País Relato - Autores

a. r. cid

la niña perfecta

Prólogo
El día que Carmen y Tomás descubrieron que serían padres se imaginaron cómo sería su retoño. El más hermoso, el más listo, el más sincero… el más perfecto.
La perfección siempre ha sido difícil de alcanzar, no obstante, a sus ojos la criatura que Carmen llevaba en sus entrañas no tenía defectos, ¿cómo tenerlos si, sin haber nacido, ya era lo más grandioso que habían creado? Era fruto de un amor juvenil, pasional, de un amor que les obligó a enfrentarse a la realidad, pero no logró separarlos.
El día que Carmen y Tomás soñaron con cómo sería, con sus ojos, su sonrisa… fueron dichosos como nunca antes.
I
Noemí era tan perfecta como sus padres habían deseado. Siempre callada, tranquila, jamás se manchaba ni elevaba el tono. Todos los que la conocían solo tenían buenas palabras hacia ella, alabándola ante una madre que cogía su mano con orgullo cada vez que salían a la calle. Además, de preciosa claro está.
Noemí sonreía cuando le preguntaban algo que no debía contestar, pues no está bien mentir. Ella no comprendía exactamente por qué no estaba bien, tampoco lo cuestionaba. Si le preguntaban si era feliz sonreía, si le preguntaban si quería ir a casa de la tía sonreía, si le preguntaban si quería a mamá sonreía. Había aprendido que los que la rodeaban hacían cuando ella deseaba si sabía convencerlos adecuadamente y por eso la niña escondía sus oscuros secretos con celo y cuidado.
Eran tan sumamente perfecta que a Noa, su profesora, le causaba repelús. Cuando los grandes ojos verdes de la pequeña se posaban en ella Noa prefería alejarse, ponía distancia entre ambas sin comprender el motivo que la llevaba a recelar, ¿qué podía decir de malo de una niña que no gritaba, no peleaba, siempre recogía sus cosas y hacía sus tareas? ¿Qué podía tener de malo aquel rostro inexpresivo que, cuando percibía que era observada, soltaba una tensa sonrisa?
Noemí llevaba un vestido morado esa mañana. Era día de colegio y había preparado la mochila con antelación. Semanas le había llevado escoger todo lo que allí guardaba, por primera vez su sonrisa parecía genuina, incluso dio breves saltitos mientras se acercaba al colegio. Ya podía oír los gritos de sus compañeros y quiso más, mucho más.
Ante la inmensa puerta de metal azul se detuvo y respiró, tomó aire. Se sacudió la falda, a la que se había adherido alguna que otra brizna de hierba al pasar por el jardín del vecino, con auténtico odio. No soportaba las imperfecciones, sin embargo, las encontraba allí a donde mirase.
Apretó con fuerza la mochila contra su pecho. Lo hizo con desesperación, necesitaba de lo que allí llevaba.
Dio el primer paso con una pregunta en la mente a la que no dio gran importancia. ¿Por qué aquel día? Podría haber esperado, ¿entonces por qué?
Se sacudió los pensamientos y los dejó marchar. No era el momento de dudar, no era algo aceptable y ella jamás dudaba. Mamá la limpiaría después, tendría que hacerlo… Mamá la esperaría en cama.
Cogió la manilla y tiró con la determinación de quien sabe que no hay vuelta atrás. Sintiendo fuego líquido en las venas y algo nuevo, capaz de hacerse adictivo, continuó su camino.
―Sentaros niños. Hoy vamos a aprender la tabla del 3. Espero que todos hayáis hecho los deberes ―soltó la maestra, era una frase que apenas variaba y en la que ya no pensaba. Cuando el timbre sonaba lo dejaba ir sintiendo que ya quedaba menos para que su día terminase y pudiera tomarse un relajante baño.
―¡¡Siiiiii!! ―gritaron la mayoría mientras alzaban la mano derecha. Se rieron, se miraron unos a otros y Noa sonrió por dentro. ¿Cuándo había sentido ella ilusión por algo?
