david herbert lawrence
amor entre el heno1 Los dos grandes prados se extendían por la ladera de una colina orientada al sur. Al haberse recogido el heno recientemente, eran de un verde dorado, y brillaban bajo el sol con resplandor casi
boletos, por favorHay en los Midlands un tranvía de vía única que sale intrépidamente de la ciudad y se zambulle en un paisaje negro y fabril, sube la colina y baja al valle, atravesando puebluchos extensos y feos
cosasEran unos auténticos idealistas de Nueva Inglaterra. Pero de eso hacía mucho tiempo: antes de la guerra. Algunos años antes de la guerra, se conocieron y se casaron; él era un joven alto y de ojos
dos pájaros azulesHabía una mujer que adoraba a su marido pero no podía vivir con él. A su vez, el marido estaba sinceramente unido a ella. Los dos tenían menos de cuarenta años, los dos eran hermosos y los dos atr
el caballito de maderaEra una mujer hermosa, que había empezado con todas las ventajas que puede deparar la vida, y que, sin embargo, no tuvo suerte. Se casó por amor, y el amor se redujo a polvo. Tuvo hermosos hijos,
el ciegoIsabel Pervin estaba atenta a dos sonidos: al sonido de las ruedas del tráfico fuera y al ruido de las pisadas de su marido en el vestíbulo. Su más querido y viejo amigo, un hombre que parecía ind
el gallo escapadoI Había un campesino cerca de Jerusalén que adquirió un joven gallo de pelea cuyo aspecto era endeble y deslucido, pero que echó gallardas plumas a medida que transcurría la primavera y estaba res
el ganadorÉrase una vez, una mujer hermosa que había empezado la vida con todo a su favor y que, sin embargo, no tenía suerte. Se casó por amor, y el amor se convirtió en cenizas. Tuvo unos hijos preciosos;
el hombre inmortalHace mucho tiempo hubo en España dos hombres muy doctos, tan inteligentes y con tantos conocimientos que eran famosos en todo el mundo. Uno de ellos era llamado el rabino Moisés Maimónides, un jud
el hombre que adoraba islasHabía un hombre que amaba las islas. Había nacido en una pero no le satisfacía, pues había demasiada gente en ella, aparte de él. Quería una isla propia, no necesariamente estar solo en ella, pero
el muñeco del capitán—Hannele! —Ja… a. —Wo bist du? —Hier. —Wo dann? Hannele no levantó la cabeza de su labor. Estaba sentada bajo la lámpara, en una silla baja, con un cesto lleno de trozos de seda multicolores al la
el oficial prusiano1 Desde el amanecer ya habían marchado más de treinta kilómetros a lo largo del camino blanco y caluroso en que ocasionales grupos de árboles brindaban un momento de sombra antes de volver a la lu
el segundón—¡Oh, estoy cansada! —exclamó Frances malhumorada; y en ese mismo instante se dejó caer sobre el césped, cerca del seto vivo. Anne quedó sorprendida un momento; luego, acostumbrada a las extravaga
el zorroHabitualmente se conocía a las dos muchachas por sus apellidos: Banford y March. Habían arrendado juntas la granja con la intención de llevarla ellas mismas: iban a criar pollos, ganarse la vida c
fanny y annieSu rostro, con un resplandor espeluznante cuando se dio la vuelta sobre el andén entre la multitud de rostros oscuros y llameantes. A la luz de los altos hornos, ella captó de un vistazo su expres
fantasmas gozososConocí a Carlotta Fell en los viejos tiempos de antes de la guerra. Por entonces se había escapado al terreno del arte, y era tan solo “Fell”. Eso ocurrió en nuestra célebre, pero nada inspirada,
inglaterra, inglaterra míaEstaba trabajando a la vera del prado, más allá del arroyuelo que corría por la pendiente del fondo del jardín, con el propósito de extender un sendero desde el puente de madera hasta ese terreno.
