juan carlos onetti
avenida de mayo-diagonal-avenida de mayoCruzó la avenida, en la pausa del tráfico, y echó a andar por Florida. Le sacudió los hombros un estremecimiento de frío, y de inmediato la resolución de ser más fuerte que el aire viajero quitó l
bichicomeElla tendría cinco o seis años cuando empecé a enterarme verdaderamente de su existencia. Hasta entonces era la primera hija de los Torres, una criatura tan bella que parecía hecha con manos de ar
bienvenido, bobEs seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sal
convalecenciaCasi en el mediodía, el hombre me rociaba de arena, empujando con el pie desnudo. Me volvía, medio dormida, desperezándome a la sombra de la cara inclinada y sonriente. El hombre cambiaba o altera
crimen perfectoUn cuento policial Las manos en la espalda, su pipa entre los dientes, Julián Chapars estaba de pie junto al estanque, cuyas aguas reflejaban el cielo gris, y los ramajes melancólicos de los sauce
el álbumLa vi desde la puerta del diario, apoyado en la pared, bajo la chapa con el nombre de mi abuelo, Agustín Malabia, fundador. Había venido a traer un artículo sobre la cosecha o la limpieza de las c
el árbolCuando aquella mañana de cielo feliz, la muchacha, violín en mano, llamó a la puerta de la casita jardín de los Risi, un hombre de paisano, un poco mulato, abrió de un tirón y la obligó a pasar. —
el cerditoLa señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Mir
el gatoMuchas cosas desagradables se pueden decir o imaginar de John. Pero nunca le sospeché una mentira; tenía demasiado desprecio por la gente para inventarse cualquier fábula que le fuera favorable. D
el impostorEstaba cansada de esperar pero el hombre llegó puntual y lo vi sonreírme con timidez, el primer nombre. Me dijo que era Él y repitió en voz baja, como si lo dibujara o moldeara, el montón de circu
el infierno tan temidoLa primera carta, la primera fotografía, le llegó al diario entre la medianoche y el cierre. Estaba golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con
el mercadoPor exceso de festejos Martha se despertó en medio de la noche, trajinó y no quiso llorar como acostumbraba para conquistar los mimos de Helena. Trató de recuperar su sueño de felicidad y fracasó.
el obstáculoSe fue deteniendo con lentitud, temeroso de que la cesación brusca de los pasos desequilibrara violentamente el conjunto de ruidos mezclados en el silencio. Silencio y sombras en una franja que co
el perro tendrá su díaEl capataz, descubierto por respeto, le fue pasando mano a mano los pedazos de carne sangrienta al hombre de la galera y la levita. Al fin de la tarde y en silencio. El hombre de la levita hizo un
el posible baldiBaldi se detuvo en la isla de cemento que sorteaban veloces los vehículos, esperando la pitada del agente, mancha oscura sobre la alta garita blanca. Sonrió pensando en sí mismo, barbudo, el sombr
el pozoHace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, cl
el último viernesEn cuanto lo hicieron pasar, Carner comprendió que aquel viernes iba a ser distinto. Creyó recordar tímidas premoniciones, trató de protegerse despidiéndose de la larga sala de espera que acababa
ellaCuando Ella murió después de largas semanas de agonía y morfina, de esperanzas, anuncios tristes desmentidos con violencia, el barrio norte cerró sus puertas y ventanas, impuso silencio a su alegr
esbjerg, en la costaMenos mal que la tarde se ha hecho menos fría y a veces el sol, aguado, ilumina las calles y las paredes; porque a esta hora deben estar caminando en Puerto Nuevo, junto al barco o haciendo tiempo
eva perónI De modo que allí estábamos, amontonados y relativamente inmóviles, mirando a través de las ventanas los disimulos, revelaciones, suaves borracheras de ojos enemigos, conversando con astucia, con
ida y vueltaSe encontró solo en la sala de espera y se puso a mirar el diario que había llevado para el brazo. Las manos le temblaban levemente. Sacó un cigarrillo y antes de encenderlo se acarició el ralo bi
jabónNo hizo ninguna seña para que Saad detuviera el coche. La figura estaba quieta y paciente, tal vez aburrida, al borde del camino, junto a un árbol del que empezaba a surgir la primavera como peque
jacob y el otro1. Cuenta el médico Media ciudad debió haber estado anoche en el Cine Apolo, viendo la cosa y participando también del tumultuoso final. Yo estaba aburriéndome en la mesa de póquer del club y solo
justo el treintaiunoCuando toda la ciudad supo que había llegado por fin la medianoche yo estaba, solo y casi a oscuras, mirando el río y la luz del faro desde la frescura de la ventana mientras fumaba y volvía a emp
ki no tsurayukiConocía y frecuenté a los Andrade hace y durante un par de años. Hoy cuento la parte que más interesa de sus vidas y lo que ignoro lo imagino con certeza. Como todos los mediodías, cuando Andrade
la araucariaEl padre Larsen bajó de la mula cuando esta se negó a trepar por la calle empinada del villorrio. Vestía una sotana que había sido negra y ahora se inclinaba decidida a un verde botella, hijo de l
la cara de la desgracia1 Al atardecer estuve en mangas de camisa, a pesar de la molestia del viento, apoyado en la baranda del hotel, solo. La luz hacía llegar la sombra de mi cabeza hasta el borde del camino de arena e
la casa en la arenaCuando Díaz Grey aceptó con indiferencia haber quedado solo, inició el juego de reconocerse en el único recuerdo que quiso permanecer en él, cambiante, ya sin fecha. Veía las imágenes del recuerdo