Por un momento Noa comprendió que no le acudía ninguna respuesta. “Demasiado tiempo”, dijo para sus adentros proponiéndose que debía cambiar. Tras dos años de monótona relación no podía seguir esperando un cambio. Tampoco es que le disgustase su vida, solo que sentía que se marchitaba sin remedio, preguntándose si llegaría a vieja mucho antes de que su cuerpo mostrase las señales. ¡Si solo tenía 25 años! ¿Por qué debía conformarse con una visita al cine por semana y sexo cada dos? Solo les faltaba marcarlo en el calendario… suspiró cansada para recobrar fuerzas y sonreír a los que ella consideraba el futuro.
―Eso espero porque lo comprobaré. ¿Qué os parece si os hago una pequeña prueba? ―preguntó con su cara más malvada.
―Noooo, maestra ―dijeron muchos.
―Lo dejaré pasar si encuentro un voluntario para escribir en la pizarra ―comentó con indiferencia mientras alzaba su brazo, del cual terminaba su mano aferrando una libreta―. ¿Alguien?
Los ojos de todos se giraron hacia Beatriz, que se levantó encantada por la oportunidad.
Como en todas las clases allí cada uno tenía su papel. Inevitablemente, y como siempre le ocurría, Noa volvió sus ojos hacia Noemí. Algo extraño sucedía, solía ser la primera en ponerse a escribir, pero no se había dignado a sacar la libreta. En su lugar había apoyado ambos brazos sobre el pupitre y su mentón sobre ellos.
Su manera de mirarla… Noa quiso escapar, tragó saliva sintiéndose estúpida.
―Bea ―se aclaró Noa la voz―, intenta aprovechar todo el espacio o no te cabrá.
Entonces Noemí alzó la mano.
―Profe, ¿puedo hacerle una pregunta? ―preguntó la niña con una voz neutra, falta de toda emoción.
No, no, no… le gritaba su mente, Noa no quiso escuchar.
―Por supuesto. Si puedo ayudarte lo haré ―soltó Noa tensa.
―¿Recuerda cuando Tato murió?
Tato había sido el hámster que habían tenido el año pasado como mascota, una pérdida que a muchos de ellos les había costado superar.
―Claro, lo queríamos mucho todos ―replicó Noa.
―¿Cree que sufrió? ―insistió Noemí queriendo profundizar en un tema demasiado escabroso para la profesora. Noa todavía tenía muchas incógnitas acerca de lo acontecido aquella tarde. Pasadas las semanas sin encontrar respuestas había decidido dejarlo pasar, al menos hasta ahora.
―Si he de ser sincera no lo sé ―hizo una pausa para evaluar la reacción de cada uno de sus alumnos a sus palabras―. Sin embargo, ahora se encuentra en un lugar mejor y es lo que todos debéis recordar.
―¿Y qué lugar es ese? ―continuó la pequeña, haciendo que todos dejasen de lado lo que hacían.
Ya nadie fingía escribir mientras se mantenían atentos, todos querían respuestas y la conversación era demasiado interesante. Habían querido mucho a Tato y era un tema escabroso que, por algún motivo, los invitaba a sumergirse.
La muerte, era un tema demasiado complejo hablar de eso con niños de siete años. Los miraba y comprendía que una mala palabra y tendría a muchos de sus padres pidiendo su cabeza. No obstante, estaba allí para que los pequeños aprendieran y la muerte formaba parte de la vida que habrían de recorrer.
―No lo sé, uno tan hermoso que no logro imaginármelo.
―¿Y le gustaría verlo?
Fueron esas palabras, pronunciadas con lentitud, como si hubiera paladeado cada una de ellas, las que la hicieron volverse hacia la pizarra como queriendo escapar.
―Dejemos el tema o perderemos toda la hora. Continuaremos con… ―La incomodidad de Noa era evidente.
Hay momentos en los que cometemos un error, uno que habremos de pagar, pero no nos percatamos hasta después.
Demasiado tarde.
―Si es tan hermoso, ¿por qué no quiere verlo? ―insistió Noemí.
―Algún día lo haré, pero tengo mucho que descubrir en esta vida ―susurró Noa, aunque su voz resonó en un aula en la que el murmullo más suave atravesaba la estancia.
Noemí se levantó. La maestra estaba ocupada, tensa. ¿Acaso no la quería? Era la única que nunca trató de abrazarla, le sonreía, pero no le decía lo guapa o lista que era. No, definitivamente a la maestra no le gustaba. ¿Le importaba eso?
Abrió la mochila y lo sacó. Pocos la miraban ya, los que lo hacían se quedaron mudos.
