john o'hara
a la otra orilla del río y a través del bosqueEl sombrero, el abrigo y la maleta del señor Winfield estaban en el vestíbulo de su piso y, cuando le telefonearon desde abajo para decirle que el coche lo esperaba, ya estaba listo. Bajó las esca
adiós, hermanMiller estaba poniendo la llave en la cerradura. Llevaba dos periódicos de la tarde doblados bajo un brazo, y un paquete: dos camisas que había recogido de la tintorería porque esa noche iba a sal
ahora ya lo sabemosEn el trabajo de Mary Spellacy, en las oficinas de un agente teatral relativamente importante, las reglas eran elásticas. Nadie llegaba nunca antes que Mary, y Mary no llegaba nunca antes de las d
atado de pies y manosUn día, Miles Updegrove, que de ordinario no reparaba en esas cosas, reparó en que Earl Appel había ido a trabajar en mocasines. No eran mocasines de veinticinco dólares, no tenían borlas y ni siq
demasiado jovenVolvía a ser esa época del año que a Bud lo hacía sentirse muy joven. Le había ocurrido el año anterior, y le había ocurrido también el otro; parecía como si viniera ocurriendo desde hacía muchos
deportividadJerry se enderezó la corbata, se frotó las mangas del abrigo y bajó la escalera donde ponía “La Galería del Metro”. El cartel resultaba engañoso solo para quienes no conocieran el barrio; no era u
día de veranoNo había mucha gente en la playa cuando llegaron el señor y la señora Attrell. Ese día en concreto, un miércoles, puede que más de la mitad de los bañistas matinales hubieran salido del agua y se
el asistenteLa alarma del reloj sonó de repente, pero ella no recordó haberlo programado la noche anterior. Era un reloj despertador pequeño, plateado, con un dial de menos de cinco centímetros de diámetro, l
el caballero orondoTodas las noches, antes de ir al teatro, se comía lo que para cualquier hombre habría sido una cena, solo que Don Tally lo llamaba un tentempié. A veces consistía en un filet mignon recubierto con
el hombre de la ferreteríaLou Mauser no siempre había tenido dinero, y sin embargo sería difícil imaginárselo sin. Había sido el propietario de la tienda —con alguna ayuda del banco, por supuesto— desde que tenía unos vein
el hombre idealEl desayuno en casa de los Jenssen no era muy distinto del desayuno en otros doscientos mil hogares de la zona metropolitana. Walter Jenssen tenía el periódico apoyado contra la vinagrera y el azu
el martes es tan buen día como cualquieraEl sábado por la tarde, hacia las tres en punto, era la hora a la que George Davies realizaba su habitual visita al establecimiento que regentaba Nan Brown. El banco cerraba a las doce, y George s
el niño del hotelMi primer encuentro con Raymond tuvo lugar más o menos una semana después de llegar a aquella ciudad extraña. Bajaba en el ascensor, pensando en el amor y en la muerte, cuando sentí como si me arr
el peleleRobertson era un extraño en ese club. Había jugado ahí a squash hacía muchos años, durante sus años en el distrito financiero de Nueva York, y se veía capaz de encontrar el camino hasta las pistas
en el club cothurnosAunque el Club Cothurnos lo fundaron actores, de vez en cuando admiten a un número limitado de escritores y pintores, por eso tengo la suerte de ser miembro. El lugar es de lo más agradable; en lo
exactamente ocho mil dólares exactosLo que en tiempos había sido un agradable club de campo, cuyos miembros eran en su mayoría parejas jóvenes con un próspero porvenir, era ahora un “parque industrial”; y en el antiguo emplazamiento
fatimas y besosA la vuelta de la esquina de donde yo vivía se encontraba una pequeña tienda regentada por una familia llamada Lintz. Si querías helado, ya fuera un litro o un cucurucho, podías ir a Lintzie’s; po
la carrera pública del señor seymour harrisburgSeymour M. Harrisburg guardó los platos del desayuno y se quitó el delantal de su mujer y lo colgó en el armarito de la cocina. Frunció el ceño al ver el reloj, la esfera del cual era una imitació
la chica de californiaLa limusina se detuvo, y el chófer pagó el peaje y esperó la vuelta. El empleado de la garita miró a la joven pareja que iba en la parte trasera del coche y sonrió. —Ey, Vince. Hola, Barbara —dijo
las amigas de la señorita juliaLa señora esperaba de pie junto al mostrador de la recepcionista. La habitación era circular, con hornacinas en la pared, y en cada hornacina, bajo un pequeño foco, lucía alguna de las creaciones
llámame, llámameSus pasos cortos, que siempre habían llamado la atención sobre su pequeña estatura, servían ahora para disimular el hecho de que sus andares eran más lentos. Ahora, finalmente, ya no quedaba nada
un hombre de confianzaI Cuando era pequeño había una casa a la que siempre me gustaba ir. Estaba en una ciudad a unos veinte kilómetros por las carreteras rurales, y aunque había dos maneras de llegar, ninguna evitaba
una etapa de la vidaLa radio estaba sintonizada en un programa de noche en diferido, y el hombre sentado frente al piano de pared tocaba las canciones que iban sonando. No era muy original, pero se sabía todas las me
your fah neefah neefaceEsta mujer, a los diecinueve o veinte años, tenía un número que interpretaban ella y su hermano, generalmente en estaciones, en trenes o en vestíbulos de hotel. Yo los vi ponerlo en escena bajo el
¿dónde hay partida?En cuanto su mujer empezó a retirar los platos de la mesa, el señor Garfin se levantó, se fue al dormitorio y contó su dinero. Ochenta dólares. En realidad un poco más de ochenta dólares, pero no
¿nos marchamos mañana?Hacía frío, bastante frío, como suele hacerlo en ese punto intermedio en que ya ha terminado la temporada de Florida pero todavía no ha empezado el verano en el norte. Todas las mañanas el joven a
¿puedo quedarme aquí?La actriz famosa se acercó a la ventana y contempló Central Park cubierto de nieve. Por la mañana la radio lo había advertido, y efectivamente, los árboles y el suelo tenían tres dedos de nieve, l