dice ella—Gente que llega desfigurada, quemada y con alguna parte de su cuerpo amputada.
—Evádete, vive el momento como si fuese eterno, saborea este sosiego y mira este maravilloso cielo estrellado. —dice él—Con su brazo echado sobre el hombro de ella, caminan observando el reflejo de la Luna sobre la superficie del río, que parece plateada.
—¿Y tú, cómo vas con tus asuntos militares? —dice ella.
—Mientras figure como convaleciente de la Wehrmacht a la que pertenece mi unidad, así seguiré. —dice él—Ya que aunque la mayoría de los expedicionarios de la División Azul han sido repatriados, yo continúo formando parte de ese pequeño contingente de asesores que continúa.
—¿Y cuándo acabe este horror? —dice ella.
—Pues ya veremos, no adelanta querer anticipar los acontecimientos. —dice él—Puede que continúe en Alemania o deba regresar a España.
—Bien, como se nota que eres militar y tienes más temple. —dice ella.
—Ahora solo nos tenemos que preocupar, acariciando su incipiente barriguita, por nuestro hijo. —dice él.
De vuelta a casa, encienden la chimenea que él se preocupa de mover los leños, para que prendan mejor y así caldear la estancia del frío inmenso invernal. Sentados en sus butacones, acercan sus pies a la lumbre para caldearlos. Mientras se dan las manos y cruzan miradas silenciosas. En esa paz del ambiente, temen que se pueda romper la magia de esa paz, por el ulular de las sirenas, por los bombardeos. Pero por suerte, si a esa hora ya no han sonado, señal que esa noche no vendrán a hacerles la cotidiana visita de las noches. Y en esa quietud van poco a poco cerrándoseles los párpados. Pasado un rato, cuyo tiempo indeterminado no sabe calcular, se despierta él y le dice a ella…
—Anda Ángel mío, vámonos a la cama a dormir. —dice él—Entreabriendo ella sus ojos y dejándose guiar de la mano hasta el dormitorio.
Cansada cómo está se deja caer sobre el lecho, dándole él un dulce beso, deseándola que tenga dulces sueños, mientras la tapa. Él se tumba a su lado y la observa un buen rato, contemplándola lo plácidamente que duerme. Y piensa para sus adentros, que bonito es estar enamorado, esa sensación que te llena de dicha. Hasta que poco a poco se le cierran también los ojos. La noche transcurre en relativa calma, aunque se oyen lejos los disparos de la artillería soviética. Al despertar Hernán, trata de sintonizar la BBC, para saber si consigue captar alguna noticia que le permita saber a cuántos km se hallan de la ciudad.
Sin querer preocuparla, él trata de informar a Hertha, de las noticias que ha conseguido captar a escondidas y como éstas no pintan nada bien, se las suelta a cuenta gotas. Ella se marcha al Hospital, donde la han llamado para proceder a la evacuación de los heridos, en todo vehículo disponible. Ya que los soviéticos han progresado con relativa facilidad, pasando por el primer cinturón defensivo, que han destrozado. Como era de suponer, las violaciones están al orden del día, no escapándose ancianas ni niñas de la barbarie. Las tropas de las SS vigilan toda la ciudad, para que no puedan escapar entre los ancianos, mujeres y niños, cualquier hombre capaz de luchar. Ya que el Volkssturm comprendía hombres entre 16 y 60 años. Pero ante las necesidades incesantes de hombres, se incorporaron inclusive con menos o mayor edad que la establecida. Llegando hasta participar mujeres en la defensa antiaérea del Reich. Si las SS captaban algún hombre con edad de luchar huyendo, era ahorcado inmediatamente por traidor, colgándosele un cartel haciendo alusión al motivo. Para que sirviese de escarmiento, para todo aquél que estuviese tentado en hacerlo. Llegan noticias de que los soviéticos han despedazado el segundo cinturón defensivo de la ciudad. Empieza la desbandada de la población tratando de huir de las hordas soviéticas que imponen terror solo con mencionarlas. Es un sálvese quien pueda, donde coches, autobuses, trenes, motos y bicicletas son empleados en ese reguero de huida. El Hospital ha sido evacuado y los médicos y enfermeras emprenden camino hacia el Oeste, con todas las medicinas y aparataje transportable.
Habiendo quedado con Hernán emprenden la salida de la ciudad en una moto que ha conseguido él. En dirección al puerto de Pillau, antes que los soviéticos cerquen la ciudad, quedando sin escapatoria. Desde el puerto cualquier embarcación es válida para la huida. Aun a costa de ser hostigados por los barcos y submarinos soviéticos del mar Báltico.
Han llegado noticias espantosas sobre el crucero Wilhelm Gustloff, un barco con una tripulación de 590 marinos, que estaba fondeado en Danzig evacuando militares y civiles, la cantidad de personas embarcadas era de 8956 personas oficialmente, pero éstas superaban las 10580, con un hacinamiento insoportable, pero con el terror en sus rostros de caer en manos soviéticas, hacían que muchos de los fugitivos aguantasen en cubierta con un frío gélido de —20°c, expuestos a la hipotermia. El 30 de Enero de 1945 recibió orden de zarpar, soltando amarras y siendo remolcado por remolcadores fuera de la bahía de Danzig. Sabedores de que estaban al acecho los soviéticos, iba escoltado por dos torpederos, el T—36 y el Löwe. Navegaba a oscuras, para evitar ataques de la aviación, pero un mensaje de radio indicó que se dirigía hacia ellos un dragaminas, con el fin de evitar la colisión el capitán de navío Petersen ordenó encender las luces. Al hacer eso, fue detectado por el submarino soviético S—13 al mando de Aleksandr Marinesco, mandando disparar tres torpedos, que hicieron impacto por estribor. El primero alcanzó proa, el segundo impactó el sector interior de la piscina de cubierta, matando a la mayoría de enfermeras de la armada y el tercero dio hacía popa inutilizando los generadores y cortando el suministro de energía eléctrica. El Wilhelm Gustloff se inclinó inmediatamente a estribor en medio del caos interior y a la oscuridad. Miles de fugitivos saltaban a las gélidas aguas e intentaban escapar por los “ojos de buey”. El pánico cundió, impidiendo una evacuación ordenada y el correcto uso de los botes salvavidas. El rescate no se hizo esperar, acudiendo los torpederos escoltas, salvando el T—36 a 564 personas y el Löwe a 472 personas de las gélidas aguas. Otras embarcaciones salvaron a otras personas, en total se salvaron 1239 personas y perecieron 9343 personas, por quedar atrapadas en el interior del navío o congeladas en las aguas. De las 375 enfermeras de la armada, solo se salvaron tres. El navío se hundió a 44 metros de profundidad, pasando a ser la mayor tragedia marítima de la historia.
Cuando se enteró de la noticia, Hertha quedó horrorizada, ya que sabía que varias compañeras suyas de promoción viajaban en dicho navío. Y estando al lado de Hernán, rompió a llorar.
—¿Ves qué cosa más espantosa a sucedido? —dice ella.
—Estrechándola en sus brazos para consolarla, lo siento mi amor, son los horrores de la guerra. —dice él.
—Si, ahora nos toca a nosotros en este puerto helado de Pillau, pensar qué será de nuestra vida. —dice ella.
Mientras Hernán trata de hacerse con dos pasajes, para que puedan escapar de ese horror. Con el puerto totalmente copado de familias, con la esperanza de coger algún barco que les ayude en su huida. En esos instantes es, cuando uno se da cuenta de lo que llega a hacer el ser humano. Donde se pierde la moralidad, en ese sálvese quien pueda, donde aflora esa bestia que casi todos llevamos dentro deleznable.
Las noticias indican, que Königsberg ha quedado totalmente cercada, con lo que las tropas y los civiles que no han optado por huir, quedarán a merced de la divina providencia, como consuelo. Ya que las hordas soviéticas, están despedazando a cañonazos el último cinturón defensivo compuesto, por las fortalezas medievales de la ciudad.
—A Hertha, en medio de aquella locura, le entra una sensación de angustia, al acordarse de su familia.
—Necesito llamar por teléfono. —dice ella.
—¿Para qué? —dice él.
—Tengo que hablar con mí familia. —dice ella.
—Encontrar un teléfono aquí, me parece tarea imposible. —dice él.
—Te entiendo en medio de esa marabunta de gente. —dice ella—Pero necesito hablar imperiosamente con ellos, ya que tengo un mal presagio.
—Pues ven conmigo a ver si en un puesto militar consigo que te dejen llamar, al acreditarles mi condición de oficial de la División Azul integrado en el 250° ejército de la Wehrmacht, aunque en estado convaleciente. —dice él—Localizando un puesto con teléfono.
—Hertha, muy nerviosa trata de marcar el número de teléfono de casa de sus padres, pero sus manos temblorosas hacen, que sea una tarea casi imposible. Al fin consigue llamar, pero aguardando un rato que se le hace eterno, comprueba que no hay señal por el otro lado, más que, un sepulcral silencio. —dice ella—No hay línea, nadie contesta, le dice angustiada como está.
—No te extrañe, se ha podido producir una avería, que impide la comunicación telefónicamente. —dice él—Tratando de tranquilizarla.
Tras la ofensiva eminente de los soviéticos sobre el puerto de Pillau, Hernán decide marcharse allí, al no haber conseguido los pasajes. Coge su moto y montándose Hertha atrás de él, parten intentando llegar a Marienburg. Para evitar la cercanía de las tropas en la cercanía, aprovecha y atraviesa sobre el Cordón del Vistula, que está completamente helado. A mitad del trayecto comprueba que se está quedando sin combustible, observando durante el trayecto, se encuentra con un vehículo destruido, al cual intenta succionar el combustible con ayuda de una pequeña manguera de goma y una garrafa que lleva en la moto. Por suerte consigue llenar el depósito de la moto más la garrafa de reserva. Reanudando el camino, hasta llegar al anochecer a Marienburg.
Los peores augurios les aguardan, al ir acercándose a casa observan que la casa de los padres de Hertha está destruida. Angustiada le dice a Hernán que acelere para llegar cuanto antes, para interesarse por el paradero de su familia. Al llegar se dan cuenta que nadie vive en ella. Acudiendo a preguntar a un vecino, éste les confirma que murieron todos por una potente bomba que estalló en la casa.
Impactada y aun no creyéndoselo, acude al cementerio de la localidad para comprobar el panteón. Ansiosa camina rápido, hasta encontrarlo y corroborar que junto a los nombres de sus abuelos, figura el de sus padres y hermano. Con motivo de la impresión tan fuerte, sus piernas flojean, cayéndose desmayada al suelo. Sin tiempo para haberlo impedido, Hernán la toma en sus brazos, tumbándola en un prado cercano, intentando reanimarla. Dándole pequeñas bofetadas para que reaccione, consigue que poco a poco se recupere, al tiempo que se escurren sus lágrimas por sus mejillas. Él la acurruca junto a él para tratar de consolarle su dolor y tratar de que al menos se sienta protegida.
—La vida es una mierda. —dice ella.
—Mirándola, solo le sale decirle, lo siento mucho mi amor. —dice él.
—Mi vida se ha acabado, ya carece de sentido. —dice ella.
—No digas eso por favor, acariciándole la tripa, le tienes a él y me tienes a mí. —dice él.
—Mirándole unos instantes, cierra sus ojos, como tratando de huir de la realidad en medio de intensos suspiros, ya lo sé. —dice ella.
Las tropas soviéticas siguen avanzando, ya han dejado aislados Königsberg del puerto de Pillan. Por lo tanto una vez comprobada que la familia de Hertha está muerta, solo les queda continuar su huida hacia el Oeste, ya que conforme el plan aliado, la partición de Alemania, delimita que Prusia Oriental, Pomerania y Silesia hasta la línea Oder—Neisse serán entregados a Polonia. Por lo tanto tendrán que seguir más allá de ella, para continuar en Alemania en el futuro.
La duda de Hernán es, si continuar viaje vía terrestre o si seguir vía marítima a través de Danzig. Aunque el terrible recuerdo de lo que le sucedió al Wilhelm Gustloff le hace decantarse por la vía terrestre.
—Mi amor, se ha hecho noche, tenemos que buscar un lugar para pernoctar. —dice él—Alojándose en un hotel de la localidad.
—Ella cabizbaja, sin decir palabra, le sigue, mostrándose en un estado de postración total.
Se acuestan ya que ella no tiene hambre, acurrucándose uno al otro, para consolarse mutuamente, por el cúmulo de sus desgracias.
—Mirándole fijamente le pregunta, ¿qué será de nosotros? —dice ella.
—No te obsesiones mi amor, que yo cuidaré de ti y saldremos de esta. —dice él.
—Menos mal que te tengo a ti, ya que me siento totalmente desamparada, con todas las desgracias. —dice ella.
—Trata de dormir, que mañana nos espera un duro día. —dice ella.
Abrazaditos como dos ángeles huérfanos de la vida, poco a poco se les van entornando los ojos, hasta cerrárseles completamente los párpados.
El zumbido de los bombarderos pasando, les despierta en medio de la noche, con Hertha sobresaltada, pero felizmente para ellos pasan y van a llevar la destrucción a otro lugar.
—Con los ojos abiertos como platos a ella le cuesta volver a conciliar el sueño, preguntándole él, ¿en qué piensas? —dice él.
—Pienso en los horrores que estarán pasando, los conocidos míos que dejé en Königsberg. —dice ella.