Primero dejó algo sobre la mesa. Pequeño, sin forma. Las manos de la niña, carmesís ahora, volvieron a introducirse en la mochila de Peppa Pig. Ella estaba concentrada.
Uno, dos, tres… el minutero pasaba, el tiempo, sin embargo, se había paralizado en la clase de segundo de primaria. Solo Noa seguía sin saber lo que había provocado el silencio, que se le antojaba asfixiante.
―¿Qué…? ―Noa no terminó la pregunta
―Noemí, ten cuidado. Suéltalo, por favor, puedes hacerle daño.
―Morirá, lo he visto antes ―comentó ella, cansada de que la maestra no la comprendiera. Quería aprender, ¿tan malo era?
―Por eso, ¿acaso quieres hacerle daño?
Noemí se encogió de hombros.
―Irá a un hermoso lugar, usted lo dijo ―argumentó Noemí.
Lo simplificaba de tal manera que era imposible negar que tuviera razón, aunque la niña deformaba sus palabras de forma grotesca.
―Debes soltar el cuchillo y dejarlo ir. Debes comprender que lo que estás haciendo está mal, la vida es algo valioso que debemos proteger. ―Trató de razonar creyendo, mas bien suplicando, ser capaz de convencerla de desistir―. No te castigaremos, lo prometo.
―No he hecho nada malo. ―Noemí apretó un poco el cuchillo contra el cuello de Rubén, una fina línea se dibujó en su piel morena, ella lo miró hipnotizada. Era hermoso, ¿acaso nadie más lo percibía? Su piel se rasgaba con tanta facilidad…
―Profe, ¿quiere que viva? ¿Haría cualquier cosa por conseguirlo?
Noa asintió antes de percatarse de la desconfianza de la pequeña que la observaba. Había astucia, una mirada fría y carente de calidez, se enfrentaba a un ser endemoniado con un rostro hermoso. Incluso si conseguía que nadie saliera herido, incluso entonces, solo sería cuestión de tiempo.
―Por supuesto.
―Quiero escapar ―soltó Noemí, mirando por la ventana. Sonrió hacia fuera, mientras aquellas dos profundidades verdes que se hallaban bajo sus cejas narraban atrocidades que nadie conocía. Había mucho que hacer, poco tiempo, pensó la joven―. Áteles y después a usted. Yo cerraré el nudo. ―Papá le había enseñado a realizar todo tipo de lazos, era algo que sin duda le agradecía y le parecía la mar de útil.
―Yo no… ―Si lo hacía estarían a su merced, nada podría hacer por pelear. No hacerlo sería aceptar la posibilidad de que Rubén moriría esa mañana. ¿Podía llevar ese peso sobre sus hombros? Solo debía ganar tiempo, alguien llegaría en el cambio de clase, tenía que conseguir que la hora finalizase.
Noemí meció el cuchillo abriendo una boca roja sobre la yugular de Rubén, aunque no lo suficientemente profunda para que fuera peligroso. No todavía.
Rubén lloriqueaba sintiendo a Noemí apretarlo en un férreo abrazo, con mucha más fuerza de la que cabía esperar. Su determinación, la manera de hablar a su oído prometiéndole que ahora le pertenecía, hizo que el niño lo comprendiera.
Rubén necesitaba gritarle a Noa que no le hiciera caso, que peleara, las palabras no salieron de sus labios. Era su presa y se encogía como tal, rindiéndose desde el mismo instante en el que se supo en peligro. Eran compañeros, no amigos, pero nunca la había tratado mal. ¿Por qué entonces había sido él el elegido?
―Está bien, está bien… ―Noa estiró las manos, en un gesto rápido Noemí le lanzó la mochila―. ¿Después lo dejarás?
Noemí giró los ojos despacio, sus labios se plegaron en una sonrisa inmensa, deforme, grotesca, que mostraba todos sus dientes. Inclinó la cabeza hacia la derecha, en un gesto demasiado parecido a una afirmación que no llegaba a ser tal, solo engañosamente parecida.
―Profe, ¿está decepcionada? ―preguntó con voz inocente―. No me quiere ni me comprende.
―Noemí, yo quiero a todos mis alumnos por igual.
