emilio díaz valcárcel
el asedioI Una familia normal y feliz, pensó apoyada sobre el volante. Un padre gordo y de apariencia próspera, recién afeitado, una bella pareja de niños, y una madre que alcanza ya los treinta años, mofl
el regresoSe detuvo frente al balconcito sin saber qué hacer. Miró por un instante el viejo sillón de mimbre, la escalera de tablas carcomidas, las puertas cerradas y pegadas a la faz de la casa como dos oj
la evasiónCon los codos en tierra alzaba de vez en cuando la barbilla para contemplar el rayo de luz que cruzaba en lo alto. Más allá. en la chamuscada cresta del monte, el rayo del lejano reflector formaba
la muchacha del tiempoA Ana Lydia Vega Todas las tardes, la pareja de ancianos esperaba en la pantalla del televisor a la muchacha del tiempo, sentados en el decrépito sofá que olía a orina de perro: era ése el más cla
la muerte obligatoriaEsta mañana recibimos a tío Segundo. Lo esperamos cuatro horas, en medio de la gente que entraba y salía por montones, sentados en uno de los banquitos del aeropuerto. La gente nos miraba y decía