—La ciudad a pesar de cercada, aún resiste las embestidas de los soviéticos. —dice él—Ojalá alguna de las unidades enviadas por la Wehrmacht consigan romper el cerco.
—Ya, pero mientras tanto los soviéticos los están despedazando, hasta no dejar ladrillo sobre ladrillo. —dice ella—Y a saber el hambre y frío que estarán pasando, al estar sin provisiones por el cerco.
—Bueno no seas tan drástica que con eso no vas a arreglar nada y lo único que vas a conseguir es angustiarte más. —dice él.
Un día nuevo amanece y los rayos de Sol se filtran por las rendijas de las ventanas. Despertándose después de una noche en que casi no han pegado ojo.
Sin tiempo que perder, después de desayunar, se montan en la moto camino a Berlín. Ya que les espera un largo trayecto de más de 500 km. Y tendrán que sortear seguramente varios obstáculos por los frentes de guerra, ya que los soviéticos han desatado también una fuerte ofensiva por el centro, con el objeto de conquistar cuanto antes Berlín. Noticias del frente indican que un grueso ejército de más de 3.500.000 hombres al mando de Zukhov avanza imparable hacia el río Oder.
Con un frío gélido, acrecentado por el viento que sopla al desplazarse la moto, Hernán le cede a Hertha la capa de oficial para que se tape todo lo mejor posible, puesto que se ha puesto a nevar. Cuando llevan sobre unas dos horas de trayecto, divisa un control del ejército al cual piensa pedir información sobre la variación de los frentes. Pero cuando se encuentra como a 200 m ve que un soldado le está dando el alto. Oh sorpresa, comprueba en la distancia que ni el uniforme ni el casco son de la Wehrmacht, sino soviético. Sin pestañear se separa de la carretera, metiéndose por un camino de tierra al margen. Él percibe que una moto sale al tiempo en su persecución del puesto. En el camino que se han metido, hay unas rocas, tras las cuales se esconden, diciéndole a ella que haga el más absoluto silencio de lo contrario están perdidos. Oyen la llegada de la moto de los soviéticos, observándoles Hernán descender de ella y dirigirse metralleta en mano hacia las rocas donde se esconden ellos. En una fracción de segundos piensa, si nos ven nos matarán un situ. Y no podrá plantarles cara con su Walther P38, frente a la cadencia de tiro de ellos, que los fulminará en el acto. Por eso los encañona en medio de un agujero que hay entre las rocas y les dispara a quemarropa a los dos fulminándolos sin tiempo siquiera para reaccionar.
—Vamos mi amor, súbete a la moto, mientras se hace con las ametralladoras de ellos, saliendo disparados por el camino de tierra sin saber a dónde les llevará. Pero eso no importa por ahora, lo que tienen que hacer es, poner la máxima tierra por en medio. Puesto que vendrán a su caza, en cuanto descubran sus compañeros muertos. Después de una media hora, descubren una casa abandonada, guareciéndose en ella. No vaya a ser que si les están siguiendo, vayan a oír el ruido de la moto. Se hace de noche y deciden pasarla allí. En el profundo silencio de la noche, agudizan el oído por si les estuviesen siguiendo. Pero lo único que se oye son, los roedores que habitan la casa, correteando por ella. Con la angustia del peligro acechando, no consiguen pegar ojo, manteniéndose despiertos hasta despuntar el nuevo día. Nada más clarear salen nuevamente en busca de encontrar un pueblo que no esté ocupado por los soviéticos. Para enterarse cómo está la situación y ponerse al día por dónde deben continuar. Después de una hora llegan a Küstrin a orillas del río Oder y por suerte continúa en poder de los alemanes. Allí repostan llenando el tanque de la moto y la garrafa de reserva y les ponen al tanto que los soviéticos se están acercando y que no saben cuánto resistirá, antes de la caída en manos de ellos. Por lo tanto deben continuar en dirección a Berlín. Poniendo rumbo por la carretera que va a la ciudad, pues el frío es atroz con —20 bajo cero y quieren llegar antes que anochezca, para buscar cobijo.
Hernán, no hace más que rogar, para que la moto resista y no les vaya a dejar tirados. Ya que Hertha, está muy afectada y vive con el temor de que los soviéticos les puedan dar caza, más aún después de haber matado a los dos soldados. Él intenta tranquilizarla, las guerras son así, tú o ellos.
De camino a Berlín, solo ven muerte y destrucción, vehículos destrozados, soldados muertos esparcidos, algunos con la falta de algún miembro y hasta decapitados, porque les ha volado la cabeza.
—Qué horror solo vemos muerte y destrucción. —dice ella— ¿Qué será de Alemania?
—Entiendo que a ti te sorprenda ver todo esto, pero para mi, me es de lo más familiar, ya que en el frente ruso he visto muchas atrocidades. —dice él.
—A lo que llega la barbarie humana. —dice ella—Se manifiestan los instintos salvajes más primitivos.
—Así es, esto es instinto puro de supervivencia. —dice él—O matas o te matan.
—Estoy completamente agotada mentalmente. —dice ella—Ojalá acabe cuanto antes, tanta barbarie.
A lo lejos avistan los arrabales de Berlín, con un panorama desolador. Pasan un control militar, después de acreditarse, llegando a la ciudad donde Hertha, cuenta con algunos familiares. A la busca de ellos van, aunque por el grado de destrucción que presenta la capital del Reich, les hace tener que no continúen vivos. ya llegan a dudar que los puedan encontrar con vida.
Al acercarse a los arrabales de Berlín, pueden constatar que el 80% de la ciudad presenta algún grado de destrucción. Yendo en dirección de donde viven, constatan que a pesar de estar el edificio bastante afectado, aún viven allí en el sótano. Ante tal grado de destrucción Hernán tiene claro que deben salir de la ciudad y continuar su huida hacia el oeste de Alemania. Ya que se tienen noticias de que la parte oriental del país quedará en manos de los soviéticos.
—Tranquila mi amor, que nosotros vamos a salir de aquí. —dice él.
—¿Qué piensas hacer? —dice ella.
—Voy a acudir a la embajada de España y pedir que nos repatrien. —dice él.
—Ya, pero te repatriarán solo a ti, ya que no estamos casados. —dice ella.
—Ahora pero eso tiene fácil solución. —dice él.
—¿Cómo? —dice ella.
—Pues casándonos por supuesto. —dice él.
—Cogida de sorpresa por la afirmación de Hernán, ella reacciona después de unos instantes, pues ese familiar mío que vive aquí, trabaja como archivero en la Catedral de Berlín. —dice ella.
—Fantástico pues, a ver si él puede hablar con el párroco y nos casa lo antes posible. – dice él.
—No creo la verdad, que en esta situación se case mucha gente. —dice ella—Hablaré con mi familiar.
Hernán consigue constatar que poco le hace falta al ser humano para ser feliz. La faz de Hertha ha cambiado completamente, con lo del casamiento.
—Me pediré algún vestido bonito a mi familiar para ti y otro para mí. —dice ella—Y haremos un pequeño convite con algo de vino, unas galletas y un pastel que pueda hacer la mujer de mi familiar.
—Perfecto mi amor, se nota que tienes dotes de improvisación. —dice él.
—El familiar archivero le dice a ella, que ya ha hablado con el sacerdote y ya está todo arreglado. Que el domingo les casa a las 18:00 h.
—Como la barriguita ya empieza a despuntar, le cuesta encontrar un vestido acorde con ella, no sé si me valdrá alguno. —dice ella.
Por fin llega el día de casarse 28 de Marzo 1945 y están en el altar de la catedral, donde les casarán por el rito luterano. Con los pocos invitados al enlace, que serán los testigos y padrinos de boda. Mientras transcurre el enlace, de repente se oye el zumbido de los bombarderos que vienen para arrasar lo que queda de la ciudad. Pero por suerte solo estaban de paso, no soltando ninguna bomba.
Acabada la ceremonia, se trasladan al sótano del edificio, donde celebrarán su humilde convite. Haciéndoles unas fotos uno de los presentes, con su cámara Agfa.
—Mañana vamos a la embajada para arreglar nuestra repatriación. —dice él.
Pasando la noche tumbados en una cama, sin ninguna intimidad, en el polvoriento sótano. Durmiendo muy agarraditos, puesto que el gélido Invierno, hace parecer que más que en un sótano, duermen en una nevera.
Al amanecer, cogen el tranvía para acudir a la embajada, donde les hacen los preparativos de la repatriación de exprés, ya que el personal de la embajada va a ser evacuado. Haciéndoles entrega de los pasaportes y dos billetes para embarcar en un carguero que hará escala en Lübeck en dos días, cuya partida está prevista tres días después. Embarcarán en él gracias a la condición de militar de Hernán. Ya que no hay forma de comprar unos billetes para un barco de pasajeros, al estar cancelados ese tipo de viajes. Por el peligro que entraña el acoso aliado.
De regreso a donde viven sus familiares, piden unas maletas, donde poder llevar algunas mudas de ropa. Puesto que al día siguiente, 29 de Marzo de 1945 partirán hacia Lübeck, para que con el margen de esos cuatro días, se aseguren llegar para el embarque. Puesto que el caos de los frentes de batalla, variables cada día, tanto puedes entrar en zona bajo control del ejército alemán, como en zona aliada, debido a las ofensivas y contra ofensivas.
Parten con una maleta a cada costado de la rueda atada, más el peso de ellos dos. Con mucho cuidado para evitar que las heladas les pueda hacer derrapar. Ella se agarra con fuerza por la espalda de él, rodeándole la cintura. Con los abrigos cerrados hasta arriba, tratan de evitar que la ventisca se cuele en ellos.
—¿Vas bien mi ángel? —dice él.
—Ya ves, agarradita como una lapa voy a ti. —dice ella.
—Bien pues agárrate fuerte, porque tendremos que ir sorteando la ruta, metiéndonos por los caminos para sortear todos los imprevistos que vayan surgiendo. Menos mal que la moto Zündapp KS 750 ha respondido bien hasta el momento, no dejándoles tirados.
Las ansias de libertad y escapar de la guerra, les hacen sobrellevar todas las incomodidades, más aún Hertha embarazada cómo está de cinco meses. Eso que Hernán ya intentó hacerse con una moto con sidecar, pero fue imposible por lo solicitadas que están en los frentes de guerra. Suerte tuvo que se pudo hacer con una, aunque fuera sin sidecar.
Las noticias no son nada esperanzadoras, los ejércitos soviéticos están apabullado en todos los frentes al ejército alemán. Brotan como setas, cuánto más matas, más aparecen, ya que el padrecito Stalin no siente ni padece por sus soldados. Llegan noticias de que además de Königsberg, también han cercado Breslau. Considerada por Adolfo Hitler como la ciudad fortaleza, ya que su defensa ha sido preparada a conciencia y cuenta con un aeropuerto, que aunque cercada le permite ser abastecida por aviones Junkers 52, con víveres y municiones. La capital de Silesia produce desesperación a las tropas soviéticas, ante su numantina resistencia. Pero esos descendientes de los caballeros teutónicos son así de tenaces y disciplinados, prueba de ello es que tanto en la primera como en la segunda guerra mundial, si los EEUU no les hubiera “sacado las castañas del fuego”, probablemente Gran Bretaña, Francia y Rusia hubieran sido incapaces de vencerlos. Unido a ser ellos la primera potencia mundial en inventiva, entre la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX.
El trayecto para intentar llegar a la ciudad donde deben coger el carguero que les llevará a España, se hace larguísimo. Con un panorama desolador, viendo vehículos militares destruidos, soldados despanzurrados y destrucción por todos sitios. Sorteando los frentes de batalla movibles, pues por un lado acechan los soviéticos y por el otro son británicos y norteamericanos, los que les pisan los talones.
Con la angustia de ser sorprendidos por algún control militar del enemigo, ahora que ven más cerca que nunca la posibilidad de escapar de ese infierno. Avista a lo lejos Hernán un control militar, el cual ya les está haciendo señales de alto, sin pensárselo él se desvía de la carretera, soltándoles una ráfaga de ametralladora sobre ellos. Huyendo a toda prisa, se esconden en una cabaña que está semiderruida y abandonada. Escondiéndose ambos por separado, para ocultarse mejor por si vienen a por ellos.
—Escóndete detrás de esa puerta de la despensa. —dice él—Que yo me esconderé detrás de esa mesa de madera que hay volcado de lado.
—Tengo mucho miedo. —dice ella.
—Lo entiendo, pero ahora debes hacer el máximo es el silencio, si queremos salir vivos de aquí. —dice él.
Oyen el ruido de motos acercándose, con la clara sospecha de que vienen a por ellos. Con su pistola Walher P38 desenfundada, se mantiene en tensión Hernán. Escuchando con mucha atención los pasos de los soldados soviéticos, oyéndoles hablar en ruso, tiene el dedo en el gatillo para disparar en cualquier momento. La puerta de la despensa, la abre un soldado grande como un armario y mientras inspecciona, se da de morros con Hertha que agachada y aterrada como está se queda hipnotizada mirándole fijamente. Observando que los ojos verde esmeralda del soldado que son cautivadores por su belleza la miran sin decir palabra. Ella cierra los ojos, esperando la ráfaga que ponga fin a su vida. En cuestión de segundos los vuelve a abrir y comprueba que el soldado ha desaparecido, escuchando como hablan los soldados soviéticos marchándose.