―No es cierto, cuando me ve sabe que hay algo malo en mi interior. Es una sombra que crece y disfruta cuando la gente grita, cuando llora ―continuó la pequeña mientras retrocedía con su prisionero hasta la esquina más alejada. Los tenía a todos ante ella, vigilados. Al menos uno ya le pertenecía.
―Puedo ayudarte.
Noa ató a sus niños mientras los veía llorar y se le rompía el corazón. Tantos hermosos recuerdos compartidos, tantas risas y peleas solucionadas, eran como sus hijos y ahora los amordazaba, eran sus manos las que los convertían en bultos indefensos.
Mientras Noa terminaba Noemí se acercó a la oreja de Rubén.
―Me gustan tus ojos ―susurró.
―Gracias… ―Tembló él.
―Dice papá que el mundo cambia dependiendo de la persona que mire. ―Acercándose besó la mejilla de Rubén, él no quiso disfrutar, aunque una diminuta parte de su ser sintió una calidez reconfortante―. Eres suave, hueles bien.
―Gracias ―dijo más seguro de sí mismo.
―Me gustaría sentir lo mismo que tú. ¿Crees que me recordarás siempre? ―Con la punta del cuchillo dibujó un arco que terminó debajo de su oreja y deseó arrancársela sin previo aviso. Tuvo que respirar despacio para contener el impulso―. No importa, sé que lo harás. Hay algo único cuando la vida abandona un cuerpo. ―Sus palabras no eran propias de una niña de siete años, nada lo era. Había reflexionado largo y tendido, cuando aún trataba de mantener bajo llave sus deseos, cuando luchar contra ellos era lo que había escogido.
Noa se había detenido con las manos estiradas, Noemí sonrió al tiempo que negaba despacio con la cabeza.
―Átese usted con la cuerda y póngales la cinta en la boca.
Noa palideció. No había elegido bien, no, no, no, ¡no!
―Dijiste que nos dejarías ir.
―Y lo haré profe. Se irán a un lugar hermoso en el que siempre serán míos. Tengo a muchos, animales hermosos que nunca envejecerán ni llorarán. Los guardo para recordar cuando les di mi amor, cuando les concedí la libertad.
La diminuta mano de una niña perfecta, hermosa, lista y atenta, la diminuta mano de Noemí se cerró contra la boca de Rubén, al momento que, con un gesto demasiadas veces ensayado, le abrió la piel. La sangre manaba con fuerza, a borbotones, mientras el grito quedaba opacado. Rubén quiso arañar su abrazo, soltarse y correr, pero con cada latido de su corazón su cuerpo perdía las pocas fuerzas que le quedaban hasta que se dejó caer. Solo entonces Noemí lo soltó.
―¡Qué has hecho! ―aulló Noa sin creerse todavía que Rubén se había ido. Su rostro, congelado en una mueca de desesperación absoluta, incredulidad y dolor, era algo imposible de olvidar. La perseguiría toda la vida, ¿podría haberlo salvado de haber actuado de otra manera? ―Noemí, ¡ya basta!
Gritaba, gritaba y a la niña no le gustaba. ¡No debía gritar! ¡No estaba bien!
Noemí creía estar enfadada, aunque para los que la estaban observando la piel de su cara se había retorcido creando una máscara grotesca, demoníaca.
―Profe, tendré que castigarla…
Corrió, era muy ágil. Noa trató de agarrarla, recibió un corte en el brazo. No sintió el dolor, no tenía tiempo.
―Para, detente, por favor…
Noemí no la escuchaba. Animales o personas, todos luchaban unos segundos hasta que comprendían que lo que les daba era la paz, la nada.
El cuchillo se hundió en el vientre de la maestra hasta el mango. Noemí precisó emplear toda su fuerza para extraerlo.
Noa cayó de rodillas impactada, no estaba muriendo, no todavía, no obstante, era su sangre y eso no era bueno. El shock la dejó de rodillas sin moverse, sin defenderse.
La hoja acudió de nuevo, esta vez en su hombro. Quiso gritar, el golpe en la cabeza la sumió en la negra oscuridad.
II
Trataba de abrir los ojos, lo intentaba con todas sus fuerzas. El dolor se había desperdigado por su cuerpo y le restaba fuerzas. Se arrastró hacia la voz, hacia una canción macabra cuya letra despertaba sus miedos, incluso antes de llegar a ella.
