milan kundera
eduard y dios1 La historia despan> Eduard podemos iniciarla convenientemente en la casa de campo de su hermano mayor. El hermano estaba tumbado en el sofá y le decía a Eduard: —Habla con esa tía, tranquilament
el falso autoestop1 La manecilla del nivel de la gasolina cayó de pronto a cero y el joven conductor del coupé afirmó que era cabreante lo que tragaba aquel coche. —A ver si nos vamos a quedar otra vez sin gasolina
la dorada manzana del eterno deseoMartin Martin sabe hacer lo que yo no sé. Detener a cualquier mujer en cualquier calle. Tengo que decir que desde que conozco a Martin, y hace ya mucho tiempo que le conozco, he sacado de esta hab
nadie se va a reír1 “Sírveme un poco más de slivovice”, me dijo Klara y yo no puse objeciones. El pretexto esgrimido para abrir la botella no había sido nada fuera de lo corriente, pero bastaba: ese día yo había re