Hernán deja la protección de la mesa y va en busca de Hertha en la despensa, encontrándola sollozando por los nervios que ha pasado.
—Hemos vuelto a nacer hoy. —dice él.
—Sí, me ha perdonado la vida. —dice ella—Me miró con esa mirada glacial con esos ojos verdes y despareció, como si no me hubiese visto.
—Lo cual demuestra que en medio de la barbarie, siempre hay un alma buena. —dice él.
—Sí, no hay duda que se apenó de mí al verme en estado de gestación. —dice ella—Probablemente en su parte de humanidad le revolvió comportarse como un cobarde, matando a una mujer indefensa.
Cogen la moto que habían dejado tirada oculta en la maleza, para proseguir camino, el cual está plagado de horror y destrucción. Encontrándose militares y civiles despedazados, que les faltan algún miembro o cabeza. Cuando no otros reventados, con las tripas esparcidas, con un enjambre de insectos pululando sobre ellos.
El aire glacial invernal sopla sobre ellos, que con sus abrigos cubiertos de copos de nieve, les facilita el pasar más desapercibidos disimuladamente. Y así prosiguen agarraditos, para escapar del horror y alcanzar la libertad.
Muy desmejorada por todos los trances que se han precipitado en el ocaso de la guerra, no consigue impedir que le broten las lágrimas espontáneas a cada rato. Y Hertha no es ni sombra de aquella mujer vivaras de antaño, cuyo padecimiento ha hecho de ella un guiñapo.
Después de la ruta para llegar a Lübeck constituir toda una odisea llena de peligros y horrores, como ver soldados despanzurrados con las vísceras esparcidas, teniendo que huir y esconderse, por fin llegan exhaustos a la ciudad.
En un trayecto, que normalmente llevaría tres días como mucho en hacerlo, les lleva cinco días, llegando el 12 de Abril de 1945 corriendo enseguida hacia el puerto, ya que en media hora parte el barco. A toda velocidad se mete por las dársenas Hernán, avistando a lo lejos, que se van a disponer a quitar la pasarela de embarque, empieza a tocar el claxon de la moto como loco, para que les esperen unos instantes. Llegando justo a tiempo, empieza a gritar a los marineros, para alertarles de su llegada, apercibiéndoles de que esperen unos instantes por ellos. Enseñándoles sus pasaportes y billetes, acceden al barco, no sin dificultad para Hertha, que con sus siete meses de embarazo, tiene un barrigón enorme. Una vez dentro de éste, resoplan aliviados…
—Por fin ya estamos a salvo. —dice él.
—Sí, asiente ella con la respiración entrecortada, por haber subido a toda prisa por la pasarela de embarque, en sus condiciones. —dice ella—Ojalá sea el principio de nuestra paz.
—Ya verás como sí, para infundirle ánimos. —dice él.
El carguero se mete por el canal de Kiel, para cruzar del mar Báltico al mar del Norte, trascurriendo dicho trayecto con tranquilidad.
Las noticias no son buenas, parece que las hecatombes se extienden por Alemania como una marea negra, cayendo ciudad tras ciudad, el 4 de Abril cae Danzig, el 10 cae Königsberg, lo cual le sume en un estado de depresión a Hertha. Su ciudad de toda la vida ha sido ocupada por las hordas soviéticas, tras pactar el general Otto Lasch la rendición a cambio de un buen trato a la población y soldados. Cosa que como bien se sabe, “las palabras se las lleva el viento” y el vencedor hará lo que le venga en gana.
—¿Qué será de mi vecina Hildegart, viuda y con cinco criaturas pequeñas? —dice Hertha.
—Pues ya se sabe, la arrojarán a su familia y ella a la calle. —dice Hernán—Ya se sabe que los soviéticos y polacos tienen previsto hacer limpieza étnica, para reasentar a los polacos expulsados de la Polonia oriental. Al fin, loa soviéticos que han sido tan agresores como los alemanes con los polacos, ahora tienen que ser “lobos con piel de cordero”, compensando a Polonia por los territorios orientales que les usurparon a cuenta de territorio alemán.
Agotados se tiran sobre la litera de su camarote. Jamás podían imaginar que el destino les iba a llevar por un camino tan tortuoso, con lo felices que se las prometían cuando se conocieron. Al poco rato, duermen profundamente para reparar el mal sueño de los días de viaje en moto durante el trayecto.
Transcurrido un plazo tiempo indeterminado, de repente una potente explosión les despierta de su plácido sueño. Hernán abre de prisa la puerta del camarote, para interesarse por lo que ha sucedido, contándole un marino que encuentra que han sido torpedeados. Baja corriendo a por Hertha ya que el barco hace aguas con rapidez, estimándose que se hundirá en 30 minutos.
—Vamos ángel mío, coge la documentación y los pasaportes, que vamos evacuar el barco en un bote salvavidas. —dice él.
—Aterrada por la situación, se pone muy nerviosa, para descender al bote, con semejante barriga, tengo mucho miedo. —dice ella.
Acomodados en el bote, el barco se hunde a toda velocidad, no habiéndoles dado tiempo de apartarse lo suficiente para eludir el remolino que forma el mar al engullir el mercante. El capitán de navío grita… ¡a la mar! Para no ser engullidos por el remolino que se formará al tragarse por completo el mismo. Empezando a nadar en dirección opuesta, braceando con fuerza, los hombres. Pero Hertha en su estado no consigue más que mantenerse a flote, percatándose de la situación Hernán se acerca a ella y la coge por un brazo, ella aterrada como está se pone muy tensa, mientras él le dice…
—¡Relájate! ¡Relájate! Déjame que te ayude a salir rápido de aquí, que sino el barco cuando se acabe de hundir completamente nos engullirá a los tres. —dice él.
—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! Gritando histérica fuera completamente de sí. —dice ella.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano él la consigue arrastrar braceando solo con un brazo, mientras la sujete con el otro. A los pocos minutos horrorizados miran como el barco desaparece tragado por el mar, pero aliviados a la vez de haber eludido ser engullidos por el remolino que se forma. Por suerte aparece un dragaminas alemán, que se ha percatado de la situación avistándolos a lo lejos. Mientras los supervivientes se mantienen braceando para mantenerse a flote esperando que se acerque el dragaminas. Estando ya cerca de ellos, les lanzan unas boyas salvavidas por la borda, para después intentar izarlos a cubierta. Ayudándola Hernán a Hertha a colocarse los salvavidas, ya que le cede el suyo también. Una vez en cubierta con síntomas de hipotermia son trasladados al interior del dragaminas, para cambiarse de ropa, empapada como está de las heladas aguas del Báltico. El dragaminas los desembarca en el puerto de Bremen, que está sufriendo ataques por la cercanía de los ataques aliados.
Poniéndose en contacto con las autoridades, por lo sucedido, les arreglan para un nuevo embarque. Ya que la conflictividad del frente de batalla que se haya cada vez más cerca de la ciudad, desaconsejan a ser evacuados por vía terrestre. Al día siguiente saldrá otro carguero español de Bremen con destino a Bilbao, en España. Al día siguiente, 14 de Abril de 1945 embarcan en el carguero español que les sacará de Alemania de nuevo en su viaje de regreso a España.
Durante el trayecto, el barco claramente identificado, como de un país neutral, sufre tres detenciones para comprobar su neutralidad y no portar armamento de guerra, por los aliados. Hertha enferma con fiebres altas y permanece todo el tiempo encamada, ya que se llega a temer por su vida y la de su niño que espera, debido a soportar las gélidas aguas en el naufragio. Con sumo desvelo Hernán cuida de ello con todo esmero, como tratando de proteger su tesoro más preciado. Por fin, después de unos días de travesía arriban al puerto de Bilbao, con Hertha bastante mejorada habiendo dejado atrás la etapa crítica en que se temió por su vida.
Al día siguiente, toman un tren que les llevará a Madrid, donde Hernán como militar que es, tendrá que rendir cuentas al ejército de todo lo sucedido, desde que se le perdió el rastro cuando aún estaba en su etapa de convalecencia. Mientras realizan el trayecto Hernán lee en la prensa que la ciudad de Bremen ha caído en manos de los aliados el 25 de Abril de 1945.
Se hospedan en casa de los familiares de él, mientras al día siguiente acudirá a la embajada de Alemania en Madrid, para hacer constar la llegada de Hertha, súbdita alemana a la ciudad.
Sin hablar ni papa de español, ella se siente incómoda como si fuese una muda incapaz de expresarse. Siendo mirada por estos, con curiosidad, al conocer por fin la reciente esposa de Hernán.
Volviendo a casa Hernán, le cuenta las novedades a la familia, de lo que le han dicho en su unidad militar a la cual fue, para hacer las oportunas gestiones de todo lo sucedido en Alemania.
—Tengo que daros una sorpresa, con los familiares reunidos alrededor de la mesa. —dice Hernán.
—¿Cuál es esa sorpresa hijo? —dice el padre.
—Pues que me han ascendido a capitán. —dice el hijo.
—Vaya mi enhorabuena hijo, es el premio por tu lucha denodada en el frente ruso. —dice el padre.
—¡Felicidades! Dándole un beso en la mejilla, a su marido. —dice Hertha.
—Gracias, es el premio por todo lo que hemos padecido. —dice él.
—Hijo mío, estoy muy orgullosa de ti. —dice la madre.
—Ahora también os tengo que contar, que me envían a África a la Guinea Española en una misión, por la cual, estaré ausente unos meses.
—Es tu deber como militar, cumplir con la nación a la que te debes. —dice el padre.
—Bien, celebremos mi ascenso con un almuerzo en el Lhardy. —dice Hernán.
Transcurriendo esos días con suma paz, al haber por fin podido escapar de los horrores de la guerra. Hitler se ha suicidado el 30 de Abril de 1945. Lo que les hace reflexionar que su escape de Alemania fue por los pelos antes de que se precipitase todo.
—¿Te sientes mejor mi ángel? —dice él.
—Sí, le contesta. —dice ella—Al menos he logrado esa paz tan ansiada que necesitaba.
—Bien, vendrá a verte el médico de la familia, para interesarse por tu estado. —dice él.
—Muchas gracias, tu familia se está portando formidablemente conmigo. —dice ella—Más aun sintiéndome tan extrañada con todo lo que me rodea que resulta nuevo para mí. —dice ella.
Llegado el día, 8 de Mayo de 1945 comparece el médico de familia para ayudar al alumbramiento de la criatura de Hertha, con la ayuda de una matrona. Ya que las contracciones advierten del eminente parto. Parece que las cosas no van bien y se están complicando. Los dolores son cada vez más fuertes por las contracciones, pero el niño no asoma. Haciéndose necesaria la ayuda con fórceps. Por fin con el tiempo apremiando por evitar que ese retraso pueda traer consecuencias funestas para el bebe consiguen que asome. Hertha por el dolor y el esfuerzo está extenuada y casi inconsciente oye de repente chillar a su hijo, respirando aliviada.
La casualidad del destino ha querido que mi hijo nazca justo el mismo día que Alemania ha capitulado. Quizá sea una muestra de que siempre que algo muere, otra nace en el devenir del futuro.
Pasados unos momentos, le dicen al padre que pase para ver a su hijo, que es un varón con el pelo muy rubito que ha heredado los ojos muy azules de su madre.
—¿Cómo llamaremos al niño? —dice él—Dándole un beso a su mujer.
—¿Qué te parece que le llamemos Fritz? —dice ella—En recuerdo a mi hermano, me gustaría perpetuarle a través de mi hijo.
—Me parece perfecto mi amor, soy un hombre muy feliz al tener a mis dos amores conmigo ahora, después de todos los padecimientos. —dice él.
—Gracias por ser tan comprensivo conmigo. —dice ella—Ojalá un nuevo tiempo de felicidad nos compense por todo lo padecido hasta ahora.
—Ah por cierto, tengo novedades muy animosas para ti. —dice él.
—¿Cuáles son esas? No me dejes en ascuas. —dice ella.
—Pues verás, al ir a la embajada de Alemania a arreglar tu registro de llegada a España, al rellenar tú ficha y poner tu profesión, me han dicho que tienes grandes posibilidades de poder trabajar en el Hospital Alemán en Madrid en la calle Francisco Silvela. —dice él.
—Vaya, que sorpresa, a ver si va a pasar que España es la tierra de la promisión. —dice ella.
—Pues así me lo comentó el embajador, por lo tanto cuando te recuperes deberás pasarte por allí, a ver qué te dicen.
—¡Dame un beso! —dice ella—Hoy es un día en el cual soy muy feliz.
Al día siguiente leen la noticia de que Alemania ha capitulado, lo que hace sumirla en gran tristeza a Hertha. Pero a pesar de todo, le consuela que por lo menos los horrores de la guerra hayan finalizado y que su pueblo pueda volver a vivir en paz, dejando atrás todos esos delirios de grandeza a los cuales les llevó un loco.
Los días van transcurriendo sin más, hasta que llega el día la partida de que Hernán va en misión a Guinea Española. En la cual estará ausente unos meses.
Hertha que ya se ha recuperado y mima a su retoño como buena teutona, se acerca al Hospital Alemán, para interesarse por su situación profesional. Y felizmente todo ha salido a pedir de boca, la han contratado.
Acuden a la estación de Atocha, para despedir a Hernán, los padres de éste, su hijo y su mujer. Allí va a tomar el tren que le llevará hasta Barcelona, desde donde partirá en barco hasta la Guinea Española.
