georges simenon
bajo pena de muerteCAPÍTULO I EL OJO DE UNO Y LA PIERNA DE OTRO El primer mensaje era una tarjeta postal en colores que representaba el palacio del Negus, en Addis-Abeba. Llevaba un sello de Etiopía y decía lo sigui
calle pigalleSi alguien hubiese entrado por casualidad en casa de Marina, sin duda no habría visto más que el fuego. Lucien, el patrón, con un amplio chaleco beige que todavía lo hacía más pequeño y más ancho,
el almirante ha desaparecidoI Los hechos son los hechos, y todos los razonamientos del mundo no pueden nada contra ellos. En vano la gente de la pequeña población repetía, a propósito de la desaparición del almirante: —¡Es i
el anciano del lapiceroI Eran exactamente las once de la mañana. Emilio podía ver, desde la terraza de los grandes bulevares en que estaba sentado, el reloj eléctrico del cruce de Montmartre. Era uno de los primeros día
el billete de metroI Era una de esas mañanas como para encerrarse en las oficinas bien caldeadas y entregarse perezosamente a trabajos descansados. Fueron llegando, por turno, con la nariz encarnada y la punta de lo
el caso del bulevar beaumarchaisA las ocho menos diez, cuando Martin, de la brigada de intervención inmediata, abandonó su despacho, se quedó sorprendido al ver el pasillo todavía lleno de periodistas y fotógrafos. Hacía mucho f
el castillo del arsénicoI Vaciló solo un cuarto de segundo y luego se irguió sobre las puntas de los pies, porque no tenía mucha estatura y la campanilla estaba colocada exageradamente alta. En el acto, dos clases de rui
el chantaje de la agencia oI Aquel asunto en el que resultó mezclado un hombre célebre en el mundo entero, fue uno de esos acerca de los cuales se guarda el más absoluto silencio; y no sé si, a estas horas, se encontrarán h
el club de las damas ancianasI Una vez que Emilio se presentó, en el Lavandou, a un holandés que había llamado a la Agencia O, fue cogido con un desdeñoso: —Le creía a usted más gordo… Porque lo habían tomado por el bueno de
el doctor tant-pisI El hombre del pelo gris cortado al rape, de rostro cuadrado, anchos hombros, párpados pesados, pero de pupilas movedizas, se reclinó con un suspiro en la banqueta de hule granate y dejó vagar su
el enamorado de la señora maigretI En casa de los Maigret, como en la mayor parte de las familias, había un cierto número de tradiciones que acababan por tomar tanta importancia como, para otras, los ritos de una religión. Así, t
el enamorado de las pantuflasI Solía llegar alrededor de las seis y cuarto, barrigudo, con la frente siempre sudorosa. Al tiempo que se secaba con un pañuelo de color, empezaba por dar una primera vuelta a la sección. Esto oc
el estrangulador de moretI Los hechos ocurrían el 7 de junio. Cuándo leyeron, como todo el mundo, el reportaje en los periódicos, Torrence y Emilio se contentaron con fruncir las cejas sin sospechar que tendrían que ocupa
el fantasma del señor marbeI Era raro, pero, sin embargo, cierto: ni una sola llamada durante aquella noche, y ningún caso urgente entre su clientela. Tan cierto era, que a las ocho de la mañana el Doctorcito se hallaba sen
el holandés afortunadoI Cuando el comisario Lucas salió del «rapport», es decir, de la conferencia que se celebra por las mañanas en el «Quai des Orfèvres¹» entre el director de la Policía Judicial y sus jefes de servi
el hombre desnudoI Dicen que muchas mujeres están celosas de sus suegras. Se quejan de que sus maridos, cuando vuelven a su casa, aunque solo sea para pasar una hora, se alegran y dan muestra de un humor jovial qu
el hombre en la calleLos cuatro hombres iban apretujados dentro del taxi. En París helaba. A las siete y media de la mañana la ciudad estaba lívida, el viento hacía correr a ras de suelo un polvillo de hielo. El más d
el luto de fonsineEran incontables las veces que ellas habían ido ante el juez de paz, en Pouzauges, casi tan fácilmente como otros van a la feria los jueves. Lo mismo se querellaba la una como la otra. Todavía sei
el muerto caído del cieloI —Diez gotas tres veces al día, ¿me oye usted? —le gritó el Doctorcito a su última paciente de aquel día. Y esta, la tía Tatin, afirmó lentamente con la cabeza, sonriendo como los sordos. ¿Qué ha
