guy de maupassant
a las aguasDIARIO DEL MARQUÉS DE ROSEVEYRE 12 DE JUNIO 1880.- ¡A Loëche! ¡Quieren que vaya a pasar un mes a Loëche! ¡Misericordia!¡ Un mes en esta ciudad que dicen ser la más triste, la más muerta,
abandonado—Es preciso estar loca para salir al campo a estas horas con un calor tan insufrible. De dos meses a esta parte, se te ocurren ideas muy extrañas. A la fuerza me haces venir a la orilla del mar, c
adiósLos dos amigos acababan de comer. Desde la ventana del café veían el bulevar muy animado. Les acariciaban los rostros esas ráfagas tibias que circulan por las calles de Paris en las apacibles noch
alexandreAquel día, como todos, a las cuatro, condujo Alexandre hasta la puerta de la casita del matrimonio Maramballe la silla de minusválido de tres ruedas en la que paseaba hasta las seis, por prescripc
amorPáginas del “Diario de un cazador” …En la crónica de sucesos de un periódico acabo de leer un drama pasional. Uno que la ha matado y se ha matado después; es decir, uno que amaba. ¿Qué importan él
amorosaDespués de comer en su casa, Jacobo de Randal dio permiso al criado para salir, y se puso a despachar su correspondencia. Tenía costumbre de acabar así la última noche del año, solo, escribiendo;
apariciónSe hablaba de secuestros a raíz de un reciente proceso. Era al final de una velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa antigua, y cada cual tenía su historia, una historia que afirmaba que e
arrepentimientoEl señor Saval acaba de levantarse. Llueve. Es un triste día de otoño; las hojas caen. Caen lentamente con la lluvia, formando también una lluvia más apretada y más lenta. El señor Saval no esta s
blanco y azulMi pequeña barca, mi querida barquita, toda blanca con una red a lo largo de la borda, iba suavemente, suavemente sobre la mar en calma, en calma, adormilada, densa, y también azul, azul de un azu
bola de seboDurante muchos días consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejército derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas en dispersión. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, l
campanilla¡Son extraños, esos antiguos recuerdos que nos obsesionan sin que podamos desprendernos de ellos! Este es tan viejo, tan viejo, que no puedo comprender cómo ha permanecido tan vivo y tenaz en mi m
campesinosI Las dos cabañas juntas, al pie de una colina, cerca de un balneario; los dos campesinos hacían el mismo esfuerzo para buscar en la tierra infecunda el pan de los suyos; las dos familias eran num
cantó un galloI Berta de Avancelles había desatendido hasta entonces todas las súplicas de su desesperado admirador el barón Joseph de Croissard. Durante el invierno en París, el Barón la había perseguido ardor
cariños de familiaEl tranvía de Neuilly había dejado atrás la puerta Maillot y corría en línea recta a todo lo largo de la gran avenida que va a parar al Sena. La maquinilla, enganchada a su vagón, pitaba para que
carta de un locoQuerido doctor, me pongo en sus manos. Haga usted de mí lo que guste. Voy a decirle con toda franqueza mi extraño estado de ánimo, y juzgue si no sería mejor que cuidasen de mí durante algún tiemp
carta que se encontró a un ahogado¿Me pregunta usted, señora, si me burlo? ¿No puede usted creer que un hombre no haya sentido jamás amor? Pues bien: no, no he amado nunca, nunca. ¿De qué depende eso? No lo sé… Pero no he sentido
claro de lunaEl padre Marignan llevaba con gallardía su nombre de guerra. Era un hombre alto, seco, fanático, de alma exaltada, pero recta. Decididamente creyente, jamás tenía una duda. Imaginaba con sincerida
cocoEn toda la zona circundante llamaban a la finca de los Lucas, «La hacienda». No se sabría decir por qué. Sin duda, los campesinos asociaban a la palabra «hacienda» una idea de riqueza y de grandez
condecoradoHay personas que nacen con un instinto, una vocación o, sencillamente, un deseo especial que despierta en cuanto principian a balbucir y a pensar. El señor Sacrement, desde su infancia, tuvo una i
confesiones de una mujerAmigo mío, me ha pedido usted que le cuente los recuerdos más vivos de mi existencia. Soy muy vieja, sin parientes, sin hijos; puedo, pues, libremente confesarme con usted. Prométame sólo que jamá
cosas viejasQuerida Colette: No sé si recordarás un verso del ¡señor de Sainte-Beuve, que juntas leímos y que ha quedado grabado en mi pensamiento; porque este verso me dice a mí muchas cosas, y en repetidas
