—Greg, te llama el señor Donovan, dice que es urgente —le comuniqué a mi jefe, por la línea interna.
—Gracias, Tessa, avísale que enseguida estoy con él.
Mi jefe, Greg Larson, tenía dos años, trabajando como abogado junior, para la prestigiosa firma: Donovan & Asociados. Se había propuesto desde el primer día que puso un pie adentro, en convertirse en socio, en un período de tres años. Yo lo admiraba por su tenacidad, su constancia y su empeño.
Nuestros días comenzaban desde las primeras horas de la mañana, y no terminaban hasta muy tarde en la noche. Como consecuencia de tantas horas dedicadas al trabajo, habíamos dejado a un lado, nuestra vida personal.
Apenas lograba compartir con mis amigas, algunos fines de semana, y tener una pareja, no era una opción, pero no me quejaba, trabajar para Greg Larson, era mi sueño hecho realidad.
«Por supuesto, él no lo sabía. No sabía que estaba perdidamente enamorada, de todo lo que tenía que ver con su persona».
Era como si nuestra existencia, estuviera puesta en una interminable pausa, a la que no puedes tocar, hasta que obtengas lo que te has propuesto. Ya después seríamos libres de pulsar el botón y seguir adelante. Cómo si tuviéramos que pasar una gran prueba para poder disfrutar de la recompensa.
«¿Y cuál sería la recompensa? Eso era algo que estaba por verse».
Greg, salió de su despacho, luciendo su espectacular traje gris oscuro, de tres piezas, que se le ajustaba a la perfección, a su increíble cuerpo atlético. Él era un hombre atractivo, masculino y muy galante. Medía un metro ochenta y siete, piel bronceada, ojos café, claros, y penetrantes, cabello castaño oscuro, nariz perfilada, y una sonrisa tan desarmadora, que te dejaba de una pieza.
Desde que me asignaron como su secretaria personal, me había propuesto no fijarme en él. Primero que nada, porque era mi jefe, y segundo, porque necesitaba el trabajo, pero su personalidad caballerosa y su trato respetuoso, me tendieron una trampa.
—Deséame suerte, esperemos que no me despidan —dijo sonriente, en tono de broma, mientras caminaba frente a mi escritorio.
—Suerte —le susurré antes de atender una llamada telefónica.
Había tenido un día de locos en la oficina, de esos en los que el teléfono no para de sonar, las reuniones se acumulan, los problemas abundan, y no dejas de caminar de un lugar a otro, tratando de adelantar alguna tarea asignada, pero siempre eres interrumpida.
Dos horas más tarde, me hallaba en el archivo, terminando de colocar los últimos documentos, solté un largo suspiro, estaba agotada. Me percate de ver el reloj, para darme cuenta que era la hora de salida.
Por suerte era viernes, mi amiga Laura, me había invitado a tomarnos una copa al salir del trabajo, me apresuré en recoger mi bolso y me dirigí al despacho de Greg, quién había regresado de su reunión con una sonrisa en los labios.
Quería avisarle que me iba, así toqué con suavidad y esperé su respuesta:
—Adelante —pronunció con tranquilidad, abrí y asomé la cabeza.
—Me voy Greg, feliz finde —anuncié alegremente.
—¿Te vas con esa lluvia tan fuerte? —preguntó ansioso, parecía preocupado por mi bienestar.
Greg se encontraba de pie, frente a la ventana, dándome la espalda, disfrutaba de un buen whisky, mientras observaba maravillado, como caía la lluvia, a través del cristal, abatía con fuerza, azotando la ciudad sin remordimientos.
—¿Está lloviendo? Ni siquiera me había dado cuenta —dije sorprendida, mientras caminaba, ubicándome a su lado, admirando con desilusión la tormenta.
—Creo que estaremos atrapados por un buen rato, ¿quieres tomarte algo? —expresó clavando sus ojos en los míos.
—¿Me estás ofreciendo de tomar? ¿Estamos celebrando? —pregunté sonriendo, estaba asombrada, él no era del tipo de hombre, acostumbrado a celebrar por cualquier motivo.
Debía ser importante, lo que su jefe le comunicó en la reunión, se le notaba emocionado, no paraba de sonreír. Caminó sin pronunciar una palabra, hasta un pequeño bar, situado en la parte trasera de la habitación. Tomó un vaso corto de cristal, al que rellenó con el mismo licor que él se estaba tomando.
—Sí, esta noche tenemos mucho que celebrar, es por lo que hemos estado trabajando estos dos años.
—¡Oh Dios! —exclamé, soltando un suspiro. Mi emoción era tan grande, que no podía contenerla —Gracias.
Agregué aceptando el licor que me ofrecía, y sin querer, rocé su mano al tomar la bebida, ese pequeño contacto, logró despertar mis sentidos.
—Por las secretarias eficientes, y las promociones bien merecidas —dijo con voz seductora, sin desviar su mirada.
—Por los días de lluvia y las celebraciones a última hora —expresé mordiéndome el labio inferior, con picardía.
Emocionados por la noticia, chocamos los vasos, y le dimos un trago largo al mismo tiempo, me relajé al sentir el licor pasando por mi garganta.
—Cuéntame, no me dejes en ascuas. —Me atreví a decir, pero él no hacía más que sonreír. —¿No me vas a contar la gran noticia? —Soltó una carcajada.
—Me promovieron, Tessa, he pasado a ser socio de la firma —lo sabía, podía intuir que se trataba de la promoción que tanto deseaba.
—Greg. ¡Felicidades! —emocionada me dejé llevar por un impulso, y lo abracé, pasando mis brazos alrededor de su cintura.
