País Relato - Autores

máximo gorki

boles
He aquí lo que me refirió un día un amigo: «Cuando yo era estudiante en Moscú, habitaba en la misma casa que yo una de “esas señoras”. Era polaca y se llama
carpa bonkoiémof
En la densa obscuridad de la celda, a través de las ventanas enrejadas de la prisión, un rayo de sol cala y se fijaba sobre el suelo sucio. Bonkoiémof estab
chelkash
El azul cielo meridional, oscurecido por el polvo, parece turbio; el cálido sol mira al verdoso mar como a través de un cendal gris. Casi no se refleja en e
coloquio con la vida
Estaban ante la Vida dos hombres, que eran otras tantas víctimas suyas. —¿Qué quieren? —les preguntó. Uno de ellos contestó con voz lenta: —Me rebelo ante l
compañeros
I El ardiente sol de julio brillaba sobre Smólkina, derramando sobre sus viejas isbas un copioso torrente de rayos cegadores. Donde más relumbraba era en la
el anacoreta
El barranco boscoso descendía suavemente hacia las aguas amarillas del Oká; un arroyo corría en el fondo, oculto entre hierbas; por encima del barranco disc
el castigo
Por entre las casas de aquella calle, con aullido salvaje se agita una extraña procesión. La multitud, apretada y lenta, avanza como una gran ola, y delante
el jan y su hijo
—En aquel tiempo gobernaba en Crimea el jan Mosolaima el Asvab, el cual tenía un hijo llamado Tolaik Algalla… Con estas palabras, cierto tártaro pobre y cie
el khan y su hijo
Por aquel tiempo reinaba en Crimea el khan Masolaima al-Asvab, el cual tenía un hijo llamado Tolaik Algalla…» De este modo comenzó a relatar una leyenda ant
el timador
I El encuentro con él Tropezando en la niebla con los setos, caminaba yo intrépidamente por los charcos de fango de una ventana a otra, llamaba con los dedo
el túnel
Un lago, sereno y azul, en el marco profundo de las montañas, coronadas de nieves perpetuas; el encaje obscuro de los jardines desciende hacia el lago, form
en el mercado
I. EL COMERCIANTE (“КОММЕРСАНТ”) —¡Señora, me permite usted que la ayude!… La señora volvió la c
en la estepa
Salimos de Perekop con un humor de mil diablos, hambrientos como lobos, iracundos contra todo y contra todos. Gran parte de la jornada había transcurrido si
kirilka
Cuando el carruaje salió rodando del bosque al lindero, Isái se levantó ligeramente sobre el pescante, estiró el cuello, miró a lo lejos y dijo: —¡Diablos,
konovalov
Al pasar distraídamente la vista por una hoja de periódico, me encontré con el apellido Konovalov e interesado en él leí lo que sigue: “Ayer por la noche, e
la ciudad
Un joven músico, mirando fijamente a la lejanía con sus ojos negros, decía en voz queda: —La música que yo quisiera escribir sería así: “Por la carretera, d
la madre del monstruo
Día tórrido. Silencio. La vida está como cristalizada en un luminoso remanso. El cielo contempla a la tierra con mirada límpida y azul por la pupila resplan
los exhombres
I La calle del Arrabal consta de dos hileras de casuchas de un solo piso, muy pegadas las unas a las otras, decrépitas, con las paredes vencidas y las venta
makar chudrá
Soplaba un viento húmedo y frío procedente del mar, que llevaba por la estepa la melodía ensimismada del chapoteo de las olas que barrían la orilla y el rum
malva
El mar reía. Bajo el leve soplo del cálido viento se estremecía y, cubriéndose de pequeñas ondas que reflejaban el sol con intensidad cegadora, sonreía al c
miseria de niña
Una tarde, cansado de trabajar, me había tendido al suelo en el ángulo de un caserón de piedra; sobre el muro, los rayos del sol hacían resaltar las hendidu
un incidente con unos broches
Éramos tres amigos: Siomka Karguza, yo y Mishka, un gigante barbudo de grandes ojos azules que sonreían siempre afables a todo y que siempre estaban hinchad
una noche de otoño
Una vez en otoño, estaba en una posición muy desagradable e inconveniente. En el pueblo al que acababa de llegar y donde no conocía un alma, me encontré sin
una vez, en otoño
Una vez, en otoño, me vi en una situación tan molesta como desagradable, recién llegado a una ciudad donde no conocía a nadie. Estaba sin blanca y no tenía
vaska el rojo
Hace no mucho tiempo, en una de las casas públicas de una ciudad a orillas del Volga prestaba sus servicios un hombre de unos cuarenta años, llamado Vaska y
veintiséis y una
Éramos veintiséis; veintiséis máquinas vivientes, veintiséis hombres encerrados en un sótano húmedo en el que, de la mañana a la noche, amasábamos rosquilla
vuelven
Las imponentes rachas de viento de Jiva se estrellaban en las negras montañas de Daguestán ; una vez rechazadas, se precipitaban en las frías aguas del mar
zazúbrina
La ventana redonda de mi celda daba al patio de la prisión. Quedaba muy alta, pero, juntando la mesa a la pared y encaramándome a ella, podía ver desde allí