maeve brennan
el día en que nos vengamosUna tarde, unos hombres poco amistosos, vestidos de civiles y pertrechados con revólveres, vinieron a nuestra casa buscando a mi padre, o buscando información sobre él. Esto ocurrió en Dublín, en
el diablo que nos habitaMe acercaba sin sobresaltos al final de mis trece años cuando una pregunta incontestable que aún ahora vuelve a veces a desconcertarme vino a romper toda mi placidez. Estaba en un internado en Kil
el sofáEl nuevo sofá iba a llegar aquel día, martes, pero los de la tienda no habían dado una hora precisa, solo habían dicho: “En algún momento del día”. La señora Bagot se había puesto tan contenta cua
el torno de los rumoresEn Dublín, mi madre solía mandar paquetes de comida a una comunidad de clarisas pobres que tenían el convento a un largo paseo de distancia de nuestra casa en Ranelagh. A veces nos mandaba a mi he
el viejo del marUn jueves por la tarde, un viejo vendedor de manzanas llamó a la puerta de nuestra casa en Dublín. Me pareció que tendría unos noventa años. Tenía el pelo blanco y fino, la espalda encorvada, la e
la alfombra de rosasHabían quitado la alfombra color café con leche, estampada con grandes rosas, del suelo del salón de delante; la habían llevado por el recibidor y la cocina hasta el jardín y ahora estaba extendid
la comida favorita de balzacHay una librería en la calle 48, no lejos de la Sexta Avenida, donde venden sobre todo libros de bolsillo y libros viejos, saldos de los editores. Yo estaba allí el otro día mirando. Era sábado y
la mañana después del incendioDesde mis cinco años hasta casi los dieciocho, vivimos en una casa pequeña en un barrio de Dublín llamado Ranelagh. En nuestra calle, todas las casas eran de ladrillo rojo y tenían pequeños jardin
la más listaNo hace mucho tiempo, pasé unos días en Washington DC, en casa de mi hermana pequeña, Deirdre, que está casada y tiene cuatro niños. Nos habíamos sentado en su amplia y agradable sala, frente a lo
la mentiraHabía una broma entre mi madre y yo sobre la primera vez que fui a confesarme. Ella me llevó a ver al cura, pero salimos tarde de casa y cuando llegamos a la capilla ya había dos largas filas de m
libre elecciónRose se quedó de pie esperando a que el baile, un vals, acabase. Se sentía incómoda, un tanto perdida sin pareja. Se preguntaba por qué Hubert Derdon no había venido a buscarla, a proponerle un ba
los dos rondaban la cuarentenaAlguien dijo que “cuando un chico llega a adulto ya es cinco sextas partes de memoria”. Supongo que era medio en broma, pero anoche, a las nueve y cuarto, vi a dos ciudadanos que habían alcanzado
los pobresLa madre del cura estaba agobiada, desvelada, impenitente, ardiendo por todas partes con aquella cansina insatisfacción que había surgido en su espíritu desde muy joven. Se agotaba limpiando la ca
nochebuenaHabía que barrer y quitar el polvo de la chimenea del cuarto de las niñas para que Santa Claus pudiera poner los pies en el suelo cuando bajase por ella. Lily y Margaret Bagot miraban a su madre,
un ataque de hambreLa señora Derdon tenía la expresión de alguien que tiene que asumir muchas cosas. En aquel momento estaba en la cocina, asumiendo la preparación del té para su marido y ella. Su marido se llamaba
un misterioso desfile de hombresHay más desfiles en esta ciudad de lo que ninguno de nosotros puede sospechar. Ayer hubo uno que pasó desapercibido, sin testigos ni admiradores, exceptuando dos policías y yo. Pero era un auténti
una chica puede malograr su suerteArriba, en el dormitorio que había compartido con su mujer durante más de treinta años, el señor Derdon estaba de pie ante su cómoda y trabajaba plácidamente en el lazo de su pajarita azul marino.