edith wharton
después1 —¡Oh, por supuesto que hay uno! Pero jamás lo reconoceréis. Aquella afirmación, hecha alegremente seis meses antes en el marco de un radiante jardín en el mes de junio, volvió a la memoria de Ma
el mejor hombre1 Había caído la tarde. Sólo el haz de luz proyectado por la lámpara del escritorio del gobernador Mornway rescataba de la oscuridad reinante su imponente corpulencia mientras se hallaba recostado
el veredictoSiempre pensé que, aunque buen tipo, Jack Gisburn era un genio mediocre, por lo que no me sorprendió enterarme de que había abandonado la pintura en la cima de su gloria, que se había casado con u
kerfol―Deberías comprarla ―dijo mi anfitrión―; es precisamente el lugar ideal para un solitario impenitente como tú. Vale la pena poseer la casa más romántica de Bretaña. Sus dueños actuales están sin u
la botella de perrierDos días de traqueteo por endiabladas rutas en un cochecillo voluntarioso pero renqueante y otros dos a lomos de una montura alquilada de temperamento poco sociable habían llevado al joven Medford
la campanilla de la doncellaEra el otoño, después de haber pasado el tifus. Había estado en el hospital, y cuando salí tenía un aspecto tan endeble y vacilante que las dos o tres damas a las que pedí trabajo no me aceptaron,
la duquesa está rezando1 ¿No se ha sentido nunca inquieto ante la alta fachada con persianas echadas de una vieja casa italiana? ¿Esa impávida máscara, uniforme, muda y engañosa como el semblante de un cura tras el cual
la misión de jane1 Algún cambio difícil de precisar en el aspecto de la señora Lethbury provocó que la mirada conyugal de su esposo, habitualmente indiferente, se demorara aquella noche sobre ella, por encima de l
la plenitud de la vida1 Había estado recostada durante horas, sumida en un plácido sopor no muy diferente de la dulce molicie que nos embarga en la quietud de un mediodía estival, cuando el calor parece haber acallado
las fiebres romanasI Tras dejar la mesa en la que habían estado almorzando, dos señoras americanas, maduras pero de buen porte, atravesaron la elevada terraza del restaurante romano y, apoyándose en la baranda, se c
los otros dos1 De pie junto a la chimenea del salón, Waythorn esperaba a que su esposa bajase a cenar. Era la primera noche que ambos pasaban en casa de él, y le embargaba un inusitado nerviosismo juvenil. No
todos los santosPor extraño e inexplicable que fuera el asunto, en la superficie parecía bastante simple, al menos en ese momento; pero con el paso de los años, y debido a que no hay un solo testigo de lo sucedid
un cobarde1 —Mi hija Irene —comentó la señora Carstyle haciendo rimar el nombre con « tureen»— no ha gozado de oportunidades sociales, pero si el señor Carstyle hubiese optado… —Se interrumpió para mirar al
un viajeAcostada en su litera, con la mirada prendida en las sombras que se cernían sobre su cabeza, el apremiante ritmo de las ruedas persistía en su cerebro sumiéndola en círculos cada vez más profundos