rafael barrett
a bordoRemontando el Alto Paraná. Una noche cálida, perfecta, como si durante la inmovilidad del crepúsculo se hubiesen decantado, evaporado, sublimado, todas las impurezas cósmicas; un cielo bruñido, de
ajenjoTres dedos de ajenjo puro —tres mil millones de espacios de ensueño. El espíritu se desgarra sin dolor, se alarga suavemente en puntas rápidas hacia lo imposible. El espíritu es una invasora estre
baccaratHabía mucha gente en la gran sala de juego del casino. Conocidos en vacaciones, tipos a la moda, profesionales del bac, reinas de la season, agentes de bolsa, bookmakers, sablistas, rastas, ingles
de cuerpo presenteSobre la cama sucia estaba el cuerpo de doña Francisca, víctima de cuarenta años de puchero y de escoba. Entraban y salían del cuartucho las hijas llorosas. Chiquillos de todas edades, casi harapi
del naturalEn la casa de los tísicos. Lo que mató al 4, más que la enfermedad, fue la idea. Apenas entró en el lazareto, le dio la manía de salir, convencido de que de lo contrario moriría pronto. Hablaba to
el bohemioEra muy bueno. Tenía nobles aficiones. Hubiera aceptado la gloria. Cada detalle de su existencia era precioso a la humanidad. Nadie lo sospechaba sino él. ¿Qué importaba? Le bastaba saberse un pro
el hijoHace muchos años, vivía un matrimonio. Eran muy pobres, él leñador, ella lavandera. Eran muy feos, casi horribles; ella con su enorme nariz y sus cejas de carbón, parecía una bruja; él, con su ásp
el leprosoTreinta años hacía que Onofre habitaba el país. Remontando los ríos quedó en seco al fin como escoria que espuman las mareas. ¿Siciliano, turco, griego?… Nunca se averiguó más; al oírle soltar su
el maestroPor treinta pesos mensuales el señor Cuadrado, a las cinco de la mañana incorporaba sobre el sucio lecho sus sesenta años de miseria, y empezaba a sufrir. Levantar a los niños de primer grado, vig
el perroPor los anchos ventanales abiertos del comedor del hotel, contemplaba desde mi mesa el horizonte marino, esfumado en el lento crepúsculo. Cerca del muelle descansaban las velas pescadoras a lo lar
el pozoJuan, fatigado, hambriento, miserable, llegó a la ciudad a pedir trabajo. Su mujer y sus hijos le esperaban extramuros, a la sombra de los árboles. —¿Trabajo? —le dijeron—. El padre Simón se lo da
la enamoradaParecía vieja, a pesar de no cumplir aún treinta y cinco años. Las labores bestiales de la chacra, el sol que calcina el surco y resquebraja la arcilla, la habían curtido y arrugado la piel. Tenía
la gran cuestiónEl banquero dio en el cigarro, para desprender la ceniza, un golpecito con el meñique cargado de oro y de rubíes. —Supongo —dijo— que aquí no nos veremos en el caso de fusilar a los trabajadores e
la muñecaSe celebraba en el palacio de los reyes la fiesta de Navidad. Del consabido árbol, hincado en el centro de un salón, colgaban luces, cintas, golosinas deliciosas y magníficos juguetes. Todo aquell
la oración del huertoEL POETA —¡Amanece! El Alma —No. Aún es de noche. El Poeta —¡Amanece! Un suspiro de luz tiembla en el horizonte. Palidecen las estrellas resignadas. Las alas de los pájaros dormidos se estremecen
la puerta—Sí… ¡márchate! Déjame en paz! —Alberto… ¿es posible? Al verla tan débil, tan rubia, tan suave, un malvado deseo le hizo repetir: —¿Qué…? ¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas! La arrojó del gabinete, y
la risaSe nos fue la risa de los niños, la risa de los dioses; ya no desborda nuestra alma y nos tortura la sed. La música de la risa se cambió en hipo; se cambió en mueca la onda pura que resplandecía s
la visitaUna noche de bruma y de luna lívida salió el poeta de la casa y recorrió el jardín. Los árboles, en la niebla iluminada blandamente, parecían fantasmas de árboles. Todo estaba húmedo, misterioso y
los domingos de noche—Y usted, ¿no nos cuenta ninguna proeza amorosa, señor Martínez? El famoso financista sacudió, con el meñique ensortijado de brillantes, la ceniza del magnífico veguero, sonrió con ese desdén que
mi zooEn el verdadero campo. Un retacíto de naturaleza, lo suficiente para revelar la sabiduría y la bondad de Dios. Animalítos vulgares, pero en libertad. Yo también ando suelto. Es la hora de la siest
smartMrs. Kirby, en su palacio de la Quinta Avenida, invitaba aquella noche a un príncipe latino, de paso por Nueva York, y a un grupo de amigos cuidadosamente seleccionados entre “los cuatrocientos”.
sobre el céspedSobre el césped estábamos sentados, a la sombra de dos altos laureles. De tiempo en tiempo una leve bocanada de aire cálido se obstinaba en desprender el suave mechón rubio que tus dedos impacient
soñandoEra como un inmenso baile de personas y de cosas. Figuras de todos los siglos pasaban en calma o se precipitaban girando. Animales fantásticos y objetos sin nombre se mezclaban a los mil espectros
¿recuerdas?Era en el cariñoso silencio de nuestra casa. Por la ventana abierta entraba el aliento tibio de la noche, haciendo ondular suavemente el borde rizado de la pantalla color de rosa. La luz familiar