crónica¡En fin! ¡En fin!… Demos la bienvenida a la justicia en nuestro país, que resulta ser casi asombrosa. En quince días ha hecho dos arrestos sorprendentes. Ha condenado a un año de prisión a una jov
cuento de navidadEl doctor Bonenfantes forzaba su memoria, murmurando: -¿Un recuerdo de Navidad?… ¿Un recuerdo de Navidad?… Y, de pronto, exclamó: “-Sí, tengo uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantást
después-Queridos -dijo la condesa- hay que ir a acostarse. Los tres, niños y niñas, se levantaron y fueron a abrazar a su abuela. Después vinieron a darle las buenas noches al señor cura, que había cenad
día festivoMe fui para huir de la fiesta, la fiesta odiosa y estrepitosa, la fiesta de petardos y banderas que rompe los tímpanos y hace polvo la vista. Estar solo, completamente solo durante unos días, es u
diario de un viajeroLas siete. Un pitido y partimos. El tren pasa sobre las plataformas giratorias, con el ruido que hacen las tormentas en el teatro; después se adentra en la noche jadeando, soplando su vapor, ilumi
dos amigosEn un París bloqueado, hambriento, agonizante. Los gorriones escaseaban en los tejados y las alcantarillas se despoblaban. Se comía cualquier cosa. Mientras se paseaba tristemente una clara mañana
el abandonado—Es preciso estar loca para salir al campo a estas horas con un calor insufrible. De dos meses a esta parte, se te ocurren ideas muy extrañas. A la fuerza me haces venir a la orilla del mar, cuand
el albergueSemejante a todas las hospederías de madera construidas en los altos Alpes, al pie de los glaciares, en esos pasadizos rocosos y pelados que cortan las cimas blancas de las montañas, el albergue d
el amigo joséTodo el Invierno se habían tratado íntimamente en París. Después de dejar de verse, como siempre ocurre, al salir del colegio, los dos amigos se habían encontrado nuevamente una tarde en sociedad,
el amigo patience-¿Qué se hizo Leremy? -Es capitán en el sexto de Dragones. -¿Y Puisón? -Subprefecto. -¿Y Racollet? -Murió. Buscábamos en los rincones de la memoria nombres de los compañeros de nuestra juventud, l
el armarioHablábamos de mujeres galantes, la eterna conversación de los hombres. Uno dijo: -Voy a referir un suceso extraño. Y era como sigue: *** Un anochecer de invierno se apoderó de mí un abandono pertu
el asesinoEl culpable era defendido por un jovencísimo abogado, un novato que habló así: -Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi cliente, un hombre honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y
el barco naufragadoEsto ocurrió ayer, treinta y uno de diciembre. Acababa yo de almorzar con mi entrañable amigo Jorge Garín. El criado le entregó una carta, cuyo sobre iba cubierto de membretes y sellos extranjeros
el barrilitoEl señor Chicot, dueño de la posada de Epreville, detuvo su tartana delante de la finca de la señora Magloire. Chicot era un hombrón rayando en la cuarentena, coloradote, panzudo y con fama de mal
el bautismoLos hombres, vestidos con sus trajes de día de fiesta, esperaban a la puerta de la granja. El sol de mayo derramaba su luz esplendorosa sobre los manzanos en flor, que parecían enormes ramos redon
el bautizo«Vamos, doctor, un poco de coñac. -Con mucho gusto.» Y después de alargar su vaso, el antiguo médico de la Marina vio subir hasta el borde el hermoso líquido de reflejos dorados. Luego lo levantó
el besoEncanto mío: De modo que te pasas el día y la noche llorando, porque te abandonó tu marido; no sabes qué hacer y solicitas consejo de tu anciana tía, a la que, por lo visto, supones muy experta. N
el bigoteCastillo de Solles, lunes 30 de julio de 1883 Querida Lucía, nada nuevo. Vivimos en el salón viendo cómo cae la lluvia. No se puede salir con este tiempo horroroso; entonces hacemos teatro. Qué es
el borrachoEl viento del norte soplaba tempestuoso, arrastrando por el cielo enormes nubes invernales, pesadas y negras, que arrojaban al pasar sobre la tierra furiosos chaparrones. El mar encrespado bramaba
el bramantePor todos los caminos que conducen a Goderville los aldeanos y sus mujeres acudían al pueblo por ser día de mercado. Los hombres andaban a pasa largo, avanzando todo el cuerpo a cada movimiento de
el buhoneroBreves memorias, asuntos insignificantes, dramas humildes presenciados, adivinados, tal vez sospechados, para mi alma joven e ignorante aún, son como hilos que me arrastran poco a poco hacia el co
el burroEn la espesa niebla dormida encima del río no calaba el más leve soplo de aire. Parecía una nube de algodón mate posada sobre el agua. Ni siquiera se distinguían las orillas, envueltas en vapores
