PAIS RELATO

Libros de inés arredondo

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inés arredondo

2 de la tarde
Esperaba el camión en la esquina de siempre. Mirando los edificios mugrientos, la gente desesperada que se golpea y se insulta, el acoso de los autos, se vio solo y el hambre que sentía se transfo
año nuevo
Estaba sola. Al pasar, en una estación del metro de París vi que daban las doce de la noche. Era muy desgraciada por otras cosas. Las lágrimas comenzaron a correr, silenciosas. Me miraba. Era un n
apunte gótico
Cuando abrí los ojos vi que tenía los suyos fijos en mí. Mansos. Continuó igual, sin moverlos, sin que cambiaran de expresión, a pesar de que me había despertado. Su cuerpo desnudo, medio cubierto
atrapada
El pecado de exceso es sagrado y es lo que inflama hasta la enormidad al grano, en apariencia inocente, que produce la tragedia. Eso me consuela un poco, deja un hueco para la explicación, aunque
canción de cuna
La miraba ir al baño, volver y derrumbarse en la butaca con los rasgos de la cara agudizados por el cansancio y sin embargo rejuvenecidos. La veía acezar como un animal, con los ojos cerrados, la
de amores
Los grandes amantes no tienen hijos. Ni Isolda la de las blancas manos, ni Isolda la de los rubios cabellos tuvo hijos de Tristán; Nefertiti no dio hijos a Akenatón. La pasión que lo llena todo no
el amigo
En el ambiente caldeado daba un placer inquietante estirar, acomodar, mostrar las piernas, procurando, con una intensidad en la que era necesario poner todos los sentidos, que se convirtieran en e
el árbol
Hay un gran árbol, pero no puedo mirarlo, y he dicho que mañana lo vengan a cortar. Vi el día en que lo plantó Lucano Armenta. La mujer que llevaba en brazos al recién nacido tendría dieciocho año
el hombre en la noche
De pie, a mitad de la ciudad, a mitad de la calle, el hombre se siente a sí mismo. Llueve y una cortina de lágrimas lo envuelve: algo llora sobre su existencia, sobre su pensamiento, sobre su cora
el membrillo
—¿Qué sentencia le das al dueño de esta prenda? —Que bese a uno del sexo contrario. Elisa se horrorizó al ver en las manos de Laura su anillo de colegio. Lo miró otra vez con la esperanza de haber
en la sombra
Cada vez, un poco antes de que el reloj diera los cuartos, el silencio se profundizaba, todo se ponía tenso y en el ámbito vibrante caían al fin las campanadas. Mientras sonaban había unos segundo
en londres
Habremos de haber llegado a Londres en el verano de 1911. ¿Al principio? ¿Cuándo terminaba? Llovía mucho. Y en lo que tardamos en desaduanar nuestras cosas y en encontrar un departamento amplio y
estar vivo
Si trato de recordarlo todo desde el principio, me miro entrar en el cuarto de Gabriela con aquel traje café, holgado y que ahora resulta tan ridículo, como se mira entrar un actor en escena; pero
estío
Estaba sentada en una silla de extensión a la sombra del amate, mirando a Román y Julio practicar el volley-ball a poca distancia. Empezaba a hacer bastante calor y la calma se extendía por la hue
flamingos
—Parece un lugar agradable —dijo ella mirando vagamente la decoración mientras caminaba con pasos elásticos sobre las tupidas alfombras. —¿La mesa de siempre, señor Fernández? La pregunta del ma&i
la casa de los espejos
Cuando le llegó su turno entró con pasos tímidos y, sin saludar, se sentó a un lado del escritorio, en el lugar de los clientes. Me miró largamente de una manera fija, extraña. —Mi papá se está mu
la cruz escondida
Estaba cansado, eso sobre todo. Cuando se abrió la portezuela del avión y a puntapiés y empellones me obligaron a salir, poco faltó para que rodara por la escalerilla: las necesidades de los brazo
la extranjera
Todos la llamaban Minou y nadie se ocupó de averiguar su verdadero nombre, seguramente Ilse o Ingeborg. El padre era un hombre alto y muy callado que le acariciaba torpemente los cabellos al pasar
la señal
El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternur
la sunamita
Aquel fue un verano abrasador. El último de mi juventud. Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la l
las mariposas nocturnas
Cuando lo vi rozarle la mejilla con el fuete, supe lo que yo tenía que hacer. Era extraño porque a él le gustaban las adolescentes. Ésta tenía como dieciocho años. Para impresionarla llegué en el
las muertes
Lo perturbador es que se trata de un asunto estético. No quiero que se me malinterprete: no estoy hablando del cadáver o de lo macabro, ni de justicia o asesinato. Lo comprendí esta mañana cuando
las palabras silenciosas
Nombres. También entran en el misterio, se corresponden con otras cosas. Así sucedió con Eduwiges. Él no pudo conformarse con decirle “Eluviques”, y la llamó simplemente Lu, y Lu es el nombre de u
lo que no se comprende
Las mañanas eran aburridas hasta que llegaba la hora del desayuno. Además había que cuidar el vestido blanco de batista y el enhiesto moño azul en lo alto de la cabeza. Después iría a la “escuela”
los espejos
—¡Se robaron a la India! —gritó jadeante Mercedes, entrando a todo correr en nuestra casa. Francisco salió apresurado de su despacho y fue a donde Mercedes gritaba, ya a medio corredor. —¿Qué dice
los inocentes
Nadie me mira, ya, a los ojos. No podría decir que antes lo hicieran con frecuencia, aparte de la mirada inconscientemente sostenida que usamos cuando se habla, se pregunta y se contesta. Ninguno
mariana
Mariana vestía el uniforme azul marino y se sentaba en el pupitre al lado del mío. En la fila de adelante estaba Concha Zazueta. Mariana no atendía a la clase, entretenida en dibujar casitas con t
olga
No podía creer que fuera así como debían de terminar los vagabundeos por las huertas, el echar chinitas en el río y los primeros besos. Este dolor desgarrado no tenía relación con todo eso: eran d
opus 123
I Aunque iban a la misma escuela, Pepe Rojas y Feliciano Larrea nunca fueron amigos, lo cual no deja de ser extraño, aunque, pensándolo bien, la misma causa que hubiera debido unirlos era la que l
orfandad
Creí que todo era este sueño: sobre una cama dura, cubierta por una blanquísima sábana, estaba yo, pequeña, una niña con los brazos cortados arriba de los codos y las piernas cercenadas por encima
para siempre
Es extraño cómo llega a coincidir lo que nos sucede con lo que queremos que nos suceda. Ya había subido un buen tramo de la escalera cuando lo pensé: estaba viendo aquello como la primera vez, suc
río subterráneo
He vivido muchos años sola, en esta inmensa casa, una vida cruel y exquisita. Es eso lo que quiero contar: la crueldad y la exquisitez de una vida de provincia. Voy a hablar de lo otro, de lo que
sahara
—¿Sigues a mitad del Sahara, mujer? —No lo sé, quizá tengas razón, allí no debe de haber oasis. Hace mucho, años, que no encuentro ninguno. —¿Por qué no quieres contar tu historia? —Deja que me po
sombra entre sombras
Antes de conocer a Samuel era una mujer inocente, pero ¿pura? No lo sé. He pensado muchas veces en ello. Quizá de haberlo sido nunca hubiera brotado en mí esta pasión insensata por Samuel, que sól
wanda
Lo más molesto era el sudor en la nuca. Mitad del verano que se extiende pesado e impávido, como si nunca fuera a terminarse. Dentro del coche sólo se oía, de vez en cuando, la voz de Anita llaman