vicente blasco ibáñez
compasiónA las diez de la noche, el conde de Sagreda entró en su Círculo del bulevar de los Capuchinos. Gran movimiento de los criados para tomarle el bastón, el sombrero de innumerables reflejos y el gabá
el amor y la muerteCon gran frecuencia ocurren los llamados crímenes de amor. Relatan los periódicos casi a diario sucesos dramáticos en los que hiere la mano impulse de los celos; describen suicidios en los cuales
el despertar del budaI El príncipe Sidarta era el hombre más feliz de la India. Brahma, el divino soberano de los cielos, había juntado en su persona el valor de Rama, paladín invencible de las leyendas, con la profun
el lujoLa tenía sobre mis rodillas dijo el amigo Martínez, y comenzaba a fatigarme la tibia pesadez de su cuerpo de buena moza. Decoración… la de siempre en tales sitios. Espejos de empanada luna con nom
el maniquíNueve años habían transcurrido desde que Luis Santurce se separó de su mujer. Después la había visto envuelta en sedas y tules en el fondo de elegantes carruajes, pasando ante él como un relámpago
el milagro de san antonioHacía años que Luis no había visto las calles de Madrid a las nueve de la mañana. A esta hora comenzaban a dormir todos sus amigos del Casino; pero él, en vez de meterse en la cama, había cambiado
el ogroEn todo el barrio del Pacífico era conocido aquel endiablado carretero, que alborotaba las calles con sus gritos y los furiosos chasquidos de su tralla. Los vecinos de la gran casa en cuyo bajo vi
el parásito del tren—Sí—dijo el amigo Pérez a todos sus contertulios de café—; en este periódico acabo de leer la noticia de la muerte de un amigo. Sólo le vi una vez, y sin embargo, le he recordado en muchas ocasion
el premio gordoJacinto apuró el último sorbo de café que contenía la taza, chupó furiosamente su cigarro, y luego púsose a contarme la siguiente historia: I Conviértete en Dios y dale a un hombre todo el talento
el préstamo de la difuntaCuando los vecinos del pequeño valle enclavado entre dos estribaciones de los Andes se enteraron de que Rosalindo Ovejero pensaba bajar á la ciudad de Salta para asistir á la procesión del célebre
el sapoVeraneaba yo en Nazaret -dijo el amigo Orduña-, un pueblecito de pescadores cercano a Valencia. Las mujeres iban a la ciudad a vender el pescado; los hombres navegaban en sus barquitas de vela tri
el último leónApenas se reunió la junta del respetable gremio de los blanquers en su capilla, inmediata a las torres de Serranos, el señor Vicente pidió la palabra. Era el más viejo de los curtidores de Valenci
en el marA las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca. —¡Antonio! ¡Antonio! Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el compañero de pesca, que le avisaba para hacerse, a la mar. Había dor
en la boca del hornoComo en Agosto Valencia entera desfallece de calor, los trabajadores del horno se asfixiaban junto a aquella boca, que exhalaba el ardor de un incendio. Desnudos, sin otra concesión a la decencia
en la puerta del cieloSentado en el umbral de la puerta de la taberna, el tío Beseroles, de Alboraya, trazaba con su hoz rayas en el suelo, mirando de reojo a la gente de Valencia que, en derredor de la mesilla de hoja
golpe dobleAl abrir la puerta de su barraca encontró Sènto un papel en el ojo de la cerradura… Era un anónimo destilando amenazas. Le pedían cuarenta duros y debía dejarlos aquella noche en el horno q
la barca abandonadaEra la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugar de reunión de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre el vientre, jugaban a la carteta a la sombra de las em
la condenadaCatorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda. Tenía por mundo aquellas cuatro paredes de un triste blanco de hueso, cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su sol era el alto vent
la correcciónA las cinco, la corneta de la cárcel lanzaba en el patio su escandalosa diana, compuesta de sonidos discordantes y chillones, que repetían como poderoso eco las cuadras silenciosas, cuyo suelo par
la devoradoraI Cuando entraba en el Casino de Montecarlo, los porteros la acogían con la misma reverencia que a los personajes célebres. Luego, mientras ella iba alejándose, hacían comentarios sobre el aspecto
la paella del «roder»Fue un día de fiesta para la cabeza del distrito la repentina visita del diputado, un señorón de Madrid, tan poderoso para aquellas buenas gentes, que hablaban de él como de la Santísima Providenc
la paredSiempre que los nietos del tío Rabosa se encontraban con los hijos de la viuda de Casporra en las sendas de la huerta o en las calles de Campanar, todo el vecindario comentaba el suceso. ¡Se había
lobos de marRetirado de los negocios después de cuarenta años de navegación con toda clase de riesgos y aventuras, el capitán Llovet era el vecino más importante del Cabañal, una población de: casas blancas d
noche serviaLas once de la noche. Es la hora en que cierran sus puertas los teatros de París. Media hora antes cafés y restaurantes han echado igualmente su público a la calle. Nuestro grupo queda indeciso en
primavera tristeEl viejo Tòfol y la chicuela vivían esclavos de su huerto, fatigado por una incesante producción. Eran dos árboles más, dos plantas de aquel pedazo de tierra—no mayor que un pañuelo, según
sanchaEl bosque parecía alejarse hacia el mar, dejando entre él y la Albufera una extensa llanura baja cubierta de vegetación bravía, rasgada a trechos por la tersa lámina de pequeñas lagunas. Era el ll
tristán el sepultureroI La luz agonizante de la tarde apenas si lograba disipar las espesas tinieblas que invadían la taberna del tío Corneja, maese carrilludo, panzudo y decidor, que, según la pública opinión, gozaba
un besoEsto ocurrió a principios de septiembre, días antes de la batalla del Marne, cuando la invasión alemana se extendía por Francia, llegando hasta las cercanías de París. El alumbrado empezaba a ser
un funcionarioTendido de espaldas en el camastro y siguiendo con vaga mirada las grietas del techo, el periodista Juan Yáñez, único huésped de la sala de políticos, pensaba que había entrado aquella noche en el
un idilio nihilistaI Cuando Alejandro se despertó tuvo un ligero sobresalto. Abrió los ojos, incorporóse sobre la cama y contempló con asombro aquella estancia que le era desconocida. Poco a poco la realidad fue dis
un silbidoEl entusiasmo caldeaba el teatro. ¡Qué debut! ¡Qué Lohengrin! ¡Qué tiple aquella! Sobre el rojo de las butacas destacábanse en el patio las cabezas descubiertas o las torres de lazos, flores y tul
¡hombre al agua!Al cerrar la noche, salió de Torrevieja el laúd San Rafael, con cargamento de sal para Gibraltar. La cala iba atestada, y sobre cubierta amontonábanse los sacos, formando una montaña en torno del