william faulkner
ad astraNo sé muy bien qué éramos. Con la excepción de Comyn, empezamos siendo estadounidenses, pero al cabo de tres años, con las guerreras del ejército británico y las insignias británicas y alguna que
allénLa oreja dura y redonda del fonendoscopio le resultó fría y desagradable al tacto sobre su pecho desnudo; el cuarto, grande, cuadrado, con toscos muebles de nogal —la cama en la que por primera ve
artista en casaRoger Howes era un hombre tirando a grueso, afable, anodino, de unos cuarenta años, que había llegado a Nueva York procedente de algún lugar de la Cuenca del Mississippi para ser redactor en una a
bufón en negroDe pie, con el raído, descolorido, limpio mono que la propia Mannie le había lavado hacía sólo una semana, oyó cómo la primera palada de tierra golpeaba la caja de pino. Pronto tuvo él mismo una d
carcasonaY yo en un caballito de piel de ante con los ojos como la electricidad azul y unas crines como el fuego enmarañado, galopando al subir la cuesta y disparado y veloz hacia lo más alto del cielo Su
carrera en la mañanaYo iba en la barca cuando lo vi. Anochecía. Acababa de dar de comer a los caballos y de bajar hasta la orilla y de desatracar la barca para cruzar el río y volver al campamento, cuando lo vi, como
centauro de latónI En el pueblo en que vivimos, Flem Snopes tiene ahora un monumento erigido en su honor, un monumento de latón, no menos resistente al paso del tiempo por el hecho de que, si bien se halla de cont
cuestión de leyesLucas echó hacia atrás la silla y se levantó de la mesa donde había cenado. Dirigió a su hija Nat, cuya expresión era hosca y alerta, una sola mirada fría. —Me voy camino abajo —dijo. —¿A estas ho
desciende, moisésLa cara era negra, suave, impenetrable; los ojos habían visto demasiadas cosas. El pelo negroide había sido moldeado de forma que le cubría el cráneo como un bonete, en una única mata pulcramente
divorcio en nápolesI Estábamos sentados en una mesa dentro: Monckton y el contramaestre y Carl y George y yo además de las mujeres, tres mujeres de esa clase abyecta y vistosa, con muchos oropeles, que los marinos c
don giovanniSe había casado muy joven con una chica de cara bastante vulgar a quien trataba a la sazón de seducir, y ahora, a los treinta y dos años, era viudo. El matrimonio le había arrastrado el trabajo co
dos soldadosPete y yo bajábamos a la casa del Viejo Killegrew a oír su radio. Esperábamos a después de la cena, a después de que anocheciera, y nos plantábamos ante la ventana del salón del Viejo Killegrew, y
dr. martinoHubert Jarrod conoció a Louise King en Saint Louis, en una fiesta navideña celebrada en el domicilio de unos conocidos. Hizo un alto en el viaje de regreso a la casa familiar de Oklahoma solo por
drusillaI Cuando pienso en aquel día, en el antiguo escuadrón de padre con los caballos formados ante la casa, y padre y Drusilla a pie, con aquella urna electoral de los aventureros del Norte al frente,
el brocheI Le despertó el teléfono. Despertó ya con prisa, tanteando a oscuras en busca de la bata y las zapatillas, porque sin despertar aún del todo supo que la cama de al lado estaba sin ocupar, y el ap
el fuego y el hogarCAPITULO I 1 En primer lugar, a fin de prevenirse de George Wilkins de una vez y para siempre, tenía que ocultar su propio alambique. Y no solamente esto, tenía que hacerlo él solo —desmontarlo de
el osoTenía diez años. Pero aquello había empezado ya, mucho antes incluso del día en que por fin pudo escribir con dos cifras su edad y vio por vez primera el campamento donde su padre y el mayor de Sp
el otoño del deltaPronto entrarían en el delta. La sensación le era familiar; una sensación renovada cada última semana de noviembre por espacio de más de cincuenta años: la última colina, a cuyo pie empezaba la ri
