thomas mann
accidente ferroviario¿Hay que contar algo? ¿Aunque no sepa nada? Bueno, en este caso, voy a contar algo. Una vez -de esto hace ya dos años- estuve presente en un accidente ferroviario. Todos sus pormenores parecen est
anécdotaHabíamos cenado juntos, entre amigos, y proseguimos la velada hasta tarde charlando en el despacho del anfitrión. Fumábamos, sumidos en una conversación contemplativa y un tanto sentimental. Hablá
el armarioEstaba nublado, hacía frío y todo quedaba en una semioscuridad, cuando el expreso Berlín-Roma penetró en una de las estaciones intermedias de su ruta. En un compartimiento de primera clase, con cu
el camino al cementerioEl camino al cementerio transcurría paralelo a la avenida, siempre a su lado, hasta que llegaba a su meta, es decir, al cementerio. Al principio, en el otro lado había viviendas humanas, construcc
el payasoDespués de todo eso y, de hecho, como única salida digna, es tan solo el asco, el asco que me causa la vida —mi vida—, el asco que me suscita «todo eso», este asco que me ahoga, me incorpora de go
el pequeño señor friedeman1 La nodriza tenía la culpa. ¿De qué había servido que, a la primera sospecha, la señora del cónsul Friedemann la instara muy seriamente a reprimir ese vicio? ¿De qué había servido que le diera ca
en casa del profetaHay lugares extraños, mentes extrañas, regiones extrañas del espíritu, elevadas y miserables. En la periferia de las grandes ciudades, allí donde las farolas se vuelven más escasas y los gendarmes
gladius dei1 Múnich resplandecía. Sobre las solemnes plazas y los templos de blancas columnatas, los monumentos neoclásicos y las iglesias barrocas, las fuentes con sus surtidores, los palacios y los jardine
hora difícilSe levantó del escritorio, de su pequeño y frágil secreter; se levantó como un desesperado y, con la cabeza gacha, se dirigió al extremo opuesto de la habitación hacia la estufa, que se erguía lar
horas penosasSe levantó del escritorio, un mueble pequeño y frágil; se levantó como un desesperado y se dirigió con la cabeza colgante al ángulo opuesto de la habitación, donde estaba la estufa, alta y alargad
la caídaLos cuatro volvíamos a estar juntos. Esta vez el anfitrión era el pequeño Meysenberg. Las cenas en su taller siempre tenían un encanto especial. Era una habitación extraña, decorada en un estilo ú
la muerte10 de septiembre Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo… El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del v
la muerte de joachimLa enfermera protestante era un alma prosaica. Sola en la habitación, con Hans Castorp y con el enfermo que no dormía nada, que se hallaba tendido de espaldas con los ojos entreabiertos, era capaz
la muerte en veneciaVon Aschenbach, nombre oficial de Gustavo Aschenbach a partir de la celebración de su cincuentenario, salió de su casa de la calle del Príncipe Regente, en Munich, para dar un largo paseo solitari
la voluntad de ser felizEl viejo Hofmann había hecho su fortuna como propietario de una plantación en Sudamérica. Allí se había casado con una nativa de buena familia con la que poco tiempo después se trasladó al norte d
los hambrientosEn el instante en que Detlef se sintió más íntimamente afectado por la sensación de estar de más, se dejó arrastrar, como sin querer, por el tumulto festivo y desapareció sin despedirse de la vist
luisita1 Hay matrimonios cuya composición no puede ser concebida ni por la más ejercitada imaginación literaria. Hay que aceptarlos igual que aceptamos en el teatro las uniones extravagantes de contrario
mario y el magoTorre di Venere me dejó el recuerdo de una atmósfera desagradable. Flotaba en el aire, desde un principio, cierta contrariedad, irritación, sobreexcitación; se produjo luego el choque con el terri
muerte en veneciaVon Aschenbach, nombre oficial de Gustavo Aschenbach a partir de la celebración de su cincuentenario, salió de su casa de la calle del Príncipe Regente, en Munich, para dar un largo paseo solitari
sangre de welsungosComo eran las doce menos siete minutos, Wendelin entró en la antesala del primer piso y tocó el gong. Con las piernas muy abiertas, con sus pantalones hasta las rodillas de color violeta y de pie
tobías mindernickel1 Una de las calles que llevan desde la Quaigasse, con una pendiente bastante empinada, a la parte media de la ciudad, se llama el Camino Gris. Hacia la mitad de esa calle y a mano derecha según s
un instante de felicidad¡Silencio! Vamos a mirar en el interior de un alma. De pasada, por así decirlo, muy por encima y solo durante unas pocas páginas, pues estamos terriblemente ocupados. Venimos de Florencia, de tiem
venganzaDe las verdades más sencillas y fundamentales -dijo Anselm ya muy avanzada la noche-, a veces la vida nos prodiga las más originales demostraciones. Cuando conocí a Dunja Stegemann tenía yo veinte