PAIS RELATO

Libros de miguel ángel asturias

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miguel ángel asturias

ahora que me acuerdo
Los Güegüechos de gracia José y Agustina, conocidos en el pueblo con los diminutivos de Don Chepe y la Niña Tina hacen la cuenta de mis años con granos de maíz, sumando de uno en uno de izquierda
cadáveres para la publicidad
— 1 — Sin un tiro las pistolas recalentadas, humeantes… sin filo los machetes mellados… sin cargas las escopetas… no quedaba sino la fuga y ya fue de pasar y pasar sombras… las mismas caras en otr
coronel chalo godoy
[8] Clinudo, miltomatoso y hediondo a calentura, en camisa y calsonío de manta de costal de harina, las marcas de la harina borrosas bajo los sobacos, por el fundis, sombrero de petate en forma de
correo-coyote
[13] Se huyó la mujer del señor Nicho, el correo, mientras él salvaba a pie montañas, aldeas, llanuras, trotando para llegar más ligero que los ríos, más ligero que las aves, más ligero que las nu
cuculcán - serpiente-envuelta-en-plumas
Primera Cortina Amarilla Cortina amarilla, color de la mañana, magia del color amarillo de la mañana. Cuculcán amarillo, cara y manos amarillas, cabellos amarillos, zancos amarillos, calzas amaril
el alhajadito
Primera parte I Bigotes de miel de caña de azúcar. Por las comisuras le bajaban como puntas de bigotes chinos, tostaditos, cosquillosos, dulces al lamerlos con lengua de gato. Tenía que defenderse
el bueyón
Se le endurecía la boca de silencio y solo remoliendo los molares sentía la existencia de sus dientes en la sala donde la única visita muda era su lengua. Afilarse las garras y los dientes rechiná
el espejo de lida sal
— 1 — Los ríos van quedando sin resuello al decaer el invierno. Al blando resbalar de las corrientes sustituye el silencio seco, el silencio de la sed, el silencio de las sequías, el silencio de l
el papa verde
Primera parte I Sacó la cara —¿quién iba a reconocer a Geo Maker Thompson?—, lo iluminaba de abajo arriba una luz de luciérnaga húmeda —¿quién iba a reconocerlo tiznado hasta el galillo?—, el sudo
gaspar ilóm
1 —El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de llora le roben el sueño de los ojos. —El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le boten los párpados con hacha… —El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de
guatemala
La carreta llega al pueblo rodando un paso hoy y otro mañana. En el apeadero, donde se encuentran la calle y el camino, está la primera tienda. Sus dueños son viejos, tienen güegüecho, han visto e
juan girador
Barrancos cubiertos de flores. Barrancos llenos de pájaros. Barrancos ahogados en lagos. Barrancos. Y no sólo flores. Pinos centenarios. Y no sólo pájaros. Pinos centenarios y altísimos. Y no sólo
juan hormiguero
…Yo sé que se vuelven tierra los que se comen el sueño… Oírlo decir me dejó apabullado. Yo me comía el sueño. Completamente apabullado. No es necesario explicarlo. Me comía el sueño y me iba sinti
juanantes el encadenado
No le enrostró nada (conversación con ojos, con manos), la Cardenala Cifuentes. No eran palabras. Las suyas no eran palabras. No atinaba a responder nada. Eran sonidos articulados a su angustia, a
la galla
— 1 — Arriba, en lo alto, se columpiaba con el viento un árbol de matasano. Tendía sus ramas sobre una hondonada siempre verde. El verdor cenizo del matasano, cenizo amarillento, contrastaba con l
leyenda de la campana difunta
Entre la gente española venida a Indias, muy, muy entrado el siglo XVII —navegación en redondo… Sevilla… San Lúcar… Virgen de Regla… Islas de Barlovento…— llegaron uno, dos, tres, cuatro, cinco, s
leyenda de la máscara de cristal
¡Y, sí, Nana la Lluvia, el que hacía los ídolos y preparaba las cabezas de los muertos, dejándolas desabrido hueso, betún encima, tenía las manos tres veces doradas! ¡Y, sí, Nana la Lluvia, el que
leyenda de la tatuana
El Maestro Almendro tiene la barba rosada, fue uno de los sacerdotes que los hombres blancos tocaron creyéndoles de oro, tanta riqueza vestían, y sabe el secreto de las plantas que lo curan todo,