el ruido y la furiaSiete de abril de 1928 A través de la cerca, entre los huecos de las flores ensortijadas, yo los veía dar golpes. Venían hacia donde estaba la bandera y yo los seguía desde la cerca. Luster estaba
el sacerdoteHabía casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud
el tío willyI Yo ya sé lo que decían. Decían que no me escapé de casa, sino que se me llevó con triquiñuelas un chalado que, si no lo hubiese matado yo, me habría matado en menos de una semana. Pero si hubier
el tirón de la muerteI La avioneta apareció sobre la ciudad casi tan repentina como una aparición. Volaba deprisa; casi antes de que nos diéramos cuenta de que estaba allí ya había trazado la mitad de un bucle aún sob
el villorrioPrimer libro Flem Capítulo uno Frenchman’s Bend era una zona de fértiles tierras bajas a la orilla del río, situada treinta kilómetros al sudeste de Jefferson. Rodeada de colinas y aislada, bien d
ellyBordeando la caída a pico del precipicio, la valla de madera parecía un juguete de un niño. Seguía el curvo contorno de la carretera como si la ciñese un hilo, y al pasar el coche era poco más que
ese sol del atardecerI Hoy en Jefferson los lunes no son muy distintos de cualquier otro día de la semana. Hoy las calles están pavimentadas, y las compañías del teléfono y de la luz talan cada vez más árboles de los
esquileo iEl viejo Jackson era tenedor de libros o algo así, y ganaba un pequeño salario con el que debía mantener una numerosa familia; quería mejorarse con un mínimo esfuerzo, como buen descendiente de un
estación de pensilvaniaI Parecía que trajeran consigo el olor de la nieve que estaba cayendo en la Séptima Avenida. O tal vez hubieran sido los que llegaron antes que ellos, que lo trajeron consigo en los pulmones y, ex
fallaEl grupo sigue su avance sorteando el límite que alcanza el fuego graneado de la artillería enemiga, bajando por cráteres viejos y nuevos hasta salir por el otro lado a gatas. Dos de los hombres a
fue1 Isaac McCaslin, Tío Ike, pasados los setenta y más cerca de los ochenta de los que confesaba, viudo y tío de medio distrito y padre de nadie. Esto no fue algo en lo que hubiese participado o asi
gambito de caballoI Uno de ellos golpeó. Pero la puerta se abrió en medio de los golpes, girando mientras los nudillos golpeaban, de modo que los dos visitantes estuvieron dentro de la habitación antes de que Charl
gente de antañoAl principio no había nada salvo la fría, tenue, persistente lluvia, la gris y constante luz de aquel amanecer de avanzado noviembre y las voces de los perros que convergían en ella en alguna part
hojas rojasI Los dos indios atravesaron la plantación hacia la parte en que vivían los esclavos. Limpias, enjalbegadas, de ladrillos de adobe blando, las dos hileras de cabañas en las que vivían los esclavos
honorI Crucé la antesala sin detenerme. —Es que está reunido —dijo la señorita West, pero no me detuve. No llamé a la puerta. Estaban charlando. Calló y me miró desde la mesa. —¿Con cuánta antelación n
hubo una reinaI Elnora se adentró por la parcela de atrás luego de salir por la puerta de su cabaña. En la tarde dilatada, la casa enorme, cuadrada, así como los terrenos circundantes, eran pura somnolencia, le
humoAnselm Holland llegó a Jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, o por lo menos, de presencia, porque antes de que hubieran t
incendiar establosEl almacén en el que tuvo lugar la vista celebrada por el juez de paz apestaba bastante a queso. El chiquillo, acuclillado sobre el barril de los clavos, al fondo de un local atestado de gente, er
incursiónI Yaya escribió la nota con jugo de moras. —Llevádsela inmediatamente a la señora Compson y volved en seguida —dijo—. No os detengáis en ningún sitio. —¿Pretende que vayamos andando? —dijo Ringo—.