el pasajero y su negroI —¿Mucho hielo? —Muy poco… Gracias. Y a veces Dollent se veía obligado a hacer un violento esfuerzo para no exteriorizar una satisfacción infantil. ¿Era realmente él, el Doctorcito de Marsilly, c
el prisionero de lagnyI El carro de la Agencia O se quedó en el último camino transitable para autos —¡si es posible llamarlo así!— a unos trescientos metros de la carretera. Torrence, Emilio y Barbet, es decir, el efe
el rastro de la velaEste fue uno de los raros casos que pudo ser resuelto sobre planos y documentos, por deducción y por los métodos científicos de la policía. Por otra parte, cuando Maigret abandonó el Quai des Orf&
el sastrecillo y el sombrereroCapítulo I Donde un sastrecillo tiene miedo y se aproxima a su vecino el sombrerero Kachoudas, el sastrecillo de la calle de los Prémontrés, tenía miedo, era indiscutible. Mil personas, diez mil e
el timbre de alarmaI ¿No fue en aquel caso del timbre de alarma cuando el Doctorcito estuvo más cerca del «crimen perfecto» tan apreciado por todos los criminólogos? No obstante, aquel caso empezó como una burda com
emilio en bruselasI Torrence fue el primero que eructó. Y, en el momento en que Emilio le lanzaba de soslayo una leve mirada chispeante de ironía, su propio estómago manifestó de una manera incongruente la plenitud
ese hombre por las callesLos cuatro hombres se apretaban en el taxi. Helaba sobre París. A las siete y media de la mañana, la ciudad se veía lívida y el viento alzaba a ras del suelo un polvillo gélido. El más delgado de
la anciana de bayeuxI —Siéntese, señorita —suspiró Maigret quitándose a disgusto la pipa de la boca. Y pasó de nuevo los ojos por el papel del magistrado, que decía: «Asunto de familia. Oír a Cécile Ledru, pero obrar
la astucia del doctorcitoI La consulta sin enfermo —¡Oiga! ¿Hablo con el doctor?… ¡Oiga! No corte, por favor… La voz, al otro extremo del hilo, era ansiosa. El Doctorcito, como todo el mundo lo llamaba, acababa de regresa
la barca de los ahorcadosEl guarda de la esclusa de Coudray era un tipo delgado, de aspecto triste, con traje de pana, con bigotes caídos, ojo desconfiado, un tipo como se encuentran muchos entre los administradores de pr
la choza de maderaI –¡Maldito cacharro y maldito oficio! —gruñe Torrence al atravesar Longjumeau, mirando con concupiscencia la fachada de una taberna caliente. Por la noche, el termómetro desciende hasta cerca de
la detención del músicoI –¿Cómo es? —había preguntado Torrence por teléfono antes de decidirse. —Pequeño, de aspecto gruñón, con un bigote a lo Charlot… —¡Bueno! Es el comisario Lucas. Un antiguo compañero de Torrence e
la escala de buenaventuraCuando el Francés atravesó la cortina-mosquitero de tela metálica enmohecida, aún no eran las nueve de la mañana, y, sin embargo, su ropa de tejido amarillento tenía ya en las axilas dos medias lu
la estrella del norteI Un gruñido indistinto, al teléfono, fue la causa de todo, en todo caso de la participación de Maigret en esta aventura desconcertante. Ya casi no pertenecía a la Policía Judicial. Dos días más y
la florista de deauvilleI Emilio llegó a las seis y algunos minutos de la mañana. Venía directamente del Lavandou, donde había terminado la investigación sobre la dama del traje de baño verde. Había dejado a la señorita
la jaula de emilioI Las once de la mañana. Se presiente que la niebla viscosa dentro de la que París se ha despertado durará todo el día. La joven ha hecho parar un taxi en la calle del Faubourg Montmartre y se ha
la noche de los siete minutosI He dormido siete minutos. Veo a G.7, en su oficina de la Policía Judicial, en el Quai des Orfèvres, recibiendo el expediente de las manos de un empleado. —¡Algo para usted!… Y, en la carpeta ama
la pista del pelirrojoI La primera vez, Ana había hostigado al Doctorcito en una granja que tenía teléfono y en donde asistía a un viejo achacoso. —¡Oiga! ¿Es el señor?… Aquí, Ana… En la sala de espera hay alguien que