Se sentía perfecto, nunca antes habíamos estado tan cerca, extasiada por el momento, aspiré profundamente su cuello, queriendo grabar en mi memoria, la frescura de su olor, a perfume masculino, a jabón.
—Gracias, Tessa, sin ti nunca hubiese podido —aseguró devolviéndome el abrazo.
Sus palabras me tocaron una fibra sensible, me llegaron al corazón, me gustaba su sinceridad y el simple hecho de valorar mi trabajo, era importante para mí.
—No tienes nada que agradecer, Greg, sabes que estoy para ayudarte, además he aprendido mucho trabajando a tu lado —agregué mientras nos separábamos con lentitud.
Tomó el vaso que sostenía, para colocarlos sobre el escritorio, se giró clavando sus ojos en los míos. Alcancé a ver, un brillo diferente en su mirada, se veía realmente feliz, Greg, se acercó para tomar una de mis manos, la cual se llevó a los labios y besó con tanta sutileza, que pensé que me desmayaría en cualquier momento.
Todo parecía estar ocurriendo en cámara lenta, era curioso como una simple acción tenía el poder de cambiarnos. Ya no lo veía como el inalcanzable jefe. Él me hacía sentir atractiva, seductora, segura y muy valiosa.
—Ven conmigo, necesito decirte algo importante, algo que ya no puedo seguir callando —una extraña sensación de nervios, se instaló en mi estómago.
Me invitó a sentarme en su sillón giratorio de cuero negro. Las piernas me temblaban, por los nervios y la incertidumbre.
—No me asustes Greg, acaso ¿me vas despedir? —mi tono era de mortificación. No me podía permitir quedarme sin trabajo.
—Nada de eso, Tessa. Que imaginación la tuya —me sonrió para tranquilizarme, mientras rebuscaba con urgencia, en uno de los bolsillos de su chaqueta, que estaba colgada en el respaldo de la silla.
—Desde hace más de un año, he soñado con este momento —murmuró cerca de mi oído. —Pero me había propuesto esperar hasta conseguir el ascenso —agregó inclinándose frente a mí. —Quiero que sepas que estoy enamorado de ti, desde hace más de un año. Te amo Tessa Sinclair, y no puedo vivir un día más sin decírtelo —completó con una dulce sonrisa.
—Greg… —no pude continuar, se me había formado un nudo en la garganta que no me permitía hablar, mis ojos se empañaron de manera automática, al escucharlo confesarme su amor.
—Tessa, mi amor, mi dulce niña, no llores —secó mis lágrimas con su dedo anular, para luego acunar mi rostro entre sus manos.
—Greg, yo también te amo… —comenté con timidez, era la primera vez que me atrevía a expresarle mis sentimientos.
Ya no podíamos soportar reprimir nuestro amor, de inmediato, sus labios se posaron sobre los míos con suavidad, eran cálidos, suaves, y estaban húmedos por el licor, eran justo como los había estado imaginando.
Rodeé su cuello con mis manos, la necesidad de tocarlo, de sentir el calor de su piel, era imperiosa, un deseo intenso me invadió, tenía mucho tiempo, soñando con ese momento.
Greg comenzó mordisqueándolos con delicadeza, dejándome ansiosa por probarlos, enseguida los entre abrí, para darle paso a su interior sin reservas, nuestras lenguas anhelantes, se encontraron, disfrutando cada momento, acoplándose con destreza. Ese fue el detonante perfecto, para que el beso cobrara más fuerza.
Sus manos se desplazaron de mi rostro a mi cintura. Nos levantamos al mismo tiempo, cerrando el espacio que nos separaba, Greg me acercó a su duro cuerpo, dejándome sentir cuánto me deseaba. Todo mi organismo estaba hambriento de sus caricias, no podíamos resistirnos a lo inevitable, pero también éramos conscientes del lugar dónde nos encontrábamos.
—Tessa… —pronunció mi nombre sobre mis labios, con voz ronca.
—Greg… —dije extasiada, sin poder separarme de él.
Abrí los ojos con lentitud, para encontrarme con su rostro sonriente, sus mejillas sonrojadas me decían que lo había disfrutado, y su mirada brillante me pedía a gritos, que lo besara otra vez.
—Quiero pedirte algo —confesó al tiempo que abría con manos temblorosas una pequeña caja negra de joyería, y sin más rodeos, me mostró la joya.
—Yo… —me llevé una mano a la boca, no me podía creer todo lo que estaba ocurriendo, tenía miedo que fuera un sueño.
—Cásate conmigo, Tessa, quiero pasar el resto de mi vida a tu lado. Ya no puedo seguir callando, lo que mi corazón me pide a gritos confesarte —sacó el anillo de la caja y tomó mi mano izquierda. —Deseo con todo mi ser, que te conviertas en mi esposa.
Lo observé embelesada, sin pronunciar una palabra, pero la sonrisa que le regalé lo decía todo, extendí los dedos, dándole permiso para que lo colocara. Era tan feliz que mi corazón estaba a punto de explotar.
Nuestra historia, no era la típica, donde las parejas se conocen, coquetean, comparten y luego se hacen novios. Estaba al tanto de que nosotros nos habíamos saltado una etapa, pasando de ser una relación: jefe/empleada, a prometidos.
En realidad, eso no tenía importancia, porque todo el tiempo que llevaba trabajando a su lado, me permitió conocerlo como a ningún otro chico, con los que había compartido antes de conocerlo.
Greg, era un hombre maravilloso, lleno de virtudes, inteligente, encantador, atractivo, trabajador y cariñoso. Además de ser la única persona con la que deseaba compartir el resto de mis días.
Hoy el universo, me había dado una lección, el día había comenzado como cualquier otro, ocupado, difícil, y problemático, pero luego se transformó, en el más importante de mi vida.