manuel mujica lainez
crepúsculo (1644)Hace tanto calor que el gobernador del Río de la Plata ha optado por quitarse la golilla incómoda y escapar del bochorno que se aplasta sobre las salas del Fuerte. Se ha acodado en uno de los para
el amigo (1808)Gerardo baja trabajosamente la empinada escalera. Cuando mira hacia el patio, le acomete un vértigo terrible y la tentación de arrojarse de cabeza, de rebotar, de terminar de una vez. Pero un inst
el ángel y el payador (1825)Esto sucedió, señores, allá por los años en que derrotamos a los brasileños en la batalla de Ituzaingó; quizá un poco antes, hacia 1825. La fecha de Ituizangó no puedo olvidarla, porque la conserv
el arzobispo de samos (1694)El arzobispo de Samos camina a grandes trancos por la celda del convento de santo Domingo que le sirve de prisión. Walter ha escapado llevándose lo único que al griego le quedaba: su grueso anillo
el atorrante (1915)En el tibio atardecer de diciembre, Ramón paladea el mate a breves sorbos. Está sentado en una silla de paja frente a la carretera. A su lado, Pepa, su mujer, aguarda con una pava de agua caliente
el camino desandado (1755)Los cuatro escribientes del Marqués de Valdelirios admiraban al embajador. Copiábanle la elegancia de la casaca y de la chupa; el ademán con que tendía la caja de rapé; el arte con que pasaba las
el cazador de fantasmas (1821)De todo hay en la extravagante Corte de Río de Janeiro: hasta un cazador de fantasmas, hasta un hombrecito calvo, muy viejo, muy movedizo, que vive cazando fantasmas. Es un antiguo criado de la Re
el cofre (1648)Era una canoa larga y esbelta, de aquellas que solían recorrer, tripuladas por diez o quince guaraníes, todo el curso del Uruguay y del Paraná, aventurándose hasta el delta mismo. Solo que ahora n
el coleccionista (1891)Carta de Diego Ponce de León al pintor Eduardo Sívori. San Isidro, 4 de diciembre de 1891. Mon cher Sívori: No quiero dejar que transcurra una hora sin expresarle el placer que me dio su visita de
el dominó amarillo (1900)Los cuatro carros de mudanza se detuvieron un instante en la plaza de San Isidro, frente a la iglesia gótica todavía inconclusa. Preguntaban los carreros por el camino que les conduciría a la quin
el embrujo del rey (1699)Fragmento de una carta enviada desde Buenos Aires al enano milanés don Nicolasito Pertusato, criado de los reyes Felipe IV y Carlos II. “… y sin duda asombrará a vuesa merced recibir esta carta mí
el espejo desordenado (1643)Simón del Rey es judío. Y portugués. Disimula lo segundo como puede, hablando un castellano de eficaces tartamudeos y oportunas pausas. Lo primero lo disfraza con el rosario que lleva siempre enro
el grito (1913)Hacía trece años que la casa permanecía cerrada: exactamente desde el Carnaval de 1900 y el espléndido recibo de máscaras de Don Diego Ponce de León. El señor había desaparecido esa madrugada. Lue
el hambre (1536)Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, ap
el hombrecito del azulejo (1875)Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alt
el ilustre amor (1797)En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándo
el imaginero (1679)Manuel Couto regresó a Buenos Aires presa de una obsesión que le trastornó el ánimo. Había permanecido cinco años en los calabozos del Santo Oficio de Lima. Fueron cinco terribles años, durante lo
el libro (1605)—¡Un par de pantuflos de terciopelo negro! El pulpero los alza, como dos grandes escarabajos, para que el sol destaque su lujo. Bajo el alero, los cuatro jugadores miran hacia él. Queda el escriba
el lobisón (1633)Por el camino de la costa, viene la cabalgata. Pica el sol. Pican también los terciopelos fatigados. La polvareda hace toser a los viajeros. El calor cruel del mediodía, los tábanos voraces, la re
el pastor del río (1792)El viento del sudoeste es loco. Viene galopando sobre la polvareda, y sus rebencazos relampaguean en el atardecer. Se ríe hasta las lágrimas; se mete en todas partes, con bufidos y chaparrones; tu
el patio iluminado (1725)Todo ha terminado ya. Benjamín se arrebuja en su capa y cruza el primer patio sin ver los jazmines en flor que desbordan de los tinajones, sin escuchar a los pájaros que desde sus jaulas despiden
el pintor de san isidro (1867)Micaela no cesó de lamentarse durante toda la mañana. El pintor oía su voz aguda, entrecortada por el llanto, mientras repetía las malas noticias a los renovados visitantes: —¡Nos vamos, Don Marce
