francisco ayala
el hechizadoDespués de haber pretendido inútilmente en la Corte, el Indio González Lobo —que llegara a España hacia finales de 1679 en la flota de galeones con cuya car
el inquisidor¡Qué regocijo! ¡qué alborozo! ¡Qué músicas y cohetes! El Gran Rabino de la judería, varón de virtudes y ciencia sumas, habiendo conocido al fin la luz de la
historia de macacosI Si yo, en vista de que para nada mejor sirvo, me decidiera por fin a pechar con tan inútil carga, y emprendiera la tarea de cantar los fastos de nuestra c
hora muertaI La ciudad, plataforma giratoria. Un poco chirriante. La aurora de la ciudad es una aurora de carteles nuevos. Frescos. Húmedos —ropa limpia— de rocío. Car
la vida por la opiniónEsto no son cuentos. Ocurre que, por su carácter vehemente, o quizá por falta de experiencia cívica, los españoles han propendido siempre a tomar la polític
san juan de diosDe rodillas junto al catre, en el rostro las ansias de la muerte, crispadas las manos sobre el mástil de un crucifijo —aún me parece estar viendo, escuálido
una boda sonadaSe llamaba Ataíde, Homero Ataíde; pero desde sus tiempos de la escuela le decían todos Ataúde, porque, siendo dueño su padre de una modesta empresa de pompa
violación en california—Lo que es en esta dichosa profesión mía —dijo a su mujer en llegando a casa el teniente de policía E. A. Harter— nunca termina uno, la verdad sea dicha, de