intruso en el polvoCAPÍTULO I Era mediodía justo aquel domingo por la mañana cuando el sheriff llegó a la cárcel con Lucas Beauchamp, aunque todo el pueblo (todo el condado en realidad) sabía ya desde la noche antes
justiciaI Hasta que murió el Abuelo íbamos a la granja todos los sábados por la tarde. Salíamos de casa en el coche nada más terminar de comer, yo iba en el pescante con Roskus, y el Abuelo y Caddy y Jaso
la cacería del osoEsto es Ratliff quien lo cuenta. Es un vendedor de máquinas de coser; hubo un tiempo en que viajaba por todo el condado en una carreta ligera, robusta, con un tiro de dos caballos recios, flacos,
la caza del zorroTres horas faltaban para que amaneciera cuando los mozos de cuadra, negros los tres, se acercaron al establo. Llevaban un farol. Mientras uno abría el cerrojo y descorría el portón, el que portaba
la ciudadI. Charles Mallison Yo no había nacido aún, de manera que fue primo Gowan quien estuvo allí, con edad suficiente para ver y recordar y contármelo después a mí cuando ya era lo bastante mayor para
la emboscadaI Detrás del ahumadero, Ringo y yo levantamos aquel verano un mapa viviente. Aunque Vicksburg no era más que un manojo de astillas de la pila de leña y el río sólo un canal escarbado en la apiñada
la mansiónMink UNO El jurado dijo «culpable» y el juez «cadena perpetua», pero Mink no los oyó. No estaba escuchando. En realidad no había sido capaz de escuchar desde aquel primer día en que el juez golpeó
la melenaI Esa chica, la tal Susan Reed, era huérfana. Vivía acogida con una familia, los Burchett, que tenía más hijos, dos o tres más. Unos decían que Susan era sobrina o prima o lo que fuera; otros poní
la piernaI La embarcación —una yola con una vela remendada y ajada de tanto faenar a la intemperie— enfiló la entrada encajonada dos niveles más allá y por debajo de nosotros mientras esperaba yo con los r
lionEn la vida de los perros —me refiero a los perros utilizados para cazar osos y ciervos— juega un papel muy importante el whisky. Es decir; los hombres que los aman, los hombres que emprenden duras
los altosPasaron por delante del oscuro edificio de la desmotadora de algodón. Vieron al cabo la casa con las luces encendidas y el otro coche, el coupé del médico, detenerse entonces a la entrada, y oyero
luz de agosto1. Sentada en la orilla de la carretera, con los ojos clavados en la carreta que sube hacia ella, Lena piensa: «He venido desde Alabama: un buen trecho de camino. A pie desde Alabama hasta aquí. U
mañanaNo siempre tío Gavin desempeñó su cargo desde que lo designaron fiscal del distrito. En una oportunidad, hacía ya más de veinte años, interrumpió sus funciones durante un lapso muy breve, tan brev
mientras agonizoDarl Jewel y yo salimos del algodonal, por el sendero, uno detrás del otro. Aunque voy a quince pies delante de él, cualquiera que nos observara desde el cobertizo del algodón podría ver el sombre
miss zilphia gantI Jim Gant era un tratante de ganado. Compraba caballos y mulas a tres condados vecinos, y, con la ayuda de un chico idiota y voluminoso, los conducía a través de setenta y cinco millas de campo a
mistralI Apenas quedaba ni gota del brandy milanés. Bebí un trago y le pasé la botella a Don, que elevó la petaca hasta que el licor cayó inclinado y amarillento por la ranura abierta en la funda de cuer
monjeTrataré de contarles algo acerca de Monje. Repito que trataré de hacerlo, es decir, que intentaré salvar las inconsistencias de esta breve, sórdida y poco original historia, tornándola comprensibl
música negraI Esto que sigue es cosa de Wilfred Midgleston, favorito de la fortuna, elegido por los dioses. A lo largo de cincuenta y seis años, un mero espesamiento de las antiguas y bravuconas compulsiones
ninfolepsiaPronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin somb
no ha de perecerCuando llegó el recado con lo de Pete, el Padre y yo ya nos habíamos ido al campo. La Madre lo recogió del buzón después de que nos fuésemos a labrar, y de antemano sabía lo que era, porque ni siq
no siempre es oroI Cuando se aproximaron al economato, Lucas dijo: —Espere aquí. —No, no —dijo el viajante—. Hablaré yo con él. Si no logro vendérsela yo, no hay ninguna... El viajante, entonces, calló. Sin saber
parada en terciaI Cuando Ab Snopes salió para Memphis con las nueve mulas, Ringo, Joby y yo trabajamos en un corral nuevo. Luego, Ringo se marchó montado en su mula y sólo nos quedamos Joby y yo. Una vez bajó yay