leyenda de las tablillas que cantan
En las tejavanas de los templos de tiniebla y agua, alzados en zancos de pirámides, tejavanas de madera coloridas al final de escalinatas que caían como cascadas de cantos rodados; en los dinteles
leyenda de matachines
Entre las cuatro grutas sin salida, la del viento, caverna agujereada, la de la tempestad, socavón de fuego y tambor de trueno, la de los despeñaderos de aguas subterráneas, cueva de cristalerías,
leyenda del cadejo
Madre Elvira de San Francisco, prelada del monasterio de Santa Catalina, sería con el tiempo la novicia que recortaba las hostias en el convento de la Concepción, doncella de loada hermosura y hab
leyenda del tesoro del lugar florido
Se iba apagando el día entre las piedras húmedas de la ciudad, a sorbos, como se consume el fuego en la ceniza. Cielo de cáscara de naranja, la sangre de las pitahayas goteaba entre las nubes, a v
leyenda del volcán
Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el río y sólo les veí
leyendas del sombrerón
En aquel apartado rincón del mundo, tierra prometida a una Reina por un Navegante loco, la mano religiosa había construido el más hermoso templo al lado de la divinidades que en cercanas horas fue
los agrarios
— 1 — Un herraje de brillantes. Hasta tarde, tarde persistía la visión del inmenso casco montañoso cubierto por una herradura de sol. Al fondo de la hoya luminosa, hendida hacia el Poniente, esper
los brujos de la tormenta primaveral
1 Más allá de los peces el mar se quedó solo. Las raíces habían asistido al entierro de los cometas en la planicie inmensa de lo que ya no tiene sangre, y estaban fatigadas y sin sueño. Imposible
machojón
3 Machojón se despidió de su padre, un viejo destrabado del trabajo desde tiempo, y de su madrina, una señora gurrugosa que vivía con su padre y a quien llamaban Vaca Manuela. —Adiós, tené cuidado
maladrón: epopeya de los andes verdes
Ellos y los venados, ellos y los pavos azules poblaban aquel mundo de golosina. De otro planeta llegaron por mar seres de injuria… — I — Al final del verano, entre la tempestad de hojas secas que
maría tecún
[10] De su lengua de bejuco, de sus dientes de leche de coyota, de la raíz del llanto arrancaban los derrumbes de sus gritos: —¡María TecúúúÚÚÚn!… ¡María TecúúúÚÚÚn!… La voz iba embarrancándose: —
ocelote 33
— 1 — Caserón. Mucha ventana a la calle principal. Anchos muros. Amplio zaguán. Puerta claveteada. Llamadores de bronce. En el primer patio, sala, comedor, cuarto de estar y dormitorios sobre un c
quincajú
¡Oh, valientes que escucháis las historias de Quincajú, oíd la primera! Desaparecí del mundo, no porque haya muerto, hubiera sido mejor, sino porque ni me ven, ni me oyen, ni me sienten, como ven,
torotumbo
— 1 — Ni los rumiantes ecos del retumbo frente a volcanes de crestería azafranada, ni el chasquido de la honda del huracán, señor del ímpetu, con las venas de fuera como todos los cazadores de águ
venado de las siete-rozas
[6] —Por lo visto no ha pasado el de las Siete-rozas. —No. Y ende quiá que estoy. ¿Cómo sigue mi nana? —Mala, como la viste. Más mala tal vez. El hipo no la deja en paz y la carne se le está enfri
viento fuerte
— I — Ya no era fuerza que dieran signos violentos de alegría. Toda la desvelada multitud estaba inerte, suelta, esparcida, después de haber pasado días y noches trabajando. El terreno en que se h
viernes de dolores
— I — El muro del cementerio. Cal y llanto. Cal y llanto. Fuera la ciudad. Dentro las tumbas. Cal y llanto. Cal y llanto. Fuera las calles del suburbio. Dentro las cruces, la grama, el crucigrama
week-end en guatemala
— 1 — Recogía del piso la parte de la persona que se llama pie, tan olvidada siempre, lo prendía con ayuda del tacón a uno de los travesaños del taburete que giraba con todo y su persona, como un
¡americanos todos!
— 1 — Alarica Powell sacó la cabeza por la ventanilla del tren; ya estaba parado y le parecía que seguía andando, y alcanzó a ver, entre las estrellas y el alba, una nave blanca junto al muelle co