“Una niña se despierta
Con los ojos de mamá
Ella dijo que la quería
Y el amor del alma no se va
Con los ojos de una madre
A la niña mirará
Mientras en el espejo se prepara…
El día no termina
La noche no vendrá
Con la luz de sus ojos
Ella siempre brillará.
Entrégame tu amor
Déjame querer
Que por una vez solo a ti te miraré
y…”
Incluso eso también lo hacía bien, tanto, que la piel de Noa se le había erizado mientras el silencio se colaba por los recovecos de su mente haciendo que presagiase lo peor. ¿Y sus niños? ¿Por qué nadie lloraba o peleaba?
Quiso hablar, notaba la boca pastosa.
―Noemí, déjalos. ―¿Era su forma de pelear? ¿Por qué no veía nada? ¿Por qué no conseguía abrir los ojos?
Y Noa alzó la mano, una risa suave se colocó a su lado. Era distinta a cualquier otro sonido, ella quiso acompañarla nerviosa, no lo consiguió.
Movía la mano despacio, temía y necesitaba llegar a la raíz del problema. Quería saber temiendo descubrir lo que ya intuía. Noa se estremeció.
―¡No! ¡Noooooooooooo! ¡No, no, no, no! ―Enloqueció. Ya no pensaba en nadie que no fuera ella, todo estaba perdido. Noa aulló desgarrada, incapaz de imaginar un futuro en su situación, sin la fortaleza necesaria.
―Profe, sus ojos son hermosos.
―¡Zorra! ¡Te mataré! ¡Te mataré! ―prometió desesperada Noa, olvidando que la misma que la había mutilado apenas tenía siete años, ¿acaso no era un ser inocente?
Pasos apresurados, zapatos resonando contra las frías baldosas del suelo.
―¡¿Qué sucede aquí?! ―aulló otra profesora.
Y es que Rebeca había llegado para el cambio de clase, unos minutos antes alertada por los gritos de Noa. Había llegado a tiempo para encontrar a una joven, hermosa, y detallista Noemí, arrancando un ojo de la cuenca de Beatriz, que pronto añadiría a la colección de su mochila.
III
Las noticias sensacionalistas no tardaron en apodar a la asesina como ‘la niña perfecta’ y es que, hasta ese momento, lo había sido.
Cientos de titulares relataban la historia como si de un cuento de terror se tratase y no de la curiosidad de una niña que no comprendía, del todo, que no podría regresar a casa a lavar su vestido después de lo ocurrido.
“Tras lo sucedido los agentes, que trataron de informar a los padres, descubrieron los cuerpos de éstos totalmente desfigurados. Nuestras fuentes nos informan de que, a pesar de faltarles a ambos los ojos, habían sido lavados con cuidado y colocados en la cama matrimonial como si se hallasen dormidos.
Dicen que es una escena escalofriante que no lograrán olvidar a pesar de que…”
El pueblo recibió a muchos curiosos, todos ansiosos por devorar las pocas nuevas que pudieran quedar acerca de un asunto que los habitantes del lugar deseaban enterrar cuanto antes. Pero seguían llegando, como gotas de rocío para los curiosos, más y más noticias.
“La pasada noche, justo dos días antes de que se celebrase el juicio a puerta cerrada en el que se decidiría el futuro de N. L. S., encontraron su cuerpo sin vida junto a una nota, de la cual todavía no conocemos su contenido.
Dicen que parecía feliz, a sus pies decenas de dibujos de ojos que…”
Ella había escapado, había eludido la justicia acudiendo a un lugar hermoso, tan bonito que era imposible describirlo con palabras. Dejó atrás sus inquietudes y fantasmas para volar libre, sin remordimientos y acompañada. ¿Había tenido alguna vez remordimientos? Todos le pertenecían, sin embargo, su espíritu había dejado algo incompleto.
“Fuentes policiales nos informan de que, en el cobertizo de la familia, han encontrado a la adolescente de 16 años desaparecida el pasado agosto. A pesar de hallarse en evidente avance de descomposición es evidente que le habían extraído los ojos, se baraja la posibilidad de que fuera en vida.”
Tantos secretos… Noemí quería ver el mundo, la belleza, ahogarse en ella y disfrutar de una luz que nunca percibió. ¿Dónde estaba la alegría que otros disfrutaban? ¿Por qué le había sido negada? En su interior una suave tranquilidad que la torturaba, no soportaba ser diferente, insoportablemente perfecta.
