yasunari kawabata
el caballo blancoEntre las hojas de roble se colaba el sol. Al levantar la cara, Noguchi quedó encandilado. Parpadeó y miró otra vez. La luz no le daba directamente en los ojos sino que quedaba atrapada entre el d
graciasSería un buen año para los caquis. El otoño en las montañas era hermoso. La ciudad portuaria estaba en la punta meridional de la península. El chofer del ómnibus bajó del primer piso de la termina
inmortalidadUn viejo y una muchacha caminaban juntos. Había una serie de cosas extrañas respecto de ellos. Se aproximaban como amantes, como si no sintieran los sesenta años de diferencia en su edad. Al viejo
la bailarina de izuEl sendero subía por la montaña, dando vueltas y vueltas. Cuando llegaba al paso de Amagi, descargó de pronto un fuerte aguacero que envolvió el frondoso bosque de cedros en un velo gris pálido. Y
la casa de las bellas durmientes1 No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido. Había esta habitación, de
la frágil vasijaEn una esquina de la ciudad había un local de objetos de arte. Y entre la calle y el frente del local una estatua de cerámica de la deidad budista Kannon, con la altura de una niña de doce años. C
la langosta y el grilloCaminaba a lo largo del muro con techo de tejas de la universidad, cuando decidí cambiar de rumbo y marchar hacia el edificio de la facultad. Al cruzar la verja blanca que rodea el patio, desde un
lo que su esposo no hacía«Comienzo por la oreja. Sigo por las cejas. Y después…». A medida que Junji fue imaginando el orden de los besos que le daría esa noche, las diferentes partes de la señora Kiriko se le fueron repr
lugar soleadoEn el otoño de mis veinticuatro años, conocí a una muchacha en una posada a orillas del mar. Fue el comienzo del amor. De repente la joven irguió la cabeza y se tapó la cara con la manga de su kim
primera nieve en el monte fujiI —Ya hay nieve en el monte Fuji. Eso es nieve, ¿verdad? —dijo Jiro. También Utako miró al Fuji desde la ventana del tren. —¡Cierto! ¡La primera nieve! —No son nubes, ¿verdad? Es nieve —insistió J
rostrosDesde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre llo
sobre pájaros y animalesUnos trinos de pájaros irrumpieron en su ensoñación. Sobre un camión viejo y desvencijado había una jaula que podía haber sido para un criminal del teatro kabuki, aunque era dos o tres veces más g
un brazo—Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche —dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla. —Gracias —me miré la rodilla. El
un pueblo llamado yumiuraSu hija Tagi vino a avisar que había llegado de visita una mujer que decía haberlo conocido treinta años antes en el pueblo de Yumiura, en Kyushu. Kozumi Shozuke lo pensó un momento y decidió hace