peón porcinoEl viejo Otis Meadowfill era tan mezquino que hasta lograba ser solvente pese a lo exiguo de sus ingresos. Tenía, sin necesidad de trabajar, la renta justa para mantenerse a sí mismo y a la esclav
retiradaI Por la tarde, Loosh detuvo el carro junto a la galería de atrás y desenganchó las mulas; a la hora de cenar habíamos cargado todo en el carro, salvo la ropa de cama con la que dormiríamos aquell
santuarioI Desde detrás de la hilera de arbustos que rodeaba el manantial, Popeye contempló al hombre que bebía. Una senda apenas marcada llevaba desde el camino hasta el manantial. Popeye había visto cómo
sartorisUNO 1 Como de costumbre, el viejo Falls había conseguido que John Sartoris estuviera con él en la habitación; una vez más había hecho tres millas a pie desde el asilo del condado, trayendo consigo
sequía en septiembreI A lo ancho del ensangrentado atardecer de septiembre, resultado de los sesenta y dos días pasados sin que lloviera, se propagó como el fuego en la sequedad de la hierba… el rumor, el cuento, lo
tierra del oroI De haber tenido treinta años no habría necesitado atizarse las dos aspirinas y el vaso mediado de ginebra a palo seco antes de sentirse en condiciones de aguantar los alfilerazos de la ducha en
todos los pilotos muertosI En las fotos, instantáneas hechas deprisa y corriendo, ahora descoloridas, con los cantos doblados al cabo de trece años, alardean y se jactan un poco. Flacos, endurecidos, con sus arreos marcia
un error de químicaFue Joel Flint en persona quien telefoneó al sheriff para comunicarle que acababa de matar a su mujer. Y cuando el sheriff llegó al lugar del hecho, acompañado por un empleado, luego de recorrer e
un mulo en la parcelaFue un día gris de finales de enero, aunque frío no hacía porque había bastante niebla. La vieja Het, que acababa de salir del asilo de los pobres, entró como una loca por la puerta, derecha hasta
un noviazgoAsí es como eran las cosas en los viejos tiempos, cuando el viejo Issetibbeha aún era el Hombre e Ikkemotubbe, sobrino de Issetibbeha, y David Hogganbeck, el blanco que decía por qué trecho del ag
un olor a verbenaI Era justo después de cenar. Acababa de abrir mi Coke encima de la mesa, bajo la lámpara; oí los pasos del profesor Wilkins en el pasillo y luego hubo un momento de silencio cuando puso la mano e
un tejado para la casa del señorPapá se levantó más de una hora antes de que fuese de día y agarró la mula y bajó hasta casa de Killegrew a pedirle prestado el escoplo y el mazo. Tendría que haber estado de vuelta, con todo, en
una mano sobre las aguasI Los dos hombres siguieron el sendero que corría entre el río y la espesa cortina de cipreses, cañaverales, gomeros y zarzas. Uno de ellos llevaba una bolsa de arpillera que había sido aparenteme
una rosa para emiliaI Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayor
vendeéI Cuando enterramos a yaya, volvieron a aparecer todos, el hermano Fortinbride y los demás: los viejos, las mujeres, los niños y los negros, los doce que solían venir cuando se corría la voz de qu
victoriaI Quienes lo vieron bajar del expreso de Marsella en la Gare de Lyon aquella mañana lluviosa vieron a un hombre alto, un tanto envarado, de rostro broncíneo y bigote de guías puntiagudas, con el p
victoria en el monteI Por la ventana de la cabaña los cinco vieron a la comitiva subir fatigosamente por la senda embarrada y hacer un alto en la cancela. Primero llegó un hombre a pie, con un caballo sujeto por las
virajeI El americano, el de mayor edad, no llevaba los consabidos Bedford de pana, de tonalidad rosada, que llevaban todos los jóvenes oficiales del ejército del aire. Sus pantalones de montar eran de c
wash jonesSutpen se quedó de pie junto al jergón de paja donde estaban tendidas la madre y el bebé. Por entre las alabeadas tablas de la pared caí el temprano sol mañanero en largas pinceladas, listando sus
y eso bien ha de estarI Oíamos correr el agua en la bañera. Miramos los regalos esparcidos por encima de la cama, donde los había envuelto mamá con un papel de colores, con nuestros nombres puestos, para que el abuelo
¡absalón, absalón!I Desde poco después de las dos de la tarde y hasta casi la puesta del sol de aquella larga, aquietada, calurosa y cansina tarde de septiembre, estuvieron sentados en lo que la señorita Coldfield
¡he ahí…!El Presidente se encontraba inmóvil en la puerta del vestidor presidencial, completamente vestido, pero sin haberse puesto aún las botas. Eran las seis y media de la mañana y nevaba; ya había pasa