Como en todas las despedidas, los sollozos no pueden faltar, besándose con gran afectuosidad en esas despedidas que parecen que se hacen eternas. Y llega la hora de partir el tren, asomándose Hernán por la ventana del mismo, comprobando como mientras parte, desde el andén le hacen la despedida ondeando pañuelos. La emoción le hace brotar las lágrimas.
Pero como la vida continúa, al día siguiente Hertha se persona en el Hospital Alemán, que está muy cerquita de donde viven los padres de Hernán, en la Plaza Manuel Becerra. Lo que le lleva apenas 2 minutos de trayecto para cubrir los 140 metros que separan domicilio de trabajo.
En su primer día de trabajo, siente una sensación muy extraña, ya que está en otro país, pero allí dentro como el personal es mayoritariamente alemán y todos se expresan en esa lengua, se siente como si estuviese de vuelta en su Hospital de Königsberg. Lo que le hace vivir la ambivalencia de dos mundos. Ya que como es obvio, aunque la han tratado espléndidamente bien en este país, son ambientes muy diferentes en la forma de pensar y obrar en ambos mundos.
Allí tiene el placer de conocer al médico Dr. Schneider, apuesto hombre rubio como ella y con unos ojos verdes cautivadores. Que le hacen volver recordar el pasado, de su experiencia vivida con el soldado soviético.
Está claro que algo se ha producido entre ambos, debido a la gran afinidad de pareceres sobre la metodología del trabajo. Lo que redunda en que se sientan muy a gusto cuando están trabajando juntos.
Sentados un día mientras toman un café en un descanso en el Hospital, él le toma la mano disimuladamente, a lo que ella no rehúye. Charlando muy animosamente ambos, quizá por recordarle sus viejos tiempos buenos en Alemania.
De vuelta a casa, va corriendo a ver su pequeño Fritz a interesarse en cómo ha pasado el día mientras ella trabajaba. Achuchando a su rubito con gran ilusión.
Esa noche, con su bebe durmiendo en la cuna, ella se mete en cama y deja que sus pensamientos vuelen mientras espera que el sueño le venza. Hasta que poco a poco los párpados se le van cerrando hasta cerrarse completamente. En ese mundo onírico tiene un sueño muy trágico, en el que ve el cadáver de Hernán metido en un ataúd en el Mortuorio.
Se despierta con gran inquietud por el sueño inquietante que ha tenido, comentándoselo a una compañera enfermera del Hospital.
—He tenido un sueño horrible esta noche. —dice Hertha.
—¿Qué ha pasado en él? —dice la compañera.
—Pues que veía el cuerpo de mi marido dentro de un ataúd en el Mortuorio. —dice Hertha.
—Bah mujer, no le des mayor importancia, la mente humana es una fábrica de fantasías. —dice la compañera.
—Ufff no sé, siento una angustia premonitoria, que no sé muy bien cómo interpretar. —dice Hertha.
—Bobadas, no hagas caso, son cosas que se sueñan sin mayor importancia. —dice la compañera.
Al día siguiente Hertha se incorpora como de costumbre a su puesto de trabajo. Pasando a desempeñar sus tareas rutinarias, cuando oye que alguien la llama a voces…
—Hertha, Hertha, tienes una llamada para ti. —le dice una enfermera.
—Ella toma el teléfono y pregunta… ¿Quién es? —dice Hertha.
—Hertha, soy Vicente tu suegro. —dice el padre—Tienes que venir a casa, que tenemos que contarte algo importante.
—¿Se ha puesto enfermo Fritz mi hijo? —dice ella.
—No, tu hijo está bien, acércate y te lo contamos.
Pidiendo permiso en el Hospital, se ausenta para acudir al domicilio, caminando muy nerviosa, ante la duda de que podrá ser, lo que no le han querido decir por teléfono.
Al llegar al domicilio, le abre la puerta su suegro, invitándola a que pase y se siente. Encontrándose con su suegra sentada en un butacón entre sollozos, temiéndose lo peor.
—Verás Hertha, expresándose en un alemán muy rudimentario, le explica que Hernán ha sufrido un accidente muy grave mientras circulaba por un camino en la Guinea. –dice el suegro.
—¿Pero cómo está Hernán? –dice ella—Con la voz toda alterada.
—Está hospitalizado, aguardamos noticias del ejército, que nos han dicho que nos darán informes sobre su estado todos los días. —dice el suegro.
—¿No puedo llamar yo allí? —dice ella.
—Pues no, han dicho que nos llamarán hoy sobre las 17:00 h hora de España. —dice el suegro—Para darnos el parte diario del médico.
Muy aprensiva corre hacia el dormitorio, para coger a su hijo en brazos y sentarse con él en la mecedora, mientras le escurren las lágrimas. Recuerda el sueño que tuvo hace dos días, teniendo el pálpito que fue una premonición y por lo tanto se teme lo peor para Hernán.
Pasan las horas que se le hacen eternas, cuando a eso de las 17:00 h en punto suena el teléfono, cogiéndolo presurosa para obtener noticas de su marido.
—Buenas tardes, ¿con quién tengo el gusto de hablar? —dice el interlocutor.
—Hertha, dándose cuenta que no entiende lo que le dicen, pasa nerviosamente el teléfono a su suegro que está al lado.
—Perdone usted, soy el padre de Hernán, que se pone al habla ya que mi nuera no entiende español, al ser alemana. —dice el suegro—¡Dígame usted!
—Señor, siento darle la noticia de que su hijo ha fallecido en el día de hoy. —dice el interlocutor.
—Muchas gracias señor, pasaré la novedad a la familia, tenga un buen día.
—¿Qué le ha dicho? —dice Hertha.
—Lo peor hija, Hernán ha fallecido, escapándosele al padre las lágrimas mientras se lo dice. —dice el suegro.
—Despavorida suelta un grito…nooooo, no puede ser, corriendo hacia el dormitorio donde está su hijo.
Toma a su hijo de la cuna y empieza a caminar de un lado para otro con él en brazos por el dormitorio, presa del nerviosismo, sin saber muy bien cómo reaccionar y qué hacer ante la noticia.
Mientras en la sala de estar, el suegro consuela a su mujer, que ha quedado impactada por la noticia y no parar de llorar angustiosamente.
Pasado un rato, Hertha se sienta otra vez sobre la mecedora y mientras acuna a su hijo, le empieza a hablar, como tratándole de explicar lo sucedido. La criatura, mira fijamente a su madre, como si supiese que le trata de transmitir algo muy importante, que su corta edad no le permite entender. Así permanecen ambos, quedándose dormidos.
El cuerpo de Hernán es repatriado desde Guinea a España en barco, en un viaje que le lleva 10 días en barco. A la llegada de su cuerpo a Madrid, se prepara su funeral, para ser enterrado en el cementerio de la Almudena. Dándole sepultura en el panteón familiar que posee la familia.
Tomándose unos días de luto, Hertha trata de reorganizar sus pensamientos en su condición de viuda. Reflexionando, escapamos de los horrores de una guerra y el destino nos viene a separar en una misión por un accidente en África.
De vuelta a su trabajo en el Hospital Alemán, lo cual cree que le sentará muy bien, para tratar de no pensar tanto en el fallecimiento de su marido; se siente arropada en sus momentos de necesidad de explayarse por el Dr. Schneider. Allí trata de evadirse de la cruda realidad centrándose con mucho esmero en su trabajo.
Pero el paso del tiempo todo lo mitiga y meses después ya no tiene esa fijación en el pensamiento del fallecimiento de su marido y centrada con su niño, va poco a poco abandonando ese estado de penuria en el cual estaba sumida.
Para ella ha sido un cúmulo de cosas, llegar a un país nuevo, adaptarse a unas costumbres tan diferentes al suyo, asumir la pérdida de su marido, readaptarse y aprender un nuevo idioma. Ya que en el trabajo como habla en alemán con todos los médicos y enfermeras, su uso del español es más bien escaso.
Al llegar el fin de su jornada, mientras toma un café con el Dr. Schneider, que ha sido su gran valedor en apoyarla en elevar su estado de ánimo, éste la invita si no le apetece darse un paseo a la tarde por El Retiro. Y ella no dice que no, pero que tiene que ser después de atender sus obligaciones como madre con su hijo. Por lo tanto de poco tiempo dispondrá.
Al llegar a casa, empieza a darle vueltas a si ha hecho bien o no en aceptar la invitación del Dr. Schneider. Puesto que este país en el que vive, nada tiene que ver con la forma de pensar de Alemania. Ya que aquí es un país ultraconservador, donde te miran con lupa a todo lo que haces, mucho más siendo mujer y acrecentado por su condición de viuda. Lo que te condiciona mucho a obrar por ti misma, estando más pendiente del famoso…”Qué dirán”.
Pero ha sido alentada por las compañeras de trabajo que debe salir, que no puede permanecer todo el tiempo recluida en esa dualidad del trabajo para casa y de casa para el trabajo. Puesto que con eso no va a cambiar el destino y lo ocurrido es cosa del pasado que no merece vivir como haciendo penitencia, pues todo continuará igual.
Llega el día en que los empleados del Hospital hacen una cena entre ellos, de confraternización anual. Donde después de la cena, empieza a sonar música para un baile amenizado por el restaurante al cual han acudido.
Se empiezan a formar las parejas de baile y el Dr. Schneider le pide a Hertha que le conceda el placer de bailar con él. Ella accede, al fin, al estar rodeada por compañeros de trabajo que hacen exactamente lo mismo, no se siente tan condicionada.
En esos momentos de evasión, mientras sus cuerpos se deslizan envolventemente por la pista, sus rostros se tocan, dejándose ella mecer por la melodía del baile. Sus pensamientos vuelan recordando tiempos pasados cuando acudía a bailar. Y en esa magia se siente muy a gusto, ya que no ha hecho más que sufrir muchísimo en ese último año, con un cúmulo de desgracias provocadas por la guerra más la muerte de su marido. Cree que también tiene derecho a vivir y que no puede estar mortificándose como le dicen sus amigas, flagelándose como una penitencia, puesto que eso nada va a cambiar.
Esa noche decide romper amarras con el pasado que le acosa y decide que ya es hora de volver a empezar a vivir sin importarle lo más mínimo el qué dirán los demás que le rodean.
Como las noticias vuelan, sin saber por cuáles intrincados caminos estas han llegado a su suegra; percibe a su regreso a casa cierta tirantez por parte de ésta. Como es obvio, ya supone porqué se da esa circunstancia. La han debido venir a “calentar la oreja” con habladurías, de que cómo una mujer viuda, muestra la falta de respeto de aceptar bailar con otro hombre, cuando debe guardar la compostura.
Pero no le importa, no piensa tocar el tema so pena que lo haga su suegra con ella. Día a día se va percibiendo el aumento de la crispación y como era de esperar, la cosa estalla.
—¿A usted le pasa algo conmigo? —dice Hertha.
—Pues sí, no te lo voy a negar. —dice la suegra— ¿A ti te parece bien bailar con otro hombre, cuando aún no has cumplido el tiempo de duelo?
—No veo nada de mal, por realizar un baile, no es un pecado. —dice ella.
—Eso será en tu país, que las costumbres libertinas no se ven tan mal como aquí, pero esto es España y eso que has hecho es algo muy feo. —dice la suegra.
—Pues bien, yo seré clara con usted también, yo no tengo la culpa que ustedes tengan una mentalidad tan retrograda, en que todo lo que haga una mujer se mira con lupa, como si fuera pecado. —dice ella.
—¿Cómo? Me estás faltando al respeto, guarda tus formas con la madre de tu marido. —dice la suegra—No voy a tolerar que manches la honra de mi hijo, en esta familia.
—Muy bien, pues eso tiene fácil arreglo, mañana mismo me cambio de domicilio, buscaré un piso para que mi hijo y yo podamos vivir sin estar siendo observados como si fuésemos unos inmorales. —dice ella.
La suegra se queda enmudecida y se da media vuelta para no continuar con la discusión.
Ha pasado casi un año del óbito de su marido y no piensa seguir enterrada en vida, por unas costumbres tan atrasadas de un país.
Al día siguiente al regreso del Hospital, transmite a la familia que mañana se muda que es Sábado, puesto que ya ha encontrado una vivienda para su hijo y ella. Dejándolos boquiabiertos por la rapidez y la contundencia de su decisión. No atreviéndose a decirle nada nadie y dando por buena su decisión.
A primera hora del Sábado aparece un compañero para ayudarla a mudarse, ya que sus pequeños enseres y ropa, no hacen falta contratar una mudanza.
Instalándose en su nuevo domicilio en la calle Alcántara a 7 minutos del Hospital caminando.
Una vez emancipada del yugo inquisidor de su suegra, Hertha contrata a una muchacha para que se haga cargo de Fritz, mientras desarrolla su jornada laboral. Buscando en el trabajo el refugio que la evada de pensar en toda esa carga de pensamientos negativos que pueblan su mente.
Vuelve Schneider a invitarla a salir y dar una vuelta, no aceptando, pues quiera o no, la presión social del entorno y mucho más en un país como este tan conservador, le hace condicionarla su moralidad para que no la vea en entredicho.
Su compañera de trabajo Grete, observa que la vida de Hertha se ha reducido a esa rutina pura y dura de casa al trabajo y vice—versa. Por eso aprovechando una charla entre amigas en el Hospital, le dice…
—Hertha, no es buena decisión la que has adoptado. —dice Grete.
