PAIS RELATO

Libros de josé donoso

Autores

josé donoso

ana maría
1 “¡Qué raro que dejen a una niñita tan chica sola en un jardín tan grande!”, pensó el viejo, enjugándose el sudor del rostro con un pañuelo que después repuso en el bolsillo de su raída chaqueta.
casa de campo
Primera parte: LA PARTIDA Capítulo Uno: LA EXCURSIÓN 1 Los grandes habían hablado muchísimo de que era absolutamente indispensable partir temprano esa mañana, casi al amanecer, si querían llegar a
china
Por un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establ
coronación
PRIMERA PARTE El Regalo 1 Rosario mantuvo la puerta de par en par mientras el muchacho apoyaba la bicicleta en los peldaños que subían desde el jardín hasta la cocina, y lo dejó entrar con el cana
dinamarquero
Esa tarde, después del trabajo, don Gaspar, el contador, dijo que tenía sed. Yo me dejé convencer fácilmente, porque en el aislamiento de una estancia magallánica cualquier pretexto para romper la
dos cartas
Estas son las últimas cartas que se escribieron dos hombres, Jaime Martínez, un chileno, y John Dutfield, un inglés. Se conocieron como compañeros en los cursos infantiles de un colegio de Santiag
el charlestón
A veces pienso que la vida sería harto triste si uno no tuviera amigos con quienes divertirse y tomar juntos unos buenos tragos de vino de vez en cuando. Pero en la vida suceden cosas muy raras, q
el güero
No bien bajé del tren en la estación de Veracruz, me descompuso aquel mundo bullicioso y caldeado, tan distinto a cuanto conocía. Tuve el desagradable presentimiento de que todo iba a andar mal en
el hombrecito
Desde mi primera infancia vi que en mi casa el asunto de los “hombrecitos” era problema serio. ¿Quién iba a encerar? ¿Quién se haría cargo de revisar las tejuelas de alerce y de darles una mano de
el lugar sin límites
CAPÍTULO I La Manuela despegó con dificultad sus ojos lagañosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la mano para tomar el reloj. Cinco para l
el mocho
Ultimo gesto del narrador full-time El Mocho, la última novela que José Donoso entregó a sus editores, tiene su origen en un viaje que el escritor hizo, a comienzos de los años 80, a la zona miner
el obsceno pájaro de la noche
1 Misiá Raquel Ruiz lloró muchísimo cuando la madre Benita la llamó por teléfono para contarle que la Brígida había amanecido muerta. Después se consoló un poco y pidió más detalles: —La Amalia, e
este domingo
EN LA REDOMA Los «domingos» en la casa de mi abuela comenzaban, en realidad, los sábados, cuando mi padre por fin me hacía subir al auto: —Listo…, vamos… Yo andaba rondándolo desde hacía rato. Es
la invención de ramón
¿No la conoces? Es Sylvia Corday, la de Ramón del Solar… Ya sabes toda esa historia. Sí, parece que la hubieran armado con módulos de plástico, como a un maniquí de escaparate. Dicen que no tiene
la misteriosa desaparicion de la marquesita de loria
Capítulo uno La joven marquesa viuda de Loria, nacida Blanca Arias en Managua, Nicaragua, era la clásica hija de diplomáticos latinoamericanos, de aquellos que tras una gestión tan breve como vací
la puerta cerrada
Adela de Rengifo se quejaba frecuentemente de que a ella le habían tocado las peores calamidades de la vida: enviudar a los veinticinco años, ser pobre y verse obligada a trabajar para mantenerse
paseo
1 Esto sucedió cuando yo era muy chico, cuando mi tía Matilde y tío Gustavo y tío Armando, hermanos solteros de mi padre, y él mismo, vivían aún. Ahora están todos muertos. Es decir, prefiero supo
santelices
—… porque usted comprenderá pues, Santelices, que si dejáramos que todos los pensionistas hicieran lo mismo que usted, nos quedaríamos en la calle. Sí, sí, ya sé lo que me va a decir y le encuentr
tocayos
Ese invierno Juan Acevedo no andaba con dinero en el bolsillo, porque no tenía trabajo. Pero no se amargaba, ya que existía la posibilidad de un puesto como mecánico, con lo que pensaba mantenerse
una señora
No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular. Cuando me