seabury quinn
almas en pena—¡Diez mil diablillos verdes! ¡Vaya noche, vaya noche tan odiosa! Jules de Grandin se detuvo bajo la entrada para vehículos del teatro y observó las cortinas de lluvia que caían del cielo con un f
el último hombreMycroft se detuvo, dubitativo, ante la pequena placa de bronce, en la que estaba grabada simplemente el nombre de TOUSSAINT, sin atreverse a pulsar el botón del timbre de aquella gran mansión de p
las zarpas del gatoYa era de noche cuando salimos de la reunión de la Sociedad Médica. La lluvia fría de la tarde se había convertido en una nieve fina y medio derretida, batida por un viento helado, cuando llegamos
los señores del más alláJules de Crandin se pasó la copa de coñac por debajo de la nariz saboreando el bouquet de la fine champagne con la apreciación aguda del conocedor. Tomó un corto sorbo, y una expresión decididamen