herman melville
bartleby, el escribienteSoy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del
benito cerenoCorría el año 1799, cuando el capitán Amasa Delano, de Duxbury (Massachusetts), al mando de un gran velero mercante, ancló con un valioso cargamento en la e
el campanarioEn el sur de Europa, cerca de una antes lozana capital, hoy con el húmedo moho gangrenando su esplendor, en el centro de una llanura, se alza lo que, desde
el porcheCuando me trasladé al campo, ocupé la anticuada casa de una granja, casa que no tenía porche, deficiencia ésta más de lamentar porque no solo me gustan los
el vendedor de pararrayosQue trueno extraordinario, pensé, parado junto a mi hogar, en medio de los montes Acroceraunianos, mientras los rayos dispersos retumbaban sobre mi cabeza,
el violinista¡Así que mi poema es nefasto, y la fama inmortal no es para mí! Voy a ser un don nadie por siempre jamás. ¡Intolerable destino! Cogí mi sombrero, arrojé al
en el país de queequegDebido a que allí no se conocían los canapés ni los sofás, el rey y los altos jefes, al igual que todas las personas de cierto rango, tenían por costumbre e