—¿A qué te refieres? —dice Hertha.
—Que no puedes hacer de tu viudedad tu tumba. —dice Grete—El respeto y el cariño que sentías por Hernán, ha de quedar en el recuerdo.
—¿Por qué me dices eso? –dice Hertha.
—Pues porque sé que has rechazado la invitación del Dr. Schneider para salir. –dice Grete.
—Es que no me siento aún preparada para salir con nadie. —dice Hertha.
—No es verdad, esa es la excusa que te pones para justificarte. —dice Erika
—Es posible, pero es como me siento de momento, creo que con centrarme en mi trabajo y la crianza de mi hijo, tengo suficiente por ahora. —dice Hertha.
—Pues tienes que romper esa barrera y romper amarras con el pasado, no puedes seguir esclava de algo que no tiene vuelta atrás. —dice Grete.
—Claro mujer, la vida consta mucho más que solo cumplir obligaciones, es necesario diversificarla divirtiéndose y disfrutándola. —dice Erika.
Hertha se queda pensativa reflexionando sobre el consejo de sus amigas.
Parece que el paso del tiempo, va aclarando el horizonte para Hertha y haciendo caso del consejo de sus amigas, que era el empujón que le faltaba para decidirse, acepta una nueva invitación del Dr. Schneider.
—¿Qué te parece si salimos a dar una vuelta esta tarde, después del trabajo? —dice Schneider.
—Me parece bien. —dice Hertha—Quedándose hasta ella misma sorprendida con su respuesta.
—Perfecto, pues hasta la tarde entonces. —dice Schneider.
Llega la hora de salir y el Dr. Schneider la está esperándola en la puerta. Empezando a caminar con dirección a la calle de Alcalá, donde a paso lento y acompasado van caminando, mientras charlan.
—¿De dónde eres Hertha? —dice Schneider.
—Soy de Königsberg, ¿y usted? –dice ella.
—Yo soy de Stettin. –dice él.
—Me temo que no volveremos nunca más a ver nuestras ciudades. —dice Hertha.
—Nunca se sabe, aunque bien es cierto, que hoy por hoy ya ni hacen parte de Alemania, ambas ciudades son Königsberg de la URSS y Stettin de Polonia. –dice Schneider.
—¿Nos sentamos a tomar algo en esta cafetería? —dice Schneider.
—Perfecto, así descansamos un rato mientras charlamos. —dice Hertha.
Mientras charla con el Dr. Schneider, los pensamientos son confusos por las sensaciones que siente Hertha. En esa lucha interior, de verse una viuda como flirteando con otro hombre. Con el agravante de que esa sensación le gusta, lo que la acompleja más. Ya que no ve de recibo que se estén volviendo a despertar sensaciones en su cuerpo, que creía extinguidas en el pasado. Pues para ella, es irrefutable y no lo puede negar que se siente muy atraída por ese hombre. A saber dónde acabará todo esto.
¿Qué te parece que vayamos a ver una película al cine? —dice Schneider.
—Pues sí, me hace mucha ilusión, hace muchísimo tiempo que no voy al cine. –dice Hertha—Sorprendida hasta ella misma con su respuesta tan efusiva.
Una vez en la sala de proyección, con la complicidad de la oscuridad, la mano de él se posa sobre la suya. Haciendo que ella se quede rígida pero no rehúya al contacto. Mientras se desarrolla la película él va con mucha sensualidad acariciando su mano. Al no comprobar ninguna reacción de rechazo, él se va volviendo más osado. Y suelta su mano, para echarle su brazo sobre su hombro por detrás del respaldo del asiento.
Ella sin saber cómo reaccionar ante la situación se mantiene inmóvil. Como presa atrapada en su trampa. Y lo peor de todo es que los estímulos que se manifiestan en su cuerpo, le hacen sentir que le gustan las sensaciones. Entrándole el rubor de que la otra parte se esté apercibiendo de ello, al delatarse con no oponer ninguna objeción. Por dentro se está muriendo de vergüenza, al sentir el fuego que nace en sus entrañas, del deseo de una mujer, aplacado por las circunstancias.
Schneider la achucha contra sí, rozando su rostro en el de ella, que rígida e inmóvil como está parece una estatua de fría porcelana. Él se percibe de lo tensa que está, pero es un hombre resolutivo y no va a dar marcha atrás, pues sabe que ella en el fondo está deseando sentir esas sensaciones igual que él. Le da un beso en su mejilla, que provoca que Hertha se ponga roja como un tomate, disimulado solo por la penumbra de la oscuridad. No porque ella sea una puritana, sino por esa lucha interior entre lo que está desando y como cree que debería comportarse.
Una onda de calor invade todo su cuerpo, incapaz de controlarlo, se rinde al instinto que vence con fuerza y gira su cara exponiendo sus labios a los de él. Recibiendo un dulce y tímido beso, que con tientas trata de no sobrepasarse en una primera vez. Ella toda ruborizada, no consigue controlar su cuerpo, que se humedece todo, empapando sus bragas en el despertar otra vez de una mujer adormecida.
Consciente de que no debe ir más allá por hoy, Schneider se contiene y aguarda a que finalice la película, saliendo ambos del cine sin mediar palabra sobre lo sucedido. Pero es obvio que ha sido una complicidad mutua, sin nada que reprocharse uno u otro, sobre su comportamiento.
Haciendo el trayecto al revés hacia sus casas, él se despide de ella a la cual ha acompañado hasta la puerta de su casa. Al entrar en casa va al encuentro de la chica que cuida de Fritz, para preguntarle qué tal ha estado, antes de que se marche.
Se tumba en su cama al lado de la cuna de su hijo, mientras sus pensamientos vuelan, sobre lo sucedido con Schneider. Azotándole el sentimiento de culpa cada vez que mira a su niño, como si éste fuese el testigo, que le trae al recuerdo su padre.
Pero hace ya un año que murió Hernán y el instinto de mujer, reclama su deseo por volver a sentir. Ha llegado tan excitada, cosa que ya parecía tener olvidada, que irremediablemente empieza a acariciarse su vulva tímidamente, deslizando su dedo índice por el surco estimulando su clítoris. Y así se mantiene un buen rato sin llegar a tener el orgasmo, hasta que le vence el sueño.
Al despertar, se nota toda humedecida, sorprendiéndose de que ha debido tener un orgasmo nocturno mientras dormía. Causándole pudor, mientras mira a su hijo, que con la mirada fija en ella, parece reprocharla. Cosas imposible en una criatura que no tiene más que un año. Pero cuando uno tiene sentimiento de culpa, reacciona así de sorpresivamente.
Acude al día siguiente al trabajo, encontrándose con el Dr. Schneider en el pasillo, saludándose simplemente, como si nada hubiese sucedido entre ellos el día anterior. Probablemente porque ella no sabe cómo reaccionar, confesándole el despertar de sus sentidos nuevamente, desde que había enviudado. Pero él, no se lo va a poner fácil, está decidido a ir a por ella y no va a desistir hasta lograrlo, como hombre perseverante que es.
Sometida a un manifiesto interés por parte de él, que no desiste y busca cualquier excusa, éste le lanza un convite para salir a cenar el fin de semana. Y aunque su consciente le sigue diciendo que aún no debe, su subconsciente le puede, ya que ella en el fondo también lo desea.
Aprovechando que ese fin de semana que llega, le toca a su hijo quedarse de visita en casa de los abuelos, acepta el convite viendo lo inútil de luchar contra algo inexorable.
Llega el Sábado y Schneider, pasa a recogerla a su casa, llevándola a una cena muy romántica en un restaurante muy recóndito, donde las luces tenues, le crean un ambiente de armonía cómplice. Mientras cenan, él no para de provocar roces de su pierna con la de ella, que se hace la no aludida, como si no fuese con ella el asunto.
Pero menos mal que consigue disimular, que se ha excitado de tal manera con ese roce de piernas, que sus bragas se han inundado de flujo, mientras se ruboriza interiormente con que él se pueda estar dando cuenta.
A eso de las 2:30 h de la madrugada, abandonan el restaurante, para llevarla a ella de vuelta a su casa. Pero mientras realizan el trayecto, él echa el resto e invita a Hertha a que venga a su casa, que le quiere enseñar un álbum lleno de fotos de su tiempo en Alemania. Ella le da su aprobación, aceptando la invitación; aunque ambos saben que ese acuerdo es mutuo, ya que es la excusa perfecta que deparará hasta donde serán capaces de llegar.
Una vez en su piso, él caballerosamente le abre la puerta, invitándola a pasar. Ella se sienta en el sofá, mientras él se acerca al mueble bar, invitándola a qué quiere tomar.
Con los cócteles sobre la mesa, Schneider abre el álbum, que ha sido la excusa que les ha traído hasta allí. Y mientras ella mira con detenimiento las fotos, él le echa el brazo sobre el hombro a ella. Que sin inmutarse, continúa pasando las hojas del álbum de fotos.
Como era de esperar, algo que ambos sabían, él la atrae hacia él, dándole un beso en la mejilla. Al comprobar que ella no se inmuta, se hace más atrevido y le gira el rostro con la mano, para darle un beso en los labios. Ahí se rompen todas las amarras de resistencia y sus bocas se funden en un beso muy húmedo, que desata el frenesí de entrelazar sus lenguas. Él la achucha más aún, invadiendo con sus manos debajo de la blusa, para buscar el contacto con su piel. Ella reacciona erizándose toda su piel al sentir como sus manos profanan su cuerpo. Pero presa del deseo irrefrenable tanto tiempo contenido, se deja llevar, rompiendo definitivamente las amarras que le habían reprimido hasta el momento. No oponiendo la más mínima resistencia, nota como él mete su mano debajo de su falda, acariciándola sus muslos, subiendo muy lentamente el camino hacia su vulva, que invade metiendo sus dedos por debajo de la goma de su braga. Ella nota un escalofrío, al sentir como el dedo medio penetra con lo húmeda que está.
Sin desprenderse sus bocas, ella percibe, como él se desabrocha la bragueta, liberando su pene, que erecto como está, salta como un resorte hacia fuera. Él le toma su mano y la encamina hacia su pene, asiéndolo con fuerza, para que sienta el pulsar de su deseo. Apretándolo y con un movimiento de arriba y abajo cadencioso, lo siente como se pone durísimo.
Pero como es obvio, él no se conforma solo con eso y esa mano que ha invadido su vulva, se encarga de ir deslizándole la braga por sus muslos, en un descenso vertiginoso hasta quedar abajo en los tobillos. Impelidos por ese deseo mutuo, ella trata de facilitar las cosas, sacudiendo sus piernas para que salten sus zapatos y así él pueda acabar de sacarle la braga.
Él se separa de ella por unos instantes, con el fin de liberarse del estorbo del pantalón, que se saca con premura, de lo deseoso que está. Recostándose a su lado, besándola nuevamente, para que no se vaya a “enfriar” su mano profana una vez más su vulva, haciendo que su dedo índice, acaricie con suma delicadeza su clítoris. Ella deja escapar un pequeño jadeo, que es el aviso, de que está receptiva a lo que está sucediendo. Con cierta torpeza él, intenta soltar los corchetes de falda, para que sus cuerpos queden libres de impedimentos, cosa a la cual ella ayuda.
Deseoso como está, siente la imperiosa necesidad él, de oler y sentir la fragancia de su sexo, posando su rostro sobre su vulva, a lo cual ella instintivamente cierra las piernas aprisionando su rostro entre sus muslos. A lo cual él responde fuera de sí como está, con darle lametazos con gran fruición, haciendo que la maravillosa sensación de placer que le provoca a ella, provoque que abra sus piernas. Pero sus manos si se agarran a la cabeza de él, como tratando de guiarle los movimientos que su lengua le están llevando al éxtasis del placer.
No aguantando más él, siente la imperiosa necesidad de penetrarla, quiere sentir todo el fuego de su vagina, rozando su glande con el surco de su vulva, como preludio de fundirse con ella. Húmeda como está, éste se desliza con suma suavidad hacia su interior, empezando a hacer el vaivén con más intensidad, provocando que el frotamiento les ponga a mil a ambos. Excitándoles el ruido del chasquido, cada vez que su glande hace tope rozando el cuello de su útero, de lo extremamente lubricada que está. Esa sensación tan intensa, provoca que ella trate de atraparlo al máximo, envolviéndolo con sus piernas, como tratando que no se escape esa intensidad tan inmensa que está sintiendo. Lo que le induce a él a apretarse al máximo contra el fondo de su vagina, para aumentar esa sensibilidad de acople.
Entonces de repente, ella le dice…
—Responsabilidad te pido. —dice ella.
—No te preocupes soy un hombre responsable y controlo. —dice él.
Tranquilizada por su afirmación, ella se deja llevar por el ímpetu de frotamiento del pene y jadea cada vez más acelerada, ante el advenimiento del orgasmo, que provoca que suelte un chillido de lujuria… ¡me corrooo mí amor!. Él haciendo un esfuerzo sobrehumano, intenta aguantar dentro las contracciones vaginales del orgasmo que está teniendo. Pero viéndose rendido ante tan tremendo placer, se ve obligado a salir, retirando su pene con prontitud ante el aviso eyaculatorio. Sin tiempo apenas para contener, su pene proyecta los chorros de semen sobre ella que se derraman sobre sus cabellos, rostro y senos. En medio de un grito profuso que lanza él, el cual ella con los ojos cerrados le dice goza mi ángel.