el ciego¿Qué será esta alegría del primer sol? ¿Por qué esta luz caída sobre la tierra nos llena así de la dulzura de vivir? El cielo está todo azul, la campiña toda verde, las casas todas blancas; y nues
el collarEra una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia de empleados. Carecía de dote, y no tenía esperanzas de cambiar de posición; no disponía de n
el conejoMaese Lecacheur salió a la puerta de su casa a la hora de costumbre, entre cinco y cinco y cuarto de la mañana, con objeto de vigilar a sus criados, que se disponían a emprender las diarias tareas
el diabloEl campesino permanecía de pie frente al médico, ante el lecho de la moribunda. La anciana, tranquila, resignada, miraba a los dos hombres y los escuchaba hablar. Iba a morir, pero no se sublevaba
el ermitañoAlgunos amigos habíamos ido a visitar al viejo ermitaño que vivía en el túmulo de un antiguo sepulcro cubierto de árboles, en el centro de la inmensa llanura que se extiende desde Cannes a la Napo
el hombre de marteEstaba trabajando cuando mi criado me anunció: -Señor, es un hombre que quiere hablar con el señor. -Hágalo entrar. De pronto vi a un hombrecillo que saludaba. Tenía aspecto de un enclenque maestr
el horla8 de mayo ¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vi
el huérfanoLa señorita Source había adoptado a aquel muchacho en otros tiempos, en circunstancias muy tristes. Tenía entonces treinta y seis años y su deformidad (se había caído desde las rodillas de su aya
el legadoEl señor y la señora Serbois estaban acabando de almorzar, con aspecto taciturno, uno enfrente del otro. La señora Serbois, una rubia bajita de piel rosada, ojos azules, gestos tiernos, comía lent
el lisiadoEl hecho ocurrió en 1882. Acababa de instalarme en un rincón de un compartimiento vacío, y había cerrado la portezuela con la esperanza de viajar solo, cuando volvió a abrirse de súbito y oí una v
el loboVean ahí lo que nos refirió el viejo marqués de Arville, a los postres de la comida con que inaugurábamos aquel año la época venatoria en la residencia del barón de Ravels. Habíamos perseguido a u
el locoCuando murió presidía uno de los más altos tribunales de Justicia de Francia y era conocido en el resto por su trayectoria ejemplar. Se había ganado el profundo respeto de abogados, fiscales y jue
el mendigoHabía conocido días mejores, pese a su miseria y sus achaques. A la edad de quince años, había visto sus dos piernas aplastadas por un coche en la carretera de Varville. Y desde entonces mendigaba
el miedoVolvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho bar
el niñoDespués de haber jurado durante mucho tiempo que no se casaría nunca, de repente Jacques Bourdillère había cambiado de idea. Esto había ocurrido bruscamente, un verano, en un balneario. Una
el padreJean de Valnoix es un amigo al que voy a ver de vez en cuando. Vive en una pequeña casa de campo, a orillas de un río, en el bosque. Se había retirado ahí tras haber vivido en París, una vida de l
el padre de simónLas doce acababan de sonar. La puerta de la escuela se abrió y los chicos se lanzaron fuera, atropellándose por salir más pronto. Pero no se dispersaron rápidamente, como todos los días, para ir a
el pozoMuerte ocasionada por golpes y heridas. Así rezaba el cargo de acusación por el cual comparecía ante el juzgado del crimen un tal Leopoldo Renard, tapicero. Rodeando al acusado se hallaban sus pri
el repartidor de agua benditaEn otros tiempos vivía a la entrada del pueblo, en una casita al lado de una gran carretera. Se había establecido como carretero después de su matrimonio con la hija de un granjero de la comarca;
el salto del pastorDesde Dieppe al Havre, la costa presenta un acantilado ininterrumpido, de unos cien metros de longitud, vertical como una muralla. De vez en cuando, esa gran línea de rocas blancas se rompe brusca
el testamentoHacía poco tiempo que conocía a aquel muchacho que se llamaba René de Bourneval. Su trato era amable, aunque un poco triste; parecía desengañado de todo, sumamente escéptico, de un escepticismo mo
el ticLos comensales entraban lentamente en la gran sala del hotel y se sentaban en sus sitios. Los criados empezaron a servir lentamente para dar tiempo a los que llegaban con retraso y no tener que tr
el vagabundoLlevaba más de un mes caminando en busca de trabajo por todas partes. Por falta de él había dejado su país, Ville-Avaray, en la Mancha. Maestro carpintero, de unos veintisiete años, honrado trabaj
