PAIS RELATO

Libros de joseph conrad

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joseph conrad

amy foster
Kennedy era un médico rural que vivía en Colebrook, en la costa de Eastbay. Tras los rojos tejados de la pequeña aldea, el acantilado parecía empujar la pintoresca High Street hacia el mar. Al otr
el alma del guerrero
El viejo oficial de grandes bigotes blancos dio rienda suelta a su indignación. —¿Cómo es posible que todos ustedes, jovenzuelos, no tengan más sentido común? A muchos de ustedes no les vendría ma
el cómplice secreto
I A mano derecha se veían unas estacas de pesca parecidas a un extraño sistema de vallas de bambú; estaban a medio sumergir y resultaban un tanto incomprensibles en aquella división que marcaban s
el corazón de las tinieblas
I Anclada y sin que hubieran ondeado las velas, la goleta Nellie se meció ligeramente antes de quedar otra vez en reposo. Había subido la marea, el viento apenas soplaba y, dado que el destino de
el cuento
La luz del crepúsculo agonizaba lentamente del otro lado del amplio y único ventanal como un enorme resplandor monótono y sin color, enmarcado por las rígidas sombras de la sala. Era una habitació
el delator
El señor X vino a ver mi colección de esculturas de bronce y porcelanas chinas precedido por una carta que me envió un buen amigo de París. Este amigo también es un coleccionista. No colecciona po
el duelo
I A Napoleón I, cuya carrera fue un duelo contra toda Europa, no le gustaba que se batieran los oficiales de su ejército. El gran emperador militar no era un buen espadachín, ni sentía demasiado r
el fin de las ataduras
I Mucho después de que el vapor Sofala hubiese virado hacia la costa, aquella chata y húmeda línea de tierra seguía pareciendo poco más que una mancha oscura en el lado opuesto de una franja lumin
el hacendado de malata
I En el despacho de redacción del primer periódico de una gran ciudad colonial dos hombres charlaban. Ambos eran jóvenes. El más corpulento de ellos, rubio y envuelto en una apariencia más urbana
el oficial negro
Hace un buen puñado de años había varios barcos cargando en el puerto de Londres. Me refiero a los años ochenta del siglo pasado, una época en la que aún había un buen número de magníficos barcos
el príncipe román
—Unos sucesos que ocurrieron hace setenta años tal vez puedan parecer demasiado remotos como para mencionarlos en una simple conversación. No hay duda de que para nosotros el año 1831 es una fecha
el regreso
El metro procedente de la City emergió impetuosamente del interior del oscuro túnel y se detuvo entre chirridos bajo la sucia luz crepuscular de una estación del West End de Londres. Cuando se abr
el socio
—Vaya historia absurda. Los marinos aquí en Westport han estado contando esta mentira a los veraneantes durante años. Al tipo que llevan en barca por un chelín por cabeza… y hace preguntas estúpid
falk, un recuerdo
En un pequeño mesón frente a la costa, a menos de cincuenta kilómetros de Londres y a más de treinta de ese pantano peligroso y poco profundo al que los guardacostas han bautizado con el ampuloso
freya de las siete islas
I Cierto día —hace ya muchos años— recibí una larga y agradable carta de uno de mis antiguos compañeros de aventura por los mares de Oriente. Él seguía afincado por allí, pero llevaba una vida tra
gaspar ruiz, un relato romántico
I Una guerra revolucionaria suele sacar de la oscuridad a muchos curiosos personajes, un puñado de vidas humildes que vive en los estratos más tranquilos de la sociedad. Hay ciertos individuos que
il conde
La primera vez que conversamos fue en el Museo Nacional de Nápoles, en una de las salas de la planta baja en la que se expone la famosa colección de esculturas de bronce encontradas en Herculano y
juventud
Solo en un país puede ocurrir una historia como esta y ese país es Inglaterra, porque aquí los hombres y el mar viven, por decirlo así, compenetrados: el mar está presente en la mayoría de los hom
karain: un recuerdo
I Lo conocimos en aquella época imprevisible en la que nos contentábamos con mantener la vida y las posesiones. Ninguno de nosotros, hasta donde yo sé al menos, tiene ya propiedad alguna y sé que
la bestia
Entré en el bar de Las Tres Cornejas huyendo de la tormenta que estaba descargando en la calle e intercambié una mirada y una sonrisa con la señorita Blank, un intercambio que se produjo con el má
la laguna
El hombre blanco, apoyado con los dos brazos sobre el techo de popa, le comentó al timonel: —Pasaremos la noche en el claro de Arsat. Es tarde. El malayo gruñó sin más y permaneció con la mirada f
la posada de las dos brujas
Un hallazgo. Este relato, episodio, experiencia—como ustedes quieran llamarlo— fue narrado en la década de los cincuenta del pasado siglo por un hombre que, según su propia confesión, tenía en esa
la posada de las dos brujas: un hallazgo
Este relato, episodio, experiencia —como ustedes quieran llamarlo— fue narrado en la década de los cincuenta del pasado siglo por un hombre que, según su propia confesión, tenía en esa época sesen
los idiotas
Íbamos de camino desde Tréguier a Kervanda. Avanzamos a trote ligero entre los setos que quedaban sobre los cortados de arena que había a ambos lados de la carretera, y, cuando llegamos al borde d
mañana
Lo que se sabía del capitán Hagberd en el pequeño puerto de Colebrook no era precisamente favorable para él. No pertenecía a aquel pueblo. Había llegado para quedarse en unas circunstancias que no
por culpa de los dólares
I Mientras pasábamos el rato cerca de la orilla, como hacen los marineros ociosos en tierra (era en la explanada frente a la comandancia de un importante puerto de Oriente), un hombre vino hacia n
tifón
I El capitán MacWhirr, del vapor Nan-shan, tenía una fisonomía que, al menos desde el punto de vista de la apariencia externa, era una réplica exacta de su carácter. No existía en él ninguna marca
un anarquista
Durante aquel año estuve dos meses de la estación seca en una de las fincas —se trataba en realidad de una de las principales haciendas ganaderas— de una famosa compañía fabricante de extracto de
un guiño de la fortuna
Cada vez que salía el sol me encontraba mirándolo de frente. El barco se deslizaba con suavidad sobre un mar en calma y, después de sesenta días de travesía, estaba deseando llegar a mi destino: u
una avanzada del progreso
I Había dos hombres blancos encargados de la factoría. Kayerts, el jefe, era bajo y gordo; Carlier, el ayudante, era alto, de cabeza grande y ancho tronco posado sobre un par de piernas largas y d