el poeta perdido (1835)Cuando el hijo de Sebastián Montalvo quedó huérfano, su tía abuela Catalina Romero de Islas le llevó a vivir con ella en su casa vecina del convento de Santo Domingo. El niño tenía entonces ocho a
el primer poeta (1538)En la tibieza del atardecer, Luis de Miranda, mitad clérigo y mitad soldado, atraviesa la aldea de Buenos Aires, caballero en su mulo viejo. Va hacia las casas de las mujeres, de aquellas que los
el salón dorado (1904)Hace cinco días que la niña Matildita dejó de existir, y el salón dorado en el cual tan poco lugar ocupaba, trémula con su bordado eterno en el rincón de las vitrinas, parece aun más enorme, como
el sucesor (1785)Don Rufo quemó su vida en fuegos de lujuria. Por eso murió tan joven, roído, calcinado. Por eso le enterraron hace diez días, con ceremonia rápida a la que no asistieron los parientes señoriles. H
el tapir (1835)Mister Hoffmaster no se ha quitado todavía la pintura del rostro. Brillan sus ojos de mico en la máscara blanca, azul y roja que le retuerce los labios y le inventa unas cejas angulares. Al termin
el testamento (1872)Los parientes llegaron muy temprano. Desde el cuarto del mirador, Máximo les vio cruzar el jardín sacudiéndose el polvo de la carretera. Flotaban los crespones de Doña Clara, y los guantes de su m
el vagamundo (1839)Llegó a Buenos Aires hace cuatro días, solo cuatro días, y siente que no se podrá quedar aquí mucho tiempo. El amor, su viejo enemigo, le acecha, le ronda, le olfatea, como un animal que se escond
la adoración de los reyes magos (1822)Hace buen rato que el pequeño sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del alba -el
la casa cerrada (1807)El texto de esta confesión ha sido bastante modernizado por nosotros, suprimiendo párrafos inútiles, condensando algunos y añadiendo aquí y allá un retoque. Ignoramos el nombre de su autor. “… Qui
la ciudad encantada (1709)Levanta los ojos don Bruno de los papeles y mira hacia afuera por la ventana con viruela de moscas. Es la hora de la siesta y el calor se aplasta sobre el campo. Vapores dorados oscilan en los con
la enamorada del pequeño dragón (1584)Inés, mestiza de la casa de don Rodrigo Ortiz de Zárate, corre en pos del amo para observar a los tres prisioneros que avanzan entre picas y espadas desnudas. Tan corpulento es su señor que no le
la escalinata de mármol (1852)Ahora va a morir. Casi no puede moverse en el lecho, y sus labios, que tuerce la desesperación, no emiten más que un ronco gemido precursor de la agonía. En las sombras del cuarto, su familia soll
la fundadora (1580)La vieja carabela y los dos bergantines vienen por el medio del soleado Paraná, con los repobladores de Buenos Aires. Los demás cubren la distancia desde Asunción por tierra, arreando la caballada
la galera (1803)¿Cuántos días, cuántos crueles, torturadores días hace que viajan así, sacudidos, zangoloteados, golpeados sin piedad contra la caja de la galera, aprisionados en los asientos duros? Catalina ha p
la hechizada (1817)Mi madre murió cuando éramos muy niños. Desde entonces el carácter de mi padre se ensombreció. Su viudez, al coincidir con los acontecimientos revolucionarios de 1810, produjo trastornos considera
la jaula (1776)Paco oprime con tal vigor la espada de su padre, que le duelen los dedos. Una hora hace que la empuñadura se clava en su palma y le tiñe en ella un surco rojo. Escondido detrás de la cortina espes
la máscara sin rostro (1779)El coche de Doña Leonor Montalvo entró en Buenos Aires con gran estrépito. Adentro, derrumbada en los almohadones, la gruesa señora no volvía en sí. Catalina, la mulata, le hacía aire con un abani
la mojiganga (1753)La negra asoma entre el cerco de tunas y mira hacia el camino. Nada se ve en su soledad, bajo el cielo claro de estrellas. Tiende el oído, pero el desorden de su corazón le impide escuchar. Se apr
la mujer de pablo (1897)El “break de chasse” negro y amarillo de Don Diego rueda alegremente por el camino real, al trote perfecto de sus cuatro anglonormandos. Es uno de los lujos del solterón, quien lo guía desde el al
la princesa de hungría (1802)Isabel deja pasar las tardes largas, acurrucada en un soportal vecino de la calle del Pecado. En ocho meses se agostó su hermosura. Su pelo negro, renegro, idéntico al del mellizo, perdió lustre.
