herbert george wells
el bacilo robado-Esta, también, es otra preparación del famoso bacilo del cólera -explicó el bacteriólogo colocando el portaobjetos en el microscopio. El hombre de rostro pálido miró por el microscopio. Evidentem
el bazar mágicoHabía visto varias veces el Bazar Mágico desde lejos; había pasado una o dos veces por delante del escaparate, donde se podían contemplar pequeños objetos mágicos: bolas mágicas, gallinas mágicas,
el caso plattnerSi se debe dar o no crédito a la historia de Gottfried Plattner, es una buena cuestión por lo que respecta al valor de la evidencia. Por una parte, contamos con siete testigos —para ser del todo e
el conoLa noche era calurosa y oscura, el cielo ribeteado de rojo por la prolongada puesta del sol del verano. Ellos se sentaron ante la ventana abierta, tratando de imaginarse que el aire estaba más fre
el corazón de miss winchelseaMiss Winchelsea iba a Roma. Hacía más de un mes que no pensaba en otra cosa y el viaje salía en su conversación con tanta frecuencia que mucha gente que no iba a Roma y que probablemente no iría n
el cuerpo robadoMr. Bessel era el socio más antiguo de la empresa Bessel, Hart y Brown, de St. Paul’s Churchyard, y durante muchos años fue muy conocido entre los que se interesan por las investigaciones psíquica
el dios de las dinamosEl encargado jefe de las tres dinamos que zumbaban y rechinaban en Camberwell para mantener en marcha el ferrocarril eléctrico procedía del condado de York, y se llamaba James Holroyd. Era un elec
el extraordinario caso de los ojos de davidsonEl transitorio extravío mental de Sidney Davidson, notable ya de por sí, es todavía más extraordinario si hemos de dar crédito a la explicación de Wade. Ésta nos hace soñar con las más raras posib
el fabricante de diamantesCiertos asuntos me habían retenido en la calle Chancery hasta las nueve de la noche, y después, un incipiente dolor de cabeza me quitó las ganas tanto de divertirme como de seguir trabajando. Todo
el fantasma inexpertoLa escena en que Clayton narró su última historia vuelve vívidamente a mi memoria. Estuvo sentado casi todo el tiempo en el extremo del confortable sofá que está junto a la espaciosa chimenea, y S
el hombre que podía hacer milagrosUn pantum malayo en prosa Es dudoso que el don fuera innato. Por mi parte, pienso que le vino de repente. Es más, hasta los treinta años fue escéptico y no creía en poderes milagrosos. Tengo que m
el hombre que volabaEl etnólogo miró pensativo a la pluma de bhimaj. —Parecía que no les gustaba nada separarse de ella —dijo. —Es sagrada para los jefes —explicó el teniente—, lo mismo que la seda amarilla, ya sabe,
el huevo de cristalHasta hace un año, había una tiendecilla de aspecto mugriento cerca de ‘Los Siete Cuadrantes’, sobre la que campeaba un letrero amarillo deteriorado por la intemperie, con el nombre de ‘C. Cave, N
el nuevo aceleradorCiertamente, si alguna vez un hombre encontró una guinea cuando estaba buscando un alfiler, ése fue mi buen amigo, el profesor Gibberne. Yo ya había tenido noticias de investigadores que se pasan
el país de los ciegosA más de trescientas millas del Chimborazo y a cien de las nieves del Cotopaxi, en el territorio más inhóspito de los Andes ecuatoriales, se encuentra un misterioso valle de montaña, el País de lo
el robo en el parque de hammerpondEs un punto controvertido si el robo en domicilios ha de considerarse un deporte, un oficio o un arte. Para oficio la técnica es muy poco rigurosa, y sus pretensiones de que se lo considere un art
el sueño de armaggedonEl hombre de cara pálida subió al vagón en Rugby. A pesar de las prisas del mozo que le llevaba el equipaje, se movía con lentitud; advertí, cuando aún se encontraba en el andén, que parecía encon
el tesoro de mr. brisher—Nunca se es demasiado prudente a la hora de escoger la mujer con la que te vas a casar —dijo Mr. Brisher, y se estiró con una mano de muñeca gorda el bigote lacio que disimulaba su falta de mentó
el tesoro en el bosqueLa canoa estaba acercándose ahora a tierra firme. La bahía se abría, y un intervalo en el blanco oleaje del arrecife indicaba el lugar por donde el pequeño río desembocaba en el mar. La zona de ve
el valle de las arañasHacia el mediodía los tres perseguidores salieron de un recodo del lecho del torrente y se encontraron, de pronto, ante la vista de un valle muy ancho y extenso. El difícil y tortuoso cauce pedreg
en el abismoEl teniente permanecía en pie frente a la esfera de acero y mordía un trozo de astilla de pino. —¿Qué piensa de ello, Steevens? —preguntó. —Es una idea —dijo Steevens con el tono del que se mantie
en el observatorio astronómico de avuEl observatorio de Avu, en Borneo, se alza sobre el espolón de la montaña. Al norte se eleva el viejo cráter, negra silueta nocturna contra el insondable azul del cielo. Desde el pequeño edificio
filmerEn verdad, el dominio de la navegación aérea se debe al esfuerzo de miles de hombres: éste sugiere una idea y aquel otro realiza un experimento, hasta que, finalmente, solo fue necesario un potent
jimmy goggles, el dios—No hay nadie que haya sido un dios —dijo el hombre de piel tostada—. Y sin embargo eso me sucedió a mí, entre otras cosas. Yo le di a entender que agradecía su condescendencia al hablar conmigo.
