joão guimarães rosa
barahundaPor la mañana, todos los gatos, nítidos en pelajes, y yo en servicio formal, pero, contra lo debido, lado de afuera del portón, a la espera del niño con los periódicos, y he aquí que, saliendo, pa
birlibilopsiquiciaAquello en la noche de nuestro teatrito fue de ¡Oh! El estilo despavorido. Por lo que sé, que se sepa, nadie por sí solo, supo bien lo que hubo. Todavía, hoy, pasados tantos años, uno se acuerda:
causa de almiranteLejos, una atrás de otra, pasaron las más de media docena de canoas, tripuladas y en gritería, al impulso de los remos, bogando al todo. El sol a golpe, el río brillando como azadón nuevo, destaca
cinta verde en el cabelloHabía una vez una aldea en algún lugar, ni mayor ni menor, con viejos y viejas que viejaban, hombres y mujeres que esperaban, y chicos y chicas que nacían y crecían. Todos con juicio suficiente, m
desenredoDel narrador a sus oyentes: -Juan Joaquín, cliente de quien cuenta, era apacible, respetado, bueno como aroma de cerveza. Señor de lo debido para no ser célebre. ¿Quién puede empero con ellas? Dor
el espejo—Si me quiere seguir, le narro; no una aventura, sino experiencia, a la que me indujeron, alternadamente, series de raciocinios e intuiciones. Me tomó tiempo, desánimos, esfuerzos. De ella me enor
famigeradoFue en incierta vez —el evento. ¿Quién puede esperar cosa tan sin pies ni cabeza? Yo estaba en casa, el pueblo continuaba del todo tranquilo. Se me paró a la puerta el tropel. Me asomé a la ventan
fatalidadEl caso fue que un hombrecito, recién llegado a la ciudad, vino a casa de Mi Amigo, por cuestión de vida o muerte, a pedir providencias. Mi Amigo, de vasto saber y pensar, poeta, profesor, ex-sarg
la bienhechoraSé que no tuvieron en cuenta a la mujer; ni sería posible. Se vive demasiado cerca, en un pueblo, entre las sombras flojas, uno se habitúa al vagar de la gente. No se revé a los que no vale la pen
la niña de alláSu casa estaba detrás de la Sierra del Mim, casi en el medio del paular de aguas limpias, lugar llamado El Temor-de-Dios. El Padre, pequeño granjero, trabajaba con vacas y arroz; la Madre, urucuia
la partida del audaz navegantePor la mañana de un día en que abrumaba y lloviznaba, parecía no acontecer cosa alguna. Se estaba junto al hogar, en la cocina, abierta, con alpende, atrás de la pequeña casa. En el campo es bueno
la tercera orilla del ríoNuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mis
las cimasEl inverso alejamiento Otra era la vez. Así, que de nuevo el Niño viajaba para el lugar donde los miles de personas hacían la gran Ciudad. Venía, sin embargo, solo con el Tío, y era una ardua part
las márgenes de la alegríaI La istoria, sin H, sí —esta: iba que iba un niño, con sus tíos, a pasar días donde forjábase la menuda poesía. Era un viaje imaginado en lo feliz; todo sobrevenía para él en venturoso entrealuci
los hermanos dagobéEnorme desgracia. Estábase en el velatorio de Damastor Dagobé, el más viejo de los cuatro hermanos, absolutamente facinerosos. La casa no era pequeña, pero mal cabían en ella los que iban a hacer
lunas de mielA lo mejor, mismamente, de lo mismo, siempre llega la novedad. En aquella víspera, yo andaba medio flojo, débil; ¿declinaba yo hacia los nones? En los primeros de noviembre. Soy casi de paz, tanto
nada y nuestra condiciónEn mi familia, en mi tierra, nadie conoció una vez a un hombre de más excelencia que presencia, que podría haber sido el viejo rey o el príncipe más joven, en los futuros cuentos de hadas. Era hac
ninguno, ningunaEn la casa de la hacienda, hallada, al azar de otras diversas y recomenzadas distancias, pasaron y pasan, en la memoria de uno, irreversibles grandes hechos —reflejos, relámpagos, fulgores— pesado
secuenciaEn la Estrada de las Tabocas, una vaca viajaba. Venía por el medio del camino, como una criatura cristiana. La vaquita roja, el color grueso, y hondo —el tono intenso de bermejón. Ella solevantaba
soroco, su madre, su hijaAquel carro se había detenido desde la víspera en los rieles suplementarios, había llegado con el expreso de Río y allá estaba en el desvío, el de adentro en la explanada de la estación. No era un
substanciaSí, en los mandiocales el almidón se hace la cosa alba: la garza, la ropa en el tendedero. Del colador a los alguarines, de la masera a los lebrillos, una pulpa se repasa, para posarse, en el fond
tarantón, mi patrón¡Chispas! —que no me dan ni tiempo de apretar el cinto de los pantalones y ponerme bajo el sombrero, sin poder terminar de beber un café en los sosiegos de la cocina. En eso —“…dale!” —la voz de l
un joven muy blancoEn la noche del 11 de noviembre de 1872, en la comarca del Cerro Frío, en Minas Gerais, pasaron hechos de pavoroso suceder, referidos en periódicos de la época y registrados en las Efemérides. Dic