“Últimas noticias:
Una fuente anónima nos ha revelado el contenido de la nota, avisamos a los más…

‘Somos una familia, ahora sus ojos me miran con amor y los míos los dejo atrás.
Nos vamos a un lugar hermoso, ¿verdad profe?’ ”
Epílogo
Era enero y el frío traspasaba su chaqueta. El aire golpeaba con fuerza, listo para derribarla y hacerla rodar por la empedrada acera. Carlota estaba empecinada en llegar, era necesario. No había ninguna otra persona que pudiera comprender mejor su miedo, necesitaba ser libre.
“Si lo haces ella te dejará”. “No más pesadillas, no más accidentes, no más sueños…” Aunque más bien eran pesadillas, demasiado gráficas, en las que siempre era ella la que portaba las tijeras, siempre era ella.
Contó los pasos, miró de reojo las ramas de los árboles que crujían a su alrededor, centró su atención en cualquier otra cosa menos en la presencia que…
―¿Quién es? ―preguntó Noa mientras se acercaba, tanteando las paredes, hasta la puerta. Odiaba que llamasen al timbre, sentía que debía correr para que el recién llegado no decidiera marcharse y ella hiciera el camino en vano.
―Soy Carlota Uriarte. Necesito hablar con usted ―dijo la joven con miedo, sintiéndose acechada, como si al traspasar el umbral de la casa estuviera entrando en un lugar seguro.
―¿Qué quieres? ―inquirió Noa desconfiada. No le gustaban las visitas, ni que la miraran. Ahora la penumbra de su hogar era donde se escondía, conversar era doloroso, pues siempre traía a colación el peor momento de su vida.
―Por favor, déjeme entrar…
Y tras este ruego no hubo otro destino posible, no para una profesora que llevaba la vocación en el corazón a pesar de lo sucedido. Descorrió los cinco cerrojos, cerrojos que siempre supo que no servían de mucho contra sus demonios, pero que mandó instalar de todas maneras.
La guio como pudo al salón y la invitó a unas galletas, no se veía capaz de hacer te o servir un refresco, las manos le temblaban.
El reloj de pared del fondo marcó las cinco, los pelos de la nuca de Noa se alzaron con fuerza.
―Tú dirás. Espero que comprendas que ya no puedo enseñarte nada y que lo máximo que puedo hacer es escuchar.
―El otro día me encontré con una niña y nadie me cree. ―Carlota fue directa al grano.
―No comprendo lo inusual al hallarte en el colegio. ―Aunque un nombre se repetía en el interior de su mente, gritaba por ser escuchado. Era ella, había logrado regresar de la muerte, podía sentirlo.
―No lo comprende, me preguntó por usted y…
―¿Por mí? ―jadeó Noa, girando la cabeza como si todavía pudiera ver, como si fuera a descubrir el hermoso rostro de una niña acechándola desde las sombras.
―Sí, también me preguntó si sabía cómo era el lugar al que vamos al morir.
―¿Y qué le dijiste? ―inquirió Bea sintiendo que todo volvía a comenzar. El infierno se estaba abriendo bajo sus pies, casi podía sentir la diminuta mano de una niña de siete años en su hombro, apretando con firmeza allí donde la había apuñalado.
―Que no lo sabía.
Noa respiró aliviada.
Cuando ya creía que el peligro había pasado la joven, que había acudido a visitarla, a la que nunca debió haber abierto la puerta, continuó.
―Ella dijo que es hermoso, pero mucho más hermoso al observarlo con sus ojos.
Había cometido su segundo error y era uno del que no saldría con vida, lo supo y por eso no trató de escapar.
A medida que la joven hablaba su voz mutaba, se transformaba en un sonido sin emoción alguna, la voz de un muerto.
―¿Por qué? ―preguntó Noa, ya sin fuerzas para continuar una lucha que había comenzado siete años antes.
―Tengo tanto que quiero ver…
Carlota vio como sus manos se movían sin que ella diera la orden, su cuerpo actuaba con vida propia y ella estaba encerrada en una piel que, aunque fuera por unas horas, dejó de pertenecerle.
Jamás debió hablar con esa niña, nunca debió responderle.