gilbert keith chesterton
el árbol del orgulloSi bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en
el duelo del doctor hirschMonsieur Maurice Brun y monsieur Armand Armagnac atravesaban los soleados Champs Elysées con una especie de animada respetabilidad. Ambos eran bajos, activos y audaces. Los dos tenían barbas negra
el extraño crimen de john boulnoisMíster Calhoun Kidd era un señor muy joven con cara de viejo, una cara áspera, enmarcada de pelo negro como ala de cuervo y con una chalina que parecía una enorme mariposa negra. Era el correspons
el fin de los pendragonEl padre Brown no estaba de humor para aventuras. Había caído enfermo por exceso de trabajo, y cuando empezó a restablecerse, su amigo Flambeau se lo había llevado a un viaje por mar, en un pequeñ
el hombre del pasajeDos hombres aparecieron simultáneamente en los extremos opuestos del pasaje que se abre a lo largo del Teatro Apolo, en el Adelphi. En la calle, la luz de la tarde era copiosa y opalescente. El pa
el hombre invisibleEn la fresca penumbra azul, una confitería de Camden Town, en la esquina de dos empinadas calles, brillaba como brilla la punta del cigarro encendido. Como la punta de un castillo de fuegos artifi
el honor de israel gowCaía una tormentosa tarde color de aceituna y de plata, cuando el Padre Brown, envuelto en una manta escocesa de color gris, llegó al término de un valle escocés de color gris y contempló el singu
el jardín secretoArístides Valentin, jefe de la policía de París, llegó tarde a la cena, y algunos de sus huéspedes estaban ya en casa. Pero a todos los tranquilizó su criado de confianza, Iván, un viejo que tenía
el martillo de diosEl pueblecito de Bohum Beacon estaba tendido sobre una colina tan pendiente, que la alta aguja de su iglesia parecía la cima de una montaña diminuta. Al pie de la iglesia había una fragua, casi si
el muerto de la casa del pavo realHace algunos años, un joven recorría una calle asolada de los suburbios de Londres; un joven vestido rústicamente, la cabeza cubierta con un sombrero casi prehistórico; porque acababa de llegar a
el ojo de apoloEse singular centelleo —a la vez confusión y transparencia— que es el extraño secreto del Támesis, iba cambiando progresivamente del gris a su resplandeciente final mientras el sol ascendía hasta
el problema insolubleEste extraordinario incidente, en algún sentido quizás el más extraño de todos, le ocurrió al Padre Brown en la época en que su amigo el francés Flambeau se había retirado de la profesión del crim
la cruz azulBajo la cinta de plata de la mañana, y sobre el reflejo azul del mar, el bote llegó a la costa de Harwich y soltó, como enjambre de moscas, un montón de gente, entre la cual ni se distinguía ni de
la forma equívocaUna de las carreteras que salen por el norte de Londres se prolonga hacia el campo en un remedo de calle, donde la línea se conserva, aunque haya muchos huecos de terreno sin edificar. Aquí aparec
la muestra de la espada rotaGrises se veían los millares de brazos de aquella selva; plateados sus millones de dedos. En un cielo de pizarra verde azulosa, las frías y lúcidas estrellas resultaban briznas de hielo. Toda aque
la pagoda de babelEse cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Al
la tienda de los fantasmasCasi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. La
la torre de babelEse cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Al
las estrellas errantesEl más hermoso crimen que he cometido —dijo Flambeau un día, en la época de su edificante vejez— fue también, por singular coincidencia, mi último crimen. Era una Nochebuena. Como buen artista, yo
los pecados del príncipe saradineCuando Flambeau cerró su oficina de Westminster para disfrutar de su mes de vacaciones, decidió pasárselo a bordo de un bote de vela tan pequeño, que casi siempre lo manejaba a remo. Además, Flamb
los tres instrumentos de la muerteTanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirl
los tres jinetes del apocalipsisLa singular y a veces inquietante impresión que Mr. Pond me causaba, a pesar de su cortesía trivial y de su corrección, se vinculaba tal vez a alguno de mis primeros recuerdos y a la vaga sugestió
pasos sospechososSi se tropieza usted con un miembro de ese club tan selecto, «Los doce verdaderos pescadores», cuando entre en el hotel Vernon para su cena anual, observará, al quitarse él el abrigo, que su frac