jimmy y la mujer desesperada—Él es muy bueno y fuerte, pero necesita una mujer juiciosa que le cuide. Ese era el veredicto amistoso de las mujeres respecto a él. Le halagaba, le complacía, le mortificaba. Habiéndose divorcia
la dama encantadoraA los setenta y dos años, Pauline Attenborough podía todavía, algunas veces, a media luz, ser tomada por una de treinta. Era una mujer extraordinariamente conservada, de perfecta elegancia. Por su
la espina en la carne1 Soplaba el viento, de modo que, de vez en cuando, los álamos se volvían blancos como si una llama los encendiera. El cielo era azul y estaba roto por las nubes en movimiento. Manchas de luz caía
la fronteraKatharine Farquhar era una guapa mujer de cuarenta años, ya no delgada pero atractiva en su suave y plena femineidad. Los maleteros franceses corrían a su alrededor, disfrutando de un voluptuoso p
la hija del tratante de caballos—Y tú, Mabel, ¿qué piensas hacer? —preguntó Joe, con ligereza. Él se sentía completamente a salvo. Sin preocuparse por su respuesta, se dio la vuelta, empujó una brizna de tabaco hacia la punta de
la mariquita¡Cuántas espadas albergaba lady Beveridge en su agujereado corazón! Sin embargo, siempre parecía haber espacio para otra; desde que hubo resuelto que su amable y compasivo corazón nunca moriría. D
la media blanca1 —Ya me levanto, Teddilinks —dijo la señora Whiston, y saltó con ánimo de la cama. —¿Qué demonios te pasa? —preguntó Whiston. —Nada. ¿No puedo levantarme? —replicó ella enérgicamente. Eran cerca
la mujer que se fue a caballoI Había pensado que ese casamiento, entre todos los casamientos, sería una aventura. No es que el hombre en sí mismo tuviera nada de mágico. Un hombrecillo, seco, retorcido, veinte años mayor que
la princesaPara su padre era la Princesa. Para sus tías y sus tíos de Boston era solo “Muñequita Urquhart, esa pobre niña”. Colin Urquhart solo estaba un poco loco. Era descendiente de una familia escocesa y
la última risaHabía un poco de nieve en el suelo, y el reloj de la iglesia acababa de dar la medianoche. Hampstead tenía un bonito aspecto en la noche de invierno, con su limpia tierra blanca, y las farolas por
la virgen y el gitanoI Cuando la mujer del vicario se fugó con un joven pelagatos, el escándalo no tuvo límites. Sus dos pequeñas hijas tenían solo siete y nueve años respectivamente, y el vicario era un marido tan bo
las hijas del vicario1 El señor Lindley era el primer vicario de Aldecross. Los cottages de este poblado diminuto habían anidado en paz desde el principio y las gentes del campo habían cruzado los caminos y campos de
las sombras de la primavera1 A través del bosque se ahorraba una milla. Mecánicamente Syson cambió de rumbo cerca de la herrería y levantó el portón. El herrero y su compañera se quedaron inmóviles, mirando al intruso. Pero
madre e hijaVirginia Bodoin tenía un buen trabajo: era jefa de departamento en una oficina estatal, tenía una posición de responsabilidad, y ganaba, para imitar a Balzac y ser preciso, setecientas cincuenta y
mercurioEra domingo, y hacía mucho calor. La gente de fiesta se dirigía en tropel a la colina de Mercurio, para elevarse dos mil pies por encima de la bruma de vapor de los valles. El verano había sido mu
olor a crisantemos1 La pequeña locomotora, la número cuatro, venía rechinando, a trompicones desde Selston, con siete vagones cargados. Apareció por la curva con sonoras amenazas de velocidad, pero el potro al que
sansón y dalilaUn hombre se bajó del autobús que va de Penzance a St. Justin-Penwith> y dio la vuelta hacia el norte, montaña arriba, hacia Polestar. Solamente eran las seis y media pero las estrellas ya habí
sol1 “Llévensela a que tome el sol”, dijeron los médicos. Incluso ella era escéptica respecto a eso de tomar el sol, pero permitió que la llevasen al mar con su niño, una niñera y su madre. El barco
sonrisaHabía decidido no acostarse en toda la noche, en una especie de penitencia. El telegrama decía simplemente: “Ophelia estado crítico”. Sentía, dadas las circunstancias, que meterse en la cama del c
st. mawrLou Witt llevaba tanto tiempo saliéndose con la suya que, a los veinticinco años, no sabía muy bien dónde se encontraba. Cuando uno se sale siempre con la suya, pierde el rumbo por completo. Es in
tú me acariciastePottery House era una casa de ladrillo cuadrada y fea, rodeada por un muro que la aislaba del resto de los alrededores de la alfarería. Por seguridad, un seto privado separaba parcialmente la casa
un trozo de vidrio de coloresBeauvale es, o era, la mayor parroquia de Inglaterra. Es poco poblada, abarca únicamente los restos de gran cantidad de viviendas de tres importantes pueblos mineros. Además ocupa una vasta extens
una vezEra una mañana hermosísima. Sobre el río se cernían blancos paquetes de neblina, como si un enorme tren hubiera partido dejando una estela de ocioso vapor que bajaba por el valle. Las montañas era