la pulsera de cascabeles (1720)Por el ventanuco enrejado, Bingo espía a los negreros ingleses. Sus figuras se recortan en la barranca del Retiro, con fondo de crepúsculo, más allá de las higueras y de los naranjos. Fuman sus la
la que recordaba (1919)Recordaba una gran casa prisionera del follaje. A veces la veía nítidamente, perfilando el dibujo de sus columnas y sus arquerías. Otras, una neblina tenue, como la que flota sobre los pantanos, e
la sirena (1541)Corren a lo largo de los grandes ríos, desde las empalizadas de Buenos Aires hasta la casa fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, las noticias sobre los hombres blancos, sobre sus victorias y su
la viajera (1840)Los pasos de Francisco resonaban en el corredor. Mezclábase a ellos el golpeteo de su caña de bambú sobre las baldosas. Siempre caminaba allí una hora, de ocho a nueve, antes de cenar. Iba de un e
la vívora (1780)El anciano militar escucha la lectura con los ojos entrecerrados. Le fatiga el duro estilo de los documentos, y de tanto en tanto su mirada se distrae hacia el rayo de sol que cae oblicuamente en
las reverencias (1648)Margarita cruza la Plaza Mayor en la silla de manos del gobernador del Río de la Plata. Va al Fuerte, a hacer su reverencia ante la señora Francisca Navarrete, la gobernadora. Su falda de raso ama
las ropas del maestro (1608)Por la abierta ventana entran las bocanadas del calor de diciembre. En sus escaños duros, amodorrados por el sopor de la hora, los alumnos escriben de mala gana. Se oye el rasgueo de las plumas le
le royal cacambo (1761)Hemos preferido conservar en su idioma original esta carta, enviada a Candide por su servidor Cacambo. Ambos personajes, según refiere Voltaire, estuvieron en Buenos Aires hacia el año 1756. &Agra
los amores de leonor montalvo (1748)Filomeno Castillo, el pulpero de la calle de San Cosme y San Damián, se pavoneaba como un cortesano. Hasta había trocado el delantal de algodón con el cual disimulaba la falta de ropas más ceñidas
los pelícanos de plata (1615)Melchor Míguez da los últimos toques con el cincel al gran sello de plata que ostenta en su centro el escudo de la ciudad. Ya está lista la obra que por castigo le impusieron los cabildantes hace
los reconquistadores (1806)El olor del churrasco crucificado en el asador consolaba y aguijaba simultáneamente el hambre de Bertrand Suliac. Por la abertura de la choza se veían, más allá de los talas y del ombú rocoso, más
los toros (1702)El fragor llena las calles angostas. Tan intenso es, que se diría que van a resquebrajarse los muros, a derrumbarse los techos, a volar hacia los picos nevados los frágiles balconcillos, cuando la
lumbi (1583)Había caminado la noche entera sin darse descanso. Al alba, se tumbó entre unos pajonales frente al río. Estaba en la región que empezaba a llamarse Montes Grandes, por sus arboledas. Durmió horas
memorias de pablo y virginia (1816-1852)Nunca entenderé la actitud de los hombres frente a nosotros, los objetos. Proceden como si creyeran que la circunstancia de habernos dado vida les autoriza a tratarnos como a esclavos mudos. Jamás
milagro (1610)El hermano portero abre los ojos, pero esta vez no es la claridad del alba la que, al deslizarse en su celda, pone fin a su corto sueño. Todavía falta una hora para el amanecer y en la ventana las
monemvasíaMonemvasía, 6 de agosto de 1974. Aquí, en Monemvasía, me aguardaba el sitio que tanto he buscado o, por decirlo mejor, con el que tanto soñé. Aquí hubiera querido vivir. Mientras organizo la parti
muerte de la quinta (1924)Carta de Ángel S. Fernández, su administrador, a Da. Mercedes Ponce de León de Guevara. Buenos Aires, 5 de marzo de 1924. Señora Doña Mercedes Ponce de León de Guevara. Hotel Meurice. Rue de Rivol
narcisoSi salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en la ondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a su dormitorio. Allí se acomodab
prisión de sangre (1810)Fragmento de las memorias manuscritas de Rodrigo Islas. El resto se ha perdido. Lo hemos retocado algo, despojándolo de la retórica que caracterizó a la época. …mi padre. Quizá si yo hubiera podid
regreso (1918)Mercedes Guevara se sentó en un banco de hierro frente al río. La hizo estremecerse la frescura de fines de abril. Friolenta, se arrebujó en el cuello de zorros azules y su rostro desapareció entr
rival (1895)Pepa, la niña muda, pasaba las tardes de verano en el umbral de la cocina haciendo muñecas. En invierno se sentaba junto al fogón en un banquito, y fabricaba los diminutos seres de ojos de vidrio
toinette (1658)Toinette vuelve en sí de su desmayo y aunque quiere no logra incorporarse. Tarda un minuto en darse cuenta de que por más que se esfuerce no lo conseguirá. La viga central de su cámara, desplomada
tormenta en el río (1847)Entraron a caballo en el lodo de la playa y a poco el agua chapoteó bajo los cascos. Eran siete hombres: cinco emigrados, un peoncito y el capitán del velero. Callaban todos menos este último, qui
un artistaEn la “Hostería de la Manzana de Adán” tenían sus cuarteles unos cuantos literatos y desocupados que solían ir a filosofar frente a su bien abastecida chimenea. Era un viejo mesón cuyas paredes mo
un granadero (1850)El indio Tamay alquila en la Recova un cuarto pequeñito. En él vende, hace muchos años, estampas, escapularios, ropa hecha y, algunos días, empanadas y tortas. Desde la mañana, cuando la estación