machado de assis
adán y evaUna señora propietaria de un ingenio, en Bahía, allá por el año de mil setecientos y pico, estando reunida con algunos íntimos alrededor de su mesa, anunció
anécdota pecuniariaSe llama Falcão mi hombre. Aquel día -catorce de abril de 1870- quien entrase a su casa, a las diez de la noche, lo vería paseándose por el comedor,
cántiga de los esponsalesImagine la lectora que está en 1813, en la iglesia de Carmo, oyendo una de aquellas buenas fiestas antiguas, que eran la mayor diversión pública y lo mejor
cláusula testamentaria…y es mi última voluntad que el cajón en que mi cuerpo haya de ser enterrado sea fabricado en casa de Joaquim Soares, que vive en la Rua da Alfãndega
el alienistaI. De cómo Itaguaí obtuvo una casa de orates Las crónicas de la villa de Itaguaí dicen que en tiempos remotos había vivido allí un cierto médico, el doctor
el caso de la varaDamián huyó del seminario a las once de la mañana de un viernes de agosto. No sé bien el año; fue antes de 1850. Pasados algunos minutos se detuvo avergonza
el diplomáticoLa criada entró en el comedor, se aproximó a la mesa rodeada de gente, y habló en voz baja con la señora. Al parecer le dio algún recado de urgencia, porque
el espejoCuatro o cinco caballeros debatían, una noche, varias cuestiones de alta trascendencia, sin que la disparidad de opiniones trajese la menor alteración a los
el incrédulo frente a la cartomanteHamlet observa a Horacio que existen más cosas en el cielo y en la tierra de lo que piensa nuestra filosofía. Era la misma explicación que daba la linda Rit
el reloj de oroAhora contaré la historia del reloj de oro. Era un gran cronómetro, perfectamente nuevo, que pendía de una elegante cadena. Luis Negreiros tenía toda la raz
el secreto de augustaI Son las once de la mañana. Doña Augusta Vasconcelos está reclinada sobre un sofá, con un libro en la mano. Adelaida, su hija, deja correr los dedos por el
ideas del canarioUn hombre dedicado a los estudios de ornitología, llamado Macedo, contó a un grupo de amigos un suceso tan extraordinario que nadie le creyó. Algunos llegan
la causa secretaGarcía, de pie, miraba y hacía crujir sus dedos; Fortunato, en la mecedora, miraba el techo; María Luisa, junto a la ventana, concluía un trabajo de aguja.
la chinela turcaObservad al licenciado Duarte. Acaba de componer el más tieso y correcto nudo de corbata que se diera en aquel año de 1850, y le anuncian en este momento la
la iglesia del diabloI De una idea asombrosa Cuenta un viejo manuscrito benedictino que el Diablo, cierto día, tuvo la idea de fundar una iglesia. Si bien sus lucros eran contin
la serenísima república(Conferencia del canónigo Vargas) Señores míos: Antes de comunicaros un descubrimiento, que reputo de algún lustre para nuestro país, dejad que os agradezca
misa de galloNunca pude entender la conversación que tuve con una señora hace muchos años; tenía yo diecisiete, ella treinta. Era noche de Navidad. Había acordado con un
miss dollarI Era conveniente para el relato que el lector permaneciera mucho tiempo sin saber quién era Miss Dollar. Pero por otro lado, sin la presentación de Miss Do
noche de almiranteDeolindo Viento Grande (era un apodo de a bordo) salió del Arsenal de Marina y se enrumbó por la Calle de Braganza. Daban las tres de la tarde. Era la flor
singular ocurrenciaHay ocurrencias bastante singulares. ¿Ves aquella dama que entra en este momento en la Iglesia de la Cruz? Esa que se ha detenido en el atrio para dar una l
teoría del fanfarrón(Diálogo) —¿Tienes sueño? —No, señor. —Ni yo; conversemos un poco. Abre la ventana. ¿Qué horas son? —Las once. —Ya se fue el último invitado de nuestra mode
trío en la menorI. ADAGIO CANTABILE María Regina acompañó a la abuela hasta el cuarto, se despidió y se fue al suyo. La crida que la servía, a pesar de la familiaridad que
un apólogoLa baronesa tenía a la modista siempre a su lado, para no verse obligada a buscarla cuando la necesitaba. Llegó la costurera, tomó la tela, tomó la aguja, t
un hombre célebre-¿Así que usted es el señor Pestana? -preguntó la señorita Mota, haciendo un amplio ademán de admiración. Y luego, rectificando la espontaneidad del gesto-:
una noche de almiranteDeolindo Venta Grande (era un sobrenombre de a bordo) salió del arsenal de la marina y se dirigió por la calle de Braganza. Daban las tres de la tarde. Era
unos brazosIgnacio se estremeció, oyendo los gritos del gestor, recibió el plato que éste Ie ofrecía e intentó comer, bajo una avalancha de improperios, sinvergüe