la posada de los ahogadosI —¿De verdad no quiere abrigarse? —insistió, no sin vergüenza, el capitán de gendarmes. Y Maigret, con las manos en los bolsillos de su abrigo, el sombrero hongo transformado en recipiente d
la señorita berthe y su amanteI «Señor Comisario: »Me doy cuenta, créame, de la audacia que hay que tener para turbar su retiro, y me doy tanta más cuenta cuanto que he oído hablar de su encantadora casa a orillas del Loire. »
la señorita del vestido azul pálidoI Más adelante, es verdad, el Doctorcito había de buscar, con verdadera pasión de coleccionista, todas las ocasiones de resolver enigmas, o más exactamente, la oportunidad de poner en práctica el
la subastaMaigret apartó el plato y la mesa, se levantó, gruñó, resopló, y levantó maquinalmente la tapadera de la estufa. —¡A trabajar, hijos! ¡Iremos a acostarnos en seguida! Los otros, sentados en torno
la ventana abiertaEran las doce menos cinco cuando los tres hombres se encontraron frente al 116 bis de la calle Montmartre, casi en la esquina con la calle Jeûneurs. —¿A dónde se va? —Se toma un trago y se v
los casados del 1 de diciembreI Lluvia y más lluvia en espesa cortina de gotas grandes y heladas, a cubos, a barriles; lluvia que descendía interminable de un cielo bajo y negro, como si el mundo debiera perecer bajo un nuevo
los casados del 1.º de diciembreI Lluvia y más lluvia en espesa cortina de gotas grandes y heladas, a cubos, a barriles; lluvia que descendía interminable de un cielo bajo y negro, como si el mundo debiera perecer bajo un nuevo
los cerditos sin raboI A LAS CASADAS JÓVENES LES GUSTA PEGAR BOTONES Acerca de la llamada telefónica de las siete no había lugar a dudas: Marcel la había llamado telefónicamente desde el periódico. Germaine acababa de
los tres botes de la caletaI El asunto de la Caleta, como algunos lo llamaron, es de seguro el único que la Agencia O consiguió solucionar fuera de sus métodos habituales, que todo el mundo ya conoce. En general, puede deci
madame cuatro y sus hijosAquella noche hubo un poco de retraso. Incluso pudo creerse por un instante que la escena no se verificaría. Apenas un roce en el momento en que Raymonde colocaba en las mesas la sopera, llena de
maigret y los cerditos sin raboI A LAS CASADAS JÓVENES LES GUSTA PEGAR BOTONES Acerca de la llamada telefónica de las siete no había lugar a dudas: Marcel la había llamado telefónicamente desde el periódico. Germaine acababa de
pena de muerteEl peligro más grande, en esta clase de asuntos, es llegar a hastiarse. El “plantón”, como se dice, duraba ya doce días; el inspector Janvier y el brigadier Lucas se relevaban con una paciencia in
señor lunesMaigret permaneció un momento inmóvil ante la verja negra que le separaba del jardín y cuya placa de esmalte llevaba el número 47 bis. Eran las cinco de la tarde y la oscuridad era completa. Detrá
stan, el asesinoI Maigret, con las manos en la espalda y la pipa entre los dientes, andaba lentamente, empujando a duras penas su pesada masa entre el tumulto de la calle Saint-Antoine que vivía su vida de todas
tempestad sobre la manchaI Era como para creer que una maliciosa casualidad se aprovechaba del reciente retiro de Maigret para presentarle irónicamente la prueba más flagrante de la fragilidad de los testimonios humanos.
un error de maigretHay gentes a las que no se les puede partir la cara, por temor a que la mano se hunda en ella. Desde hacía tres o cuatro días, desde que le habían encargado aquel asunto de la calle Saint-Denis, M
un grito de mujerI En realidad, en los tres o cuatro pueblos en que ejercía el Doctorcito, los candidatos a la muerte no le quitaban demasiado el sueño. En cambio, los que lo obligaban a levantarse a medianoche ha
un tal monsieur berquinEl coche siguiente iba ocupado por un hombre, su mujer y sus dos hijos —el marido estaba asociado a un asentador de Les Halles—, y la familia se dirigía a una aldea de los alrededores de Elbeuf pa
¡jeumont, 51 minutos de parada!Profundamente dormido, Maigret oyó vagamente un timbrazo, pero no se dio cuenta de que llamaban al teléfono ni de que su mujer se inclinaba por encima de él para responder: —¡Es Popaul! —declaró e