el vengadorCuando Antoine Leuíllet se casó con Mathilde, viuda de Souris, hacia ya diez años que estaba enamorado de ella. Souris había sido amigo suyo y compañero de colegio. Leuillet le apreciaba mucho, pe
el viejoUn tibio sol de otoño se cernía sobre el patio de la hacienda, por encima de las grandes hayas de las cunetas. Bajo la hierba pelada por las vacas, la tierra, impregnada de lluvia reciente, mojada
el viejo milonDesde hace un mes, un sol abrasador lanza sobre los campos su lumbre. Una vida radiante estalla bajo ese diluvio de fuego; la tierra está verde hasta perderse de vista. Hasta los límites del horiz
el “rosier” de la señora hussonAcabábamos de pasar por Gisors donde me había despertado al oír el nombre de la ciudad gritado por los empleados e iba a adormecerme de nuevo cuando una sacudida horrorosa me lanzó sobre la gruesa
en el bosqueEl alcalde iba a sentarse a la mesa para almorzar cuando le avisaron que el guarda rural lo esperaba en la alcaldía con dos prisioneros. Se dirigió allá de inmediato y vio, en efecto, a su guarda
en el marLas siguientes líneas se leían recientemente en los diarios: “Bolonia-Sur-Mer, 22 de Enero. Un terrible accidente vino a sembrar la consternación entre nuestro gremio marítimo, que ha sufrido tant
en los camposLas dos casuchas estaban juntas, al pie de una colina, próximas a una pequeña ciudad balneario. Los dos campesinos trabajaban penosamente la tierra infecunda para criar a todos sus hijos. Cada mat
encuentroLos encuentros constituyen el encanto de los viajes. ¿Quién no siente alegría de un encuentro inesperado, en mil lugares del país, con un parisino, un compañero de colegio, un vecino del campo? ¿Q
enfermos y médicos¡Singular misterio es el recuerdo! Uno va despistado por las calles, bajo el primer sol de mayo, y de repente, como si unas puertas durante mucho tiempo cerradas se abrieran en la memoria, cosas y
ese cerdo de morin-Eso, amigo mío -dije a Labarde-; ¡esas cuatro palabras que acabas de pronunciar, “ese cerdo de Morin”! ¿Por qué diablos nunca he oído hablar de Morin sin que se le tratase de cerdo? Labarde, hoy
hautot y su hijoAnte la puerta de la casa, mitad alquería y mitad mansión solariega, una de esas moradas rurales mixtas que fueron casi señoriales y que actualmente habitan ricos labradores, los perros atados a l
historia corsaDos gendarmes habían sido asesinados aquellos últimos días mientras conducían un prisionero corso de Corte a Ajaccio. Ahora bien, cada año, en esta clásica tierra de bandolerismo, tenemos gendarme
historia de un perroLa prensa respondió unánimemente a la llamada de la Sociedad Protectora de Animales para colaborar en la construcción de un establecimiento para animales. Sería una especie de hogar y un refugio,
idilioEl tren acababa de salir de Génova, y se dirigía hacia Marsella, siguiendo las profundas ondulaciones de la larga costa rocosa, deslizándose como serpiente de hierro entre mar y montaña, reptando
jadisEl castillo, de estilo antiguo, está sobre una colina arbolada; grandes árboles lo rodean con un verdor sombrío, y el parque infinito extiende sus perspectivas tanto sobre las profundidades del bo
junto a un muertoSe moría poco a poco, como se mueren los tísicos. Todos los días lo veía sentarse a eso de las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar, tranquilo, en un banco del paseo. Permanecía algún t
la abuela sauvageI Hacía quince años que no volvía por Virelogne. Regresé a cazar, en otoño, a casa de mi amigó Serval, que por fin había reconstruido su palacio, destruido por los prusianos. Me gustaba extraordin
la aventura de wálter schbaffsDesde su entrada en Francia con el ejército invasor, Wálter Schnaffs se creía el más desdichado de los hombres. Era gordo, andaba con dificultad, se ahogaba y le dolían los pies. Era pacífico y bo
la baronesaPodrás ver antigüedades interesantes -me dijo mi amigo Boisrené-, ven conmigo. Me llevó, pues, al primer piso de una hermosa casa, en una gran calle de París. Nos recibió un hombre de excelen
la becadaEl anciano barón de Ravots había sido durante cuarenta años el rey de los cazadores de su provincia. Pero hacia ya cinco o seis que una parálisis de las piernas lo tenía clavado en su sillón, y te
la belleza inútilI Delante de la escalinata del palacio esperaba una victoria muy elegante, tirada por dos magníficos caballos negros. Era a fines del mes de junio, a eso de las cinco y media de la tarde, y por en
