guillermo blanco
adiós a ruibarboMañana a mañana, casi al filo del alba, el chico llegaba a sentarse en la acera empedrada frente al portón de la panadería. Adoptaba siempre la misma postura: cruzadas las piernas, las manos cruza
pesadilla¡TACATAC, tacatac, tacatac!… Aquí estaban de nuevo los caballos. Se iban metiendo a la pieza por la mancha negra del ropero, eran negros, con sus jinetes negros, y se hinchaban prodigiosamente, co