PAIS RELATO

Libros de felipe trigo

Autores

felipe trigo

el oro inglés
Leía yo, acostado, tratando de dormirme, El Imparcial. De pronto, sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor —¡oh estas casas nuevas de ladrillo y de hierro!— sentí los pasos menuditos
el recuerdo
No había andado Juana la mitad del camino hacia la viña, con un cesto de mimbres al cuadril, cuando entre las encinas de la sierra se presentó Chuco de sopetón, diciendo: —Mia tú, Reina, vengo esc
el suceso del día
Celso Ruiz, la prudencia misma, ¿cómo ha podido provocar al caballero Alberti, duelista célebre, tirador maravilloso que parte las balas en el filo de un cuchillo? Acabo de encontrar a mi amigo en
genio y figura
El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisión, que tenía algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las fieras. El teatro parecía contener una sola alma anhelosa
jugar con el fuego
Pasaba por Madrid, donde veinticuatro horas debía detenerse, con dirección a Tánger, León Demarsay, un diplomático con quien yo había intimado en Manila, hombre de gran corazón y excelente tirador
la niña mimosa
—¿Estás? —Sí, corriendo. Y corriendo, corriendo, azotando las puertas con sus vuelos de seda, desde el tocador al gabinete y desde el armario al espejo, siempre en el retoque de última hora; busca
la primera conquista
Me había dado mi tía dos reales y compré con ellos todo lo siguiente: Cinco céntimos de pitillos. Dos céntimos de fósforos de cartón. Ocho céntimos de americanas. Diez céntimos de peladillas de El
la receta
Terminada la consulta, pude entrar en el despacho, donde mi buen amigo el doctor se ponía el abrigo y el sombrero, para nuestro habitual paseo; pero el criado entreabrió la puerta. —¿Más enfermos?
la toga
Para muchos niños hay en muchas capitales, Madrid entre ellas, una escuela más pública que las escuelas públicas: la calle. Su rector es la miseria, sus aulas el descuido y la ocasión, sus bedeles
luzbel
Entre los invitados al estudio de Rangel con motivo de su última obra, estaban Jacinta Júver, una arrogante dama de ojos garzos, muy aficionada a la pintura, casi una artista, y su esposo, el seño
mi prima me odia
Habremos de almorzar en casa de los primos de mi mujer. Pero yo he llegado antes; mi mujer no está todavía, y no está más que la mujer de mi primo. Y la mujer de mi primo, es decir, del primo de m
mujeres prácticas
Plegó Alfredo La Correspondencia que a la luz del tranvía vino leyendo desde Pozas, y miró dónde se encontraba: calle Mayor. ¡Oh! Y a fe que le había ensimismado el periódico. El coche iba bien de
paga anticipada
Pasaba una corta temporada en un pueblo donde me aburría espantosamente. No conocía a nadie, y solía dedicarme a pasear solo y de noche. Una, vagando por las calles al azar, y sintiendo ya nostalg
por ahí
¿Domingo? Caramba, día de divertirse. ¡Cuánta gente! Todos suben, se alejan del centro. Yo me acerco, al revés. Encontrarme desde mi casa en el Retiro, a los quince metros, no tiene lance de paseo
pruebas de amor
Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres. Todo lo mide, lo pesa y lo descompone, el placer y el do
tempestad
«Voy con María. Espéranos. —Octavio». María era mi amante. Octavio, el escritor neurótico de palabra helada, estaba medio loco. Por su modo extraño de sentir y por su modo extraño de adorar la bel
tu llanto y mi risa
¿Te acuerdas? Era como hoy. Un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa. Era cualquier mañana, quizá hermosa y sonriente, en que yo, mirando un rayo de sol y contemplando el cielo, esperaba, tr
villaporrilla
¿Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en el libro para decorar mi estantería. Ni más ni menos. Así las conocía yo. Y sabía de ellas que contempladas desde el último