la cabelleraLa celda tenía paredes desnudas, pintadas con cal. Una ventana estrecha y con rejas, horadada muy alto para que no se pudiera alcanzar, alumbraba el cuarto, claro y siniestro; y el loco, sentado e
la cama 29Cuando el capitán Epivent pasaba por la calle, todas las mujeres se volvían. Era el auténtico prototipo del gallardo oficial de húsares. Por ello se exhibía pavoneándose siempre, orgulloso y atent
la casa tellierI Se iba allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente. Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres honorables, comerciantes, jóve
la confesiónTodo Véziers-le-Réthel había asistido al duelo y al entierro del señor Badon-Leremince, y las últimas palabras del discurso del delegado de la Prefectura se grabaron en la memoria de todos: «¡Era
la declaraciónEl sol del mediodía cae en amplia lluvia sobre las praderas, que se extienden, ondulantes, entre los bosquecillos de las granjas y los diversos sembrados; los centenos maduros y los trigos amarill
la doteA nadie sorprendió el matrimonio de Simón Lebrumet, notario, con Juanita Cordier. El señor Lebrumet estaba en tratos con el señor Papillon para que le traspasara la notaría. Claro que necesitaba d
la felicidadEra la hora del té, antes que trajeran las luces. La ciudad dominaba el mar; el sol, que acababa de ponerse, había dejado el cielo rosa a su paso, salpicado de polvo de oro; y el Mediterráneo, sin
la herrumbreI En toda su vida sólo sintió una pasión invencible: la caza. Cazaba todos los días, desde muy temprano hasta la noche, con ardor furioso. Cazaba en invierno como en verano, en primavera como en o
la locaA Robert de Bonnières Verán, dijo el señor Mathieu d’Endolin, a mí las becadas me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra. Ya conocen ustedes mi finca del barrio de Cormeil. Vivía all
la madre de los monstruosHe recordado aquella horrible historia y a aquella horrible mujer al ver pasar el otro día, en una playa muy concurrida por los ricos, a una conocida parisiense, joven, elegante, encantadora, ador
la manoEstaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel inexplicable crimen conmovía a París.
la mano disecadaUn amigo mío, Luis R., tenía reunidos en su casa una noche, hará cosa de ocho meses, a varios camaradas de colegio. Bebíamos ponche y fumábamos, hablando de literatura y pintura y contando de cuan
la máscaraAquella noche había baile de máscaras en el «Elysée-Montmartre», con motivo de ser la Mi-Carème. Por el corredor iluminado que conducía a la sala de baile entraba la multitud como el agua en la co
la muerta¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios…
la nocheAmo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la re
la pequeña roqueI El cartero Mederic Rompel, al que todo el mundo en el pueblo llamaba familiarmente Mederi, salió a la hora de siempre de la casa de Correos de Rouy-le-Tors. Después de cruzar la pequeña població
la puerta-¡Ah! -exclamó Karl Massouligny- he aquí una cuestión difícil, ¡la de los maridos complacientes! Desde luego, yo he visto de todos los tipos y no sabría dar una opinión sobre uno únicamente. A men
la señora baptisteCuando entré en la sala de espera de la estación de Loubain, mi primera mirada fue para el reloj. Tenía que esperar el expreso para París dos horas y diez minutos. Me sentía cansado como si hubier
la señora hermetLos locos me atraen. Esas personas viven en un país misterioso de sueños extraños, en la nube impenetrable de la demencia en la que todo lo que han visto sobre la tierra, todo lo que han amado, to
la señorita perlaI Qué extraordinaria idea había tenido, realmente, esa noche, de elegir por reina a la señorita Perla. Voy todos los años a celebrar Noche de Reyes a la casa de mi viejo amigo Chantal. Mi padre, q
la tía sauvageI Quince años habían pasado desde mi última visita a Virelogne. Esta vez fui durante el otoño, para cazar, y me hospedé en el palacio de mi amigo Serval, que los prusianos echaron abajo y que él a
la tosPara Armand Silvestre Mi querido colega y amigo Tengo una pequeña historia para usted, un cuentecillo anodino. Espero que le guste si es que llego a contarlo bien, tan bien como la persona que me
la tumbaEl diecisiete de julio de mil ochocientos ochenta y tres, a las dos y media de la mañana, el guardián del cementerio de Béziers, que habitaba un pequeño pabellón en el extremo del campo de los mue