Sus cuerpos están exhaustos del frenesí vivido, él se tumba sobre ella con delicadeza, como tratando de recuperar el palpitar de sus corazones acelerados, mientras poco a poco sienten como los latidos de sus corazones van recobrando su pulso normal. Él la mira fijamente, mientras sus dedos acarician sus cabellos rubios como el Oro, dándole un dulce beso, como señal de gratitud de cuanto le ha hecho disfrutar. Ella responde tratando de envolverle en un abrazo lleno de ternura, por haberla hecho volver a sentirse mujer después de tanto tiempo.
Las cosas con su suegra no marchan bien, sin saber por qué caminos inescrutables, la susodicha se ha enterado que ha salido con el Dr. Schneider. Y al ir a recoger a su hijo a la noche del Domingo, ha tenido unas palabras más que fuertes con su suegra.
—Señora, no vengo a discutir a su casa. —dice Hertha—Simplemente vengo a recoger a mi hijo.
—Le parecerá bien, que una mujer viuda que debe guardar el debido respeto a su esposo fallecido, sea la comidilla entre la familia. —dice la suegra.
—No sé de qué me está hablando señora. —dice Hertha.
—Pues que sepa usted, que la han visto paseando con un compañero de trabajo del Hospital. –dice la suegra.
—¿Y qué tiene de malo eso? —dice Hertha— ¿Acaso debo mortificarme viviendo encerrada en casa?
—Debe un respeto a mi hijo fallecido, que yo soy su madre, guarde las formas, es lo mínimo que requiere el decoro.
—Señora, tenga usted un buen día, no tengo nada más que hablar. —dice Hertha—Saliendo con su hijo en brazos deprisa.
Al día siguiente en un rato de descanso del Hospital, le comenta a Erika lo sucedido.
—¿Qué te pasa Hertha? —dice Erika.
—Pues que estoy muy mal, he discutido con mi suegra. —dice Hertha.
—Nada nuevo me cuentas, las suegras en el fondo, salvo raras excepciones son unas cizañeras, que siempre andan metiendo la nariz en los matrimonios. –dice Erika.
—Ya, pero se ha enterado no sé por quién, que me han visto paseando con el Dr. Schneider por la calle. —dice Hertha.
—¿Y qué tiene de malo eso? —dice Erika.
—Pues me recrimina que soy una mujer viuda y que me debo un respeto a la memoria de su hijo. —dice Hertha.
—No la hagas caso, es una mujer conservadora en un país puritano de cara a la galería como este. —dice Erika—Debe creer que debes seguir casada con el fallecido de por vida y perdona mis palabras.
—Ufff…no sé qué hacer. —dice Hertha.
—¿A qué te refieres? —dice Erika.
—Pues a que estoy decidida a rehacer mi vida, sin tener que dar explicaciones a mi suegra ni estar pendiente del qué dirán. —dice Hertha.
—Pues muy bien, eso es lo que debes hacer, solo se vive una vez y lo que no puedes es tolerar estar enterrada en vida. —dice Erika.
—Ya, te tengo que contar una cosa. —dice Hertha.
—Dime, habla con confianza, que para eso soy tu amiga. —dice Erika.
—Pues que el Sábado, al salir de cena con el Dr. Schneider, pasó algo que no me esperaba. —dice Hertha.
—¿El qué? —dice Erika— ¿Qué te has acostado con el Dr. Schneider?
—¿Cómo lo has adivinado? —dice Hertha.
—Pues porque todas en el Hospital, sabemos que anda loquito por ti. —dice Erika.
—¿Ah sí? ¿Y qué te parece? –dice Hertha.
—Me parece excelente, eres una mujer joven y la vida continúa. —dice Erika— ¿No pensarás seguir con esa dualidad absurda?
—¿A qué te refieres? —dice Hertha.
—Pues a que tú fuiste una mujer ejemplar con tu esposo, en que pasó la desgracia de que vino a fallecer, le fuiste fiel, buena esposa; etc. —dice Erika—Pero ahora, él es alguien que estará siempre ahí en tu recuerdo, pero no puedes renegar de volver a ser una mujer, siendo tan joven.
—¿O sea no ves mal que salga con otro hombre? —dice Hertha.
—Pues no, claro que no, no tiene ningún sentido estarte flagelando como si estuvieses cumpliendo una penitencia, ya que eso no cambiará nada. –dice Erika.
—Gracias por tu comprensión amiga, son cosas muy íntimas y complicadas de comentar, según quién. —dice Hertha.
—Tú a tu vida, no tienes que estar pendiente de lo que dirán o no los demás. —dice Erika.
Esa noche, con su hijo durmiendo ya en la cuna, a Hertha le cuesta conciliar el sueño, puesto que a pesar de los consejos de su amiga, no lo tiene de todo claro, si está obrando bien o no, puesto que la presión social es fuerte. Ya que siente la impresión de verse observada por todo el vecindario, que la estarán “despellejándola”. Ya que el otro día, oyó por el patio interior, como dos vecinas la “ponían a caldo” sobre el ejemplo de madre que iba a ser para su hijo. Ya se sabe la gente en lugar de preocuparse de arreglar su vida, está siempre metiendo las narices en la de los demás.
Transcurre la semana sin mayor novedad, hasta que llega el fin de semana y ha quedado de dar un paseo con Schneider, pero con una novedad, les acompañará Fritz.
Paseando por El Retiro va empujando el cochecito, mientras charla con Schneider. Y como era de esperar, se va encontrando con gente conocida del barrio, del trabajo; etc. Paseando por El Retiro va empujando el cochecito, mientras charla con Schneider. Y como era de esperar, se va encontrando con gente conocida del barrio, del trabajo; etc. Ya que hace un día espléndido y la gente parece buscar el calor del Sol. A la noche ha quedado de salir con Schneider, dejando al cuidado de la muchacha a su hijo Fritz.
Schneider pasa a recogerla y juntos van hasta el restaurant para cenar y después la invita a bailar a la Sala Pasapoga, para dejarse mecer por la música mientras sus mentes son libres. Allí disfrutan de la música evadiendo de la sordidez en la que está sumido el país. Sin duda los que los vean dirán, vaya burgueses, pegándose la gran vidorra mientras el resto de la población está con cartillas de racionamiento.
Pero a Hertha no le importa, está harta de los horribles últimos tiempos, donde solo ha podido contemplar, muerte, miseria y destrucción. Sabe que su pensamiento es egoísta, pero le da igual, quiere vivir, vivir… Bastante muerte ya ha vivido para su edad.
Él la ciñe su cintura y ella se deja llevar por los pasos de él, se siente como un hada en esos momentos. Sus rostros pegados bailan al son de la música lenta, despertándose los instintos más básicos. Sintiendo ella, como su pene enhiesto se aprieta contra su vientre, advirtiendo lo que pasara esa noche.
Después de más de tres horas de baile, cuando el reloj marca las 03:30 h salen de la sala, invitándola Schneider a seguir la velada en su casa. Ella sin hacer mayores miramientos, asiente, al fin para que fingir algo que es evidente entre ellos, que se desean. Ambos en la treintena, tienen que dar rienda suelta a los efluvios que brotan con el roce de sus pieles. Por eso inexorablemente, la noche servirá para cubrir sus deseos mutuos.
Pasan al interior del piso de Schneider y toman asiento en el sofá, preguntándole él…
—¿Qué quieres tomar? –dice Schneider.
—Pues me apetecería un Gin Fizz. —dice Hertha— ¿Será posible?
—Por supuesto, dame unos instantes mientras lo preparo.
Mientras charlan, los cocteles empiezan a hacer su efecto desinhibido, dando paso a que sus labios se besuqueen, encendiendo poco a poco la mecha, lo que provoca que se busque el contacto de sus cuerpos, tomando ella la iniciativa de abrirle la bragueta y extrayéndole su pene, lo aprisiona entre sus labios, sometiéndolo a una concienzuda felación. Él se deja caer contra el costado del sofá, saboreando como ella juguetea con su lengua sobre su glande. Mientras ella percibe como éste late entre sus labios y previsora de que pueda estallar, lo libera, para que aguante más. Momento en que él le mete sus manos bajo la falda, para extraerle la braga, no sin antes comprobar su grado de excitación, que corrobora al tocar con su dedo índice su vulva, que empapada como está la delata.
Sin demora él, la coge en brazos y la lleva al dormitorio, posándola en la cama. Desprendiéndole los corchetes de la falda, para liberarla de ella. Le separa los muslos y deseoso como está, necesita impregnarse con su olor y esencia, dándole lametazos en su vulva mientras ella abre más sus muslos para facilitar la tarea que tanto placer le proporciona. Él observa como su clítoris crece, abandonando el refugio del capuchón, mostrándose todo turgente e hinchadito a sus ojos. Lo aprisiona entre sus labios, provocando que ella suelte jadeos cada vez más cadenciosos. Ella le aparta su rostro y le indica que venga…Su pene durísimo apunta cual lanza, hacia su vulva, rozándolo en el surco de sus labios vulvares, impregnándolo todo con el flujo blanquecino que mana de ella en abundancia. No resistiendo más se abre camino horadando su vagina, hasta hacer tope con su glande, acariciando el cuello de su útero. Ella se estremece toda por el placer, oyendo el chasquido cada vez que él hace tope. Agarrándole por sus nalgas para apretarlo más aún contra ella, intensificando los movimientos de rotación de su glande que cada vez son más impulsivos.
—Presa del delirio del placer, grita… ¡Tómame! ¡Tómame! —dice Hertha—¡Hazme tuya! Quiero que me hagas sentir muy mujer.
—Él enaltecido por sus palabras, aumenta el frotamiento y el golpeteo de su glande… ¡Toma nena! ¡Toma nena! —dice Schneider.
—Con sus ojos totalmente desorbitados, ella grita… me voy a correr… —dice Hertha.
—Recordando sus palabras en la cita pasada, siendo consciente de que no aguantará, él desenfunda de golpe su pene, mientras oye el jadeo de ella ante el advenimiento del orgasmo. Soltando un grito… me corrooo…
—Ella con los ojos cerrados para saborear más su orgasmo, siente como el semen salpica sus cabellos, ojos y senos una vez más.
Pasado el frenesí, pegaditos de quedan para saborear la quietud después de lo vivido. Se miran enmudecidos, dándose un dulce beso que les llena a ambos de ternura de la complicidad que hay, además del placer sexual.
Le han llegado noticias a Hertha, de que su suegra la ha puesto poco menos que de puta, al haberla visto conocidos paseando por El Retiro con su hijo y un compañero de trabajo. La mujer no asume que otro hombre vaya a ocupar el lugar de su hijo difunto. Y reprocha todas las acciones que Hertha haga, para normalizar su vida. Tiene la sensación de que hay ojos espía por todos sitios, con lo cual es obvio que alguien también la habrá visto bailando en la sala de baile.
Pues una conocida suya, que aprovecho para saludarla el otro día, no perdió ocasión, para soltarle la puya de lo que ha hablado su suegra de ella.
—Hertha, por cierto, ¿qué es lo que hace que tu suegra esté tan enfadada? —dice la conocida.
—Pues no lo sé, ni me interesa. —dice Hertha—Ella a su vida y yo a la mía.
—Anda hablando por ahí que no le dejas ver a su nieto y que tienes tu tiempo libre ocupado con otro hombre. —dice la conocida.
—Pues ya le puedes hacer llegar, que cuando quiera ver su nieto, tendrá que pasarse ella por mí casa, ya que no pienso volver a su casa. —dice Hertha.
—Ya sabes que la gente es muy mala y las habladurías dicen que estás con otro hombre a pesar de solo haber pasado un año de tu viudez. —dice la conocida.
—Sí y la gente es muy mala y se regodea hablando de los demás, como paladinos de la moralidad. —dice Hertha.
Días después, para su sorpresa se persona su suegra, para visitar al nieto. Abriéndole la puerta y haciéndola pasar.
—Hola mi nieto, ¿cómo se encuentra mi amorcito? —dice la abuela.
El niño con mirada vivaracha que aún no habla, parece querer responderle con los ojos. Sentándose ambas mujeres con el niño en brazos la abuela, parece que intentan romper el hielo.
—¿Ya has pensado a qué colegio llevarás a mi nieto? —dice la abuela.
—Sí, es algo que ya habíamos hablado Hernán y yo, antes de que naciera Fritz. —dice Hertha—Irá al Colegio Alemán de Madrid.
—Ah muy bien. —dice la suegra— ¿Y tú cómo llevas la ausencia de mi hijo en tu vida?
—Su hijo lo tengo presente en el recuerdo, que es lo que importa. —dice Hertha.
—Ya, pero tú debes guardar las formas y el decoro delante de los demás, ya que nuestra familia se merece un respeto. —dice la suegra.
—¿Qué trata de decirme, qué es indecoroso mi comportamiento? —dice Hertha.
—No, simplemente que debe tener mucho cuidado que la vean por ahí con otro hombre, cuando aún no han pasado tres años de su viudedad. —dice la suegra.
—Mire señora, yo sé muy bien cómo comportarme, no necesito una tutora que me esté diciendo lo que debo o no hacer. —dice Hertha.
—Pues no es lo que parece por los comentarios que me han llegado, de que le han visto paseando y yendo a bailar, de cena con un doctor del Hospital. —dice la suegra.