la escopetaNo era noche cerrada cuando estiré el brazo para encender la lámpara sobre la mesa. Era necesario que terminara de escribir mi artículo antes del alba y correr para echarlo al buzón y esperar acur
la larga historiaCapurro estaba en mangas de camisa, apoyado en la baranda, mirando cómo el desteñido sol de la tarde hacía llegar la sombra de su cabeza hasta el borde del camino de arena entre plantas que unía l
la manoA los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio: —La leprosa. Por su mano enguantada, la que dur
la muerte y la niñaI El médico se echó hacia atrás y estuvo un rato golpeando el recetario ya inútil —muerto por el ocio, la vejez y la riqueza no buscada— con el cabo de su lapicera verde. Pensaba, un instante, en
la novia robadaEn Santa María nada pasaba, era en otoño, apenas la dulzura brillante de un sol moribundo, puntual, lentamente apagado. Para toda la gama de sanmarianos que miraban el cielo y la tierra antes de a
la visitaRecuerdo que la mujer muy alta llevaba un traje sastre gris y un paraguas cerrado; en la cabeza, un sombrero de dos picos, tal vez de hule, rojizo. No hacía ruido al caminar, al acercarse a mi cam
las mellizasLas mellizas habían nacido con media hora de diferencia y siempre discutían en su idioma arrabalero respecto a cuál era la mayor, cuál la menor. Yo había elegido una, la más delgada, la más carent
las tres de la mañanaLa última patada lo hizo chocar contra la pared gris de la celda. Golpeó con la cabeza y tal vez haya tenido tiempo, un segundo, para agradecer el desmayo, la inconsciencia, el olvido de los torme
los adiosesQuisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por
los amigosDesde que la vio salir con la madre de la iglesia catedral, desapareció de la reunión de los viernes en el Tupi-Nambá. Si hacíamos preguntas a su vecina nos contestaba que no estaba enfermo, que e
los besosLos había conocido y extrañado de su madre. Besaba en las dos mejillas o en la mano, a toda mujer indiferente que le presentaran, había respetado el rito prostibulario que prohibía unir las bocas;
los niños en el bosqueUna canción sin palabras, sin más que los juegos de la boca reidora. Había una música rápida y sencilla, trenza de cantos, rondas y carreras que fueron abandonadas otra tarde —otra, aún, más allá
luna llenaSe llamaba Carmencita y tendría cincuenta años a lo más. Terminó la tercera vuelta en la cama, se quitó la sábana de la cara y supo que no iba a dormir. Aún llegaban los ruidos de la noche sabátic
maldita primaveraAquella mañana temprano Aránzuru abrió la gran ventana sobre los olores del jardín y un viento leve y caprichoso le tocó la cara y le revolvió el pelo. Mientras se afeitaba, medio enfermo de sueño
mañana será otro díaLa lluvia había dejado las Ramblas casi vacías y sólo quedaba gente agrupada en el café encristalado donde, desde meses atrás, no la dejaban entrar. La Sonia, de pie en el portal de la casa vacía,
mascaradaMaría Esperanza entró al parque por el camino de ladrillos que llevaba hasta el lago entre sombras de arboles y torcía justamente al llegar a la orilla chocando contra la luz de los reflectores, l
matías el telegrafistaCuando en casa de María Rosa, Jorge Michel contó una vez más, ante varios testigos, la historia o sucedido a Atilio Matías y María Pupo, sospeché que el narrador había llegado a un punto de perfec
montaigneTodos habíamos recibido el mismo mensaje, la misma oferta increíble. Y allí estábamos; éramos seis y, claro, él, porque la reunión era en su departamento. Las invitaciones de Charlie, epistolares
nuestra señoraInvestigar, si valiera el trabajo, si al principio de la historia hubo la nieve. Y si la hubo en el año 90, y una débil muestra organizada, tan linda de ver y arrojarse a sufrir, en el 24. O puede
nueve de julioAurora habló de la historia del país fabuloso la noche en que aceptó subir tarde a la habitación de Grandi a tomar té y cruzó el gran patio de la terraza, dilatado por la luna, para rascar la pers
para una tumba sin nombreI Todos nosotros, los notables, los que tenemos derecho a jugar al póker en el Club Progreso y a dibujar iniciales con entumecida vanidad al pie de las cuentas por copas o comidas en el Plaza. Tod
presenciaHabía pasado días con el dinero sucio que me habían hecho llegar por la venta impuesta del diario. Para mí ya no había ni habría Santa María reconstruida ni El Liberal. Todo estaba muerto, inciner
regreso al surCuando estuvo solo en el rincón del café, Oscar volvió a pensar en la cabeza pálida de tío Horacio en la camilla, que parecía haber aceptado definitivamente la expresión de leve interés y cortesía
san joséEra un buen carpintero y era José para los amigos. Cuando iba a la taberna, en la noche de los viernes, solo bebía un vaso de vino y jamás participaba de las charlas maliciosas, o amargas, o de su
tan triste como ellaQuerida Tantriste: Comprendo, a pesar de ligaduras indecibles e innumerables, que llegó el momento de agradecernos la intimidad de los últimos meses y decirnos adiós. Todas las ventajas serán tuya
tu me dai la cosa me, io te do la cosa teLos muros de ladrillo de naves interminables y de un pequeño y cuidado cementerio judío era todo el París que les permitía la mezquindad de la ventana. Un sol apático alrededor del mediodía y lueg
un sueño realizadoLa broma la había inventando Blanes; venía a mi despacho – en los tiempos en que yo tenía despacho y al café cuando las cosas iban mal y había dejado de tenerlo – y parado sobre la alfombra, con u