las bodas del lugarteniente laréDesde el comienzo de la campaña, el lugarteniente Laré arrebató a los prusianos dos cañones. Su general le dijo: “Gracias, lugarteniente”, y le entregó la cruz de honor. Como él era tan prudente c
las cariciasNo, amigo mío, no piense usted más en ello. Lo que me pide es una cosa que me subleva y me repugna. Diríase que Dios…, porque yo creo en Dios…, se propuso estropear cuanto había hecho de bueno, ag
las joyasEl señor Lantín la conoció en una reunión que hubo en casa del subjefe de su oficina, y el amor lo envolvió como una red. Era hija de un recaudador de contribuciones de provincia muerto años atrás
las sepulcralesEstaban acabando de cenar. Eran cinco amigos, ya maduros, todos hombres de mundo y ricos; tres de ellos casados, los otros dos solteros. Se reunían así todos los meses, en recuerdo de sus tiempos
las tumbalesEstaban acabando de cenar. Eran cinco amigos, ya maduros, todos hombres de mundo y ricos; tres de ellos casados, los otros dos solteros. Se reunían así todos los meses, en recuerdo de sus tiempos
lo horribleLa tibia noche descendía lentamente. Las mujeres se habían quedado en el salón de la quinta. Los hombres, sentados o a horcajadas en las sillas del jardín, fumaban, ante la puerta, en círculo en t
los alfileres-¡Ay, amigo mío, qué marrajas son las mujeres! -¿Por qué dices eso? -Es que me han jugado una pasada abominable. -¿A ti? -Sí, a mí. -¿Las mujeres o una mujer? -Dos mujeres. -¿Dos mujeres al mismo
los prisionerosEn el bosque sólo se oía el ligero murmullo de la nieve cayendo sobre los árboles. Caía desde el mediodía, una nievecita menuda que empolvaba las ramas con una espuma helada, que arrojaba sobre la
los reyes¡Ah!, dijo el capitán, conde de Garens. ¡Claro que me acuerdo de aquella cena de Reyes durante la guerra! Yo era entonces sargento de húsares, y hacía quince días que rondaba de explorador ante un
los zuecosEl anciano cura lanzaba atropelladamente los últimos párrafos de su sermón por encima de los gorros blancos de las campesinas y de los cabellos de los campesinos, enmarañados unos, acicalados otro
luna de mielPersonajes: La señora Rivoil, cincuenta años La señora Bevelin, sesenta años Un salón. Sobre el velador, un libro abierto: La canción de los recién casados, por la señora Juliette Lamber. La señor
mademoiselle fifíEl conde de Farlsberg -teniente coronel y comandante prusiano- acababa de leer su correo arrellanado en un amplio sillón de tapiz, con sus botas sobre el refinado mármol de la chimenea. Sus espuel
magnetismoEra al final de una cena de hombres, a la hora de los interminables cigarros y de las incesantes copitas, en medio del humo y el cálido torpor de las digestiones, en el ligero trastorno de las cab
mi tío sosthéneE1 tío Gregorio era un librepensador como hay muchos, librepensador de puro ignorante. Por el mismo camino llegan otros a ser creyentes. Ver a un sacerdote y sentir un furor desenfrenado, para él,
minué-Las grandes desgracias no me impresionan. He visto muy de cerca la guerra y he pasado sin emocionarme por encima de montones de cadáveres -decía Juan Bridelle, un solterón con cara de escéptico-.
miseria humanaJean d´Espars se animaba: -Déjenme en paz con esa tonta felicidad, esa dicha de imbéciles que satisface una simpleza cada vez más vulgar, un vaso de viejo vino o el roce de una hembra. Yo le
miss harrietÉramos siete en el coche: cuatro mujeres y tres hombres; uno iba en el pescante, junto al cochero; los caballos ganaban al paso la empinada pendiente sobre la cual serpenteaba el camino. Habiendo
mohamed el golfo-Tomamos café en el techo? -preguntó el capitán. Yo respondí: -Sí, claro. Se levantó. La sala, iluminada solamente por el patio interior, a la moda de las casas moras, estaba ya oscura. Ante las a
moironComo seguían hablando de Pranzini, el señor Maloureau, que había sido fiscal del Supremo con el Imperio, nos dijo: -¡Oh! Yo intervine, en tiempos, en un asunto muy curioso, curioso por varios extr
mongiletEn la oficina, Mongilet pasaba por ser un tipo especial. Era un empleado antiguo, buena persona, que no había salido de París nada más que una vez en su vida. Estábamos entonces en los últimos día
nochebuena—¡La Nochebuena! ¡Ah la Nochebuena! Jamás celebraré yo la Nochebuena… Y Enrique Templier decía esto con una voz tan furiosa como si se le propusiera una infamia. Los otros, riendo, exclamaban: —¿P
opinión públicaComo acababan de dar las once, los señores empleados, temiendo la llegada del jefe, se apresuraban dirigiéndose a sus despachos. Cada uno echaba una mirada rápida sobre los papeles traídos en su a