Hertha trata de controlarse en algo que parece una provocación intencionada. Y le dice, mira, no sigamos más por ahí. Ahora si me permite tengo cosas que hacer en mi casa, le acompaño a la puerta. La abuela se despide dándole un beso a su nieto y diciéndole, cuídame bien de mamá.
A la tarde noche, queda con Schneider y le habla abiertamente de la actitud de su suegra. A la cual ha tenido que debido a su actitud poco más que echar de casa.
—Mira, creo que es hora que te empieces a divorciar de ella y la empieces a llamar exsuegra. —dice Schneider—De lo contrario acabará haciéndote la vida imposible.
—Tienes mucha razón y prueba de ello es, que cuando estoy contigo me siento totalmente a gusto, pero al llegar a casa, me empiezo a mortificar con pensamientos sobre si estaré obrando bien. —dice Hertha.
—Por eso mismo te recomiendo que trates de cortar tu relación con ella y como tu hijo es un ser inocente que nada tiene que ver, mi consejo es que cuando quieras que vea a la abuela, mandes a la chica a llevarlo a casa de ella. —dice Schneider.
—Seguiré tu consejo le dice ella, despidiéndose allí mismo en la cafetería que está cerca de la casa de ella. —dice Hertha.
Al llegar a casa, siente la imperiosa necesidad de charlar con su amiga Erika y comentarle lo que ha sucedido y lo que le ha aconsejado Schneider. Llamando a su amiga por teléfono e invitándola a que venga a hacerla una visita, ya que siente la necesidad perentoria de charlar con ella. Pasado un rato suena el timbre de la puerta, es su amiga Erika que ha llegado.
—¿Cómo estás Hertha? —dice Erika.
—Pues la verdad no todo lo bien que me gustaría. —dice Hertha—Pero pasa y entra que charlamos.
—¿Qué te pasa Hertha? —dice Erika.
—Pues la verdad es, que me estoy sintiendo muy agobiada por la situación por la cual estoy pasando. —dice Hertha.
—¿Es por tu suegra? —dice Erika.
—Es por mi suegra y otro cúmulo de cosas. —dice Hertha.
—¡Explícate! –dice Erika.
—Pues verás, la verdad es que estoy viendo sometida a una presión psicológica por parte de mi suegra brutal. Persiguiéndome constantemente con lecciones de moralidad, de cómo debo comportarme, del respeto por mi difunto marido; etc. —dice Hertha.
—Entiendo y eso te está agotando completamente. —dice Erika.
—Tanto que hasta se está volviendo algo obsesivo para mí, que hasta llego a soñar con ella reprochándome. —dice Hertha.
—Pues pasa de algo tan pernicioso, rompe el contacto con ella y ya está. —dice Erika.
—Ya, eso sería fácil de hacer, pero después está el entorno, entre los conocidos del barrio, que parecen mirarte con lupa todo lo que hago. Y la verdad es, que yo no me acabo de acostumbrar con este país. —dice Hertha.
—¿A qué te refieres? —dice Erika.
—A esta manera de pensar tan conservadora y puritana, que además sé que es pura hipocresía, pero eso a mí me puede. Ver que las mujeres aquí viven subyugadas al hombre, mostrándose hipócritamente como ellos las quieren ver. —dice Hertha—Los latinos son muy diferentes a nosotros, su inteligencia se encamina siempre a la picaresca, solo piensan en eludir sus obligaciones, carecen del sentido de la integridad y siempre están pensando en hacer trampa a todo. Parece como que el sentido del deber y el cumplimiento no entran en su modo de vivir.
—Es obvio que somos distintos, cada cultura tiene sus particularidades. —dice Erika.
—Puede ser, pero yo no me adapto a esta manera de obrar, que si no tienen el látigo encima, se saltan todas las leyes posibles. —dice Hertha—Y lo peor es, que te miran por tonto, si eres una persona que obedece a las normas. Esa forma tan hipócrita de ser, de que cuando está el superior se comportan como el que mejor y tan pronto éste les da la espalda, son unos vagos que tratan de eludir sus obligaciones.
—Bueno, pero tienes tus ratos en el trabajo, donde el ambiente es auténticamente teutón. —dice Erika.
—Lo sé, prueba de ello es que por eso he aguantado hasta ahora. —dice Hertha.
—¿Entonces? —dice Erika.
—Pues que trato de sobrellevar la situación con Schneider, pero la presión que me rodea de tanta hipocresía y puritanismo de este país, me puede.
—¿Qué piensas hacer? —dice Erika.
—La verdad es que me estoy enterando a través Sozialversicherungssystem de la posibilidad de regresar a trabajar a Alemania, ahora que se ha ido aclarando el caos en que quedó el país al final de la guerra. —dice Hertha—Al fin yo soy funcionaria del sistema de Seguridad Social público de Alemania.
—¿O sea te lo estás planteando de verdad? —dice Erika.
—Sí, puesto que además de no adaptarme al país, no puedo rehacer mi vida libremente, sin arrastrar ese sentimiento de culpa que me inflige mi suegra. —dice Hertha—Al sentirme vigilada por todos los sitios, algo que se ha hecho obsesivo para mí.
—Mira, podrá sonarte duro, pero voy a ser clara contigo, pero tienes que hacer ver a tu suegra…”Que no puedes seguir casada con el difunto”. Así que, tú a tu vida y que te importe un bledo todo lo demás. —dice Erika.
Se despiden amistosamente las compañeras de trabajo y a Hertha, le ha ayudado inmensamente el poder exteriorizar con ella, todas sus frustraciones e inquietudes.
Se va al dormitorio y mira a su hijo que duerme plácidamente en la cuna y en voz bajita le dice… —Fritz nos volvemos a casa. —dice Hertha—El niño al oír la voz de su madre se mueve, pero dormido como está, continúa con su sueño profundo.
Parece que la charla con su amiga, le ha servido para aclarar sus ideas y eso le infunde paz, la determinación de haber aclarado su decisión de una vez por todas.
Queda con Schneider, para dar un paseo por ese parque al que seguramente echará de menos, si se vuelve a Alemania, como es El Retiro. El día está gris, pero camina pausadamente con sus dedos entrelazados en los de él.
—¿Cómo te sientes Hertha? —dice Schneider.
—Bien, bastante mejor después de haber charlado con mi amiga Erika. —dice Hertha.
—¿Ah sí? –dice él.
—Sí, he alcanzado una paz interior que hacía muchísimo tiempo que no sentía. —dice Hertha.
—Bien, pues disfrutemos de nuestro paseo y dame un beso. —dice Schneider.
Es obvio que una vez que ha conseguido romper amarras con todo aquello que la agobiaba desde su subconsciente, a Hertha ya todo le da igual que la vean, que la critiquen. Por lo tanto se ha decido a vivir la vida y disfrutarla todo lo posible. Y prueba de ello es, que por primera vez invita a Schneider a su casa.
—¿Te vienes conmigo a mi casa? —dice Hertha.
—¿Me invitas? —dice Schneider.
—Por supuesto, anda dame la mano y ven. —dice Hertha.
Y caminando agarraditos por la calle por primera vez, se les ve felices y sin ataduras de tener que rendir cuentas a nadie. Ella respira hondo, como si necesitase de más aire, para respirar todo el aire que le robaron mientras vivió la situación de angustia que le hizo padecer su suegra y el entorno, que tanto sufrimiento le habían provocado.
Pero su suegra no se va a rendir tan fácil y sigue poniéndola por puta delante de todo aquél que se tercia. Está claro que en su obsesión neurasténica, se ha agarrado a perseguir a su nuera, como forma de mantener vivo el recuerdo de su hijo.
Consciente de ello, a través de comentarios de conocidos, Hertha lo tiene claro y haciendo uso de la determinación teutónica, va a seguir haciendo su vida por igual, sin importarle lo más mínimo lo que pueda decir su suegra o quien sea.
En el trabajo, al día siguiente, se muestra más segura y decidida, como principio de dejar atrás ese pasado tan agónico y nebuloso que ha vivido. Cambio que perciben sus compañeros, que consciente de su situación padecida le dan ánimos reforzando su aprobación en su decisión.
Llega un fin de semana más y deja a Fritz al cuidado de la muchacha que le cuida. Puesto que esos dos días que le tocan librar, los va dedicar egoístamente única y exclusivamente que para ella. Cree que se lo merece, no puede continuar más desperdiciando la vida inútilmente.
Ojalá ese fin de semana le brinde sorpresas que la hagan dichosa.
Ese mismo Viernes, antes de salir Schneider tiene una sorpresa para Hertha, que ella ni por asomo se imagina qué es.
—Hertha, tengo una sorpresa para ti. –dice Schneider.
—¿De qué se trata? ¡No me mantengas en ascuas! –dice Hertha.
—Que nos vamos este fin de semana a la sierra. –dice Schneider.
—¿Y eso? —dice Hertha.
—¿No querías la sorpresa de un fin de semana especial? –dice Schneider.
—Pues sí, la verdad no me lo esperaba. —dice Hertha.
—Tengo un amigo que es socio del Club Alpino Español y nos va a dejar esquís. –dice Schneider.
—Caramba hace años que no esquío desde que era adolescente en Alemania. —dice Hertha.
—Pues podrás volver a esquiar, he reservado dos días en el Real Hotel Reina Victoria en Navacerrada. —dice Schneider.
—Vaya me estoy emocionando, solo de pensarlo. —dice Hertha.
—Pues prepárate que nos vamos a coger el tren a Atocha en dos horas. —dice Schneider.
—Vaya, pues me acerco rápido a casa para coger algo de ropa. –dice Hertha.
En el andén aguardan como dos chiquillos coger el tren que les llevará hasta Cercedilla, para allí enlazar con el Tren Eléctrico del Guadarrama. Parece que van a revivir cosas que quedaron muy lejanas en el pasado de sus vidas. Es Invierno y se nota el aire soplar sobre sus rostros al tener medio bajada la ventana del tren. Pero no les importa son sensaciones que les recuerdan tiempos antaño en Alemania. Después del primer trayecto, llegan a Cercedilla cogiendo el que les llevará a Navacerrada. Saborean el momento con gran intensidad, agarraditos como van son felices con algo novedoso para ellos, ir a la esquiar a la nieve en España.
Al llegar a Navacerrada, a una hora vespertina tardía, se dirigen hacia el hotel, donde tienen una habitación reservada para dos días. Al entrar en él, sienten el gran contraste de temperatura que hace fuera y dentro del mismo. Atendiéndoles el recepcionista, que confirma la reserva hecha y cogiéndoles las bolsas el botones, para llevárselas a su habitación. Como ya es hora casi de cenar, les invitan a que pasen al salón de estar del hotel. Allí se sientan en cómodos butacones cerca de la chimenea, donde el ambiente de sentir el calor mientras los leños hacen crepitar las llamas en contraste con el paisaje todo nevado que se ve por la ventana, crea un ambiente mágico envolvente.
Llega la hora de cenar y como a los cuerpos hay que hacerlos entrar en calor, unas humeantes lentejas castellanas invitan a degustarlas con sosiego.
—¿Qué tal te encuentras? —dice Schneider.
—Muy bien la verdad. —dice Hertha—Me recuerda tiempos antiguos, cuando en casa de mis padres en Marienburg, cenábamos al calor de la chimenea los humeantes potajes que preparaba mi madre, mientras contemplábamos el paisaje nevado, que veíamos como una postal navideña por la ventana.
—Tienes razón, a mí también me trae recuerdos de Alemania. —dice Schneider.
Después de saborear por largo tiempo su cena, suben a su habitación para pernoctar. Pero tanto uno como otro, saben al mirarse nada más cerrar la puerta, que antes de caer en los brazos de Morpheus, pasará lo inexorable. Él le toma su rostro entre sus manos y le da un dulce beso al tiempo que caen sobre la cama. Les recorre un escalofrío, por la mezcla del deseo y la emoción de estar solos dos días enteritos para ellos. La luz tenue de la habitación hace que la melena rubia de Hertha resplandezca, mientras sus ojos azules como el añil miran fijamente esos ojos verdes encandiladores de Schneider. Sin prisa y con una pausa como si intentasen ralentizar el tiempo, se van desvistiendo muy despacito. Hasta que el cuerpo de ella nacarado queda totalmente libre de ropa.
