josé maría arguedas
aguaCuando yo y Pantaleoncha llegamos a la plaza, los corredores estaban todavía desiertos, todas las puertas cerradas, las esquinas de don Eustaquio y don Ramó
diamantes y pedernalesI Iba a cumplir tres años de residencia en el pueblo. Todos sabían que era forastero; y quien deseaba humillarlo, lo proclamaba. Sus ojos eran pequeños, su
don antonioPor la noche, cuando cruzaba la calle principal del pueblo para ir donde don Antonio, el camionero que lo llevaría a la costa, vio que dos jóvenes señores c
el aylaLos aukis, sacerdotes de la comunidad, cantaban en quechua a la orilla del estanque. Con el sombrero en una mano y una cruz pequeña cubierta de flores rojas
el barrancoEn el barranco de K’ello-k’ello se encontraron, la tropa de caballos de don Garayar y los becerros de la señora Grimalda. Nicacha y Pablucha gritaron desde
el cargadorMe han cambiado de ayudante: el nuevo se llama Severino, es hijo de un árabe y de una criolla. Severino es moreno, de ojos pequeños y muy negros, usa bigote
el forasteroEl forastero iba repitiendo mentalmente la letra de un canto de su pueblo: Solitario cóndor de los abismos, helado cóndor negro; me dijeron que yo nací en t
el horno viejoDormía bien en la batea grande que había pertenecido al horno viejo. A su lado, sobre pellejos, dormía la sirvienta Facunda. Cerca del fogón, en una tarima
el joven que subió al cieloHabía una vez un matrimonio que tenía un solo hijo. El hombre sembró la más hermosa papa en una tierra que estaba lejos de la casa que habitaban. En esas ti
el pelónPelón vivía en una tienda de esquina, en la tercera calle. El jirón “comercial” corría entre los dos malecones; era un callejón angosto con piso de tierra y
el sueño del pongoA la memoria de don Santos Ccoyoccossi Ccataccamara, Comisario Escolar de la comunidad de Umutu, provincia de Quispicanchis, Cuzco. Don Santos vino a Lima s
el vengativoVoy a faltar a mi palabra, voy a romper la promesa más solemne que he hecho en mi vida; me siento demasiado humano, no puedo guardar por más tiempo esa trem
el zorro de arriba y el zorro de abajoPrimera Parte Primer diario Santiago de Chile, 10 de mayo de 1968 En abril de 1966, hace ya algo más de dos años, intenté suicidarme. En mayo de 1944 hizo c
hijo soloLlegaban por bandadas las torcazas a la hacienda y el ruido de sus alas azotaba el techo de calamina. En cambio, las calandrias llegaban solas, exhibiendo s
k'ellk'atay-pampa—Recién es el amanecer, pero Yanamayu está resondrando ya a la pampa con su gritar rabioso. —¿Sabes, Nicacha? A este río le pusieron ese nombre porque es ma
la agonía de rasu-ñitiEstaba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única ventana que tenía la habitaci
la huerta—La mujer sufre. Con lo que le hace el hombre, pues, sufre. —¿Con qué dices, de lo que el hombre le hace? —De noche, en la cama. O en cualquier parte sucia.
la muerte de los arangoContaron que habían visto al tifus, vadeando el río, sobre un caballo negro, desde la otra banda donde aniquiló al pueblo de Sayla, a esta banda en que viví
los comuneros de ak'ola—Hoy día —se dijo don Ciprián, principal de Ak’ola y Lukanas. Sentado sobre el poyo del corredor de su casa miraba salir uno tras otro a sus cuatro concerta
los comuneros de utej-pampaEn la cumbre del cerro Santa Bárbara el cura de San Juan mandó hacer un trono de tantarkichka para la Virgen Candelaria, patrona del pueblo. Don Inocencio,
los escolerosEl wikullo es el juego vespertino de los escoleros de Ak’ola. Bankucha era el escolero campeón en wikullo. Gordinflón, con aire de hombre grande, serio y bi
los ríos profundosI. El Viejo Infundía respeto, a pesar de su anticuada y sucia apariencia. Las personas principales del Cuzco lo saludaban seriamente. Llevaba siempre un bas
orovilcaEl chaucato ve a la víbora y la denuncia; su lírica voz se descompone. Cuando descubre a la serpiente venenosa lanza un silbido, más de alarma que de espant
warma kuyayNoche de luna en la quebrada de Viseca. Pobre palomita, por dónde has venido, buscando la arena por Dios, por los cielos. —¡Justina! ¡Ay, Justinita! En un t
yawar fiestaI. Pueblo indio Entre alfalfares, chacras de trigo, de habas y cebada, sobre una lomada desigual, está el pueblo. Desde el abra de Sillanayok’ se ven tres r