petición de un vividor a su pesarSEÑORES PRESIDENTES DE LOS TRIBUNALES, SEÑORES MAGISTRADOS, SEÑORES MIEMBROS DE JURADOS. Ahora que ya estoy desinteresado del asunto, vista mi edad y mis cabellos blancos, vengo a protestar contra
pierrotLa señora Lefèvre era una dama pueblerina, una viuda, una de esas semicampesinas de lazos y sombreros adornados, una de esas personas que cecean, que adoptan en público aires de grandeza y
primera nieveEl extenso paseo de la Croisette se curva a orillas del mar azul. Allá lejos, a la derecha, el Esterel se adentra en el agua, y corta la vista, cerrando el horizonte con el bonito decorado meridio
recuerdo…Desde la víspera no habíamos comido nada. Durante todo el día, permanecimos ocultos en un granero, apretados unos contra otros para tener menos frío, los oficiales mezclados con los soldados, y t
restos del naufragioMe gusta el mar en diciembre, cuando los extranjeros se han marchado, pero me gusta, lógicamente, de un modo sobrio. Acabo de pasar tres días en lo que se llama una ciudad costera. En el pueblo, t
san antonioLo llamaban “San Antonio” porque, además de llamarse Antonio, era bondadoso, alegre, bromista, buen bebedor y vigoroso perseguidor de mozas, a pesar de sus sesenta años. Labriego en la comarca de
sobre el aguaEl verano pasado había alquilado una casita de campo a orillas del Sena, a varias leguas de París, e iba a dormir allí todas las noches. Al cabo de unos días conocí a uno de mis vecinos, un hombre
sobre las nubesEn el verano de 1888, Guy de Maupassant realizó una ascensión en el globo aerostático El Horla. La crónica de ese viaje, incluida a continuación, fue publicada en la revista La Lecture. Cuando ent
soledadOcurrió después de una cena de antiguos camaradas. Habíamos estado muy animados. Uno de ellos, un viejo amigo, me dijo: —¿Quieres subir andando por los Champs-Élysées? Y allí nos fuimos, siguiendo
sueñosFue después de una cena de amigos, de viejos amigos. Eran cinco: un escritor, un médico, y tres solteros ricos sin profesión. Se había hablado de todo, y se había llegado a una lasitud, esa lasitu
suicidasNo pasa un día sin que aparezca en los periódicos la relación de algún suceso como éste: “Anoche, los vecinos de la casa número tal de la calle tal oyeron dos o tres detonaciones y, saliendo a la
tombuctúEl bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por detrás de la Madeleine, una inmensa nube arrebolada arrojaba sobre toda la larga
un ardidEl médico y la enferma charlaban al lado del fuego que ardía en la chimenea. La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas
un bandido corsoEl camino ascendía suavemente hacia el centro del bosque de Altone. Los desmesurados abetos formaban sobre nuestras cabezas una bóveda quejumbrosa, dejaban oír algo así como un lamento continuo y
un caso de divorcioEl abogado de la señora Chassel tiene la palabra y dice: “Señor presidente: Señores magistrados: El pleito de cuya defensa estoy encargado constituye más bien una cuestión medica que jurídica; es
un cobardeLe llamaban las gentes “el guapo mozo”, y era su nombre José Gontrán de Signoles. Huérfano y dueño de una fortuna bastante considerable, “hacía papel”, como suele decirse. Tenía buena figura y ele
un día de campoTenían proyectado hacía cinco meses salir a almorzar en los alrededores de París el día del santo de la señora Dufour, que se llamaba Pétronille. Por ello, como habían esperado con impaciencia esa
un drama verdadero«Lo verdadero puede a veces no ser verosímil» Boileau, Art poétique, III, 48 Decía yo el otro día, en este lugar, que la escuela literaria de ayer se servía, para sus novelas, de las aventuras o d
un dueloLa guerra había acabado; los alemanes ocupaban Francia; el país palpitaba como un luchador vencido caído a los pies del vencedor. De un París desquiciado, hambriento, desesperado, salían los prime
un golpe de estadoParís acababa de enterarse del desastre de Sedan. Se proclamaba la República. Francia entera jadeaba al comienzo de esa demencia que duró hasta después de la Comuna. Se jugaba a los soldados de un
un hijoLa alegre primavera derramaba vida en el jardín lleno de flores por el que se paseaban los dos antiguos amigos, senador el uno, miembro de la Academia Francesa el otro. Ambos eran personas serias,
un ladrón afortunadoEstaban sentados en el comedor de un hotel de Barbizón. —Si se lo cuento, no me van a creer. —Bueno, cuéntalo, de todos modos. —De acuerdo, se lo contaré. Pero antes desearía dejar bien sentado qu