la estrellaEl día de Año Nuevo tres observatorios distintos señalaron casi simultáneamente una perturbación en los movimientos del planeta Neptuno, el más lejano de los que giran en torno del Sol. Ya en el m
la floración de la extraña orquídeaLa compra de orquídeas siempre conlleva cierto aire especulativo. Uno tiene delante el marchito pedazo de tejido marrón, y por lo demás debe fiarse de su criterio o del vendedor o de su buena suer
la historia del difunto señor elveshamEscribo esta historia, no con la esperanza de que sea creída, sino para prepararle, en la medida de lo posible, una escapatoria a la próxima víctima. Tal vez ésta pueda beneficiarse de mi infortun
la isla de æiornisEl hombre de la cicatriz en la cara se inclinó sobre la mesa y miró mi fardo. —¿Orquídeas? —preguntó. —Unas cuantas —respondí. —¿Cypripedios? —continuó. —Principalmente. —¿Alguno nuevo? Yo pensaba
la polillaProbablemente haya oído hablar de Hapley, no WT Hapley, el hijo, sino el célebre Hapley, el Hapley de Periplaneta Haplüa, Hapley el entomólogo. Si así es, conocerá al menos la gran enemistad
la puerta en el muroI Hace aproximadamente tres meses, en una noche confidencial, Lionel Wallace me contó esta historia de la Puerta en el Muro. Y en aquel momento pensé que, en lo referente a mi amigo, la historia e
la tentación de harringayEs completamente imposible decir si esto sucedió en realidad. Depende enteramente de la palabra de R. M. Harringay, que es artista. Siguiendo su versión del asunto, la narración dispone que Harrin
la tienda mágicaHabía visto varias veces la Tienda Mágica desde lejos; había pasado una o dos veces por delante del escaparate, donde se podían contemplar pequeños objetos mágicos: bolas mágicas, gallinas mágicas
la verdad sobre pyecraftEstá sentado a menos de una docena de metros. Si echo una mirada por encima del hombro puedo verle. Y si tropiezo con sus ojos —y con frecuencia tropiezo con sus ojos— me corresponden con una expr
las vacaciones de mr. ledbetterMi amigo Mr. Ledbetter es un hombre pequeño, de cara redonda, cuya mirada expresa una placidez natural que resulta enormemente exagerada cuando se capta su luz a través de sus gafas, y cuya voz pr
los triunfos de un taxidermistaHe aquí algunos de los secretos de la taxidermia. Me los contó un taxidermista en estado de euforia, entre el primero y el cuarto whisky, cuando se ha dejado de ser cauteloso y todavía no se está
mr. skelmersdale en el país de las hadas—Hay un hombre en esa tienda —dijo el doctor— que ha estado en el País de las Hadas. —¡Tonterías! —dije, y me di la vuelta para mirar la tienda. Era la típica tienda de pueblo con oficina de corre
por la ventanaUna vez compuestas sus piernas llevaron a Bailey al estudio y le pusieron en una camilla delante de la ventana abierta. Allí yacía, vivo, aunque con fiebre hasta la cintura y, más abajo, dos cilin
un negocio de avestruces—Hablando de precios de aves, he visto un avestruz que costó trescientas libras —dijo el taxidermista, recordando un viaje de su juventud—. ¡Trescientas libras! Me miró por encima de las gafas. —O
un sueño de armageddonEl hombre pálido entró en mi compartimiento en la estación de Rugby; desde la ventanilla lo había visto avanzar lentamente, a pesar de la prisa del mozo de equipajes, y me llamó la atención su air