john o'hara
adiós, hermanMiller estaba poniendo la llave en la cerradura. Llevaba dos periódicos de la tarde doblados bajo un brazo, y un paquete: dos camisas que había recogido de
ahora ya lo sabemosEn el trabajo de Mary Spellacy, en las oficinas de un agente teatral relativamente importante, las reglas eran elásticas. Nadie llegaba nunca antes que Mary
atado de pies y manosUn día, Miles Updegrove, que de ordinario no reparaba en esas cosas, reparó en que Earl Appel había ido a trabajar en mocasines. No eran mocasines de veinti
demasiado jovenVolvía a ser esa época del año que a Bud lo hacía sentirse muy joven. Le había ocurrido el año anterior, y le había ocurrido también el otro; parecía como s
deportividadJerry se enderezó la corbata, se frotó las mangas del abrigo y bajó la escalera donde ponía “La Galería del Metro”. El cartel resultaba engañoso solo para q
día de veranoNo había mucha gente en la playa cuando llegaron el señor y la señora Attrell. Ese día en concreto, un miércoles, puede que más de la mitad de los bañistas
el asistenteLa alarma del reloj sonó de repente, pero ella no recordó haberlo programado la noche anterior. Era un reloj despertador pequeño, plateado, con un dial de m
el caballero orondoTodas las noches, antes de ir al teatro, se comía lo que para cualquier hombre habría sido una cena, solo que Don Tally lo llamaba un tentempié. A veces con
el hombre de la ferreteríaLou Mauser no siempre había tenido dinero, y sin embargo sería difícil imaginárselo sin. Había sido el propietario de la tienda —con alguna ayuda del banco,
el hombre idealEl desayuno en casa de los Jenssen no era muy distinto del desayuno en otros doscientos mil hogares de la zona metropolitana. Walter Jenssen tenía el periód
el niño del hotelMi primer encuentro con Raymond tuvo lugar más o menos una semana después de llegar a aquella ciudad extraña. Bajaba en el ascensor, pensando en el amor y e
el peleleRobertson era un extraño en ese club. Había jugado ahí a squash hacía muchos años, durante sus años en el distrito financiero de Nueva York, y se veía capaz
en el club cothurnosAunque el Club Cothurnos lo fundaron actores, de vez en cuando admiten a un número limitado de escritores y pintores, por eso tengo la suerte de ser miembro
exactamente ocho mil dólares exactosLo que en tiempos había sido un agradable club de campo, cuyos miembros eran en su mayoría parejas jóvenes con un próspero porvenir, era ahora un “parque in
fatimas y besosA la vuelta de la esquina de donde yo vivía se encontraba una pequeña tienda regentada por una familia llamada Lintz. Si querías helado, ya fuera un litro o
la chica de californiaLa limusina se detuvo, y el chófer pagó el peaje y esperó la vuelta. El empleado de la garita miró a la joven pareja que iba en la parte trasera del coche y
las amigas de la señorita juliaLa señora esperaba de pie junto al mostrador de la recepcionista. La habitación era circular, con hornacinas en la pared, y en cada hornacina, bajo un peque
llámame, llámameSus pasos cortos, que siempre habían llamado la atención sobre su pequeña estatura, servían ahora para disimular el hecho de que sus andares eran más lentos
un hombre de confianzaI Cuando era pequeño había una casa a la que siempre me gustaba ir. Estaba en una ciudad a unos veinte kilómetros por las carreteras rurales, y aunque había
una etapa de la vidaLa radio estaba sintonizada en un programa de noche en diferido, y el hombre sentado frente al piano de pared tocaba las canciones que iban sonando. No era
your fah neefah neefaceEsta mujer, a los diecinueve o veinte años, tenía un número que interpretaban ella y su hermano, generalmente en estaciones, en trenes o en vestíbulos de ho
¿dónde hay partida?En cuanto su mujer empezó a retirar los platos de la mesa, el señor Garfin se levantó, se fue al dormitorio y contó su dinero. Ochenta dólares. En realidad
¿nos marchamos mañana?Hacía frío, bastante frío, como suele hacerlo en ese punto intermedio en que ya ha terminado la temporada de Florida pero todavía no ha empezado el verano e
¿puedo quedarme aquí?La actriz famosa se acercó a la ventana y contempló Central Park cubierto de nieve. Por la mañana la radio lo había advertido, y efectivamente, los árboles