un normandoAcabábamos de dejar a Ruán y marchábamos a trote largo por la carretera de Jumiéges. El coche avanzaba ligero, cruzando praderas; al empezar a subir la cuesta de Cantaleu, el caballo se puso al pa
un regalo de año nuevoDespués de haber cenado solo en su casa, Jacques de Randal dijo a su ayuda de cámara que podía retirarse y se sentó ante su escritorio para escribir cartas. Así terminaba todos los años: solo, esc
un viejoTodos los periódicos habían insertado este anuncio: “La nueva estación balneario de Rondelis ofrece ventajas deseables para una estancia prolongada e incluso para una permanencia definitiva. Sus a
una aventura parisiense¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad? ¡Oh! ¡Saber, conocer, tocar lo que se ha soñado! ¿Qué no haría por ello? Una mujer, cuando su curiosidad impaciente está despierta,
una cartaEn nuestro oficio, recibimos a menudo cartas y no hay cronista que no haya comunicado al público alguna epístola de estos lectores desconocidos. Veremos un ejemplo. ¡Oh! Estas cartas son de muchos
una cena de nochebuenaNo sé exactamente el año. Llevaba todo un mes cazando por aquellos lugares con un brío impetuoso y una alegría salvaje, con ese ardor que se tiene para las pasiones nuevas. Me hallaba en Normandía
una estratagemaEl médico y la enferma charlaban al lado del fuego que ardía en la chimenea. La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas
una familiaIba a volver a ver a mi amigo Simón Radevin, que no había visto desde hacía quince años. En otros tiempos fue mi mejor amigo, el amigo de mis pensamientos, aquél con el que se pasan las largas vel
una sorpresaNosotros, mi hermano y yo, fuimos educados por nuestro tío el abad Loisel, “el cura Loisel” como nosotros lo llamábamos. Habiendo fallecido nuestros padres durante nuestra infancia, el abad nos re
una vendettaLa viuda de Pablo Savarini habitaba sola con su hijo en una pobre casita de los alrededores de Bonifacio. La población, construida en un saliente de la montaña, suspendida sobre el mar, mira por e
una venganzaLa viuda de Paolo Saverini vivía sola con su hijo en una pobre casa de las afueras de Bonifacio. La ciudad, construida en un saliente de la montaña, por algunos puntos cortada a pico sobre el mar,
una viudaOcurrió el suceso, durante la época de caza, en el Castillo de Banneville. El otoño era lluvioso y triste; las hojas secas, en vez de crujir bajo los pies, se pudrían en las rodadas de los caminos
vanos consejosMi querido amigo, el consejo que me pides es difícil de dar. Tienes, pues, un lío amoroso que no eres capaz de deshacer y que me parece que se encuentra en una situación lamentable para ti. Soy vi
viaje de noviosPersonajes: La señora Rivoil, cincuenta años La señora Bevelin, sesenta años Un salón. Sobre el velador, un libro abierto: La Canción de los recién casados, por la señora Juliette Lamber. La señor
viaje de saludEl señor Panard era un hombre prudente que a todo temía en la vida. Tenía miedo a los contratiempos, a los fracasos, a los carruajes, a los ferrocarriles, a todos los probables accidentes, pero po
¡mozo, un bock!¿Por qué se me ocurrió entrar aquella noche en la cervecería? Lo ignoro. Hacía frío. Una llovizna, remolinos de polvillo de agua envolvían los faroles de gas como una neblina transparente y brilla
¡salvada!La Marquesa de Reunedón entró como una exhalación y empezó a reír a carcajadas, con toda la fuerza de sus pulmones, con tantas ganas como se reía un mes antes, al anunciar a su amiga que acababa d
¡solo!Habíamos comido juntos varios amigos de buen humor, alegres y contentos. Uno de ellos, el más viejo de todos nosotros, me dijo: -¿Quieres que subamos a pie la avenida de los Campos Eliseos? Y sali
¿él?Amigo mío, ¿no lo comprendes? Lo creo. ¿Piensas que me volví loco? Tal vez sí estoy algo loco, pero no por la causa que imaginaste. Sí. Me caso. Ahí tienes. Y, sin embargo, mis ideas y mis convicc
¿fue un sueño?¿Por qué se ama? ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios… un nombre que as
¿loco?¿Estoy loco? O ¿estoy nada más que celoso? Lo ignoro; pero he sufrido horriblemente. Es cierto que mi acción es propia de un loco, de un loco furioso; pero ¿no bastan unos celos anhelantes, un amo
¿quién sabe?1 ¡Señor! ¡Señor! Al fin tengo ocasión de escribir lo que me ha ocurrido. Pero ¿me será posible hacerlo? ¿Me atreveré? ¡Es una cosa tan extravagante, tan inexplicable, tan incomprensible, tan loca