Él como hipnotizado por la belleza de ella, empieza a acariciarla tumbado a su costado, sus cabellos, entrelazando sus dedos de sus manos en ellos. Mientras ella inmóvil, no deja de mirarle fijamente como tratando de transmitir con su mirada, la sensación tan agradable que le produce eso. Él se reincorpora y se pone frente a ella con su lengua, empezando un tortuoso camino, recorriendo su nuca, lo cual le provoca a ella que su piel se ponga toda erizada. Continuando hasta descender y alcanzar sus senos, mordisqueándoselos delicadamente, aprisionando sus pezones entre sus labios. Un escalofrío y jadeo se le escapa a ella al sentir esa sensación de succión a los cuales somete. Con sus pezones puntiagudos y durísimos, denota su receptividad total a esas caricias, lo cual provoca que él se aventure a seguir siendo más osado. Y continúa descendiendo con su lengua hasta alcanzar su ombligo, donde se detiene para juguetear horadándolo con la puntita de su lengua, provocando que ella se deje llevar totalmente por su iniciativa. Pero él excitado como está no puede parar y baja más aún, alcanzando su vulva, que rezuma de flujo de lo excitadísima que está. Su olor a hembra le incita a sentir el sabor de su esencia en su boca, deslizando de arriba abajo con su lengua el surco de su vulva. Encontrándose él con el clítoris, todo hinchadito y turgente, que se muestra expuesto fuera del refugio de su capuchón. No resistiendo más, le empieza a dar latigazos con la puntita de su lengua, como tratando de saborear ese néctar de ella. Ella mueve inconscientemente su cabeza de un lado para otro, de lo excitante que está siendo para ella esa situación. Él que está excitadísimo acerca su pene cual ariete, deslizando su glande entre los labios de su vulva, notando como el exceso de lubricación de ella crea como un velo que envuelve su pene. Pero el deseo es imperioso y quiere más, abriéndose paso su glande para entrar en su vagina. Empezando delicadamente un movimiento de vaivén, que hace que en todo su recorrido, le provoque a ella escapársele los jadeos, mientras siente como le horada. Ella mueve sus caderas para aumentar la intensidad del placer, al tiempo que él motivado por esa sensación acelera sus movimientos volviéndose más impetuoso. Eleva sus piernas, reclinándolas hacia atrás, dejando toda expuesta su vulva para que se frote contra su vientre, que empapados como están, empiezan a mojar la cama. A cada embestida cada vez más cadenciosa a ella se le escapa un gemido de placer. Ella sabedora por veces anteriores lo que sucederá, no quiere que eso se repita y como quiere sentirle a él gozar dentro de ella, le aparta con sus manos, para que saque su pene de su vagina. Y dándose la vuelta, ella deja todo expuestas sus nalgas a la vista de él, como invitándole a que entre. Con suma delicadeza él se acerca, con la incertidumbre de si es eso mismo lo que ella le está indicando sin palabras. Y muy despacito roza con su glande su ano, a lo que ella da un apretón hacia atrás, para facilitar que se venza la resistencia de paso, que lubricado cómo está su pene por su vagina empapada, hace que éste se deslice cual guante en mano. Empieza él hacer movimientos rotatorios, para aumentar la excitación en ella…Que grita, ¡me voy a correr! Moviendo ella sus caderas para aumentar el acople total del pene en su ano. No resistiéndose más él, se agarra sus nalgas, imprimiendo un acelerado e intenso movimiento copulativo, el cual provoca que eyacule con fuerza, acrecentado por el placer de la presión que ejerce su ano al paso del semen. Soltando un alarido que llega a asustarla a ella… ¡me corrooo!
—Que escandaloso eres. —dice ella.
—¿Qué debía hacer, cortarme? —dice Schneider.
—No, pero seguro que nos han oído hasta en recepción. —dice ella.
Se reincorpora de encima de ella, tumbándose a su costado. Y se miran enmudecidos, mientras sus corazones tratan de recuperar el palpitar normal. Sus bocas se pegan recíprocamente para darse un beso de gratitud mutua y agarraditos van comprobando como muy despacito sus párpados se van cerrando, hasta plegarse totalmente. El manto de la noche les sumerge en un mundo de sueños que les llevará a dormir profundamente.
Al amanecer, acuden después de desayunar en el hotel, al Club Alpino Español, donde cogerán unos esquís. Puestos estos y con sus bastones salen a disfrutar de la nieve. Entre sonrisas y tropezones por la falta de práctica de años, empiezan a deslizarse por las laderas nevadas de la sierra.
Hertha está feliz como hacía mucho que no lo estaba, quizá contagiada por el ambiente, que le hace recordar sus tiempos adolescente en Alemania, cuando esquiaba con sus padres y hermano. El soplo de aire frío parece insuflarle ánimo, como si el destino la estuviese resarciendo de tanto sufrimiento padecido los dos últimos años. Schneider y ella juguetean con la nieva como si fueran dos niños. Ella se siente tentada a hacer un muñeco de nieve, cosa para la cual, le ayuda él. Así transcurren toda la mañana esquiando hasta saciarse completamente, con esa sensación fría que les pone los colores muy rojos.
Al mediodía a la hora de almorzar, Schneider percibe como a ella se le escurren las lágrimas por sus mejillas.
—¿Qué te pasa? —dice él.
—Nada, es una mezcla de felicidad y melancolía. —dice ella.
—¿Pero por qué? —dice él.
—Pues verás es por un cúmulo de cosas, me siento muy feliz contigo disfrutando de estos momentos tan entrañables para mí, pero a la vez se asoman mis recuerdos cuando me acuerdo de mis padres y hermano.
—Trata de sobreponerte, ya verás cómo las cosas van todas a mejor. —dice él.
—Ya pero no lo puedo evitar, la nostalgia por mi país también me afecta. —dice ella—Lo creas o no, siempre fui muy apegada a mi nación.
—Tranquila, todo a su tiempo, que todo llegará.
—¿O sea, me quieres decir, que si yo decido volver a Alemania, tú vendrías conmigo? —ella.
—Por supuesto, ¿lo dudabas? —dice él.
—Si te soy sincera tenía mis dudas, pero ahora me reconfortas al confirmarlo. —dice ella.
—Ambos somos funcionarios de Sozialversicherungssystem por lo tanto no tenemos ningún problema para pedir el traslado. —dice él.
—Así es, pero no todas las personas están dispuestas a dar un cambio de rumbo en su vida por otro. —dice ella.
—Claro los egoístas que no aman. —dice él.
A ella se le ilumina toda la cara, al escuchar esas palabras. Un impedimento menos para sus planes. Con lo cual se siente más aliviada al salvar un obstáculo que veía.
—¿Eres consciente que yo tengo un hijo, no? —dice ella.
—Claro que lo soy y espero que tengas más conmigo. —dice él.
—¡Te quiero! Le sale a ella de forma espontánea.
—Bueno ya está bien de cháchara aquí sentados, demos un paseo por ese pinar en medio de la nieve. —dice él.
La tarde transcurre sin más, disfrutando de la naturaleza hasta que empieza a anochecer, retirándose al cobijo del calor de la chimenea del hotel.
—Soy tan feliz, que no sé cómo te puedo agradecer la idea de traerme este fin de semana aquí. —dice ella.
—Cuando alguien te importa de verdad, te desvives por complacer a la persona que amas. —dice él.
Llega la hora de cenar y ella se queda embelesada sumida en sus pensamientos, mientras admira el paisaje nevado que se ve a través de la ventana.
—¿Qué piensas? —dice él.
—Pienso en los buenos momentos que dejamos pasar en la vida, por insignificantes, que se nos escapan de manera imperceptible sin valorarlos en su justa medida. —dice ella—Como contemplar este paisaje bucólico que asoma por la ventana en estos momentos.
—¿Te sientes dichosa conmigo? – dice él.
—Muy dichosa. —dice ella.
Acabada la cena se recogen a su habitación. Donde bajo la complicidad de la noche, dan rienda suelta a sus manifestaciones amorosas. Con el sonido característico del tabletear del cabezal de la cama, impelido por la pasión irrefrenable, inundándose la habitación de gemidos y jadeos casi imperceptibles.
Han sido dos días maravillosos, pero toca volver a la realidad, ya que mañana toca trabajar en el Hospital. Al abrir el buzón se encuentra con una carta con sellos de Alemania y es la respuesta que estaba esperando.
Al comparecer al Hospital al día siguiente le comenta la carta a Schneider y Erika.
—Me ha llegado el traslado a Alemania, con destino al Hospital de Colonia, tiene el plazo de un mes para incorporarse. —dice Hertha.
—Schneider y Erika que la escuchan con atención, la felicitan, muy bien. —le dicen.
—Yo pediré una excedencia aquí para irme contigo, a ver si allí consigo una plaza en el mismo Hospital de Colonia. —dice Schneider.
—Tengo que avisar en dirección, de mi partida para Colonia, para que busquen mi substituta. —dice ella.
Por medio de conocidos hace llegar a su suegra la noticia su partida a Alemania. Llevándose ésta un gran disgusto, puesto que el retoño de su hijo se irá lejos y será mucho más difícil poder verlo.
Al día siguiente está radiante en el Hospital Alemán, es otra, por fin sus anhelos se van haciendo realidad. Los días le pasan veloces, con todo el ajetreo de preparar el viaje.
Se acerca la fecha y ya ha comprado los tres billetes, para Colonia.
—Qué mujer más efectiva. —dice Schneider,
—Tengo algo que contarte algo. —dice Hertha.
—¿Qué es? —dice él.
—Que he comprado tres billetes y somos cuatro. —dice ella.
—De verdad que no te entiendo. —dice él.
—¿Te acuerdas de la segunda noche en el Hotel Real Victoria? —dice ella— ¿En que nos dejamos llevar?
—Sí, ¿qué pasa? —dice él.
—Pues que tengo una falta desde hace cuatro días. —dice ella.
—Vaya, eso se llama tener puntería, de confirmarse. —dice él.
—Pues sí, porque yo soy muy puntual con la regla. —dice ella—Si es niño le pongo yo el nombre.
—Jajaja… eres increíble, aun no estamos seguros y tú ya estás pensando en el nombre de la criatura. —dice él.
—Si es niño, se llamará Sigfrid en homenaje a mi padre. —dice ella.
—Vale tú ganas, como todas las mujeres. —dice Schneider.
Allá en Alemania tendrán que buscar una vivienda, cosa que es bastante difícil de momento, a la vista de que el país está al 80% derruida la habitabilidad, a causa de la guerra.
Pero ella está ilusionada, va empezar una nueva vida, cual ave fénix que resurge de las cenizas, aunque tenga pensamientos muy encontrados. Y aun le quedan algunas cosas pendientes en este país.
Acude con su hijo al cementerio de la Almudena, a visitar la tumba de Hernán, a modo de despedida. Su hijo de casi dos años, mira a la madre como habla sola, delante del panteón familiar.
Hernán tu hijo y yo venimos a despedirnos, ya que pronto partiremos de retorno a mi país. Tú que has sido testigo de toda mi vida desde que nos conocimos, sabrás por todas las situaciones difíciles por las cuales he pasado. Por eso estoy seguro que me sabrás entender, de que una vez perdida tu compañía, tenga derecho a rehacer mi vida, libre de los prejuicios y habladurías de los demás. Aunque a otros se les haga difícil entenderlo, estoy segura que tú me darías tu aprobación, ya que a la persona que has amado, jamás le desearías que viva toda su vida mortificado por algo que el destino cruzó en nuestras vidas, separándonos físicamente. Creo que el recuerdo de la persona que fue importante en tu vida, la forma de mantenerla viva es así, aunque sea en el recuerdo. Al fin la muerte es el fin del ciclo biológico de la vida, de la cual nadie escaparemos. Por eso quiero que tengas presente que siempre estarás presente en mi mente y que le hablaré a tu hijo, del hombre excepcional que fuiste apoyándome en todo en esta vida. Para que él a medida que vaya creciendo, tenga bien presente que tuvo la gran suerte de tener a un gran padre, aunque a penas te haya visto.
Posando un ramillete de flores de colores vivaces, como contraponiendo la tristeza que representa la muerte, se despiden, haciéndole la madre que con su manita el niño le diga también adiós a su padre. Antes de salir del Cementerio, se da la vuelta y echa una mirada atrás, como si fuese la última despedida de su pasado.
La vida continúa y ella se marcha a casa para ultimar las últimas cosas que se llevará a Alemania. Con su hijo correteando por en medio, siente esa felicidad, que trata de mostrar cautelosamente, por miedo a que algo pueda interponerse entre ellos antes de realizar el viaje de regreso.
El día 11 de 1947, cogen dos taxis, para llevar un montón de maletas aparte de ellos, hasta el Aeropuerto de Barajas.
Allí les esperan para despedirse, compañeros del Hospital, amigos, conocidos y hasta los pocos familiares de ella en Madrid. Entre los que avista a sus suegros.
—Vengo a despedirme de vosotros. —dice la suegra.
—Sorprendida por ese repentino acercamiento inesperado, pasa a su hijo a los brazos de sus suegros, despídete Fritz de los abuelos. —dice Hertha.
—Dame un beso Fritz. —dice la abuela—Que la abuela te escribirá muchas cartas para saber de ti.
—Para romper el hielo de la despedida, les da un beso a ambos suegros y les dice, ya vendréis a hacernos alguna visita a Alemania. —dice Hertha.
—Que retribuyen éstos, la suegra más que nada por compromiso, que por otra cosa.
Llega la hora de la partida, el avión saldrá en breve, en la pista les espera el avión Junkers de Iberia. Ya que Lufthansa ha dejado de existir, por decisión de los aliados al final de la guerra. Pero al fin un avión alemán les llevará de vuelta a su país.
A Hertha se le llenan los ojos de lágrimas, al verse superada por la situación de la despedida, rodeada por toda esa gente. Salen por la puerta hacia la pista los tres y caminando van hacia la escalerilla del avión.
Muy nerviosa y acomodada ya para el vuelo, mira por la ventanilla y observa como desde la platea del aeropuerto, muchos pañuelos se mueven en señal de despedida.
Solo espero, dice Hertha, que después de todas las desgracias y fatalidades que me ha reservado la vida en estos dos últimos años, sean la penitencia que me tocó pagar sin saber por qué y que a partir de ahora el destino me recompense proporcionándome una nueva oportunidad de ser feliz. El avión echa a rodar por la pista y un baño de lágrimas inunda sus ojos, agarrada a su hijo mira por la ventana, hasta que las ruedas se despegan de la pista, con la esperanza de que un mundo mejor les espera.