rómulo gallegos
alma aborigenI Los ojos negros rasgados, ardientes; la boca carnosa, de labios sensuales, rojos como la pulpa de las cundeamores; el espíritu jacarandoso y apasionado. América Peña era el bocado más apetitoso
cuento de carnavalLa algarada de las primeras comparsas empezaba a turbar la nocturna quietud de la parroquia, ya se oía el tintineo de los cascabeles en los arneses de los coches, y los chicos del vecindario ulula
doña bárbaraPRIMERA PARTE I ¿Con quién vamos? Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha. Dos bogas lo hacen avanzar mediante una lenta y penosa maniobra de galeotes. Insensibles
el análisis“Te aseguro que nada hay peor que tener dos conceptos sobre una misma cosa y créeme que envidio de todo corazón tu manera de apreciarlas desde el punto de vista único, personal y a veces candoroso
el apoyoI En las afueras de la ciudad, en el camposanto de los lazarinos, sobre un collado donde había una tumba solitaria entre cactus y abrojos, dominando el mudo paisaje crepuscular, los dos minoristas
el crepúsculo del diabloEn el borde de una pila que muestra su cuenca seca bajo el ramaje sin fronda de árboles de la plaza, de la cual fuera ornato si el agua fresca y cantarina brotase de su caño, está sentado “el Diab
el cuarto de enfrenteI La noticia voló de boca en boca: hacía varios días que venía apareciendo en Caracas un tipo raro. Una tarde lo vieron en El Paraíso cruzar veloz el paseo, jineteando a la europea y con un traje
el maestroHabía en la ciudad un hombre a quien todo el mundo conocía y celebraba; llamábanlo “El Maestro”. Era un truhán desarrapado, gran bebedor y amigo de exhibir a todo trance su trasnochada erudición.
el milagro del añoI El alba. Regresaban las barcas. Todos los años, por aquel tiempo, se las veía venir desde todos los puntos del mar; aquella vez por el Sur aparecieron las primeras. Mala temporada habían tenido
el paréntesisEn la casa todo estaba en olor de santidad. Vieja casa solariega de una familia cuya propiedad fuera tradicional, allí, con la vetustez no remozada y la huella de almas que conservaban algunas viv
el piano viejoEran cinco hermanos: Luisana, Carlos, Ramón, Ester, María. La vida los fue dispersando, llevándoselos por distintos caminos, alejándolos, maleándolos. Primero, Ester, casada con un hombre rico y f
el último patriotaLa familia hallábase a la sazón entretenida en diversos ocios en el corredor de la antigua y noble casa que había sido desde los tiempos de la Colonia, solar glorioso de la más ilustre pléyade de
entre las ruinasAunque la mañana estaba metida en agua y a menudo lloviznaba, Céspedes había salido, como de costumbre, a vagar un poco por los arrabales, y al doblar una esquina, ya en las afueras, vio que unos
estrellas sobre el barrancoI Llegaron al anochecer bajo una lluvia clamorosa que arrastraba con fragor los pedruscos, cuestas abajo. Los vecinos los oyeron lamentarse de su malaventura cuando bajaban por el sendero que se d
la ciudad muertaManuel Alcor era un joven de propósitos firmes y tenaces. Tenía veintiún años: era recio, fuerte, de facciones angulosas, corazón ingenuo y pocas palabras. Sus simpatías y sus aversiones andaban s
la encrucijadaAnte el escritorio donde la hermana, después de poner orden en la baraúnda de la papelada, acababa de colocar un búcaro colmado de frescas rosas. Reinaldo se disponía a la tarea de aquel día, que
la esfingeArrellanado en la silla de extensión, cubierta la cabeza con un gorro primorosamente bordado en oro y los anchos pies metidos en pantuflas de lo mismo, viejo, pero todavía membrudo y fuerte, el ro
la fruta del cercado ajenoAcodado en la ventanilla del vagón, Reinaldo contemplaba la mancha azul y serena del mar que se extendía al pie de la montaña, ribeteando de blanquísimas espumas la costa yerma y sinuosa. Por su m
la hora menguadaI —¡Qué horror! ¡Qué horror! Clamaba Enriqueta, con las manos sobre las sienes consumidas por el sufrimiento, paseándose de un extremo a otro de la sala, impregnada todavía del dulce y pastoso aro
la liberaciónI Ricardo Fariña estrujó rabiosamente la carta que acababa de leer, y luego, hecha añicos, la arrojó por la ventana a la calle. Arrebatados por el viento, voltejeando sobre las cabezas de los tran
la rebeliónI Mano Carlos Esto fue cuando Juan Lorenzo tenía cinco años. Una noche, a las primeras horas, estaba él en las piernas de la madre, que le cantaba para dormirlo, cuando llegó un hombre a la puerta
las novias del mendigoI Tenía una singular manera de pedir limosnas; jamás las imploraba exponiendo su miseria del modo como suelen hacerlo los mendigos vulgares para apiadar a las gentes, ni propiamente las imploraba
los aventurerosI A la legua trascendía que el doctor Jacinto Ávila no estaba hecho para aquella suerte de andanzas; peñas arriba, por un camino angosto y fragoso, sobre una mala bestia alquilona, bajo un sol que
los inmigrantesI Vinieron, expatriados por la miseria, en busca del oro de América: Abraham, del monte Líbano; Domenico, el calabrés. Ambos eran fuertes, jóvenes y capaces de amontonar fortunas y fundar razas nu
los mengánezI Vendió unos cocales que poseía en las costas del Golfo de Paria y compró en Caracas, en la parroquia aristocrática de Altagracia, una casa antigua, para reformarla y constituirla en hogar de su
marinaLa costa, calcinada por el sol, se extiende larga y solitaria entre unos cerros de tierra roja y árida como el yermo y el mar azul, de un azul pastoso que, en violento contraste, luce sombrío bajo
patarucoPataruco era el mejor arpista de la Fila de Mariches. Nadie como él sabía puntear un joropo, ni nadie darle tan sabrosa cadencia al canto de un pasaje, ese canto lleno de melancolía de la música v
paz en las alturasEn un paraje agreste y montuoso, al borde de una profunda barranca festoneada de bravas malezas, hay una cabaña destartalada sobre cuya pajiza techumbre hace tiempo que no se eleva el humo del hog
pegujalI Pegujal es un poblacho triste y pobre, lleno de polvo y de moscas, lleno de silencio y de modorra, lleno de infinitas amarguras grandes y pequeñas. Lo rodean unos cerros tiñosos, de tierra emped
sol de antañoI “Ciego, ni un rayo de luz penetraba en su cerebro y en torno suyo llovía sol profusamente. Estaba de pies, a la vera del camino, extendiendo la mano implorante hacia el ruido de todos los pasos
un caso clínicoI Era un joven de méritos. Se había levantado a esfuerzos propios y heroicos desde la humilde condición de panadero hasta la cumbre del doctorado. Por el camino probó más de una ocasión, la firmez
un místicoI —¿Conque decididamente te quedas entre nosotros? —decía el padre Juan Solís a su amigo el doctor Eduardo Real, reanudando la amigable plática que sostuvieron durante el almuerzo con que obsequia
una aberración curiosaUno no sabría decir por qué está aquel pueblecito en aquel lugar, precisamente. Bien podría estar un poco más allá o más acá, en uno cualquiera de aquellos áridos rincones de tierra rojiza, donde
una resolución enérgicaI Martín Garcés se separó de sus compañeros cerca de la medianoche. Como de costumbre se había quedado hasta tales horas en la cervecería, bebiendo bocks y refiriendo, entre bocanadas de “egipcios